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Cine Diana
La película de la memoria

Inaugurada en 1943, la sala acompañó los tiempos de esplendor y decadencia del Saladillo, al sur de la ciudad. Estuvo cerrada más de treinta años, pero hace poco fue reabierta con orgullo por un grupo de vecinos

Alfredo Monzón tiene 57 años. Es técnico electromecánico, flaco, alto, y con lentes. Hoy ejerce como docente en el taller de la escuela para adultos que funciona en la Casa de la Cultura Arijón, en el corazón del Saladillo. Pero antes, prefiere presentarse como uno de los vecinos que trabaja por la recuperación del Cine Diana, o como el historiador barrial que trabaja con dedicación para reconstruir la memoria de la zona sur. “El Saladillo uno de los barrios con más tradición de Rosario. Y hace cincuenta años, cuando vivía uno de sus períodos de esplendor, este cine llegó a ser un orgullo para todos los vecinos. Por eso nos decidimos a recuperarlo”, señala Monzón.

 

Los tiempos de Pineda y Arijón

La entrevista con enREDando había sido pautada para hablar de lo más reciente, la reapertura del cine Diana. Pero es muy difícil comprender las pasiones que se cruzan en esta nota sin hablar de la historia de la zona sur. “Lo que pasa es que esta parte de la ciudad tiene una historia muy fuerte. El Saladillo y el Belgrano, de hecho, son los dos barrios con mayor historia de Rosario”, arranca Monzón.

Aceptada la invitación, nos metemos a charlar sobre los orígenes de Rosario, que antes de llamarse así era conocida como Pago de los Arroyos, y tenía un propietario: el capitán Romero de Pineda, conquistador español. Pineda residía en Santa Fé ‘la vieja’ y como retribución por los servicios prestados a la corona recibió una cantidad inmensa de tierras, que denominó Pago de los Arroyos. La villa empezaba al norte en el arroyo Ludueña –que por entonces se llamaba Salinas– y terminaba en el Arroyo del Medio –actualmente es Villa Constitución, y marca el límite sur de la provincia de Santa Fe–.

Pineda estableció el acta fundacional de “su” pueblo en la actual plaza 25 de Mayo, donde hoy quedan la Municipalidad y la Catedral. “Pero construyó su residencia aquí cerca del Saladillo, por eso esta parte de Rosario tiene mucho que ver con los orígenes de la ciudad”, revela Monzón.

Ahora sí, convencido de la importancia de esta historia, pregunto por algo que me había llamado la atención viajando para esta entrevista: las enormes mansiones con más de cien años de vida, paisaje común en la zona sur. Parecían haber sido construidas como lujosas residencias familiares, pero hoy casi todas son instituciones, están en venta, o abandonadas.

Alfredo Monzón explica así esta segunda parte de la memoria del Saladillo: “Para saber por qué hay tantas de esas residencias tenemos que remitirnos al recorrido de Don Manuel Arijón. Un gallego que llegó en 1857 a estas tierras con sólo 17 años. Y que empezó a trabajar en el almacén ‘El pobre diablo’, que estaba en la calle San Luis y la cortada Barón de Mauá, frente a la actual plaza Montenegro. Con el dinero que fue ahorrando compró algunos terrenos acá en la zona del Saladillo. En ese momento empezaba la guerra del Paraguay, y con una visión comercial increíble, consigue firmar un convenio con el ejército del Brasil para proveerlos de forraje para los caballos que movilizaban a las tropas. En aquel tiempo, claro, no había más que tracción a sangre para los ejércitos, y lo que Arijón consiguió era un gran negocio”.

A medida que se fue capitalizando, Arijón fue comprando más tierras. Y para 1900, cuando muere, ya había llegado a ser uno de los hombres más acaudalados de la ciudad. Para tener la dimensión, los llamados ‘campos de Arijón’ llegaban desde la actual Ovidio Lagos hacia el río, y desde la calle Lamadrid hasta el arroyo Saladillo. En toda esa zona, él había fundado la Aldea Saladillo. “Para seguir las comparaciones con el presente, era una zona turística o de descanso, como ahora son Funes o Roldán”, señala Monzón.

Manuel Arijón había levantado lujosas mansiones en toda la zona, a la vera del Saladillo, que tenía aguas con propiedades curativas, por su alto nivel de hiodo. De ahí, claro, deriva el nombre del arroyo. “La aristocracia local –indica el historiador del Saladillo– fue comprando esas casonas, hasta que en 1924 se instala el frigorífico Swift, y el barrio pasa a ser un barrio obrero. Inclusive, tengo un artículo del diario La Capital de esos días, que plantea la contradicción entre ‘el progreso de la zona, que al mismo tiempo es el malestar de las clases pudientes’. Con el Swift aparecen en el Saladillo los olores típicos de una fábrica grande, pero además el barrio se llena de trabajadores, lo que genera algo así como una huida de las familias que ocupaban las grandes casonas. Muchas fueron abandonadas, y otras se vendieron para ser ser geriátricos, escuelas o instituciones públicas”.

 

Los años de la vida al compás del frigorífico

A mediados del siglo XX, entonces, el barrio había cambiado del todo su fisonomía. Y también tenía nuevos, y numerosos habitantes. Monzón, hijo de obrero del Swift y nacido en el barrio, recuerda con orgullo aquellos tiempos. “Yo mismo tuve mi primer trabajo en el frigorífico. Muchos vecinos recordamos como los años de esplendor para el Saladillo a las décadas que van del ’40 hasta el ’60. La fuerte industrialización de la Argentina en esa época, que empieza con el primer gobierno justicialista, generó una gran inversión en la ciudad, que cambió su fisonomía con la aparición de numerosas fábricas. Así, se establecieron en Rosario una gran cantidad de migrantes internos, y se dio la última oleada de inmigrantes europeos, muchos venían a buscar trabajo en el frigorífico Swift, que en algún momento llegó a emplear hasta doce mil personas. Por eso acá en el barrio hay nombres de calle como Checoslovaquia o la avenida Lituania”.

La historia del Diana comienza en ese tiempo, a fines de 1943, de la mano de Aarón Brown y Salomón Linde, dos inmigrantes de orígen judío que se habían establecido en la zona sur, para dedicarse a la fabricación y distribución de soda y gaseosas. “A las bebidas las hacían ellos mismos y después las repartían en carretillas. Unos paisanos que arrancaron bien de abajo”, recuerda Monzón con simpatía. Brown y Linter llegaron a amasar una fortuna y fueron comprando varias propiedades y abriendo comercios. Uno de ellos, el cine Diana, sobre la calle homónima (luego sería Lituania) a la altura de Avenida del Rosario.

La constructora del cine fue la firma “Gata y Balma”, que tuvo a su cargo muchas de las obras de la época. Además –como señalara hace un tiempo el periodista Osvaldo Aguirre en el diario La Capital– pegadito al cine, Linde y Brown habían levantado una sinagoga, que años más tarde sería demolida.

Monzón recuerda: “La primera película que se proyectó fue una obra excelente de Enrique Muiño, ‘La guerra gaucha’. Y también en esa función se pasó ‘Esto ante todo’ con Tyrone Power. Por ahí no digo exacta la frase, pero creo que el aviso promocionaba al Diana como el cine más moderno de la zona sur de Rosario, con proyección superluminosa, e imagen sonora RCA Víctor”.

En la nota mencionada antes, Aguirre cuenta que el 26 de mayo de 1955 el Diana inauguró su pantalla panorámica. Y que el 13 de marzo de 1957 fue el turno del equipo de cinemascope. La sala llegó a tener 475 butacas, con plateas alta y baja. “En esos años, hasta mediados de la década del ’60, había mucho empleo. En el Swift solamente, llegó a haber 12 trabajadores. Y el que laburaba ganaba un buen sueldo, tenía un poder adquisitivo que le permitía salir al cine, por ejemplo”, explica Alfredo Monzón. Por eso, seguramente, es que el cine pudo acompañar los tiempos felices del barrio con muchas funciones a sala llena.

En los años ’70, en paralelo a la crisis que vivía el país, la zona sur empezó a caer. Cerraron algunos talleres, crecía la desocupación. Y en 1972, un 30 de junio, también llegó el fin del cine Diana. En su lugar, con el paso del tiempo, fueron pasando comercios de distintos rubros, hasta llegar a ser una cochera o albergar –como fue tradicional en la década del ’90 en muchos cines de barrio– una iglesia evangelista.

 

Recuperando la imagen

Y ahora sí, finalmente, llegamos al principio: la pelea por recuperar el cine. En 2002, unos catorce vecinos del Saladillo se empezaron a juntar con el objetivo de “recuperar el Diana para el barrio”. El promotor de la iniciativa fue Alfredo Monzón, y él mismo cuenta cómo surgió la idea: “Pasé una tarde, como cualquier otra, por la puerta del lugar, y me sorprendí al ver que había cerrado el almacén que estaba funcionando ahí”.

Monzón se venía reuniendo hace un tiempo con otros historiadores barriales de Rosario en el centro cultural Lumiére, sala que supo ser cine de barrio y hoy funciona con presupuesto municipal para usos múltiples. Que también fue cerrada en su momento, y tras varios años de ser ocupada para otros fines, fue recuperada como teatro y cine por sus vecinos. Entonces, cuando Monzón vio el cartel de alquiler en la puerta del viejo cine de la zona sur en el cual se había criado, se puso en contacto con autoridades de Cultura de la Municipalidad, y les propuso copiar la idea que tan bien había funcionado con el Lumiére.

Por entonces, el secretario de cultura era Marcelo Romeu, que se interesó en la iniciativa y otorgó un subsidio para poder pagar el alquiler el salón. Que a esta altura, además de los problemas edilicios, ya no tenía butacas, proyector, ni pantalla.

Como el dinero municipal no alcanzaba para hacer frente a todos los gastos, durante dos años se organizaron peñas, comidas, y rifas para pagar impuestos y arreglos. Mientras tanto, se empezaron a dictar talleres de danzas árabes y españolas, yoga, tejido, computación, teatro, dibujo y pintura, cumbia cruzada y folklore. Además, claro, se empezó la proyección de películas. Como no había proyector, hasta ahora el cine sale de un reproductor de DVD, y las imágenes llegan con un “cañón” –que alquilan a un vecino del barrio, que cobra cuando y como puede– a la pantalla, que es la que perteneció alguna vez al cine Broadway. “Eso también fue un trabajo de recuperación. Uno de los vecinos que integra la comisión nuestra trabaja en el Monumental, y se enteró que esa pantalla estaba abandonada en un galpón. La conseguimos, la restauramos y ahora la tenemos nosotros”.

Para los próximos días, la comisión espera con ansiedad que se concrete la gestión para conseguir un proyector de cine, para películas de 35 milímetros. “Es una posibilidad que nos está por otorgar el Institituto Nacional de Cinematografía”, indican.

Mientras tanto, desde la gestión de este centro cultural en el cine Diana, se han logrado recuperar otros eventos importantes de la zona sur, que hace años no se realizaban: el carnaval barrial que aquí hace cuarenta años que no se organizaba, y para septiembre volverá a festejarse el Día del Inmigrante, una fiesta tradicional en el Saladillo. “Y también tenemos un proyecto que sería importantísimo, como es la creación del Museo del Saladillo. Ya estamos juntando fotos y objetos de los antiguos pobladores de la zona”, revela Alfredo Monzón.

Pero acá no terminan las buenas noticias: “A fines de 2005 conseguimos que la Municipalidad firme un contrato directamente con el propietario. Con lo cual, podremos dedicarnos más a las actividades culturales. Y solventar mejor los gastos”, señalan.

Y para el final, habiendo recorrido más de cien años de historia en una charla que duró sólo un rato, les pregunto a los vecinos qué sueñan para el futuro: “Desde la Asociación tenemos la idea de que esto vaya creciendo, que el cine esté cada día más lindo y el barrio también. Ojalá esto nunca más sea una rotisería, un garage o una iglesia evangelista. ”.

 

Asociación Cultural Amigos del Saladillo

(0341) 464.8514




El Swift y el Saladillo

Monzón, hijo de obrero del Swift y nacido en el barrio, recuerda con orgullo aquellos tiempos. “Yo mismo tuve mi primer trabajo en el frigorífico. Muchos vecinos recordamos como los años de esplendor para el Saladillo a las décadas que van del ’40 hasta el ’60. La fuerte industrialización de la Argentina en esa época, que empieza con el primer gobierno justicialista, generó una gran inversión en la ciudad, que cambió su fisonomía con la aparición de numerosas fábricas. Así, se establecieron en Rosario una gran cantidad de migrantes internos, y se dio la última oleada de inmigrantes europeos, muchos venían a buscar trabajo en el frigorífico Swift, que en algún momento llegó a emplear hasta doce mil personas. Por eso acá en el barrio hay nombres de calle como Checoslovaquia o la avenida Lituania”.

 

 

Publicado el: 03/03/2006

Por Rodrigo Miró.
Categorías:
Buenas Prácticas / Reportaje

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Comentá esta nota
    07 Mar 2006 16:51   victoria
saladillense
 
    16 Jan 2008 20:26   Rogelio Lionel King
saladillense
 
    27 Jun 2006 22:21   Salvador
Cine Diana
 
    13 Oct 2006 14:13   Victor Braun
cine Diana
 
    16 Jan 2008 20:30   Rogelio Lionel King
Swift
 
    16 Jan 2008 20:30   Rogelio Lionel King
Swift
 
    22 Mar 2008 17:53   Lydia
cine y otras cosas
 
    08 Oct 2009 12:20   ROSITA ALMADA
RECUERDOS
 
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