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¿Qué pasa si un día paramos?

Una de las mujeres del barrio Playa Norte mira a la cámara y no tiene miedo. Ni de decirlo, ni de expresarlo con la mirada que me hace temblar la cámara. Lo grita, y grita por todas las mujeres que esa misma incertidumbre hace que – todavía – la respuesta no salga. “Hay mujeres que no pueden parar. Yo pienso parar por todas las mujeres que por patrones o por maridos no pueden. Yo pienso parar”.

Por Agustina Verano

¿Qué pasa si un día paramos?

“Es una pregunta que nunca me la hice, ni me planteé eso: parar un día, porque a pesar de que algunas mujeres no tenemos trabajo,  trabajamos en nuestras casas, y ese es un trabajo también, y es de 24 horas”

La pregunta se clava fuerte en el pecho de una de las tantas mujeres que entrevistamos para los spots del 8M, pregunta que está formada por pocas palabras, pero al hacerla, aquellas palabras cobran un peso extra que recae en los cuerpos de las mujeres que la escuchan, que la escuchamos: ¿Qué pasa si un día parás?

Silencio, el aire frío pone la piel de gallina aunque la temperatura ambiente demuestre lo contrario. Es lo primero que sale. Un hilo de silencio y una mirada de incertidumbre. Y después, preguntas, todas preguntas.

¿Cómo si paro? ¿Qué sería parar? ¿Cuántas horas? ¿Sería que un día todas paráramos?

Mientras escribo en el Word de mi computadora, el corrector me subraya en verde la palabra todas y corrige: todos.

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En los barrios, en las organizaciones, en la asamblea de Ni una Menos, en las charlas cotidianas, la pregunta nos sigue. ¿Qué pasa si un día parás? ¿Qué pasa si un día paramos? Caminamos, nos encontramos una mujer, le preguntamos. Nos reunimos, planificamos cómo seguir, y nos la preguntamos. Comemos con amigas, trabajamos, corremos, andamos en bicicleta, nos acostamos a dormir. Sigue la pregunta. No hay una sola respuesta. Lo que hay es la coincidencia en la incertidumbre que aflora primero antes que salga alguna palabra y la fuerza en las miradas cuando intentamos responderla. La mirada de la mujer que busca complicidad y apoyo en su compañera cuando le cuesta la pregunta. Cuando le interpela los huesos.

“Si paramos, no se haría nada en el mundo”

Una de las mujeres del barrio Playa Norte mira a la cámara y no tiene miedo. Ni de decirlo, ni de expresarlo con la mirada que me hace temblar la cámara. Lo grita, y grita por todas las mujeres que esa misma incertidumbre hace que – todavía – la respuesta no salga.

“Hay mujeres que no pueden parar. Yo pienso parar por todas las mujeres que por patrones o por maridos no pueden. Yo pienso parar”

El remate termina en Barrio Villa Oculta. Cuando escuchamos esa respuesta la replicamos en todos los espacios. Ganamos fuerza, ganamos su fuerza y nos transmitimos la mirada cuando esa fuerte mujer lo dice a la cámara: “yo pienso parar”. Esa es la respuesta que buscamos. Es una respuesta que su peso no recae en las palabras solamente, sino en sus ojos, firmes, sin miedo. Esa es la respuesta que nos hace encontrarnos y entender lo que estamos haciendo, lo que queremos hacer: cambiarlo todo.

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Faltan dos miércoles para el 8 de marzo y el club República del Oeste donde nos encontramos para planificarlo hierve de calor. Las voces que se gritan desde el megáfono condensan ese club, que a veces, de noche, es una fiesta.

Las discusiones van, vienen, van. Entonces, una mujer se para, camina rodeando el círculo de mujeres y las mira, una a una. No necesita megáfono. Con la mirada transmite el mensaje.

“Lo que propongo es que en un momento de la marcha, nos sentemos todas, y cantemos una canción, que quiero, deseo que inventemos, que sea un momento único, que podamos sentirlo, que se pueda sentir, que en ese momento la tierra tiemble”

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“Está pasando. El feminismo se respira en el aire”

Mi amiga maneja, mira alrededor y me mira. Todas las mujeres en las calles vestidas de negro. Es 8 de marzo, mediodía, llovizna. Volvemos de un centro de salud de charlar con algunas mujeres sobre lo que significa este día. Las dos compartimos esa emoción que se resume en esa frase: está pasando.

Vemos las mujeres que se encuentran en las esquinas y charlan, y nosotras sin conocerlas nos identificamos con ellas, en ellas. La ropa negra es la señal elegida para decirnos que estamos juntas. Que no estamos solas. Aunque la imagen dure tres segundos y se vea a través del espejo del auto ya genera redes. Ya nos estamos encontrando.

“Yo le voy a decir, entonces, si veo a una mujer que el marido la esté mandando a laburar o le esté pegando, que se anime a hacer la denuncia”

“Esto es lo que hay que hacer, de esto se trata, de generar redes entre nosotras mismas, de estar juntas, esto es el paro de mujeres, por eso lucharon las mujeres en la fábrica”

El auto se hace chico mientras recordamos la charla que acaba de suceder. Mientras vemos mujeres que van y vienen llevando puesto ese color elegido para acompañarnos ese día, las voces que hace un rato copaban la salita del centro de salud resuenan en nuestras cabezas.

Mi amiga tira otra vez la frase y en mi garganta se hace un nudo: ¿Ves? ¡Está pasando! ¿Nos damos cuenta que está pasando?

Otra frase del centro de salud aparece, de una mujer del barrio que tiene muchas de sus calles caminadas y marcadas, que la fuerza de sus ojos empata con la fuerza de su voz al hablar:

 “Lo que nosotras buscamos con este paro es no tener miedo, es salir a la calle y que no nos maten, y yo no tengo más miedo, hace mucho tiempo, y quiero que nadie de las mujeres de acá lo tenga”

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La frase se me mezcla con la pregunta. Está pasando. Qué pasa si paro. Son las 14:00 y todavía no logro una respuesta. Reviso la cámara, el grabador, hablo con mis compañeras. Las asambleas, las comisiones, las reuniones, las charlas, las discusiones, que varones si, que varones no, que porqué si, que porqué no. Que porqué. Los carteles, los esténciles, cómo tienen que ser los planos para filmar, que consigamos micrófono, que salió sin sonido, que volvamos a hacerlo, que ninguna mujer tiene que quedar afuera, que se suban a la página todos los spots. Y la pregunta sigue: ¿Estoy parando? ¿Está pasando?

La veo a mi mamá que sale de la pieza, y se cambia. La miro: está vestida de negro.

-Dónde vas?

– Y, voy a la plaza, claro

El celular vibra y tiembla. Dónde nos encontramos, qué llevamos, qué falta, que no nos olvidemos las remeras, que los aerosoles. Faltan dos horas, no queremos esperar más. Nos encontramos antes. Necesitamos encontrarnos antes para compartir como nos sentimos, abrazarnos, mirarnos las caras, mirarnos el cuerpo, escuchar lo que no nos animamos a transmitir, reírnos de nervios. Está pasando. Estamos parando.

Estamos parando el mundo.

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Ahora no somos pocas como nos quisieron hacer creer. Nunca fuimos pocas. Pero, ahora, somos todas. Sentimos, mientras caminamos, que el silencio no figura más como posibilidad, ahora las voces, todas, hablan, hablamos, porque se reproducen y se repiten unas a otras.

El sonido de alerta despierta a cada una de las que caminamos en la marcha. El megáfono grita y se reproduce en todas las columnas infinitas que llenan la peatonal San Martín. Corro con la cámara y me pierdo en las mujeres que van saliendo de los locales de ropa, vestidas de negro, aplaudiendo, riendo, filmando.

Me detengo en una imagen que no pude registrar pero que me quedó grabada en mi mente: dos mujeres afuera de su local, una la mira a la otra y se tapa la boca, parece que va a llorar.

Caminamos con fuerza. Caminamos y dejamos atrás los sermones de nuestros padres cuando éramos chicas “No pases nunca por dos camiones que estén juntos porque te pueden violar”

Nos agarramos de la mano, avanzamos y quemamos las frases de los curas en las misas, en los casamientos, en los bautismos, en las comuniones: “Si el hombre a veces comete algún error, la mujer tiene que perdonarlo, tiene que tratar de que se sienta cómodo, hacerle una buena comida”

Suena la frase que nos hace cruzar la calle y avanzar “Alerta, alerta, alerta el que camina, mujeres feministas por América Latina”, y el miedo de caminar por la calle, de caminar en la oscuridad, de andar en bicicleta con auriculares, de no disfrutar un “camino descampado”, se desvanece en aquellos gritos “Se cuidan los machistas, Mujeres feministas por las calles argentinas”.

Llegamos al lugar pactado para hacer “la sentada”. Llego antes para tomar fotos. Las mujeres candomberas nos esperan. Veo sus caras cuando se acerca una columna imposible de contar numéricamente. Los tambores pareciera que se empiezan a tocar solos, los gritos de ambas partes son cada vez más fuertes: nos encontramos, hay que cantar.

Una de las mujeres, dirige. La clave de tambores anuncia la introducción, silencio, empieza la base de Jaime Ross. Un coro de mujeres infinitas entona gritando en una sola voz:

“Algún día verán, que vamos a vivir, sin opresión, en dignidad en libertad, algún día sabrán lo que ha sido sufrir, la exclusión, la violación, la represión. Y fue así que salimos, en las calles resistimos, porque vivas nos queremos, ni una menos te decimos”

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La imagen me hizo responder la pregunta. Si paramos pasa esto: estamos juntas, y contrarrestamos cualquier discurso mediático, hegemónico, eclesiástico, paramos el patriarcado. Si paramos tenemos la fuerza de poder enfrentar a quienes desde su lugar de comodidad quieren romper nuestros lazos, que como dice una de las consignas, son la fuerza de nuestro movimiento. Si paramos, nos miramos entre todas, y nos conocemos, aunque sea la primera vez que nos veamos. Si paramos nos agarramos de las manos y vencemos el miedo que (todavía) cala hondo en nuestros cuerpos censurados. Si paramos le decimos que no a todos los que nos quieren decir que digamos que sí sin sentirlo. Si paramos lo hacemos desde el deseo y eso es lo que molesta: nuestro deseo se plasma en las paredes y esas paredes gritan lo que tanto tiempo nos silenciaron. Si paramos, es porque nosotras estamos construyendo ese camino que queremos caminar, y lo estamos poniendo en práctica.

Si paramos, entonces, hacemos lo que queremos hacer: cambiarlo todo, pero juntas.

Y sí, está pasando, el feminismo se respira en el aire.

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