Quimeras Deporte y Activismo LGTBIQ+ es una experiencia local que, a partir del rugby, busca visibilizar el respeto a las disidencias sexuales en los ámbitos deportivos.

Recién pasaditas las ocho y media de la noche, hace frío y en el Parque Nacional a la Bandera el viento golpea suave pero persistente. Un grupo de unas veinte personas corren en círculo por un sector del parque que gana en iluminación. Después harán algunos ejercicios de elongación y más tarde agarrarán la pelota. La ovalada, característica que remite automáticamente a un deporte: el rugby. Practicarán tackles, técnicas para esquivar oponentes o para impactar con ellos sin perder la pelota. Habrá mucha seriedad pero también risas. Habrá, acaso, el rejunte de actividades y sensaciones que caracteriza a la práctica de cualquier deporte. Pero dicen que este equipo, Quimeras, tiene otros objetivos más allá de lo deportivo. Dicen, incluso, que no es tan solo un equipo.

Quimeras Deporte y Activismo LGTBIQ+, esa es la carta de presentación. “No nos consideramos un club de rugby. No queremos perder nuestro sesgo militante y activista y dejar de estar atentos y sensibles a lo que pasa en el contexto social. Es decir que muchas veces vamos a hacer cosas que no tienen nada que ver con lo deportivo”. Uriel Ugarte, que todavía no empezó a entrenar por charlar con enREDando, cuenta lo que en todo caso es la esencia de Quimeras. La experiencia atrae por lo deportivo. Claro, suena raro. Si hasta no hace mucho el rugby era solo cosa de hombretones que cantan el himno tan fuerte. Atrae, llama la atención, que exista un grupo que ante aquello establecido se plante como algo distinto. Pero Quimeras es, más allá de su carácter de genuino y novedoso, una rama más en un árbol que da frutos, un eslabón más en una cadena que no fue hecha para encerrar sino para unir, un peldaño más en una escalera que hace rato solo avanza. Quimeras es una experiencia más de una comunidad que dislocó a eso tan de antaño llamado normalidad.

Si todavía es difícil caer en la cuenta, hay que repetirlo. La comunidad de lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersexuales, queer y cualquier otra sexualidad en disidencia puede hacer lo que se le antoje. Eso incluye jugar al rugby. Y pueden, como colectivo, ir para adelante al punto de romper fronteras, ganar lugar en la agenda pública, en la mediática y en la deportiva. Quimeras está ahí. Siendo y haciendo parte de la historia. Y la motivación de contar este proceso no es lo novedoso, lo exclusivo o lo singular. Sino la certeza de que quienes se habían adueñado de todo, en realidad, no se han adueñado de nada.

“El rugby suele ser un deporte de elite. No cualquier club practica rugby. Nos interesó eso porque veíamos que es un deporte en el cual se acentúan mucho los estereotipos machistas”, dice Uriel sobre una de las motivaciones fundacionales de este proyecto que lleva dos años abriéndose caminos en Rosario. La cuestión está, como dice Uriel, en hacer un deporte siendo quien uno es. Y no tener que andar metiéndose en el armario, hablando en voz baja para que no escuche quien se aterrorizará con la identidad del otro. Sobran los casos, no solo en el rugby, también en el fútbol y otros deportes en niveles de elite, donde profesionales se reconocieron abiertamente del lado de una disidencia sexual e hicieron temblar a “lo normal”. Pero lo que rige, desde el vestuario en la niñez y la adolescencia, es el mandato de la heteronorma. “A nosotros nos pasó que la mayoría de los que estamos acá hemos hecho deporte en nuestra infancia, en la escuela y demás. Si eras abiertamente gay te jugaba en contra terriblemente. Hay un precio que tenés que pagar por la condición de ser menos macho, por así decir”, explica Uriel en ese sentido. Entonces, mientras lo establecido sea represor lo genuino se presentará como una posibilidad.

“El objetivo era establecer un sentido de comunidad, de protección, un ambiente libre de homofobia, inclusivo y también respetuoso. Acá también hay personas que son heterosxuales y todos entrenamos en condición de igualdad”, cuenta Uriel. Para él es importante que alguien más del equipo aporte su mirada a la conversación. Incluso, tiempo después cuando Quimeras vuelve a tener entre sus filas a jugadoras mujeres, insistirá en ello. Por cuestiones de tiempos y destiempo no será posible pero quedará claro: Quimeras busca tanto a la inclusión que admite los desafíos que incluso pueden llegar a salir mal. “Por ahí en otros espacios de diversidad se ve mal la participación de personas heterosexuales, porque piensan que no es su lucha, que tienen privilegios. Pero nosotros decidimos construir a la par. Y es interesante cómo ellos mismos empiezan a cuestionar ciertos privilegios. Después pasa que te acompañan a la marcha”. Cuando Uriel habla de “la marcha”, se refiere por ejemplo a la Marcha del Orgullo de cada año. En esa característica de Quimeras está lo coherente de su nombre. Una quimera es, en principio, una utopía, una ilusión. Una quimera también es una criatura de la mitología griega representada con un león, una serpiente y una cabra en el mismo cuerpo.

Cuando aclaran que no son simplemente un club de rugby se refieren a que apuntan a tener incidencia en otros planos de la vida social, que también es la vida política. De ahí que el colectivo se organiza con comisiones de deporte y de activismo. La primera se ocupa de organizar los entrenamientos, los partidos y todo lo relacionado al rugby. La segunda, valga la redundancia, de organizar actividades relacionadas a la diversidad sexual. Ahí es donde el panorama se abre tanto que Quimeras pasa a ser aquella rama, aquel eslabón y ese peldaño. Es entonces cuando cobra sentido la decisión de generar un espacio aparte y no apostar a la inclusión en clubes de rugby profesionales. Ahí, sin dudas, hay una apuesta de transformación a largo plazo para el mundo del deporte. Pero Quimeras se ubica en otro plano, como un colectivo que no empieza ni termina en el rugby.

La historia es el contexto que explica el presente

Durante la conversación, al pasar, Uriel mencionará una liga internacional de rugby gay. Se refiere, precisamente, a la International Gay Rugby (IGR), una experiencia que tiene su origen en el Reino Unido. Desde su página web lo cuentan así: el 1 de noviembre de 1995 un grupo de hombres se reunió en un pub al norte de Londres para discutir las bases del primer club de rugby gay y bisexual reconocido oficialmente en el mundo. Así nacieron los King Kross Steelers.

En 1998 hubo un crecimiento exponencial: cinco nuevos clubes aparecieron en Reino Unido, en Estados Unidos y en Nueva Zelanda. De ahí en más todo fue en aumento; hay unos 87 equipos en todo el mundo. Argentina tuvo su primer lugar en 2013 con el ingreso de la Asociación Deportiva Amateur por la Inclusión que un año más tarde fichó en la liga a Ciervos Pampas.

Entre los hechos que destaca la página de la IGR, incluye un episodio que profundiza en aquello de lo activista por encima -o a la par- de lo deportivo. En noviembre de 2018 Gareth Thomas, un ex jugador de la selección de rugby de Gales muy reconocido, fue víctima de un ataque a golpes. Los motivos: ser el primer rugbier profesional en blanquear su homosexualidad, en el año 2009. Lo había ocultado desde los 16 años y creció como profesional  resguardándose de lo que en una entrevista llamó “la cultura de machos” que rodea al deporte. A partir de ese hecho, desde la IGR activaron una campaña contra la homofobia y los crímenes de odio que consistió en que las selecciones nacionales de rugby usaran “Rainbow Laces”, los cordones de arcoíris, durante una jornada de partidos internacionales.

Clichés y lugares comunes

Una posición para la elongación muscular, la cargada a uno que se cansó de correr y quedó atrás, el llamado de atención al que se le escapó la pelota. La connotación sexual para lo que se supone como chiste, o la referencia a la disidencia sexual de lo que se supone débil, son situaciones comunes en muchos deportes. “La cuestión de ‘ser machos’ está tan impuesta que en algún punto nos atraviesa”, dice Uriel y da el pie a lo que considera “un aprendizaje constante”.

“Uno mientras más inclusivo cree que es, y mejor lo sabe y mejor lo tiene, por ahí luego se escucha y se da cuenta que sigue repitiendo estos estereotipos. Por ahí es imposible ser consciente de absolutamente todo lo que uno transmite cuando habla. En este espacio particular nos basamos mucho en construir vínculos de confianza y respeto entre compañeres, y cuando eso está dado a nadie le ofende”, explica y admite que algunos de eso que él llama “clichés” también se dan en Quimeras. Aunque es un tema trabajado: “Si bien quienes somos disidentes nos apropiamos y podemos llegar a bromear, a nivel espacio no es algo que queremos tomar a la ligera porque son términos que realmente llegaron a sesgar y discriminar, y depende del contexto que cada une esté atravesando puede o no ser hiriente”.

“El deporte está lleno de comentarios machistas y de todo el tiempo estar midiéndosela. Lo hemos hablado y hemos hecho un ajuste en cierto vocabulario, entender por qué es importante, porque hay personas que están en distintas etapas en relación a su identidad. Hay personas que ya vienen asumidas y hay personas que se acercan con cuestiones irresueltas y este espacio le resulta de seguridad y confianza”, agrega en ese sentido.

Apuesta nacional

El horizonte deportivo se une con el horizonte activista. La idea de crecer en Quimeras se traduce en la convicción de articular con otras experiencias. Como parte de la IGR, están en contacto con grupos de Mendoza y Buenos Aires. Ese aspecto, que bien puede ser visto como un avance, también es la demostración de que, si hay cierto crecimiento, se da solo en determinadas regiones. “Son procesos que se van dando aisladamente, en zonas que son urbanizadas. A los pueblos, por ejemplo, esto ni llega”, dice Uriel.

Pero el horizonte está marcado: “Nos conformamos un poco con lo que vemos en nuestra zona. Qué podemos hacer, con quién podemos juntarnos a charlar estas cosas, y de qué manera podemos ir dándole un entorno más formal para construir algo colectivamente”. Ahí es donde se une, otra vez y de manera permanente, lo deportivo con lo activista.

Quimeras se encuentra los martes y jueves desde las 20.30 en la zona del Monumento a los Caídos en Malvinas en el Parque Nacional a la Bandera. “La idea es venir y aprender rugby, pero también poder ser críticos y deconstruirnos en relación a la heteronorma que encontramos en todos lados”, dice e invita Uriel. Después se suma a las corridas, a los tackles, y a esa quimera tangible.

 

 

 

 

 

 

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