Ante el modelo de producción agrícola basado en los monocultivos y el uso de agrotóxicos, y ante sus consecuencias letales para el medioambiente, hay alternativas. Flor de Huerta es una organización de Rosario que apuesta a una lógica distinta para relacionarse con la tierra y para pensar otra forma de alimentarse. Cultivan más de cincuenta especies de hortalizas, verduras y plantas medicinales.

El Hospital Carrasco y el Instituto Médico Legal se unen en un mismo terreno de dos manzanas. Entre el Bulevar Avellaneda y las calles Zeballos, 3 de Febrero y Río de Janeiro. El aspecto, a primera vista, cambia según los sectores. En las fachadas de ambos edificios resalta la limpieza básica, el orden y la lógica expresión de las personas a las que circunstancialmente les toca pasar el tiempo ahí. En otros rincones se destaca el abandono: una pared a la que hace rato no le dan una mano de pintura, un portón de chapa carcomido por el óxido, un bar que supo funcionar alguna vez. Sobre Avellaneda, entre ambas instituciones, el verde de un jardín prolijo le da aire al paisaje gris que predomina. Lo que no se ve en la recorrida exterior es el corazón que late en el fondo del jardín, en el medio de esas dos manzanas que se unen. Tanta vida nace ahí para acentuar así la paradoja.

El jardín que se asoma por Bulevar Avellaneda cruza lo profundo del terreno. En ese frente se destacan unos arbustos, unas palmeras, otros arbolitos: el paisaje habitual de cualquier espacio verde. Sobre el sector que linda con calle Río de Janeiro el aspecto cambia. Árboles distintos, plantas con flores coloridas, parcelas de tierra removida, un invernadero enorme, varios tachos de doscientos litros, un par de carteles que indican especies de las plantas y algunas tareas por hacer. Y, claro, gente haciendo. Es el aspecto inicial que naturalmente ofrece la organización Flor de Huerta cuando se la visita sin previo aviso. Es un miércoles de julio, apenas pasan las cuatro de la tarde, el sol lleva varias horas entibiando el invierno. Es día de minga y las manos están en la tierra.

Mauro y Nicolás, dos de los integrantes de Flor de Huerta reciben a enREDando en el invernadero donde resaltan algunas hojas secándose y varios plantines asomando a la superficie. La idea es conocer la experiencia de la organización. Entonces, sin divagaciones, se comienza por los orígenes. “Flor de Huerta es hija de una organización que se llamaba Huertarteando, que era un grupo que hacía intervenciones en la ciudad, hacían huertas con la idea de producir pero también con una cuestión artística y estética”, dice Mauro. Quizás todavía esté en la memoria colectiva: año 2014, la huerta en la zona del parque de Moreno y el río, un rincón en el que crecían distintas verduras y hortalizas. También lo hicieron en otros puntos de la ciudad, como en el frente del Centro Cultural La Toma o en un cantero de Avenida Francia y Córdoba. Con el paso del tiempo la actividad de la organización chocó con la agenda del gobierno municipal y las áreas encargadas de los espacios verdes. Huertarteando no le hacía mal a nadie, todo lo contrario, pero la tensión estaba en las consecuencias que podía generar la falta de control sobre este tipo de intervenciones. El ida y vuelta fue y vino hasta que la municipalidad debió ceder ante una iniciativa que, además de ser saludable, tenía apoyo social por fuera de la organización. Así fue que, con el acuerdo entre el entonces director del Hospital Carrasco, Horacio Crespo y el Programa de Agricultura Urbana de la Municipalidad, se decidió ceder parte del terreno verde en el que hoy se alza Flor de Huerta.

La herencia de Huertarteando a Flor de Huerta está en su esencia. “Lo que se problematiza es el acceso a la comida, y cómo se está produciendo la comida actualmente, con los agrotóxicos en un modelo que fomenta la contaminación y afecta la salud”, explica Mauro. ¿Por qué pagar por alimentos que da la tierra?, es una pregunta que retumba en la organización y sacude más cuando esos alimentos, encima, están producidos con agrotóxicos. Flor de Huerta es una de las tantas experiencias de organizaciones que plantean una mirada crítica sobre el modelo productivo, que cuestionan el uso de productos contaminantes y denuncian las muertes y degradación del ambiente que se cargan empresas como Monsanto. Pero también activan, con un horizonte propositivo, experiencias que -a sabiendas de las desventajas- germinen un sentido crítico y sobre todo la certeza de que hay alternativas posibles.

“En algún punto la preocupación es nuestro modelo orgánico en disputa con el modelo que usa químicos, que es un modelo con un argumento para justificar su modo de producción que es la mayor producción posible porque de otra forma no se podría abastecer toda la demanda que hay”, dice Mauro. Y agrega: “En ese sentido, hacemos la lectura de que eso es mentira y que lo que hay atrás son intereses económicos que quieren justificar lo injustificable”. Al poner las manos en la tierra, es decir en el activar esa dinámica que nace en la planificación, continúa en la siembra y se extiende en el cuidado hasta la cosecha, se demuestra la contraposición de esos dos modelos. “Uno jerárquico, empresarial y capitalista y otro horizontal, asambleario y comunitario, que resuelva las necesidades humanas”, dice Mauro.

Según la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, hoy en día hay 820 millones de personas que sufren hambre en todo el mundo. El hambre: esa sensación física incómoda o dolorosa -dice la FAO- causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria que se vuelve crónica cuando la persona no consume una cantidad suficiente de calorías de forma regular para llevar una vida normal, activa y saludable. Eso: 820 millones de hambrientos en el mundo. Casi cuatro millones en Argentina. Como mínimo, porque cifra oficial obliga desconfianza. Dice Martín Caparrós, periodista autor del libro El Hambre, una radiografía de la problemática a nivel mundial, que el hambre no es un accidente, sino que es una consecuencia de la forma en la que se distribuye la riqueza alimentaria en el mundo. Es difícil explicar que en Argentina se produce alimento que podría abastecer a más de trescientos millones de personas, pero que entre el 5,8 y el 8,7 por ciento del país sufre hambre. Es difícil explicar que gran parte de la cosecha del país se exporta o se utiliza para alimentar al ganado que también se exportará. Es difícil entender que los alimentos cuestan cada día más y que el trabajo humano vale cada día menos. Y que el propio humano acepta bajar el valor de su trabajo para no morir de hambre. Una lógica obscena que se explica en una palabra: capitalismo.

En eso coincide Flor de Huerta. “Si hay hambre en el mundo es porque el sistema está mal organizado. De eso no hay dudas. El hambre no es un problema técnico”, dice Mauro. En ese sentido, se oponen al argumento que busca legitimar el modelo de producción bajo la premisa de que la población mundial crece y hay riesgos de no poder abastecer la demanda de alimentos. Porque esa legitimación viene acompañada, por ejemplo, del uso de agrotóxicos para producir más en menos tiempo. O de otras concepciones formateadas bajo los mandatos del mercado: por ejemplo, qué se hace con lo que se considera maleza. El uso de químicos para matar malezas, es decir todo aquello que no se pretende cosechar, además de provocar contaminación llevó a que se redujera la cantidad de especies utilizadas como alimentos. “La lógica mercantil de que porque algo abunda no es comercializable y es despreciado porque no se pudo lucrar con ella, hizo que la variedad de plantas comestibles ofrecidas, que pueden ser cientas, se reduzcan a una cantidad ínfima”, explica Mauro. En las verdulerías del barrio compiten por quién tiene la lechuga más mantecosa, la rúcula más brillante y un peso más barata. En Flor de Huerta crece borraja, ortiga, chenopodium, verdolaga y otras especies que para el imaginario social, tan influenciado, son yuyos imposibles de comer.

Cosecharás tu siembra

“Es bueno que la gente que viene a la minga vea y aprenda cómo crece lo que siembra, porque en la verdulería todos reconocemos el tomate pero acá no”, dice Nicolás. Está en lo cierto. Los cientos de tallitos asomando con apenas unas hojas podrían ser cualquier especie para quien no es conocedor de los ciclos que atraviesan las verduras, frutas y hortalizas antes de llegar a la estantería de un comercio. Ese es, en parte, el sentido de la minga que se hace cada miércoles de 15.30 a 19. “La idea es generar conciencia y que la gente aprenda a hacer una huerta, que la pueda hacer acá o en su casa”, suma Mauro.

Pero la minga es solo un día en la semana, y en el resto de los días la tierra, la plantas, necesitan atención. Flor de Huerta es una organización, y eso implica una estrategia de abordaje del proyecto. Hoy funciona con comisiones, entre las cuales está la de planificación productiva. Es la que se ocupa de organizar los trabajos necesarios: qué hay que hacer, quién lo hace, dónde se registra cada avance. A su vez, el crecimiento del proyecto favoreció su reconocimiento a nivel institucional en distintas ocasiones. Durante los años 2016 y 2017 articularon con el programa de Extensión Universitaria de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario. En 2016, 2017 y 2018 con el programa Ingenia del Gabinete Joven de la Secretaría Provincial de Juventudes. A partir de esos apoyos pudieron comprar herramientas, infraestructura con la que construyeron el invernadero, semillas, y todo tipo de insumos necesarios para el proyecto.

Desde Flor de Huerta se perciben como una organización independiente. “Tenemos una asamblea con periodicidad, tenemos comisiones para resolver los distintos temas. Reivindicamos esta forma de organización, en donde nadie está por encima de nadie”, explica Mauro. Y como todo colectivo independiente, las buenas a veces son opacadas por los obstáculos. El terreno, a pesar de haber sido cedido, continúa siendo municipal y eso repercute, por ejemplo, en repentinas modificaciones del espacio disponible. Otro obstáculo es la limitación del tiempo disponible por parte de los integrantes de la organización para profundizar el trabajo. Aquello del trabajo de cada uno y cada una, de las obligaciones particulares, y todo lo que suele ocupar el tiempo tan preciado. Y de ahí, explica Mauro, las consecuencias: “Por la intensidad de trabajo que estamos pudiendo tener, no vamos a poder tener autoabastecimiento total de todas las verduras pero sí de varias de manera permanente, para que todas las semanas tengamos cosechas de esas verduras”.

La huerta, más allá de la capacidad productiva, se ve muy saludable. Está organizada de manera tal que se eviten posibles plagas. A partir de ese otro obstáculo que puede atravesar un período de cultivo, Mauro explica otro de esos mitos que se divulgan como ciertos y modifican los modos de producción o los adecúan a los intereses del mercado. “Hay mitos como las plagas de langostas. Si existen esas plagas es porque se generan grandes extensiones con un único cultivo en donde la especie queda susceptible a ser atacada porque no hay una biodiversidad que lo regule. La biodiversidad es una especie de control y regulación propia de las plagas en donde una es depredadora de la otra y ninguna se puede desarrollar plenamente”. Por ese motivo Flor de Huerta trabaja con pequeños bancales distribuidos intencionalmente intercalando especies. Al momento de la cosecha, algunas hojas podrán tener agujeritos provocados por algún insecto. Pero no habrá plagas.

Para otros problemas que puede atravesar un cultivo, como los hongos, también hay una alternativa. En Flor de Huerta hay tachos de doscientos litros que son parte del equipo necesario para la elaboración de fungicidas orgánicos. “Nosotros utilizamos purines, materia orgánica en un tanque de doscientos litros con agua desclorada. Usamos Taco de reina. Pasa un mes hasta que se descompone, lo diluimos y lo tiramos a las plantas”, explica Nicolás. Flor de Huerta, literalmente, cosecha lo que siembra: más de cincuenta especies de verduras, hortalizas y plantas medicinales. Especies que no se ven en el supermercado, plantas que en otra lógica de producción son desechadas, otras que los rumores han dejado de lado. Sin agrotóxicos, sin fin de lucro, sin competencia.

Escribió Eduardo Galeano, hablando de otro tema, que hay malas noticias para los ingenieros del horror: la máquina de la muerte produce vida.

 

 

 

 

 

 

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