Narrativas 2

Fuerte y al medio

Por Franco Furno 

Foto: Leonardo Vincenti

Los dos gendarmes salen de la oficina y caminan al calabozo en silencio.

No puedo cerrar bien la boca, trato de cerrar los ojos y recordar algo que me traslade hacia afuera, que funcione de calmante. Aparece la cocina de la abuela a media mañana, con la mesa totalmente enharinada y con la masa lista de los ñoquis o ravioles, la guitarra del Neno y esa cara con gestos de sufrimiento y placer mientras sacude una chacarera.  Como me duele, la recalcada con… Y el río, siempre aparece el río con su idioma, sus pájaros y raíces adornando las costas. Todo se esfuma cuando escucho ruidos de puertas, pasos. Se me hiela la sangre, se tensan los músculos. Los pasos se alejan, trato de repasar los hechos, ahí donde sucedió todo tan rápido.

La tarde salió redonda para mí, más allá que el equipo está para atrás. Don Cauce viene dándome rodaje metiéndome unos minutos por partido para no quemarme. Entré en el segundo tiempo, empatado en uno el partido. No voy a olvidar la sonrisa de la vieja desde la tribuna de tablones, aplaudiendo parada, cuando vio que me sacaba la pechera y precalentaba para entrar.

-Pibe, parate entre los dos centrales, y no bajes más de tres cuartos de cancha. ¡Dale pendejo, dale! -me dijo Cauce, palmeándome firme la espalda.

Los primeros minutos, la pelota no me llegaba, ellos dominaban y atacaban tirando centros de todos lados, hasta que el Chicho la pellizca en el medio y sale el contrataque. Estaba solísimo arriba entre los cuatro defensores. Fue bastante rápida la jugada, bochazo frontal del Chicho, el seis de ellos rechaza de cabeza, le queda al Gringo que sin pararla la mete otra vez buscando habilitarme, pica media borracha y me queda justa. La acomodé con el muslo, casi le pego el chumbazo de una, pero preferí frenar y mirar donde estaba el arquero. El gordo ese se desarmaba mientras salía a achicarme, apenas picó otra vez, no dudé y se la tiré por arriba.

Salí a festejar, corriendo con la sonrisa del primer gol en primera. Cuando me acerco al alambrado lo veo al Palomo Gonzales, festejando con esa sonrisa de niño, como cuando la pisaba en el potrero cuando jugábamos juntos. Yo tuve la suerte de llegar, él jugaba mejor, la rompía. Pero su rodilla le dijo que estaba para otra cosa, la vida le planteo otros desafíos mucho más trascendentes que los míos. Había bastante gente del pueblo en la tribuna de madera. Faltaba poco para que termine el partido, mucho silencio y nervios en la gente, nos cagaron a pelotazos, pero ganamos. El partido terminó 2 a 1 y yo tocaba el cielo con las manos de alegría, no era para menos, mi primer gol en primera ganándole al puntero.

El piso está muy frío y húmedo, no me di cuenta y me babeé todo, un charco de saliva y sangre me mojó hasta el pelo. Si pudiera cambiar la posición… Mis brazos están acalambrados de estar pegados en la espalda, ya no siento las manos por las putas esposas. Y pensar que yo era todo alegría, la puta madre ¿dónde carajo estoy? Ya me veía siendo titular el próximo partido, ¿por qué no fui derecho a casa? ¿Cómo estará la vieja? ¿Y Judith? Que linda estaba esa noche en el bar, me sonrió desde la otra mesa todo el rato. No le saqué los ojos de encima. Yo, agrandado, sacando pecho siendo la figura del partido, si no venía la prima a buscarla la iba a invitar a tomar algo. Cuando se iba se volteó y saludó mirándome con una sonrisa enorme. Pensé: ya está, apenas la vuelva a ver la invito al río a pasear. Era la noche perfecta, los muchachos no paraban de recrear mi gol. Y esa noche, volviendo a casa, me agarraron.

Iba por calle Chubut, silbando con las manos en el bolsillo. Paró la Unimog blanca, dos gendarmes se bajaron y me apuntaron con armas largas. Tranquilo, pensando que era un error no me resistí, pero les dije que era una equivocación, con violencia me pusieron contra la pared. Un golpe en la nuca y se apagó la luz. Algunos flashes aparecen, estando acostado en la caja de la camioneta, tapado con un nylon negro, entre dos conos naranjas de señalización vial.

Cuando recuperé la conciencia estaba desnudo, mojado y me dolía todo el cuerpo. Una oficina sin ventanas, una lamparita tenue iluminaba cuatro paredes. Una mesa, y un tipo de saco y corbata sentado delante de mí hablándome al ritmo del eco de sus zapatos.

-Esto es muy fácil señor, sabemos que en algo raro anda, solo pedimos cooperación. No queremos que nadie salga lastimado. Le nombraremos algunas personas, solo tiene que decirnos que sabe de ellos. Si usted coopera, mañana almuerza en casa -dijo el que parecía ser el capo de la movida.

Luego comenzó a dar un largo discurso sobre la moral del ciudadano argentino, que respondía a un operativo antiterrorista del Ministerio de Seguridad de la Nación, me habló sobre la honestidad que hay que tener para con las autoridades que luchan contra la injusticia y el terrorismo en nuestro país. Lo interrumpí:

-Tiene que ser una confusión señor, yo no hice nada.

Hizo silencio, se paró, dio una vuelta alrededor de mi silla y al oído me dijo:

-No existen confusiones acá, y vas a hablar cuando yo te lo diga.

Luego agarró el único papel que estaba sobre la mesa y empezó a nombrar a unas 10 personas del pueblo. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo cuando escucho el nombre del Palomo: “Esteban Darío Gonzales”. Algo sabía que estaba metido en la alfabetización para adultos en la villa, pero hacía más de dos años que no hablaba con él. A las otras personas no las conocía, a algunos los tenía fichado de vista, pero no más. Desde que nombraron a Esteban me prometí no decir una palabra de él, no podía entregar a un amigo de toda la vida. Cuando terminó la lista me preguntó si conocía a alguien.

– Señor, no conozco a nadie, yo solo soy jugador de fut… -una trompada con el revés de su mano me hizo callar.

– ¿Estás seguro? -preguntó gritando.

– No conozco a nadie, en serio. Yo juego en… -otra piña en la mandíbula me dejo sin terminar la oración.

Se retiró de la habitación cerrando la puerta con violencia. Tenía frio, escupía sangre y del ojo izquierdo no veía casi nada. A los minutos entraron dos uniformados, me taparon la cabeza con una bolsa negra y me arrastraron a esta otra habitación como una bolsa de papas. Ahí comenzó el horror. Me tiraron al piso y mientras charlaban de sus vidas me pateaban como si fuera un trámite diario y común para ellos. Recuerdo que hablaban de una fiesta de quince, de la guita del salón y del DJ. Mis gritos eran en vano, seguían como si nada, pedía por favor que pararan, pero no hubo respuesta. Otra vez se me apagó la luz.

Desperté tirado, atado de pies y manos, con la jeta contra el piso. Creo que por lo menos pasó un día, no sé, perdí la noción del tiempo.

No tengo una estrategia, si vuelven a interrogarme no voy a entregar a nadie, menos al Palomo, no es ningún terrorista. Aunque no sé cuánto voy a aguantar. Pienso en Judith. Otra vez pasos, se abre la puerta de madera.

– Te toca pibe, tenés una chance más antes de tocar el arpa. ¿Tenés ganas de cantar hoy?

– No lo asustés así, loco. No ves que está todo cagado.

– ¡Ay hoy te viniste sutil Ordoñez, ayer linda viaba le diste al rubiecito! Vamos a hacer rápido que me espera una vaquillona.

– ¡Apa! ¿Y no invitas sorete?

– Es que fue una apuesta con mi suegro, no sabes lo bien que me salió.

Se pusieron a charlar, uno puso su borcego sobre mi cara. Esta vez no me pusieron bolsa en la cabeza y ya había escuchado el apellido de uno de ellos. No había esperanza. Esa conversación dilataba mi negro destino. Yo empapado de sudor, oliendo mi muerte y estos buitres, charlando como en casa.

– ¿Qué le apostaste al gordo? – dice riendo Ordoñez, no me olvido más ese apellido. – Sacale las esposas a éste…

– A ver las manitos de la nenita… ¿no sentís los brazos, no? – Agrega el otro en tono burlón, mientras me saca las esposas. Al fin un poco de alivio. Mil hormigas le dieron vida a mis brazos y espalda. No contesté. Sólo disfruté el cambio de posición tan deseado.

– Resulta que, en el cumpleaños de la Romina, en un momento le digo al lechón de mi suegro: “Agarrensé mañana, Argentino pega el batacazo y los bajamos de la punta!” Se largó a reír, estaba medio choborra y me lanzó que nos ganaban por goleada.

– Y claro, como veníamos… ya tenía los días contados Cauce. Decí que lo aprecio al viejo, yo nunca lo putié, ojo. Los goles que hacía en su época, ¡mamadera! -dijo el tal Ordoñez.

Abrí los ojos de par en par, no podía creer lo que escuchaba. El otro gendarme se prendió un pucho.

– Pará que te cuento, le digo a mi suegro que le ganamos igual, que le apostaba lo que quería, que eligiera… Y me tiró lo de una vaquillona, pero para hoy, y que la tenía que asar el que perdía y esperar al otro con el mejor vino del mercado del viejo Matías. No le pude decir que no, ya estaba viendo donde sacaba la guita. Toda la familia se enganchó enseguida, quedamos en ir todos a la cancha.

– Que ojete, che. Con razón festejabas tanto el domingo. Te vi a los bocinazos por la avenida. Y todo por ese pendejo que hace poco juega… que golazo que hizo. ¿Cómo se llama?

– Ni idea cómo se llama el pibe, no podía creer cuando la metió. La cosa es que el gordo debe estar transpirando, asando para mí, a las puteadas y con el tuje roto.

Entré a desesperarme, me costaba respirar. No sabía por dónde empezar, ahora tenía esperanzas.

– Soto… -dije balbuceando.

Ordoñez se puso serio, me agarró de los pelos con violencia.

– ¿Ahora hablas? Más vale que cantes frente al jefe. ¿Qué dijiste, putita? -exclamó Ordoñez.

– Soto. Soy Soto, el 9 que hizo el gol de Argentino el domingo.

– Uy que viaba le voy a dar a éste… -dijo el de la vaquillona. – ¿Te haces el vivo?

– No, señor. -dije balbuceando. – Les juro que soy yo, uso la 23, Don Cauce me quiere mucho. Por favor, no conozco a nadie de la lista, tengan piedad.

Se hizo un silencio entre los dos y se miraron serios. Ordoñez me soltó la cabeza contra el piso suavemente. Salieron del cuarto y se quedaron hablando en voz baja con la puerta entreabierta. No pude entender lo que decían.

Se fueron. Respiro aliviado y aprovecho para sentarme, estirar los brazos, casi no puedo mover el cuello. Intento pararme, mis piernas no tienen fuerzas, duelen demasiado, vuelvo al piso. Me arrastro hasta la pared y me quedo sentado. Ahora aparecen bien nítidas imágenes que calman mis dolores: la mirada vidriosa de la vieja contenta en la tribuna, Judith saludándome en la puerta del bar, la pelota entrando despacito por arriba del arquero y la sonrisa del Palomo atrás del alambrado.

– ¿Qué me vienen con las posibles repercusiones mediáticas? Ustedes tienen que obedecer órdenes, Señores.

– Pero señor, si es cierto lo que dice, puede llegar a Buenos Aires el caso, puede ser un lío. -dijo Ordoñez.

– A ver si me entienden. Les voy a decir una cosa y me obedecen sin balbuceos, si no quieren ser suspendidos. No solo lo van a hacer mierda porque tiene vínculos con subversivos y terroristas, sino porque ese pendejo me arruinó el domingo. Este año salimos campeones sí o sí.

Los dos gendarmes salen de la oficina y caminan al calabozo en silencio.

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  • leonardo vincenti says: 21/02/2018 at 18:28

    foto internet ? la foto esta hecha por alguien, una persona, como el pan esta hecho por un panadero, el medio de donde la sacaron es internet, la red, la masa de las comunicaciones, pero la foto siempre esta realizada por una persona, esta bueno que se respete eso y se ponga el credito siempre correspondiente al responsable de una imagen, un abrazo, leonardo vincenti el autor de la fotografia que la hizo en olivero en el neurociquiatrico, la vi y se me vino un muy grato recuerdo, de esa cobertura, con mi gran y querido colega pablo makovsky, preguntele a internet haber si les dice algo sobre esta imagen?

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