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Crónicas y Reportajes 1

La formación del lector

La Escuela de Literatura de Rosario Aldo F. Oliva es un proyecto de experimentación en el que la libertad es un modo de asumir la práctica literaria y una condición para las búsquedas. Es impulsada por el escritor Roberto Retamoso y el militante social Roberto García. Una escuela que nace sin proponerse enseñar nada.

Por Lucas Paulinovich

Roberto Retamoso y Roberto García se unieron para darle forma a un proyecto inesperado: una escuela que nace sin proponerse enseñar nada. Incluso, manifestado que no pretende enseñar nada, como una premisa, una orientación de base, mínima, para el devenir. O los devenires posibles. La Escuela de Literatura de Rosario Aldo F. Oliva es un proyecto de experimentación en el que la libertad es un modo de asumir la práctica literaria y una condición para las búsquedas. El comienzo se dio con el seminario “Lecturas cimarronas de la literatura argentina”, donde repasan los clásicos fundacionales, ensayan líneas de interpretación e intentan poner a jugar los saberes colectivos para generar nuevas dimensiones de lectura. Con extensas trayectorias como docente y escritor –Retamoso- y militante social –García- los precursores delimitan sus funciones: promover el uso de su inteligencia para aprender cosas nuevas, siendo esa inteligencia la misma y la única para todas las personas.

“A veces se combinan razones extremadamente generales con cosas muy personales –señala Retamoso-. Con la jubilación en trámite, pensé en hacer algo para no quedarme inactivo. Siempre quise armar un espacio propio totalmente independiente para trabajar con literatura de diversas maneras y sobe todo sin reproducir las formas o los modos propios de la Universidad. La primera cuestión de tipo práctico que surgió fue el lugar. Porque, además, lo pensé como un espacio libre y gratuito. Se lo conté a Roberto, con toda intención, porque sabía que se iba a entusiasmar, y efectivamente fue así. Él es un tipo muy respetuoso, me ofreció la cooperativa, pero yo le pedí que lo armemos entre los dos. El disparador fue una cosa tan personal como este momento de mi vida que es la jubilación”.

Sentados en unos sillones del espacio que el Mercado Solidario tiene en Santiago 989, hablan por turnos, se miran y esperan para agregar o retomar lo dicho, mientras entra y sale gente, miran las repisas con productos artesanales o consultan precios. Con una bolsa de masitas de algarroba y una taza de té de hierbas sobre una mesita, García desliza: “yo venía haciendo propuestas para generar espacios de convivencia económica, política, social y cultural, donde ese entramado no pase por los canales típicos de las institucionalidades, sino que conformen un espacio único, donde no haya tantas compartimentaciones ni tantas especificidades. Siempre fue un poco el tipo de funcionamiento que tratamos de darle al Mercado Solidario. Para nosotros la militancia en lo político no está separada de lo económico ni de lo cultural. Meter una rueda en lo cultural no es fácil: hay que ver qué haces y con quienes lo haces. Hoy acá funciona el programa de El Corán y el Termotanque, vienen los de Apología a hacer presentaciones, hacemos charlas, recitales. Empezamos a darle sistematicidad. Y no creo que sea aislable del contexto político. De alguna manera, todos los que estamos peleando formas alternativas, experimentaciones que propendan al cambio social, empezamos a ver la posibilidad de componer fuerzas. Y que sea parainstitucional es importante, porque las instituciones tienden a cristalizar funcionamientos burocráticos, que hacen que se convierta en algo demasiado pesado y la experimentación en lo social necesita velocidad. Las instituciones se especializan de tal manera que tenés hasta especialistas en el punto y coma”.

– ¿Qué le agrega esa alianza a la literatura, a la forma de llevar adelante un proyecto educativo-cultural?

RG: Se acerca gente que no tiene el tiempo o la predisposición de atravesar la carga que implica hacer una carrera en la Universidad. Me parece que mucha gente se acerca buscando esa ligereza y atraído por ser un espacio de encuentro, de composición, de gratuidad, vinculado con una experiencia de carácter social.

RR: Hasta ahora hicimos cinco encuentros, empezamos con el ciclo para debatir textos de la literatura argentina. Lo que se pudo apreciar fue un fenómeno muy interesante. No son clases convencionales, donde alguien expone un tema y los demás escuchan. Le dimos un formato distinto, más parecido a un seminario. Entonces en cada encuentro hay dos o tres personas que arrancan con el tratamiento del tema haciendo presentaciones personales, después nosotros hacemos una especie de articulación a partir de lo que los expositores plantean, y por último viene el debate de todo el grupo. No solo es participativa sino que es muy productiva, porque surgen cosas muy interesantes. Ahora le agregamos otra cuestión, que es, una vez terminado el trabajo sobre el tema en cuestión, una media hora adicional con la intervención de alguien del grupo que escribe y lee alguno de sus textos. Le llamamos “Buceos poéticos”. Eso también está bueno, porque arrancamos con Horacio Aige, después van a seguir otros amigos y está abierto para todos. No hay una cuestión de jerarquías o valoraciones.

– ¿Cómo se relaciona el paso que cada uno tuvo por Letras?

RR: Después de 32 años consecutivos como profesor, me sirvió para saber todo lo que no hay que hacer para trabajar con gente aprendiendo literatura. No la clase magistral, no la erudición, no los lugares jerárquicos, no la división de roles. Buscar algo más horizontal, de diálogo, de intercambio. Sin desconocer que no somos uno más, objetivamente. Pero no ser uno más no tiene que ser para nosotros un motivo para arrogarnos determinadas prerrogativas y potestades. Lo igualitario está en el funcionamiento, todo el mundo habla.

RG: Es interesante que no haya lugares mayestáticos, que a veces son difícil de mover en la institución académica. La escuela se llama Aldo Oliva como reconocimiento a un tipo que pisó las dos orillas. Pasó por la institucionalidad académica siempre a contra pelo y de manera bastante problemática. Sin embargo, lo hizo, pasó por ese lugar. Esos lugares ambiguos no es que no existen, siempre están. Hay un montón de gente que lo hace. Con esto no estamos levantando un dedo acusatorio. La propia institución tiene un funcionamiento que imposibilita que en términos individuales se pueda hacer otra cosa. Aunque siempre se puede hacer otra cosa y estaría bueno que se logre cierto movimiento en esa institucionalidad. Acá hay un intento de profundizar la lectura en lo literario. No hacemos un jueguito en el que nos juntamos para decir lo que a cada uno se le ocurre. Eso sería un error, ninguno tiene esa voluntad. Lo que hemos leído y lo que los otros leyeron, es muy importante volcarlo en una mesa común y trabajarlo lo más profundamente que podamos hacerlo. Que haya circulaciones de carácter más democrático no implica que la profundización de las lecturas se deje de lado. Si no, más bien, pasa lo contrario. Muchas veces es más fácil ir por la vía cómoda en la institución.

– Hay una decisión que es netamente política al arrancar con estas lecturas cimarronas y en el nombre de Aldo Oliva, que tenía algo de cimarrón en su forma de concebir la literatura.

RG: Aldo era un tipo que podía dar literatura española, literatura europea, literatura argentina, tenía un conocimiento amplio y profundo, algo muy complejo de lograr. No sé si cambiaba mucho el contenido entre la facultad y el bar. Era tan profundo en el bar como en la clase. Lo que pasa es que se permitía convertir al ámbito del bar en un portal para distribuir los saberes.

RR: Aldo era una especie de expropiador, alguien que se apropiaba de lugares y discursos. Recuperaba saberes sintiéndose con mucha libertad para hacerlo, aún en la cátedra. Lo que decía en la cátedra y lo que decía en el bar no difería esencialmente, difería el ámbito.

RG: Los estudiantes, le gustara o no lo que dijera Aldo Oliva, estaba obligada a transitar por ese punto de la carrera. Esa es la pesadez a la que nos referíamos. En cambio, estamos seguros que los que iban al bar, iban porque querían. Eso es lo que Roberto propone cuando lanza la idea de hacer la Escuela. La institución no desaparece nunca, de hecho, acá mismo se genera una suerte de institucionalidad, pero es totalmente distinta. Pasa a ser un espacio de carácter deseante. No decimos que la literatura tenga una llave quintaescencial para leer lo político y lo social, pero hay una cantidad de vínculos posibles que en la academia están obturados.

– ¿Cuáles son las lecturas que se habilitan con esta dinámica?

RR: Prefiero definirlo por la negativa: yo sé cuáles son las cosas que no haría más. La Universidad supone una administración del trabajo docente y de la enseñanza. Y se administra a tal punto que obedece a pautas, periodos temporales, presentación de programas pero donde más se manifiesta es en las evaluaciones. Se transmite una enseñanza y después eso se examina. Lo cual genera una situación de una coacción que es pesadísima. Muchas veces llega a extremos que son aberrantes, donde un alumno tiene que decir cosas con las que no está de acuerdo, pero las tiene que decir para que lo aprueben. Eso genera efectos muy perniciosos. Al eliminar esa instancia, que acá no existe, nosotros no restamos ninguna de las otras fuerzas del trabajo docente. Nos reunimos, preparamos los temas, los elaboramos, vemos materiales, hay una dedicación muy intensa y comprometida. Pero todo eso en función de transmitir algo que después no va a pasar por una evaluación. Y eso confiere una libertad enorme.

– ¿Cómo se inserta e interpela al campo literario local?

RG: Yo tengo una hipótesis, pero sin tanta claridad. Creo que el hecho de que a mis compañeros de la cooperativa les haya entusiasmado, que no haya parecido loco que acá funcione una escuela literaria, que está motivada por un docente que es crítico, escritor, poeta, como Roberto, y que me lo proponga a mí, que pertenezco a ese universo, pero que en la cooperativa soy un productor más, me dio un indicio de que los que trabajan en ciertas militancias del campo social pueden conectar con esos hechos culturales que quedan compartimentados. Me parece que justamente esa juntura un poco extraña, que es propia de la literatura, no es una imagen de carácter literaria, sino que se da en el funcionamiento de lo real. Y no lo inventamos, sino que lo reactualizamos, lo ponemos a vivir nuevamente. Cuando hicimos el Manifiesto, Roberto hizo una escritura larga jugando con el término falansterio. Nos reíamos entre nosotros porque la cooperativa funcionaría como ese ámbito. Pero está también “La noche de los proletarios” a la que alude Ranciere, es decir, ese espacio en el que determinados sectores de lo social que, por un lado, están entramados en las relaciones objetivas, que son siempre ominosas para el propio disfrute de la vida, buscan aperturas hacia otras zonas de la filosofía, del conocimiento, de la militancia. Están haciendo pensar sobre cómo debería ser el funcionamiento de lo social por fuera de las relaciones de explotación. Esas relaciones que son de opresión y de mandamiento. Que determinados espacios proyecten formas de vida en los que la experimentación cultural forme parte, nos habla de una búsqueda y de una investigación activa. En ese punto, la hipótesis es que eso es leído por una parte del afuera que se acerca para articular y pone a la literatura a jugar en otro plano.

– ¿Cómo entra la literatura de Rosario?

RR: Es algo por venir, tenemos pensado hacer un ciclo sobre los escritores de Rosario.

RG: Pertenecemos a la tradición, y la actualizamos, de lo que sucedió en determinados momentos con el movimiento obrero del siglo XIX y la búsqueda de formatos culturales de sustento, como la fundación de las bibliotecas en nuestro país, que fueron fundadas por socialistas y anarquistas, no por la Liga Patriótica. Y la propia literatura rosarina, vista desde esta perspectiva, aunque no lo quiera, está pasando por una suerte de vivificación en términos sociales. Si bien todo artista trabaja consigo y persigue una forma, en realidad, no podemos desdeñar que la existencia de otros que hagan lo mismo nos impacta y nos movilice. Los movimientos no explican la grandeza, la profundidad o la belleza de una obra, pero si la coexistencia de determinados artistas produciendo en común, explica que una determinada perspectiva haya impactado en términos sociales o no. No desconocemos que la obra artística es individual y, en última instancia, abierta a todos, infinita. Pero no hay que desconocer la existencia de movimientos. “El matadero” tiene valor por sí mismo, pero está enmarcado en un conjunto de obras, de vivencias, de perspectivas, que Echeverría tuvo.

– ¿Y hoy en que situación encuentran a Rosario?

RG: Hay un montón de escritores que está sembrando y no están produciendo lo mismo. Sin embargo, que todo eso resuene junto hace que esa maquinaria empiece a autoenergizarse, porque tenés a otro que está produciendo. La propia fundación de una escuela como esta, que es incipiente y tiene mucho para caminar, tiene bastante que ver con esa vibración, ese conjunto armónico, aunque cada punto sea inarmónico.

– Sin embargo, parece que faltan este otro tipo de entradas, estas lecturas más políticas, quizás, que eviten la autocomplacencia.

RR: Hay algo sintomático: en Letras no se leen autores rosarinos. Habla de un inmenso prejuicio. Lo que nosotros tratamos de hacer es englobarla en la literatura argentina, como una expresión más. Todavía no empezamos un trabajo específico, pero elegimos una manera de intervenir bastante singular que nos diferencia de lo que se hace en la Universidad y de otros ámbitos institucionales que son los talleres literarios. Ahí hay un objetivo concreto: darle recursos técnicos a las personas para que puedan intentar producir algún texto. Son ámbitos de adquisición de técnicas de escritura. Pero nosotros apuntamos a otra cosa. Acá no nos planteamos dar cursos de escritura creativa. Porque en vez de pensar en formar técnicamente para que puedan escribir, apuntamos más a formar lectores. Que es alguien que no solamente lee de manera mecánica, sino que al leer, va pensando. La literatura se nutre de esas dos cuestiones. Si no se lee no hay literatura.

RG: La intervención de la escuela en esa cantidad de escritores que están apareciendo, me parece que puede generar un espacio de abono, una tierra donde podrán crecer otros escritores o lectores.

– ¿Cómo se modifican esas condiciones de lectura en esta nueva realidad, con estas intensidades que reciben a la Escuela?

RR: La realidad condiciona totalmente. Yo agregaría que esto representa también un lugar de agrupamiento que, sin ser necesariamente reactivo, es un lugar más donde juntarse para pararnos frente a todo lo que se nos viene encima. Me parece que, a pesar de no ser el principal objetivo, la Escuela se va convirtiendo en un espacio donde se agrupa determinada gente que, a partir de intereses comunes, gesta un sentimiento de pertenencia grupal que obviamente responde a esa realidad tan invasiva y avasallante. Está practica no deja de ser una respuesta política.

RG: Ahí vuelve lo cimarrón, como una cifra, un código, el escaparse de las normas institucionales. Pero ninguno de los dos se siente incómodo en el mundo académico, sino que entendemos la institucionalidad como ese lugar calloso de las relaciones objetivas. Un cimarrón es alguien que atraviesa un umbral, una frontera, que consciente o inconscientemente va a buscar algo que no está dado de antemano. Y hace honor a ese momento en el que Cruz decide no cumplir su papel y acompaña a Fierro yéndose para el otro lado. Rompe con las relaciones policíacas, que no fundan una politicidad, pero si está hablando de algo que para la literatura es muy caro, que son las parejas que se autopotencian, que sirven para darse esa fuerza. Esas potenciaciones son las que estamos buscando gestar.

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  • Raquel Kreichman says: 28/07/2017 at 23:58

    Los felicito por este proyecto que me parece original y valioso. Ello en tanto se propone trayectos de lecturas horizontales, colectivas, de integración de saberes, recuperación de nuestra “aldea” , nuestra memoria y la dimensión politica de toda lectura _ escritura. Una respuesta quizás al malestar en la cultura y las instituciones que quizas pueda posicionarse como un espacio de resistencia al particular y profundo malestar de este complejo y difícil momento histórico que estamos atravesando.

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