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Derechos Humanos 0

Semillas quedan

Ya no son solo lxs hijxs quienes marchan. También lo hacen lxs nietxs. Ellxs se ponen la camiseta del Juicio y Castigo y salen a las calles. Una crónica que retrata rostros, voces, cánticos, frases que retumban en la capital santafesina. El repudio a la Corte y la voz de la Mesa Ni Una Menos Santa Fe denunciando que la violencia de género perpetrada por los genocidas es una forma específica de delito de lesa humanidad.

Por Agustina Verano / Fotos: Agustina Verano

“Si seguimos solas, individualmente, no vamos a conseguir que nos reciban. Tenemos que juntarnos, somos catorce…usemos los pañales de los nenes a modo de pañuelo, para identificarnos”

¿Se habrá imaginado Azucena Villaflor de Vicenti, fundadora de Madres de plaza de Mayo, que cuarenta años después, esas catorce mujeres iban a multiplicar ese número por millones?

Leo de vuelta la frase: “Tenemos que juntarnos, somos catorce”  y no puedo evitar pensar en la plaza del miércoles.

Catorce mujeres tomaron una decisión que hizo que, quienes siguiéramos después, podamos gritar Nunca Más. Que decidieron identificarse y reconocerse, primero entre ellas, para luego dar el brazo a torcer: su decisión de no esperar y avanzar no iba a permanecer en un círculo personal, en lo íntimo. Desde ese día, las catorce mujeres embanderadas con los pañales de sus hijos y nietos en sus cabezas, giraron en un círculo infinito, politizando lo personal, haciendo de ese pañuelo un símbolo que se replica cotidianamente en nuevas plazas y luchas.

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En la plaza de las madres, las preguntas me inundan el cuerpo. La veo pintada de blanco y me interpela: mi infancia, mis recuerdos, mi memoria.

¿Qué significa usar un pañuelo? ¿Dónde los usamos? ¿Qué decimos con él? ¿Qué no decimos?

Las preguntas me hacen pensar en cómo el pañuelo como objeto puede representar dos cosas distintas: lo prestablecido (lo no cuestionable) y lo que disputa la quietud, lo que da movimiento, lo que rompe el silencio desde el acto.

Si se busca el significado de la palabra pañuelo en el diccionario da cuenta tan solo de una pieza de tela fina que sirve para secarse las lágrimas o adornar la cabeza.

Pero, si buscamos su significado desde el diccionario que se tramita en las calles, el pañuelo puede servir para secar lágrimas y transformarlas en bandera de identificación colectiva, para cubrirse la cabeza con un color blanco que encandile a los que querían y quieren que la lucha se transforme en pedido personal, individual.

Pienso, entonces, en ese pedazo de tela que se transformó en político, como símbolo que lucha contra el olvido obligatorio que pretende imponer el poder hegemónico. Como signo viviente en las calles que las mujeres resistimos y disputamos, que, como en los setenta, hoy nos sigue diciendo que lo personal siempre va a ser político, que el silencio no fue ni va a ser la opción.

Camino, y las escenas que pienso antes de tomar fotografías no son las imágenes que la cámara me reproduce luego: son demasiado blancos esos pañuelos, y como están acostumbrados a encandilar, el lente no puede captar esa luz. Prendo el grabador y tampoco graba lo que deseo, porque las canciones son tantas y los discursos muy fuertes, y concluyo en que el mensaje, hoy, no puedo decirlo con palabras, sino desde el retrato y la escucha del cuerpo.

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Por donde se mire, los carteles hablan: Señores jueces: Nunca más. Ningún genocida suelto.

¿Cómo una oración puede significar tanto?

Cuando intento tomar una fotografía a un cartel con la cara de Horacio Rosatti, el color blanco  encandila el lente de la cámara y la imagen se quema.

 Otra vez el color blanco. Pienso: ¿A qué le estoy sacando?

Decido que no, que las fotos van a ser solo retratos de expresiones que estén envueltas en pañuelos, de miradas que simbolicen lo que se está viviendo:  miles de personas inundando las calles para decir Nunca Más.

Configuro la cámara y la primera fotografía nítida que sale es la de una remera que dice NIETOS. Levanto la mirada y la lleva puesta un chico que además  sostiene la bandera de HIJOS.

Al retrato se suma su hermana, con la misma remera, la misma mirada.

Le pregunto su nombre y en su respuesta encuentro el resultado de la lucha de las catorce mujeres del círculo infinito, de las calles recorridas y por recorrer. De treinta mil.

“Me llamo Ignacio Tamay Puyol, por elección, sobrino de Lucila, nieto de desaparecidos”

Cómo nieto ¿qué te hace sentir estar acá?

 “Para mí es un orgullo hoy estar levantando la bandera de todo una familia, la reivindicación sobre todo por la lucha de los 30 mil compañeros, incluido mi abuelo, que dejaron la vida por todos, y la verdad que no es justo que 40 años de lucha sean tirados a la basura por un fallo completamente absurdo. Vengo todas las marchas del 24, me siento muy comprometido y orgulloso gracias a Lucila, mi tía, que es nuestro emblema, y la que siempre nos ha mostrado el camino, que era lo que mi abuelo quería para todos. Para mí es un orgullo estar levantando esta bandera más que nunca, reivindicando su lucha y contra este fallo que es una burla no solamente para todos los compañeros sino para todos los argentinos.”

La marcha comienza a avanzar, Ignacio y su hermana agarran más fuerte la bandera, y al costado, Lucila los mira y sonríe.

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La bandera violeta de la mesa de Ni Una Menos se instala en el medio de la marcha. Las compañeras se van sumando hasta que el ancho de la tela es atravesada completamente.

Una de las mujeres sostiene una hoja que tiene escrita una canción y el canto empieza a reproducirse. Otra aprovecha y nos organiza: “Cantemos fuerte compañeras, que se escuche”

A ver Mauricio, a ver si nos entendemos, porque fueron 30 mil, los que desaparecieron.. por eso vinimos, juntos a marchar, y a los compañeros, a reivindicar.

Una grita desde el fondo y corrige: “Compeñeres, digamos compañeres”

Ninguna quiere quedarse atrás, el papel con la canción va pasando de mano en mano, mientras a su vez, las que están al lado se organizan en otro grupo e inventan otra canción. Entonces la canción la cantamos todas, también por las que no están o no pueden estar hoy en las calles.

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 “Para los asesinos, violadores, torturadores, desaparecedores, apropiadores, secuestradores, vendepatrias y perversos represores”

La voz es de La Vale, de HIJOS, que abre el acto en la plaza. La miro desde abajo del escenario y pienso en todas esas palabras que describen a los genocidas, ninguna ocupa el lugar de adjetivo ni de mera cualidad,  todas son sustantivo: describen desde lo más real lo más oscuro.

 “Cortesanos del poder, como Horacio Rosatti, pretenden liberar a sus amigos. A Eduardo Ramos, su ex empleado, a Victor Hermes Brusa, secretario judicial que presenciaba torturas y amenazaba con secuestros…”

La plaza abuchea. No quiere ni puede escuchar esos nombres otra vez, porque nombrarlos nos significa volver a lo que no queremos.

“Esto es una amnistía encubierta, es una ley de perdón. Al poder judicial y clerical de este país le decimos que no nos podemos reconciliar. No queremos como pueblo reconciliarnos con la muerte, la desaparición, la violación o la tortura. Exigimos: el juicio político de estos tres jueces por dictar fallos inconstitucionales, exigimos a la UNL que expulse del claustro educativo a Horacio Rosatti que hoy tiene la caraduréz de ser director de la maestría en teoría y derecho en sus manos. Exigimos justicia, exigimos justicia, exigimos justicia”

La voz de la Vale se quiebra. “Se me rompió la voz” – aclara-  y esa frase me hace pensar lo contrario: la voz no se rompe, las palabras, a veces, son muy pesadas. Respira y sigue: JUICIO Y CASTIGO A LOS GENOCIDAS.

Los pañuelos abajo la alientan entre cánticos “Cárcel común, perpetua y efectiva, ni un solo genocida por las calles argentinas”

La voz, entonces, vuelve. Vuelve para no retroceder.

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“Le toca el turno a la mesa Ni Una Menos”

Stella Vallejos, elegida por integrantes de la mesa como vocera del comunicado, sube al escenario con una compañera, y las demás, envueltas en la bandera violeta, la acompañan y contienen desde abajo. Se agarran las manos mientras Stella comienza a leer.

 “La Mesa NiUnaMenos Santa Fe manifiesta su más enérgico repudio frente al fallo de la Corte Suprema de la Nación donde se beneficia a represores de la última dictadura cívico, empresarial, eclesiástico y militar entendiendo que el mismo funciona como un indulto encubierto a genocidas que han perpetrado sistemáticamente acciones de violencia de género en todas sus modalidades, no sólo a las prisioneras sino hacia las mujeres en general implantando por la fuerza disciplinamiento y subordinación de género”

Mientras en los parlantes se escuchan las distintas violencias que las mujeres padecieron en la dictadura, la garganta se me transforma en nudo. El comunicado que tantas veces leímos antes del acto nos atraviesa el cuerpo.

“¿Cómo se puede calificar a un médico que para diagnosticar una bronquitis hace un tacto vaginal? Cualquier vejación estaba habilitada y minar la subjetividad de género, tal vez, haya sido la violencia más profunda. Es importante destacar que los genocidas no sólo ejercieron violencia de género en los Centros Clandestinos de Detención…

La pausa se manifiesta desde la emoción que quiebra la voz de Stella, y esa pausa se transforma en sororidad cuando las compañeras desde abajo la sostienen, le gritan que están ahí, y sigue.

“Sino que la misoginia castrense supo replicarse en los abusos hacia las mujeres voluntarias en Malvinas. Esas violaciones son delitos asociados al poder, con un particular ensañamiento contra las mujeres”. “Manifestamos que la violencia de género perpetrada por los genocidas es una forma específica de delito de lesa humanidad que no prescribe y que, de ninguna manera, es equiparable con un delito común porque igualarlos implica romper impunemente los lazos comunitarios que como sociedad tanto nos cuesta sostener y porque los de las mujeres también son derechos humanos que hoy, como en los ‘70, se vuelven a violentar. Exigimos a la Suprema Corte de Justicia de la Nación que de una vez por todas comprenda de qué hablamos cuando decimos #NiUnaMenos

Palabras que queman, que interpelan, que no dejan lugar a dudas. Palabras dichas desde la voz de una mujer que desde la oralidad contrarresta la historia que intentó invisibilizar/nos. Palabras que hablan desde lo profundo del cuerpo, que desplazan cualquier intento de minimizar lo que las mujeres exigimos: No queremos nunca más que nuestros cuerpos sean parte del plan sistemático de la violencia represora.

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“Todos nos vamos a ir poniendo los pañuelos en la cabeza, esos pañuelos que han sido una guía, que han sido una enseñanza eterna en el modo de perseguir la justicia, jamás la venganza”

Los pañuelos inundan la plaza, y mientras, pienso cuál puede ser la toma que registre lo que sucede.

Otra vez el blanco impide pensar qué registrar: me encandila. Elijo no registrar con la cámara, la reemplazo por los ojos.

El escenario desde atrás brilla. Suben las mujeres y hombres “que vienen poniéndole el cuerpo a los juicios”, y entonces, el escenario también se hace pañuelo, mientras se lee el documento final.

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Los pañuelos ya son la plaza. Las madres son rodeadas por el canto. Ese retazo de tela que empezaron a circular esas 14 mujeres hoy significa treinta mil voces, y los llevan todas las plazas del país.

“Quieren obligarnos a convivir nuevamente con quienes cometieron los crímenes más horrendos y atroces, que la humanidad toda repudia. Porque el único lugar posible para un genocida es la cárcel. Exigimos, desde esta plaza, cárcel común, perpetua y efectiva”

Ningún genocida suelto por las calles argentinas. Señores jueces: Nunca más

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