foto edith diaz
Crónicas y Reportajes

En el nombre del padre, de los hijos y del espíritu pescador

Hace más de cien años empezaron a instalarse los primeros pescadores. Llegaron escapando de las crecidas. Lo primero que aprende un pescador es a ubicarse en el río. Luego a tejer redes, desenmallar y destripar pescados. El círculo familiar es la base de la pesca artesanal. La lucha por la tierra, el Cristo de las redes y el río que te da pero también te quita: un intento de acercamiento a la vida en el Remanso Valerio.

Por Tomás Viú/ Foto de portada: Edith Díaz

– Hola Edith, ¿qué tal? Me pasó tu número Julieta García. Quería hablar con vos para ver la posibilidad de ir al barrio a hacer una nota. Avisame cuando puedas hablar.

– Hola. Perdón que no pude atenderte, estaba haciendo dormir al bebé. Dale. Cuando pueda hablar te aviso.

Edith Díaz fue mamá hace unos meses. Por eso no pudo atenderme la primera vez que la llamé. Media hora después el niño se durmió y Edith se comunicó. – Si podés hablar, ahora yo puedo.

Ni bien me bajo del 103 negro lo primero que veo a mi espalda es un monstruo de cemento de catorce años: el puente Rosario-Victoria. El flujo de autos es permanente. Es una obra monumental que se ve desde cualquier punto de la costa. Desde su construcción, Victoria creció mucho turísticamente. Se habla del ahorro de kilómetros en ruta que significa esta unión entre Santa Fe y Entre Ríos. Pero el puente cambió también la fisonomía del barrio en el que estoy ahora. Se volvió, por su propio peso, una referencia espacial. Une y divide: antes o después del puente. Viniendo desde Rosario, el Remanso Valerio está después. Me interesa saber si para los vecinos también es una referencia. Intuyo que se manejan con otros códigos espaciales.

Voy camino a ´Lalo Pescado Fresco´. Conozco el frente de la casa porque lo vi por fotos. Las fotos del libro de Julieta en el que hay publicadas muchas imágenes que capturó Edith, hija de Lalo y hermana de Ángel. Quién es Julieta, Edith, Lalo y Ángel lo vamos a saber unos metros más tarde.

– Una pregunta, ¿la calle Los Platanos?-. La respuesta es un gesto. Más allá, más al frente.

La calle Los Plátanos está asfaltada. Al costado hay palmeras, palos borrachos y otros árboles cuyos nombres desconozco que arrojan sombras reparadoras y ayudan a aflojar el calor intenso de febrero. “Las diferencias nos enriquecen. El respeto nos une. G.B. Tu ciudad”, reza una pintada firmada por la municipalidad de Granadero Baigorria sobre la pared de la garita del colectivo. Me interesa saber lo de las diferencias y el enriquecimiento. Ya veremos.

“Aquí carnada. Redes para pesca. Lombrices. Tripas sábalo. Tripas pollo. Armado. Boga. Señuelos”. El cartel es un indicador de que definitivamente me estoy acercando al Remanso Valerio.

Foto: Julieta García

La imagen del frente de la casa de Lalo pasa a ser 3D. Hace unos días vi la foto publicada en el libro “En esta orilla” y hoy estoy acá. El Cristo abraza la casa; está justo enfrente. Ángel me invita a pasar. Adentro están Edith, Lalo y Eric. Lalo es el padre de Edith y de Ángel. Eric es el hijo de Edith. La familia Díaz se dedica a la pesca artesanal. Viven y trabajan en el río.

– ¿Vos querés conocer la historia de acá?- pregunta Lalo. – El barrio más viejo de Baigorria es éste.

– En 1876 pusieron la cementera. El horno de Thomas Furth- dice Edith. – Hoy eso no existe más.

– Eso se cayó, se borró. Ahora hay una casa arriba de ese lugar- completa Ángel.

– No duró mucho la cementera. Furth después se fue a Buenos Aires y allá murió haciendo otra cosa.

La cementera a la que hacen referencia fue la primera fábrica de cemento Portland de Sudamérica. En la segunda mitad del siglo XIX, un alemán vio el negocio en las barrancas del Paraná. Thomas Furth desmontó la zona y levantó un horno cementero que no duraría mucho y que un tiempo más tarde pasaría a la historia. Sobre las ruinas de ese horno se levantaría el barrio.

– Los pescadores vivían en la isla pero tenían que tener un domicilio para votar. Por eso tenían un ranchito de este lado- dice Edith. El barrio se empezó a formar con los ranchos dispersos de los pescadores que se refugiaban durante las crecidas. – En la isla una creciente te corre porque te tapa todo. Cuando las crecientes te corrían de la isla, venías de este lado-. Edith y Ángel hacen referencia a “este lado”. Allá la isla; acá la costa. Los dos hablan en tiempo pasado. Pregunto si esa modalidad continúa hoy. – Es lo mismo- se apura a decir Lalo. – Hoy todavía hay gente que vive en la isla y tiene casa acá. En verano hay mucho trabajo en la isla. Algunos tienen animales y viven allá-.

Cuando Lalo llegó al barrio tenía dos años. Hoy tiene sesenta y dos. – Cuando vinimos a vivir acá, hace sesenta años, no había alambres ni tejidos. Nosotros no invadimos nada. No es que lo usurpamos- se defiende, como acostumbrado a los ataques. – Durante mucho tiempo fuimos todo campo- dice Edith. En la zona había huertas y animales. Cuando Lalo era chico, su actividad era evitar que las ovejas pasaran de un campo al otro. Hoy mi alambre termina cuando empieza el tuyo.

Lo material y los recuerdos

Hasta hace cuatro o cinco años, cuando tenían que ir al hospital y llovía en las calles de tierra, no entraban las ambulancias. Ni los remises. Ni los bomberos. Ni. Nada. Estaban aislados. Edith cuenta que ahora es más fácil porque pavimentaron la mayoría de las calles interiores. Sin embargo, siguen sin figurar en los mapas.  – Yo tengo 32 años y fui a la escuela acá. Pero no estamos en los mapas de la ciudad. Cuando a mi sobrina le tocó hacer en la escuela el trabajo del plano de Baigorria, “ubicá tu casa en el plano”, el Remanso no existe-. Una vez más, la realidad supera a la cartografía. – El barrio existe. Pero no está reconocido-.

“Remanso Valerio es la comunidad local de residentes ilegales que viven cerca de la base del puente”. Esta frase corresponde a una página web de turismo. Con esta definición se encontró Edith mientras estaba googleando. Puso el grito en el cielo y decidió crear una página sobre el Remanso Valerio. – No estamos debajo del puente. Ni siquiera estamos en Rosario-. La propuesta de la página es ofrecer otra mirada que se diferencie de la crónica policial. – Para que cuando googleás te aparezca una fuente más confiable: Remanso Valerio es un barrio de pescadores que se asienta en las riveras del Paraná, en la ciudad de Granadero Baigorria. Administramos esta página verdaderos pescadores nacidos en esta zona, criados sobre una canoa, y transmitimos nuestro amor al ancho río y a nuestras costumbres a través de ella.

Foto: Edith Gauna

La referencia para llegar al barrio es el puente. Es una suerte de meridiano que te ubica espacialmente. Pero los vecinos tienen otros puntos de ubicación. La primera referencia es el Cristo Pescador. “Del Cristo agarrá para allá o para acá”. Hasta hace un tiempo, debían citar cuatro puntos de referencia: Avenida San Martín, calle Los Platanos, el río y el puente. – Dentro de ese cuadrado, en algún lado estábamos-. Hoy, en el documento de identidad figura: Remanso Valerio y el número de la vivienda. La 33, la 34 y la 205 son las casas de Lalo, Ángel y Edith. El barrio tiene dos partes: en la más vieja viven los pescadores y en la otra zona la gente que se mudó cuando los vecinos lograron tener luz y agua. Para citar a la emergencia médica, la indicación es: frente al Cristo Pescador, a la derecha de la bajada.

´Vamos arriba´, ´allá atrás´, ´vamos abajo´. ´Ir arriba´ significa ir la ciudad, ´allá atrás´ es la parte nueva del barrio y ´´abajo´ se refiere al río. Cuando pregunto por el puente, no termino la frase porque Edith se apura a contestar. – A mí no me gusta. Creo que arruinó todo. Me gustaba cuando no había nada. Era hermoso y silencioso-.

Si bien no figura en los mapas, el Remanso Valerio es una zona muy codiciada por los negocios inmobiliarios. Después de que lograron satisfacer algunas necesidades básicas, les dijeron que los iban a sacar y que les iban a dar casas en otro lado. Pero los pescadores no se quieren ir. – Yo iba a tercer grado y ya decían que nos iban a sacar- recuerda Edith.

En los años noventa el proyecto empresario era poner una sede de la cadena Wal-Mart. Los vecinos hicieron un acampe durante un mes en la puerta de la casa de quien por entonces era el intendente, Alfredo Secondo. Haciendo pescado frito todos los días resistieron el desalojo.

– Creo que inevitablemente, con el crecimiento de las ciudades, Rosario va a absorber a Granadero Baigorria. Esta zona es clave porque es muy linda. Tiene playa natural- describe Edith. Lalo es más sintético: “el dinero busca el dinero”. – Para nosotros no es valioso por lo material sino porque es nuestra casa- aclara Edith. – Acá está tu familia, tus amigos, tus recuerdos-. -Acá aprendí a gatear- dice Lalo.

Vamos pescando para vivir

El bisabuelo de Eric llegó al barrio junto con su hijo, Lalo, que muchos años después sería abuelo de Eric. Antes, Lalo tuvo tres hijos: Ángel, Edith y otra hija que vive en Villa Gobernador Gálvez. Las historias familiares se tejen y se encuentran en un punto: el remanso. El círculo familiar es como el círculo del río. Se concentra, se condensa, se mantiene vivo.

Puli, Lalo, Guri, Tribi, Cuca. Todos los pescadores tienen sobrenombres. En el patio de la casa hay una canoa y está llena de redes. Quiero saber cómo se teje una red.

– Explicarlo es una cosa y hacerlo es otra- dice Lalo. – Tiene su secreto. Tiene que quedar bien. Ángel aprendió a tejer desde chiquito. – Lo primero es comprar el hilo, que ahora está carísimo. Ahora se usa mucho hilo de cubierta. Lo comprás y se teje. No te puedo decir, lo tenés que ver.

Lo primero que aprende un pescador es a andar en una canoa y a manejar el motor. Mientras uno va arreglando el tejido, desenmallando o destripando pescado, el otro maneja. La observación y la imitación son fundamentales. Y también la compañía. Se aprende mirando. Se aprende con otro. – Una de las primeras cosas que tenés que saber es ubicarte en dónde andás por si pasa cualquier cosa o si tenés que volver solo. En la pesca nunca terminás de aprender todo.

Cuando Ángel estaba haciendo el segundo año de la secundaria no quiso ir más a la escuela para ir a pescar. Dice que el nivel primario es obligación y que todos lo hacen pero que no pasa lo mismo con el secundario. En tercera persona cuenta su historia. -Con ocho o diez años ya andan manejando las canoas. Abren los tejidos, los limpian, destripan y lavan los pescados-.

Está naturalizado. La mayoría se pone a pescar. Pero Ángel dice que los padres en general no quieren que los hijos salgan pescadores. – En un trabajo con un estudio tenés tu lugar, tu sueldo y tu obra social. Con un trabajo en blanco tenés todos los beneficios. El pescador no tiene nada. Vivís el día a día. Si te enfermás y estás una semana en cama, esa semana no se trabaja. No cobramos aguinaldo ni vacaciones-. Los pescadores no gozan de ninguno de los derechos laborales contemplados en la Constitución. No tienen Convenios Colectivos de Trabajo. Pero los hijos se vuelcan al río.

– Los hijos se hacen en el río- explica Edith. -Vos no querés que tu hijo pase lo que pasaste vos. En invierno el frío te cala los huesos. No es una expresión, existe, se siente. Si hay lluvia, tormenta o aguanieve, el pescador está pescando. Mientras algunos se levantan a tomar mates el pescador está volviendo a la casa. – Si estás pescando cerca vas a la mañana a tirar el tejido, después a tu casa a descansar un poco y volvés a la tarde. Y después de cenar también volvés a la noche. Si estás pescando el sábalo adentro, por ahí salís el lunes y volvés jueves o viernes.

Lalo no se acuerda a qué edad empezó a pescar. Dice que se empieza de muy chico. Lo que sí se acuerda es que el pescado más grande de su vida lo sacó cuando tenía 15 años. Era un surubí de 60 kilos. No sabía cómo agarrarlo porque era la primera vez que lo veía.

– El pescador es el eslabón de una cadena. Para hacer una cadena hay un eslabón y otro y otro- explica Lalo moviendo las manos. – Con el pescador pasa lo mismo. Tu abuelo, tu padre, vos, tus hijos, tus nietos. Es como una escalera.

– La cultura del pescador artesanal es lo que se está extinguiendo- dice Edith. – Es lo que mi abuelo le pasó a mi papá y mi papá a mi hermano. Mi hijo y mi sobrino se están criando en las canoas-. Para Edith, sería bueno que se valorara el bagaje cultural del pescador. – No te digo que la Unesco lo declare patrimonio inmaterial pero sería lindo que se reconozca el valor que tiene-.

Ángel también se dedica a construir y reparar canoas. En general las construyen con fibra de vidrio. Antes se usaba madera pero ahora ya no. – La que tengo en la costa la hicimos acá. Hicimos una entre los dos y se vendió-. Ángel va del patio a la cocina. Hace cinco minutos tenía un metro en la mano. Ahora tiene un destornillador. Se disculpa porque tiene que seguir trabajando.

Foto: Julieta García

De pronto flash

– Esa foto es mía. Ésta es de Julieta. Esas empanadas las hice yo. Y ésta receta también es mía-. Vamos repasando con Edith, hoja por hoja, las imágenes de “En esta orilla”: un libro dedicado al Remanso Valerio. Un proyecto de la fotógrafa Julieta García. En el libro hay muchas fotos, algunas ilustraciones y unos pocos textos. La primera particularidad es que todas las fotos fueron sacadas en el barrio. Y la segunda es que no todas fueron sacadas por Julieta. Muchas de las fotos las sacó Edith. – Hay una vecina que dice que ésta foto no es del barrio, pero sí es del barrio. Ésta foto fue una casualidad. Esa canoa rota sale en todas las fotos. Ésta la tiene Julieta en el whatsapp.

Julieta llegó por primera vez al Remanso en mayo de 2014 y valga la redundancia fue un flash. -Llegamos al barrio y flasheamos. Había una fiesta enorme, estaban asando pescados en cantidades para regalarle a la gente. Nos quedamos en la fiesta y comimos ahí. Pero antes nos empezamos a meter al barrio a caminar. Ese fue el primer acercamiento. Todo estaba por pasar. Esa primera vez que fuimos no conocimos mucho a la gente. La mayoría de los vecinos estaban abocados a la fiesta-.

Empezó a sacar fotos desde el primer momento en que llegó al barrio. Hacía un tiempo que estaba trabajando con la temática del río con fotos, ilustraciones y dibujos. Venía de una experiencia de fotoperiodismo en la isla Charigüé y a partir de ese momento comenzó a pensar cómo podía trabajar con las comunidades en el río. – Cuando empecé con esta idea, a principios de 2015, tenía ganas de hacer algo que tuviera que ver con el río Paraná. Pero me interesaba darle un enfoque desde lo social. Está la flora y la fauna pero también hay pescadores, hay gente que vive de eso.

En la casa de los Díaz el primer recuerdo que tienen de Julieta es que fue con ganas de pintar una pared. Todavía no se conocían y en ese momento nadie sabía que la primera pared que pintaría sería la de Lalo Pescado Fresco. -Nos pusimos a charlar y charlar. Todo el mundo termina acá- dice Edith. – Con Nicolás, mi compañero, hacemos murales. Íbamos a ir a pintar directamente pero dos días antes de ir me encontré con un amigo y me dijo que él conocía a una familia. Nos llevó a la casa de Lalo. Fue el primer contacto que tuvimos- recuerda Julieta. Ante la propuesta de pintar alguna pared del barrio, la respuesta de Lalo fue contundente: “pinten la pared de mi casa”.

Después del primer mural vinieron otros. Después de la casa de Lalo le llegó el turno al sobrino.  Para Julieta, la pintura “fue una manera de establecer las relaciones con la gente”. Después llegarían las fotos, la idea del libro, el armado, la edición y la publicación. – Empecé a ver de qué manera armar el guión del libro. Cómo contar la historia. Muchas de las veces que fui ni siquiera saqué fotos porque iba directamente a investigar. Me la pasaba en la casa de Lalo charlando con Edith. Yo llevaba el celular y grababa-.

El hecho de ir y volver al barrio, estar en el lugar, permanecer, dejar que el tiempo pase, habilita los hallazgos. Entre Julieta y Edith emergió un hilo común: la fotografía. Edith se crió yendo a la isla con su papá y su hermano. Trabaja desde los dieciocho años. Dice que nunca le faltó nada pero que siempre quiso ayudar. Esperaba ansiosa la salida de la escuela para irse con Ángel y Lalo. A ella nunca se le dio por pescar. Pero le encanta el río y le gusta fotografiarlo. Dice que las fotos surgen de lo que están haciendo en el momento. – Me motiva mostrar lo que yo siento por el río, por la gente, por la cultura del pescador. En cierto modo es mostrarle amor y respeto a mis padres, agradecer la educación y los valores que nos han dado-.

Julieta no quería que en el libro solamente estuvieran sus fotos. – Empecé a ver las fotos de Edith y estaban buenísimas. Hay algunas que yo no podría sacar nunca porque no amanezco ahí. Y obviamente tenemos miradas distintas.

Durante un año el libro se fue tejiendo junto a las redes. Está dividido en capítulos cuyas portadas las dibujó Nicolás Barreiro. El primer capítulo es una introducción al litoral: imágenes de la flora y la fauna que sitúan espacio-temporalmente. Al principio Julieta pensó en la necesidad de dibujar todo lo que es autóctono. Después lo desestimó. – Los animales son los que voy encontrando. Si hay un chancho, será un chancho-. El segundo capítulo se llama “Hay un barrio” y el último “De pescadores y peces”.

El libro es registro documental de un lugar. Es experiencia y devenir. Hablar con Julieta es como contar una historia sobre cómo contar una historia. Escribir, borrar y barajar de nuevo: pescar las fotos. De esa manera los espacios nos atraviesan. La fuerza del gerundio: el estar estando.

Otra de las ideas descartadas fue la de incorporar algún elemento de ficción porque ésta se vio nuevamente superada por la realidad. – La historia estaba ahí. Y la gente estaba ahí- dice. Durante el proceso de producción del libro, no encontró apoyo teórico de ninguna investigación formal. Pienso en la importancia del relato oral. Y en la transmisión de ese relato a través de las generaciones.

Agosto 2015 Pintura mural por Ozkar y Julieta, Remanso Valerio

Pintura mural por Ozkar y Julieta. Foto: Julieta García

Como pez en el agua

En lo playo, en la laguna, en lo hondo, a fondo, arriba a flor, a media agua. Esos son los lugares por los que se mueven los peces.

– El sábalo es lo que más sale-. Las palabras no son de un pescador del Remanso. Quien habla es Julieta, que de tanto ir al barrio conoce bastante. Mientras los pescadores sacan los peces, Julieta (y Edith) sacan la energía de ese momento y la traducen en luz. La fotografía es escribir con luz. La luz está en el movimiento.

Antes se buscaba mucho el pescado de anzuelo: pati, moncholo, amarillo, dorado, surubí. Hoy el sábalo es lo que más buscan porque los frigoríficos lo compran para exportar. De todas maneras, el pescador trabaja de lo que saca día a día. – En el mercado interno las parillas buscan boga o dorado. Pero lo que más vedemos es el sábalo y pescado para freír. Es lo que más consume la gente- explica Ángel.

Lalo Pescado Fresco tiene clientes de hace años. Son de Rosario, Córdoba y Buenos Aires. En el barrio no venden porque todos son pescadores. Lalo cuenta que cuando al que va a comprar no le alcanza la plata se lo venden más barato. ´- ¿No tenés un pescadito que no tengo nada para comer? – Sí, más vale. – ¿Me lo podés fiar? – Sí, llevalo´. Me quedo con una frase: en el río nunca te vas a morir de hambre. – Si no lo sacaste vos alguien te va a dar una mano.

Todo pescado tiene una medida. – Nosotros pescado chico no vendemos- aclara Edith. Si bien la veda ya no corre, lo que existe es una Ley dictada por el Concejo Pesquero de Santa Fe, por la cual los pescadores tienen prohibido trabajar sábados, domingos y feriados. Durante esos días los únicos que tienen el permiso para pescar son los turistas. La pesca del dorado también está prohibida, nuevamente con la excepción de que el turista sí puede hacerlo. Ángel hace una cuenta rápida para aclarar la situación. – Nosotros podemos llegar a usar como mucho 100 anzuelos y nos prohíben pescar los fines de semana. Pero, ¿cuántas lanchas con turistas y cuántos anzuelos tiran ellos? Cuando nosotros pusimos 10 anzuelos ellos pusieron 1.000. Fijate si no está mal hecha la ley. No nos dejan pescar a nosotros que trabajamos para vivir-.

Los sábados y domingos hay entre dos mil y tres mil lanchas en el río. Pero pescadores no hay miles. Están censados: hay sesenta en El Espinillo, sesenta en el Remanso, treinta o cuarenta en La Florida. En todo Rosario hay doscientos pescadores. Algunos dejan de trabajar y de comer mientras otros hacen turismo. Otra confirmación del capitalismo: el turismo no se detiene; la pesca artesanal sí.

Lalo está atento a todo lo que pasa. El vaso de jugo que me sirvió cuando llegué ahora está transpirando porque hace calor. Mientras habla, seca con un trapo las gotas que cayeron sobre la mesa. Lalo tiene párkinson y tuvo que dejar de pescar. Pero su vida sigue girando en torno al río. Dice que se puede vivir dignamente pero que es necesario que la actividad esté regulada por gente que sepa de río. – Pescadores- subraya, y repite: pescadores.

– Así como existe una regulación para el precio de la leche, debería existir una regulación para el precio del pescado- dice Edith- Para el beneficio y la protección del pescador y de la pesca artesanal. A veces trabajás todo el día y viene alguien y te dice ´te lo compro por dos pesos el kilo´. Y lo tenés que vender porque tus hijos tienen que comer. Con la pesca hay que comprar comida y mandar a los chicos a la escuela. Vivir todo el mes. Hoy el río te da y mañana te saca-.

Luisito y Valerio

Cuenta la leyenda que los barcos que transportaban maderas las dejaban en el remanso y después las sacaban. Siempre se perdía alguna madera de los árboles y quedaba dando vueltas en el río de forma circular. Atrapada. Un barco que se llamaba Luisito las sacaba. Un día el capitán del barco, Valerio, fue absorbido por el remanso. Esa es la historia que le da el nombre al barrio. – Te podrán contar otras. Pero es lo lindo de las leyendas, no saber dónde termina la realidad y dónde empieza el mito-. Los vecinos dicen que hace mucho tiempo se escuchaba desde la avenida el ruido que hacía el remanso.

– Mira para el río- dice Lalo en relación al Cristo. – ¿Por qué está puesto así? Porque te está esperando- . Él junto a su papá estuvieron en la discusión sobre el lugar donde debía estar el Cristo Pescador. La idea es que te reciba cuando venís subiendo. El Cristo te espera con los brazos abiertos. El día del Cristo Pescador es el 26 de mayo. Todos los años, cerca de esa fecha, los vecinos organizan una fiesta popular. En un principio realizaban una misa. Con el tiempo la fiesta se fue agrandando. La idea es hacer pescado asado y ofrecerlo a la gente.

Los Díaz saben que Fandermole fue varias veces al barrio pero ellos no lo conocen, nunca lo vieron. Lalo dice que en general se conoce la canción pero no el lugar. Para Edith hay muchas personas que han buscado el remanso a partir de escuchar el tema musical. En 2003 una banda de Buenos Aires, Los Troncozo, fue al barrio a grabar un videoclip con una versión de la Oración del Remanso. El agua de río viejo golpea contra la orilla brava. Una persona mira el horizonte con el sol ardiendo en la frente. Se sube a su canoa y remonta vuelo en el Paraná. Lalo fue el protagonista del videoclip: Lalo es el paisano serio.

Buen día para todos! Compartimos una foto clásica de nuestro Cristo Pescador, que durante dos décadas ha esperado y recibido a nuestros pescadores que regresan de sus agotadoras jornadas en el incansable Paraná, parado en la cima de la bajada. Hoy en día hay personas que analizan la posibilidad de trasladar nuestro Cristo desde su emplazamiento histórico hacia otro lugar, que resulte visible desde la nueva calle. Desde nuestro humilde lugar de administradores de Remanso Valerio Barrio de Pescadores hacemos oír nuestra voz y decimos NO a esta idea descabellada. El cristo de nuestra gente, de los pescadores, debe quedarse en la cima de la bajada. Digamos NO AL TRASLADO DEL CRISTO PESCADOR. Compartí esta publicación y danos tu apoyo.

La publicación de Facebook, vista por 12.000 personas y compartida 200 veces, fue la primera reacción frente al proyecto que tenía el Intendente de trasladar el Cristo con el objetivo de que aquellos que quisieran conocerlo no tuvieran que ir hasta el barrio. Nuevamente es el turismo el que intenta digitar los movimientos. Para los proyectos municipales, la opinión del barrio puede esperar. Pero la respuesta de los vecinos llegó rápidamente: el Cristo es una construcción colectiva. El Cristo no se toca.

Edith se pone a cocinar. Dice que tiene que aprovechar el ratito en el que su hijo duerme. En el libro “En esta orilla” también hay publicada una receta suya: el chupín de pescado hecho de modo tradicional.  “El que se come en casa”. – Mi abuelo se fue perdiendo. Tenía demencia senil. Pero uno de los últimos días le pregunté qué era el agua clara y me dijo “el agua clara es donde corre”. Y me explicó todo. No te olvidás nunca.

En el barrio hay códigos. Cuando alguien muere nadie pone música. – No es una ley, es algo tácito- me explica Edith. La energía del lugar me atrapa cual remanso y quedo dando vueltas en círculo sin poder irme. El calor es insoportable. La ropa se pega al cuerpo. Dicen que allá atrás está tronando. Que se viene una tormenta que puede traer piedra. Yo no pienso irme sin antes ver el remanso.

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