El comunicado completo de la Asociación
Periodistas
Pronunciamiento
Periodistas realizó una reunión extraordinaria para considerar la situación
surgida entre Página/12 y su columnista de temas económicos Julio Nudler. El
tema tuvo repercusión en algunos medios de prensa dentro del gremio
periodístico. También provocó un reclamo de pronunciamiento de parte de una
asamblea del personal de ese matutino en el que nos consideramos aludidos.
Después de un amplio debate, los miembros de esta Asociación, fundada en
1995, acordaron ratificar los lineamientos de su estatuto fundacional, que los
compromete a involucrarse en todos los casos en que los poderes públicos,
directa o indirectamente, afectan la libertad de expresión de un periodista.
Hubo distintas posiciones con relación al caso de nuestro colega Nudler,
primando la opinión de que no constituyó un episodio de censura, sino que se
encuadra en la dinámica de las habituales relaciones entre un periodista y su
editor. Ello excede el marco de los objetivos que siempre se fijó
PERIODISTAS.
Nuestra Asociación ratificó su compromiso de defender el derecho esencial a
la labor periodística y su compromiso con los derechos y garantías que
constituyen la esencia del sistema democrático.
Buenos aires, 4 de noviembre de 2004
Los Miembros que firman este comunicado son:
María Laura Avignolo, Ana
Barón, Santo Biasatti, Nelson Castro, Ariel Delgado, Rosendo Fraga, Rogelio
García Lupo, Andrew Graham-Yooll, Martín Granovsky, Mariano Grondona, Roberto
Guareschi, Mónica Gutiérrez, Ricardo Kirschbaum, José Ignacio López, Fanny
Mandelbaum, Joaquín Morales Solá, Norma Morandini, María Moreno, Daniel Muchnik,
Silvia Naishtat, James Neilson, Teresa Pacitti, Magdalena Ruiz Guiñazú, Fernán
Saguier, María Seoane, Ernesto Tiffenberg, Horacio Verbitsky.
Oscar Serrat Isidoro Gilbert
Presidente Vicepresidente
Carta de Hernán López Echague
4 de noviembre, 2004
Estimados miembros de Periodistas:
Acabo de leer, con sumo desagrado y sorpresa, el comunicado que echaron a
rodar acerca de la censura que sufrió Julio Nudler en Página/12. De hecho, y
espero no resultar ofensivo, es un comunicado equívoco y, por sobre todas las
cosas, fundado en la hipocresía.
Dicen ustedes:
"El tema tuvo repercusión en algunos medios de prensa dentro del gremio
periodístico. También provocó un reclamo de pronunciamiento de parte de una
asamblea del personal de ese matutino en el que nos consideramos aludidos".
Digo yo:
¿Por qué resolvieron pronunciarse? ¿Porque habían sido "aludidos"
o porque la situación les parecía digna de análisis y en el medio había un
debate acerca de la ética periodística?
No, resolvieron reunirse, si es que lo hicieron, movidos por el reclamo de
los trabajadores del periódico, esos pobres gatos que no comprenden los favores
del pertenecer. Y, por sobre todas las cosas, porque deben seguir jugando a ser
ecuánimes, independientes, autónomos y francos. Como decía Bertolt Brecht, la
verdad es una cosa muy sencilla, aquello de lo que se trata.
Añaden luego:
"Hubo distintas posiciones con relación al caso de nuestro colega Nudler,
primando la opinión de que no constituyó un episodio de censura, sino que se
encuadra en la dinámica de las habituales relaciones entre un periodista y su
editor. Ello excede el marco de los objetivos que siempre se fijó
PERIODISTAS".
Cabe la pregunta: ¿qué comporta, a juicio de la Asociación Periodistas, "un
episodio de censura"?
Porque el que sufrió Nudler, parece, no lo fue. Claro,
"se encuadra en la dinámica de las habituales relaciones entre un periodista y
su editor".
¿Puedo tomar como seria y digna de atención esa estupidez? Viene alguien y me
dice que le han levantado la nota, toda, todita. Entonces le respondo: "No seas
boludo, la censura que acabás de sufrir se encuadra en la dinámica de las
habituales relaciones entre un periodista y su editor".
¿Qué es un acto de censura para Periodistas? Para algunos de sus miembros,
como Rosendo Fraga, Mariano Grondona, Roberto Guareschi, Ricardo Kirschbaum y
Joaquín Morales Solá, que crecieron y cobraron dimensión durante la dictadura
militar, seguramente la censura es un avatar, algo que bien puede ocurrirte en
cualquier momento, a cualquier hora, pero no es tan terrible, se banca, un
hábito, ché, de algo hay que vivir, forma parte de las reglas del juego
periodístico, ¿entendés? Además, si te censuran, por algo será.
La presión no constituye un episodio de censura.
El ninguneo no constituye
un episodio de censura.
El hecho de levantar una nota por razones políticas o
ideológicas o de publicidad oficial, no constituye un episodio de censura.
Me gustaría recibir algún manual de Periodistas donde definan de manera clara
y precisa el significado y los alcances de la palabra censura. En tanto, les
recomiendo la lectura de "Etica para periodistas", de María Teresa Herrán y
Javier Darío Restrepo, Tercer Mundo Editores, Colombia, marzo 1991.
También me encantaría saber para qué existe la Asociación PERIODISTAS y qué
intereses representa y defiende. También, les ruego, dejen de mencionar a Walsh
en sus escritos o charlas. No sean atrevidos.
Cuando lo consideren necesario, estoy a su disposición para contarles un par
de anécdotas. Cuando Tiffenberg, durante una reunión en la que estaban presentes
Luis Bruchstein y Martín Granovsky, me ordenó que le mintiera a un juez (cosa
que no hice) con el objetivo de demorar una noticia y convertirla en exclusiva
de Página/12. También, cuando Tiffenberg y Granovsky, miembros (vaya casualidad)
de Periodistas, resolvieron echar a la basura una investigación que realicé con
el apoyo del diario acerca de un personaje que ponía en tela de juicio al
gobierno de la provincia de Buenos Aires. Badía, el entonces gerente comercial
del diario, me rogó comprensión. "Hay mucha publicidad del gobierno de la
provincia de Buenos Aires", explicó. Ocurrió en agosto de 1994. Esa misma noche
renuncié.
Un saludo, Hernán López
Echagüe
A continuación, Censura a Julio Nudler, por
Daniel das Neves (*)
Buenos Aires, 4 de noviembre
El reciente impacto que provocó el episodio de censura registrado en torno de
una nota escrita por Julio Nudler que Página 12 decidió levantar, permite
-alejados por un momento de las reacciones que esto generó en el ambiente
periodístico- algunas reflexiones. En realidad, obliga más que permite. Es que
el inmediato -no en todos los casos, convengamos- y extendido rechazo que
surgió, podría ser leído como que es posible hablar de censuras de primera, de
segunda y hasta de décima, dada la considerable proyección que tuvo este caso a
la luz de otros hechos, incluso recientes, que no alcanzaron a mover el
amperímetro de la Opinión Pública. El levantamiento del programa periodístico
Visión Siete Edición Especial, cuya reposición siguen reclamando, desde hace dos
meses, los periodistas de Canal 7 y la UTPBA, afrontando un vacío informativo
grosero; la salida del aire, y posterior vuelta, de dos programas culturales en
el mismo canal del Estado; la sorpresiva desaparición del programa de Liliana
López Foresi de AM Concepto, disfrazada de litigio contractual; el silencio
mafioso perpetrado por la gran mayoría de los medios respecto de la aparición
del libro de Manguel-Romero que investiga la vida de uno de los barones de la
comunicación local, en este caso Daniel Hadad, son apenas cuatro de los ejemplos
más recientes que, a pesar de su gravedad, casi no rompieron la frontera del
anonimato. Estos y otros casos permiten demostrar la capacidad para levantar
murallas de parte de quienes ejercen el poder, en este caso
económico-comunicacional, sean ellos los pulpos mediáticos, los gobiernos o
ambos sintonizando intereses comunes Se trata, en todo caso, de cómo una
cuestión de fondo -en la que la censura es sólo un aspecto- aparece en medio de
circunstancias distintas, por lo que la coherencia, los principios y cierto
sentido de la ética profesional y social del periodista deben pujar -la mayoría
de las veces en marcada desventaja- contra intereses empresarios que ocultando
su condición primaria y fundamental, el negocio, ensucian el debate, al
atribuirse ser los depositarios de un derecho -el de la información- que es
propiedad de toda la sociedad. Si censura es impedir el acceso de la sociedad a
una información necesaria para el reconocimiento, fortalecimiento y desarrollo
de sus derechos -sean estos políticos, económicos, sociales, culturales,
educativos, incluso recreativos-, es evidente que los medios de comunicación
conviven a diario, y con ejemplos a repetición, con ese instrumento, que ellos,
apelando a un sofisma, han dado en llamar libertad de prensa, convirtiendo en
derecho privado un derecho público. Se trata entonces de un mecanismo que -como
en este y otros casos- se utiliza en defensa de un objetivo que es central y que
se asienta en la conservación de un conjunto de intereses, fundamentalmente
económicos, desde una visión de la vida y desde cierta ideología. Sería un
despropósito remitir la figura de la censura a apenas un trayecto que se inicia
y concluye con la última dictadura militar: primero, porque los miles de muertos
y desaparecidos como parte de un planificado genocidio colocan el hecho
repudiable de la censura por debajo de los alcances criminales del terrorismo de
estado, y segundo porque la alevosía de aquellos años, en cuanto a la
instrumentación de la censura, dio paso a ciertos métodos -a veces ni tan
sofisticados- que presentan la acción de censurar de otro modo, argumentando
siempre -manipulación mediante- con factores ajenos a los reales, bajo el
paraguas protector del espíritu de cuerpo (yo no te toco, vos no me tocás) que
domina las relaciones entre los grupos empresarios del sector. Esto último no
deja de observar que también existen los cortocircuitos entre ellos, ya sea por
disputas de mercado, de pautas publicitarias o, no por raro ausente, por
representar expresiones ideológicas y/o alianzas distintas, aunque partan, como
fue dicho, de una base estructural empresaria-capitalista similar. En ese marco
se inscribe la hipócrita actitud asumida por Noticias frente al episodio de
Página 12, una provocación de bajo vuelo de Jorge Fontevecchia que sólo puede
convencer a ingenuos y distraídos que ignoren -a esta altura de la historia del
periodismo de las últimas décadas- quién es y que representa Fontevecchia, que
al "denunciar" a su colega apela a esta figura: tu acto de censura es mi derecho
a ejercer la libertad de prensa. En el fragor cotidiano, en la pelea contra la
autocensura, en la necesidad de preservar puesto de trabajo y dignidad
profesional y humana, incontables episodios de censura se reproducen en la
mayoría de las redacciones del país, donde algunos matices de líneas
periodísticas y hasta -se puede admitir- diferentes grados de compromiso en la
defensa de ciertos derechos esenciales de toda una sociedad por parte de algunos
medios, enfrentan -en episodios como los de Nudler, los mencionados y todos los
demás- la falla de origen que es la propia naturaleza del sistema en el que se
asienta esa empresa. Más allá de que algunos lo padezcan rodeados de
contradicciones y otros lo asuman sin ningún complejo como propio. Más allá,
incluso, que las ideas de los periodistas puedan coincidir con lo que se expresa
desde la línea editorial. Pero este debate se puede tornar estéril, si al
transitar el camino de la evidencia de que un sistema impone las condiciones
donde la censura es una dócil y funcional herramienta que les garantiza a los
dueños de los medios el derecho a la propiedad en el campo del mensaje, no se
plantean -preocupación que la UTPBA viene expresando desde hace tiempo- formas
de intervención que trasciendan la indignación respecto de un tema tan sentido,
que si bien se proyecta desde que el periodismo es periodismo, adquiere ribetes
dramáticos como consecuencia de la actual etapa del capitalismo neoliberal
globalizado y el rol clave que en ella cumple la comunicación en su sentido mas
integral. Los trabajadores de Página 12 acaban de dar un paso con ese rumbo, al
discutir en asamblea el caso de la censura a Nudler y emitir un pronunciamiento.
La respuesta colectiva y organizada que enfrenta activamente el ataque a una
dignidad profesional que, como organización, entendemos más ligada a una
responsabilidad social que a un valor corporativo, vuelve a mostrarse como el
método más adecuado, aunque todavía no alcance para disputar seriamente frente a
semejante apropiación de nuestros derechos registrada en la última y larga
década infame. No se trata de que todos los intereses sean ilegítimos, se trata
de no perder de vista su existencia y de que algunos expresan los de unos pocos
y otros los de la mayoría, y que esto forma parte de una relación en permanente
tensión. Lo ilegítimo y repudiable es mentir para justificar lo que se encubre,
en nombre de las sagradas escrituras de la libertad de prensa. Si es cierto que
la verdad se construye, la primera tarea en ese sentido es impedir que la
mentira -elaborada en bien de la gobernabilidad mediática o de lo supuestamente
"correcto" en términos políticos-periodísticos- se naturalice.
(*) Periodista. Secretario General de la Utpba.