Dicen que para un accidente laboral bastan tres segundos de descuido. En esos cortos, veloces, fugaces tres segundos, puede leerse también una larga crónica anterior. El relato de un despojo que viene de años. De una conciencia ausente. De una política del trabajo sepultada en el nombre del rinde y los costos.

Foto: El Litoral

Dicen que para un accidente laboral bastan tres segundos de descuido.

En esos cortos, veloces, fugaces tres segundos, puede leerse también una larga crónica anterior.

El relato de un despojo que viene de años. De una conciencia ausente. De una política del trabajo sepultada en el nombre del rinde y los costos.

Denis Ortega era una joven trabajadora informal. Desde dos años a esta parte, Denis trabajaba como “estibadora eventual”. El jueves 2 de mayo, prestaba servicios en el denominado sector Muelle Sur Galpón “Silo Sur”, de Terminal Puerto Rosario; cuando un camión dio marcha atrás y Denis quedó aprisionada contra una máquina elevadora, lo que le provocó diversos traumatismos y lesiones de gravedad.

Pocos días antes, Darío Caro, de 43 años, cayó al vacío después de recibir una descarga eléctrica cuando se encontraba a diez metros de altura, realizando trabajos de limpieza y pintura en el complejo habitacional del barrio Centenario, de la ciudad de Firmat. El operario -contratado por la empresa Zanini SRL- murió a causa de las severas lesiones sufridas.

El último 6 de mayo, Víctor Valenzuela, trabajador de 21 años, falleció al ser aplastado por un camión, en la planta procesadora de aves Enercoop, de la Unión Agrícola. El conductor del rodado cargado con pollos realizaba una maniobra para ingresar al sector de descarga dentro del Parque Industrial de la Ciudad de Avellaneda.

Marcelo Andrés Barrientos, obrero de 30 años, murió el pasado miércoles 15 de mayo, atrapado en un lodazal a 5 metros de profundidad, después que el pozo que excavaba a la vera de la ruta 34, para la Empresa Del Sol, se desmoronara en segundos. También quedó atrapado otro obrero, Marcos Santos, que fue rescatado con vida por miembros de Bomberos Zapadores.

“Me matan, si no trabajo, / y si trabajo, me matan; / siempre me matan, me matan, / siempre me matan”, escribió el notable poeta antillano Nicolás Guillén.

El cuerpo de los trabajadores y las trabajadoras es un mapa devastado de cicatrices, ausencias y marcas.

Allí puede leerse la geografía del trabajo. Sus pliegues escondidos.

“Los accidentes laborales en la provincia de Santa Fe sumaron 44.901, es decir 123 diarios y hay una persona que muere cada cuatro días. La mayor cantidad de accidentes laborales se da en empresas que tienen entre 101 y 500 empleados, es decir en firmas que por su dimensión económica pueden proteger la salud de quienes producen sus riquezas”, sostiene el periodista y diputado provincial Carlos del Frade, sumando dimensión y profundidad a estas historias trágicas, dolorosas.

Del Frade puntualiza que “733 trabajadores mueren por año en la Argentina que alguna vez fue ejemplo de los derechos laborales. Dos personas que buscan ganarse la vida, la pierden todos los días. Hay 580.328 accidentes laborales por año, es decir, 1.590 por día, 66 por hora, más de un trabajador se accidenta por minuto en el país de los argentinos”.

Y remarca, también, que “los jóvenes sufren un 50% más de accidentes laborales que los adultos”.

Allá por 1977, el escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió: “Para los trabajadores que tienen ‘la suerte’ de contar con un empleo fijo, las jornadas de ocho horas sólo existen en la letra muerta de las leyes”. Y, como quien traza el mañana en los mapas del pasado, advertía: “Se han multiplicado, a la vez, los accidentes de trabajo, sangre humana ofrecida a los altares de la productividad…”

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