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Crónicas y Reportajes 0

Lo que no nos ha dejado de pasar

Una foto; un recordatorio. El reencuentro. Escenas de nuestra memoria que es personal, colectiva y política. Miles marchando otro 24 de marzo. Fue genocidio, son 30 mil. Un mensaje para el gobierno neoliberal: la resistencia está en las calles. 

 Texto: María Cruz Ciarniello / Fotos: Tomás Viú

De golpe la vió; estaba ahí, apenas a medio metro de distancia.

Era su foto; era su rostro, joven, siempre joven.

Ella caminó esa corta distancia con emoción y asombro. El hombre que llevaba el cartel no conocía al hombre de la foto. Portaba esa pancarta reivindicando a cada uno de los 30 mil desaparecidos, como muchas otras personas lo hicieron en la marcha, aunque no los conocieran. Es que de eso se trata la memoria colectiva, ¿no? De levantar esas fotos que tanto nos punzan porque, en definitiva, hablan de nosotrxs, en plural.

Entonces, ella se acercó y le preguntó si sabía quién era el hombre de la foto porque ese hombre, con gesto serio, ojos morochos, pelo engominado y mirada profunda, era su papá.

El asombro, ahora, era de los dos; más que asombro, el aire se anudó. Como si el tiempo, en esos minutos, se hubiese detenido.

– ¿Querés llevarla vos? le preguntó a mi hermana.

-Nos encontramos marchando, – escribió ella, unas horas después, en su muro de Facebook. Y dos corazones en forma de emoticones cerraban la frase.

Hablaba de ella, claro, y de su viejo, secuestrado un 1 de septiembre de 1977.

Las cuadras que siguieron las caminó junto a su papá. Ella, con una sonrisa, y él, en lo más alto, acompañándola.

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Jorge Francesio era médico, pediatra y oficial montonero. Dos días antes de su secuestro proyectaba llevar a sus cuatro hijos de vacaciones. No hubo tiempo. En los primeros días de septiembre de 1977 lo secuestraron. No sabemos cómo fue. No hay demasiada información acerca de adónde se lo llevaron; en qué centro clandestino de detención estuvo.

Apenas un mes después, a su entonces compañera de vida y militancia, también la secuestraron. Se llamaba Cristina, era pequeña, morocha, hermosa. Kini, la apodaban. Con ella tuvo una hija, la menor de los cuatro hermanos.

Los tres más grandes vivían con su mamá, la compañera de Jorge hasta el año 1973.

El 1 de octubre de 1977, Cristina tuvo que despedirse de su hija, de tan solo un año de edad. Faltaban días para que cumpla los dos.

No tuvo opción. La dejó en brazos de su hermana, en el Parque Independencia donde se vieron por última vez. Después, se subió al auto que la esperaba con dos o más hombres en su interior, y más nada supimos de ella.

O sí. Jorge y Cristina integran la lista de los 30 mil detenidos-desaparecidos durante el terrorismo de Estado en Argentina.

Sabemos  que eran militantes montoneros; y que además de soñar con un país más justo, también soñaban crecer junto a sus hijos. Y sabemos de la historia de esos hijxs, cuatro hermanxs que crecieron sin verse durante casi 20 años. Sus caminos se partieron en plena dictadura militar.

Las huellas que dejó el genocidio son huellas presentes. No existe el pasado, sino una reconstrucción de esa historia que se inscribe en partes sueltas, partes de un todo que nos constituyen, con contradicciones,  imágenes en forma de nubarrones, dudas y certezas. Algunas, por los menos.

No hace mucho me encontré con el libro de Ángela Urondo, la hija del poeta y militante, Paco Urondo y de Alicia Raboy. ¿Quién te creés que sos?, una poesía de su vida, sus pensamientos, su íntima y colectiva historia personal. Muchas de sus frases retumban, una especialmente: “Algunos ovillos necesitan tiempo para ser desenredados. A veces, me encuentro en el umbral de algo nuevo, a punto de ser descubierto, y temo asomarme a ver lo que me espera del otro lado de la verdad. Sé, según mi experiencia, que todo es posible: las sorpresas no pueden anticiparse. Las cosas finalmente ocurren, y ese es el momento preciso”.

1 de septiembre de 1995. Un recordatorio aparece en el Diario Página 12. No era uno más para una familia que creció partida. Sus nombres estaban allí: el de Jorge y el de su hija Soledad, recordando a su viejo desaparecido en un nuevo aniversario.

Dicen que el amor vence al odio. ¿Será tan así? Creo que no, que muchas veces lo que gana es el odio. Pero hay otras en que sí; en que esa frase cobra la verdad de una fuerza instituyente. Que se siente, al menos, en todo el cuerpo. Y no es poco. Cada vez que un nieto o nieta restituye su identidad, y cada abrazo de las Abuelas de Plaza de Mayo nos hace sentirnos un poco más vivxs. Nos hace creer que ese amor es invencible, aunque tenga miles de fisuras.

Tal vez eso ocurrió. Ese día, ese momento, en ese año. El amor terminó venciendo al horroroso plan sistemático ideado por los genocidas. Ganó con su mejor arma: la memoria colectiva. La que también, además de los relatos orales que recordamos porque alguna vez, o muchas, los escuchamos cuando éramos chicxs, se construye en hojas de diario.

Fue esa publicación la que disparó el reencuentro. Tejió el hilo para unir las puntas de los lazos; acortó la infinita distancia. Lo personal es político, y nuestras historias familiares también lo son.

Mis hermanos encontraron a su hermana a través de ese recorte de diario. Supieron que ella estaba acá, en Argentina, en algún lugar del país, recordando a su viejo. Que sabía de su existencia, que sabía de su propia historia.

Después, pasó el terremoto. Y un llamado que lo cambió todo.

-Somos tus hermanxs,- dijeron.

La voz entrecortada, los nervios, la emoción explotando.

Hoy, sus hijos juegan inventando las mil infancias posibles. Ellos los miran: conversan, toman mate, festejan cumpleaños, comparten vacaciones, recorren el trayecto que todavía los separa, pero ya no tanto como antes.

¿Qué son 300 kilómetros de distancia frente a 18 años de silencio? El abrazo partido se completa. Un beso, una sonrisa, el llanto. Y luego, horas y horas de charlas intentando reconstruir todos ese tiempo de ausencia.

Ya pasaron 17 años de esa primera vez en que se volvieron a ver después de la última. Apenas recordaban, cómo ráfagas, algunas imágenes de cuándo eran niñxs. Tenían entre 1 y 10 años de edad.  Los recordatorios siguen apareciendo los primeros de septiembre. También los primeros de octubre. Buscamos información sobre Jorge Francesio y Cristina Rolle. Queremos saber qué hicieron con ellos.

Los seguimos buscando, dicen sus hijxs.

Queremos también justicia. Esa justicia que le arrancamos al olvido, al perdón, a la desmemoria. Con cada sentencia, en cada juicio, sentimos que esas condenas son de todos y por todos. Y sentimos también, que esos recordatorios; poéticos y personales, también lo son. Retazos que se atesoran y se multiplican.

Poesía Diaria es el libro que compila algunos de los miles de recordatorios que se publican todos los días del año en Página 12. La idea fue de Virginia Gianonni: “No son anuncios, ni obituarios, ni solicitadas…son algo distinto, algo que todavía está siendo inventado; los llamamos recordatorios porque así los conocemos. Expresan la necesidad, no solo de recordar a nuestros familiares, amigos y compañeros desaparecidos, sino de dar prueba de su existencia. ¿Y cómo no detenerse ante una carta dirigida a otra persona, pero entregada a uno?”

Las Madres de Línea Fundadora también hablan de los recordatorios. Dicen que a través de éstos, los 30 mil no solo están en el recuerdo, sino en la vida misma, en la construcción diaria de la memoria colectiva. Que los rescata de la fantasmal categoría de desaparecidos. Que esos recordatorios son palabras nacidas de conversaciones familiares, donde cada uno expresa el dolor, el afecto, los recuerdos.

La poesía justa, la palabra justa. Dice Gianonni que “con estos recordatorios los familiares de los desaparecidos matan el silencio, inventan un antídoto contra el olvido y la locura, reafirman la plena existencia de los suyos”.

Las crónicas de los diarios hablan de más de 40 mil personas en la marcha de Rosario. Miles y entre esos miles, historias como la de mis hermanxs; experiencias que carga cada uno de esos cuerpos; como puede.

¿Qué significa marchar un 24 de marzo?

Elso camina, mira con los ojos lagrimeando y no puede responder. No salen las palabras aunque las tenga todas adentro. De a poco las suelta: ¿qué carajo hicieron los militares?. Es un reproche en forma de pregunta. Le duele todo.

“Para mí marchar es no perder la memoria de lo que ocurrió, y transmitirle a mis hijos que esto sigue vigente. Levantar la bandera de la justicia” dice Verónica, acompañada por su hija que duerme en el coche.

Daniel con firmeza asegurá que marchar para él, significa todo. Ese todo es su vida. “Que la gente entienda que hubo una generación completamente golpeada. Para mí todos los 24 son sagrados”. Marcha junto a sus hijas desde que eran pequeñas, ya tienen más de 20. Las perdió de vista entre tanta multitud.

“Un 24 de marzo yo era estudiante cuando fue el día del golpe, rendía mi primera materia en la facultad”, cuenta Elisa. ¿Qué significa? Dolor, mucho dolor. Lleva una de las tantas pancartas que recuerdan a los desaparecidos.

Una inmensa bandera multicolor camina por las calles. Se destaca en la marcha: es el amplio colectivo de la Diversidad Sexual en Rosario. Lesbianas, gays, trans, travestis, bisexuales. Están ahí, denunciando que hubo 400 compañerxs desaparecidos durante la dictadura. Que la crueldad se ensañó con ellxs, y que en democracia, son perseguidxs, hostigadxs, criminalizadxs y asesinadxs. “Marcho para que cambien los pensamientos que siguen siendo super conservadores, y porque las chicas trans aún hoy seguimos desapareciendo”, dice Michelle.

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Están lxs maestrxs que vienen de protagonizar dos marchas históricas. Sus guardapolvos hablan de la dignidad docente, en tiempos de Macri.

Van más de 15 cuadras de marcha. Llegar al Monumento es un ritual. Entrar al Monumento, para muchos, también lo es. El escenario tiene a las Madres iluminándolas y decenas de cámaras perpetuando sus gestos. Hermosos, siempre hermosos.

Norma Vermeulen, Madre de la Plaza 25 de Mayo leyó la carta que ella misma escribió, en nombre de todas las Madres, dijo, las que están con el corazón, las que ya partieron y en alguna tierra desconocida, nos siguen alumbrando con sus pañuelos.

Les habló, sobretodo, a los jóvenes “ que no vivieron esta historia, jóvenes que se nutren de la información que van recibiendo por distintos medios, información que, muchas veces, no se ajusta a la realidad y se distorsiona arteramente. Mi generación estaba acostumbrada a vivir escasos tiempo en democracia, siempre estaba sobre nosotros la espada de Damócles de un nuevo golpe; con la llegada de Néstor y Cristina comenzamos a tener esperanza, aprendimos a reafirmar el Estado de Derecho, a que la oportunidad de mejoras fuese mejor distribuida, a una mejor calidad de vida, pero fundamentalmente como dije recién, a tener esperanzas por una Argentina mejor; muchas conquistas que hoy vemos se están perdiendo, desapareciendo… vaya paradoja. Por eso les pido, desde mi humilde lugar, que militen, aún en diferentes partidos, luchen por lo que crean, que la política no es algo malo, aunque haya algunos malos políticos que quieran volver a vendernos espejitos de colores, pero finalmente muestran su verdadera cara”.

En pocos días se cumplirá un nuevo aniversario del secuestro y desaparición de su hijo Osvaldo.“Hagan lo posible para que sea un país mejor para todos, donde valga la pena vivir”, cerró Norma.

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Sus palabras cobran inmensa fuerza en este presente, donde ese país soñado parece dinamitarse abruptamente por las distintas políticas sociales y económicas neoliberales que implementa el actual gobierno de Mauricio Macri.

Por eso, esta marcha, le habló directamente a este gobierno, tan ajeno a las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. Tan cercano y tan parte de los grupos económicos que también fueron la dictadura. Le apuntó especialmente.

Sobre el final, la lectura de un documento consensuado y elaborado en el Espacio Juicio y Castigo Rosario, conformado por organismos de Derechos Humanos, sindicatos, espacios estudiantiles, políticos, barriales. “Hoy, el gobierno del presidente Mauricio Macri vuelve a aplicar el mismo modelo neoliberal impuesto a sangre y fuego por la dictadura, con su plan de endeudamiento y sumisión ante el FMI y las grandes potencias mundiales. Por eso no es casual que mientras entrega la riqueza y los intereses nacionales, como nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas, o abre las importaciones en perjuicio de la producción y el trabajo argentinos, promueve el perdón de los criminales de lesa humanidad y desmantela las políticas públicas de Memoria, Verdad y Justicia”.

El documento es extenso y puntualiza en cada una de las violaciones a los derechos humanos que se cometen en democracia. Es un documento que con la memoria, punza en los crímenes cometidos por las fuerzas policiales, por el modelo económico, por la impunidad que profesa tantas veces el poder judicial.

Que un abrazo; que una mirada. Que los pañuelos y los cantos; que la Iglesia es la dictadura; que Macri también lo es porque si hubo un golpe militar también hubo un golpe cívico y eclesiástico. Que la resistencia está en las calles; 6,7,8, 22 y 24 de marzo: infinidad de personas movilizándose. Ahora existen los drones y las imágenes aéreas lo dicen todo.

Que marchar es también reir un poco, aunque el dolor exista. Que se marcha con amigxs, hijxs, familia. Que el mate, acompaña, siempre. Que cada vez son más los pibes que marchan; los de las escuelas públicas y también privadas. Ahí están, avisándonos que la transmisión de la memoria está intacta, reinventándo y resignificándose, pero intacta al mismo tiempo. Eso reconforta.

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Las marchas tienen arte y murga; intervenciones fotográficas, stencils. En la plaza se condensa todo. Por eso, si la marcha parte a las 17, desde el mediodía la vida misma anda por ahí, haciendo un montón de cosas antes.

Los 24 de marzo son colectivos aunque el actual gobierno intente de mil maneras posibles, diezmar su potencia. Ellos querrán borrar sus nombres y sus identidades. Querrán instaurar los demonios para sepultar la verdad. Querrán que la justicia se vuelve ciega y muda y que el perdón y la “reconciliación”, olviden que de lo que hablamos es de genocidio.

Querrán incluso, quitarnos ese grito de desahogo que abrazamos en cada sentencia.

Nosotros también queremos. Con rabia, con furia, y con dulzura, también queremos.

Y sobretodo, queremos saber dónde están los desaparecidos y los 400 hombres y mujeres que crecieron sin saber su real identidad.

Por eso marchamos los 24, y recordamos las palabras de Rodolfo Walsh, asesinado por esta dictadura, 24 horas después de que su Carta Abierta a la Junta Militar se difundiera por todas partes. Una carta que es un imprescindible documento de denuncia, de ayer y de hoy también.

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La misma mañana del 24, tres losetas que forman parte de la instalación arquitectónica que homenajea a las Abuelas de Plaza de Mayo, en el Bosque de la Memoria, aparecieron quebradas y derribadas. Es imposible que un viento, que nunca existió, tire abajo una estructura de hormigón. Hubo una clara intención de vandalizar el sitio. La grieta, esa famosa y dichosa grieta, no es más que un profundo abismo.

Vuelvo al libro de Ángela. Siempre se vuelve a las lecturas que nos dejan temblando.  Quizá por que en ellas, algo o mucho nos pertenece.

Me doy cuenta de que mis hijos también son Hijos, sobrinos, nietos (de desaparecidos), aunque todavía no existan palabras para contárselo, como no existen palabras para tantas cosas. Palabras que sinteticen, que contengan, que signifiquen algo de todo esto que hay para contar. Que expliquen las remotas y particulares consecuencias que el terrorismo de Estado sigue ofreciendo, aún pasado todo este tiempo. Palabras que habremos de inventar si queremos decir algo nuevo, algo propio sobre lo que nos pasó, sobre lo que no nos ha dejado de pasar. 

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