Alfredo
Monzón tiene 57 años. Es técnico electromecánico, flaco, alto, y con lentes. Hoy
ejerce como docente en el taller de la escuela para adultos que funciona en la
Casa de la Cultura Arijón, en el corazón del Saladillo. Pero antes, prefiere
presentarse como uno de los vecinos que trabaja por la recuperación del Cine
Diana, o como el historiador barrial que trabaja con dedicación para reconstruir
la memoria de la zona sur. “El Saladillo uno de los barrios con más tradición de
Rosario. Y hace cincuenta años, cuando vivía uno de sus períodos de esplendor,
este cine llegó a ser un orgullo para todos los vecinos. Por eso nos decidimos a
recuperarlo”, señala Monzón.
Los
tiempos de Pineda y Arijón
La
entrevista con enREDando había sido
pautada para hablar de lo más reciente, la reapertura del cine Diana. Pero es
muy difícil comprender las pasiones que se cruzan en esta nota sin hablar de la
historia de la zona sur. “Lo que pasa es que esta parte de la ciudad tiene una
historia muy fuerte. El Saladillo y el Belgrano, de hecho, son los dos barrios
con mayor historia de Rosario”, arranca Monzón.
Aceptada
la invitación, nos metemos a charlar sobre los orígenes de Rosario, que antes de
llamarse así era conocida como Pago de los Arroyos, y tenía un propietario: el
capitán Romero de Pineda, conquistador español. Pineda residía en Santa Fé ‘la
vieja’ y como retribución por los servicios prestados a la corona recibió una
cantidad inmensa de tierras, que denominó Pago de los Arroyos. La villa empezaba
al norte en el arroyo Ludueña –que por entonces se llamaba Salinas– y terminaba
en el Arroyo del Medio –actualmente es Villa Constitución, y marca el límite sur
de la provincia de Santa Fe–.
Pineda
estableció el acta fundacional de “su” pueblo en la actual plaza 25 de Mayo,
donde hoy quedan la Municipalidad y la Catedral. “Pero construyó su residencia
aquí cerca del Saladillo, por eso esta parte de Rosario tiene mucho que ver con
los orígenes de la ciudad”, revela Monzón.
Ahora
sí, convencido de la importancia de esta historia, pregunto por algo que me
había llamado la atención viajando para esta entrevista: las enormes mansiones
con más de cien años de vida, paisaje común en la zona sur. Parecían haber sido
construidas como lujosas residencias familiares, pero hoy casi todas son
instituciones, están en venta, o abandonadas.
Alfredo
Monzón explica así esta segunda parte de la memoria del Saladillo: “Para saber
por qué hay tantas de esas residencias tenemos que remitirnos al recorrido de
Don Manuel Arijón. Un gallego que llegó en 1857 a estas tierras con sólo 17
años. Y que empezó a trabajar en el almacén ‘El pobre diablo’, que estaba en la
calle San Luis y la cortada Barón de Mauá, frente a la actual plaza Montenegro.
Con el dinero que fue ahorrando compró algunos terrenos acá en la zona del
Saladillo. En ese momento empezaba la guerra del Paraguay, y con una visión
comercial increíble, consigue firmar un convenio con el ejército del Brasil para
proveerlos de forraje para los caballos que movilizaban a las tropas. En aquel
tiempo, claro, no había más que tracción a sangre para los ejércitos, y lo que
Arijón consiguió era un gran negocio”.
A medida
que se fue capitalizando, Arijón fue comprando más tierras. Y para 1900, cuando
muere, ya había llegado a ser uno de los hombres más acaudalados de la ciudad.
Para tener la dimensión, los llamados ‘campos de Arijón’ llegaban desde la
actual Ovidio Lagos hacia el río, y desde la calle Lamadrid hasta el arroyo
Saladillo. En toda esa zona, él había fundado la Aldea Saladillo. “Para seguir
las comparaciones con el presente, era una zona turística o de descanso, como
ahora son Funes o Roldán”, señala Monzón.
Manuel
Arijón había levantado lujosas mansiones en toda la zona, a la vera del
Saladillo, que tenía aguas con propiedades curativas, por su alto nivel de
hiodo. De ahí, claro, deriva el nombre del arroyo. “La aristocracia local
–indica el historiador del Saladillo– fue comprando esas casonas, hasta que en
1924 se instala el frigorífico Swift, y el barrio pasa a ser un barrio obrero.
Inclusive, tengo un artículo del diario La Capital de esos días, que plantea la
contradicción entre ‘el progreso de la zona, que al mismo tiempo es el malestar
de las clases pudientes’. Con el Swift aparecen en el Saladillo los olores
típicos de una fábrica grande, pero además el barrio se llena de trabajadores,
lo que genera algo así como una huida de las familias que ocupaban las grandes
casonas. Muchas fueron abandonadas, y otras se vendieron para ser ser
geriátricos, escuelas o instituciones públicas”.
Los años
de la vida al compás del frigorífico
A mediados del siglo XX, entonces, el barrio había cambiado del todo su
fisonomía. Y también tenía nuevos, y numerosos habitantes. Monzón, hijo de obrero del
Swift y nacido en el barrio, recuerda con orgullo aquellos tiempos. “Yo mismo tuve
mi primer trabajo en el frigorífico. Muchos vecinos recordamos como los años de
esplendor para el Saladillo a las décadas que van del ’40 hasta el ’60. La
fuerte industrialización de la Argentina en esa época, que empieza con el primer
gobierno justicialista, generó una gran inversión en la ciudad, que cambió su
fisonomía con la aparición de numerosas fábricas. Así, se establecieron en
Rosario una gran cantidad de migrantes internos, y se dio la última oleada de
inmigrantes europeos, muchos venían a buscar trabajo en el frigorífico Swift,
que en algún momento llegó a emplear hasta doce mil personas. Por eso acá en el
barrio hay nombres de calle como Checoslovaquia o la avenida Lituania”.
La
historia del Diana comienza en ese tiempo, a fines de 1943, de la mano de Aarón
Brown y Salomón Linde, dos inmigrantes de orígen judío que se habían establecido
en la zona sur, para dedicarse a la fabricación y distribución de soda y
gaseosas. “A las bebidas las hacían ellos mismos y después las repartían en
carretillas. Unos paisanos que arrancaron bien de abajo”, recuerda Monzón con
simpatía. Brown y Linter llegaron a amasar una fortuna y fueron comprando varias
propiedades y abriendo comercios. Uno de ellos, el cine Diana, sobre la calle
homónima (luego sería Lituania) a la altura de Avenida del Rosario.
La
constructora del cine fue la firma “Gata y Balma”, que tuvo a su cargo muchas de
las obras de la época. Además –como señalara hace un tiempo el periodista
Osvaldo Aguirre en el diario La
Capital– pegadito al cine, Linde y Brown habían levantado una sinagoga, que
años más tarde sería demolida.
Monzón
recuerda: “La primera película que se proyectó fue una obra excelente de Enrique
Muiño, ‘La guerra gaucha’. Y también en esa función se pasó ‘Esto ante todo’ con
Tyrone Power. Por ahí no digo exacta la frase, pero creo que el aviso
promocionaba al Diana como el cine más
moderno de la zona sur de Rosario, con proyección superluminosa, e imagen sonora
RCA Víctor”.
En la nota mencionada antes,
Aguirre cuenta que el 26 de mayo de 1955 el Diana inauguró su pantalla
panorámica. Y que el 13 de marzo de 1957 fue el turno del equipo de cinemascope.
La sala
llegó a tener 475 butacas, con plateas alta y baja. “En esos años, hasta
mediados de la década del ’60, había mucho empleo. En el Swift solamente, llegó
a haber 12 trabajadores. Y el que laburaba ganaba un buen sueldo, tenía un poder
adquisitivo que le permitía salir al cine, por ejemplo”, explica Alfredo Monzón.
Por eso, seguramente, es que el cine pudo acompañar los tiempos felices del
barrio con muchas funciones a sala llena.
En los
años ’70, en paralelo a la crisis que vivía el país, la zona sur empezó a caer.
Cerraron algunos talleres, crecía la desocupación. Y en 1972, un 30 de junio,
también llegó el fin del cine Diana. En su lugar, con el paso del tiempo, fueron
pasando comercios de distintos rubros, hasta llegar a ser una cochera o albergar
–como fue tradicional en la década del ’90 en muchos cines de barrio– una
iglesia evangelista.
Recuperando
la imagen
Y ahora
sí, finalmente, llegamos al principio: la pelea por recuperar el cine. En 2002,
unos catorce vecinos del Saladillo se empezaron a juntar con el objetivo de
“recuperar el Diana para el barrio”. El promotor de la iniciativa fue Alfredo
Monzón, y él mismo cuenta cómo surgió la idea: “Pasé una tarde, como cualquier
otra, por la puerta del lugar, y me sorprendí al ver que había cerrado el
almacén que estaba funcionando ahí”.
Monzón
se venía reuniendo hace un tiempo con otros historiadores barriales de Rosario
en el centro cultural Lumiére, sala que supo ser cine de barrio y hoy funciona
con presupuesto municipal para usos múltiples. Que también fue cerrada en su
momento, y tras varios años de ser ocupada para otros fines, fue recuperada como
teatro y cine por sus vecinos. Entonces, cuando Monzón vio el cartel de alquiler
en la puerta del viejo cine de la zona sur en el cual se había criado, se puso
en contacto con autoridades de Cultura de la Municipalidad, y les propuso copiar
la idea que tan bien había funcionado con el Lumiére.
Por
entonces, el secretario de cultura era Marcelo Romeu, que se interesó en la
iniciativa y otorgó un subsidio para poder pagar el alquiler el salón. Que a
esta altura, además de los problemas edilicios, ya no tenía butacas, proyector,
ni pantalla.
Como el
dinero municipal no alcanzaba para hacer frente a todos los gastos, durante dos
años se organizaron peñas, comidas, y rifas para pagar impuestos y arreglos.
Mientras tanto, se empezaron a dictar talleres de danzas árabes y españolas, yoga,
tejido, computación, teatro, dibujo y pintura, cumbia cruzada y folklore.
Además, claro, se empezó la proyección de películas. Como no había proyector,
hasta ahora el cine sale de un reproductor de DVD, y las imágenes llegan con un
“cañón” –que alquilan a un vecino del barrio, que cobra cuando y como puede– a
la pantalla, que es la que perteneció alguna vez al cine Broadway. “Eso también
fue un trabajo de recuperación. Uno de los vecinos que integra la comisión
nuestra trabaja en el Monumental, y se enteró que esa pantalla estaba abandonada
en un galpón. La conseguimos, la restauramos y ahora la tenemos
nosotros”.
Para los próximos días, la
comisión espera con ansiedad que se concrete la gestión para conseguir un
proyector de cine, para películas de 35 milímetros. “Es una posibilidad que nos
está por otorgar el Institituto Nacional de Cinematografía”,
indican.
Mientras tanto, desde la gestión
de este centro cultural en el cine Diana, se han logrado recuperar otros eventos
importantes de la zona sur, que hace años no se realizaban: el carnaval barrial
que aquí hace cuarenta años que no se organizaba, y para septiembre volverá a
festejarse el Día del Inmigrante, una fiesta tradicional en el Saladillo. “Y
también tenemos un proyecto que sería importantísimo, como es la creación del
Museo del Saladillo. Ya estamos juntando fotos y objetos de los antiguos
pobladores de la zona”, revela Alfredo Monzón.
Pero acá
no terminan las buenas noticias: “A fines de 2005 conseguimos que la
Municipalidad firme un contrato directamente con el propietario. Con lo cual,
podremos dedicarnos más a las actividades culturales. Y solventar mejor los
gastos”, señalan.
Y para
el final, habiendo recorrido más de cien años de historia en una charla que duró
sólo un rato, les pregunto a los vecinos qué sueñan para el futuro: “Desde la
Asociación tenemos la idea de que esto vaya creciendo, que el cine esté cada día
más lindo y el barrio también. Ojalá esto nunca más sea una rotisería, un garage
o una iglesia evangelista. ”.
Asociación
Cultural Amigos del Saladillo
(0341)
464.8514