El acceso al agua potable es un derecho básico, tantas veces vulnerado. En Capitán Bermúdez, mujeres de barrio Copello empezaron a organizarse hace dos años para denunciar que el agua que toman contiene arsénico y bacterias que enferman a sus hijxs.   Hoy dicen que ya no están solas. Tramaron entre todas una forma de resistencia colectiva frente a la emergencia sanitaria, la emergencia alimentaria y la violencia machista. Micromprendimientos, acompañamiento, militancia y sororidad, las claves para resistir en los territorios más postergados.

 

Patricia Mamani carga varias luchas en su cuerpo. Migró de su ciudad natal, La Paz, para radicarse en un país, Argentina, y en una ciudad tan grande como hostil, Capital Federal. Hace seis años decidió dejar Buenos Aires para vivir en el mismo barrio donde tiene a sus dos hermanas, el postergado Barrio Copello de Capitán Bermudez, ubicado en el cordón industrial del Gran Rosario. Y hace dos años, en su propia casa, empezó a reunirse con otras mujeres del barrio para tramar entre todas, una forma de resistencia colectiva. Al comienzo eran ocho y actualmente ya son más de 20 mujeres las que conforman la Agrupación Bartolina Sisa de Santa Fe. La principal urgencia era poder ofrecer una copa de leche y torta frita para los pibes y las pibas de Copello pero enseguida vieron la necesidad de compartir otras problemáticas que soportan sus cuerpos solo por el hecho de ser mujer: la violencia machista y los micromachismos tan arraigados en la cultura patriarcal.

Así, la casa de Patricia fue quedando cada vez más chica, aunque a veces se junten allí para amasar pizzas caseras, preparar la leche, pensar estrategias para acompañar a vecinas que sufren violencia y seguir tramando juntas la lucha que decidieron encarar en el 2017. Hoy, el lugar de encuentro de la agrupación es la Vecinal de Copello, la institución a través de la cual canalizan e impulsan los principales reclamos ante la Municipalidad y el Concejo. Es que Copello es uno de los tantos barrios olvidados que aglutinan las ciudades, sean grandes o sean chicas. Es también el barrio donde las principales noticias de los medios masivos se ocupan de resaltar las balaceras, los robos y allanamientos, aunque poco hablen de la importancia de tener merenderos y comedores para lxs pibxs y sus familias porque no hay laburo ni changas y el hambre, en estos tiempos, es una urgencia, o de contar con un espacio como la radio comunitaria Poriajhú que desde hace 9 años resiste como una trinchera de comunicación popular para el barrio.

Para llegar a la principal avenida donde circula el transporte interurbano de pasajeros, los vecinos y las vecinas de Barrio Copello tienen que caminar casi diez cuadras y cruzar la vía del ferrocarril. Muchas veces deben sortear pozos y enormes barriales que se forman tras la lluvia y que inundan la mayoría de las calles de tierra que tiene el barrio porque la urbanización sigue siendo una deuda pendiente. Muchas veces deben caminar a oscuras ante el escaso alumbrado público y respirar el humo que desprende la quema de la basura que se realiza en las cavas. Muchas veces, o casi siempre tienen que tomar el agua del tanque que contiene arsénico en niveles no permitidos. Y a veces, también, tienen que cortar rutas y hacer reclamos frente a las puertas del Concejo o la Municipalidad porque sus voces casi nunca son escuchadas.

Pero en estas periferias donde la solidaridad se construye desde y hacia abajo, siempre hay experiencias de organización comunitaria porque las necesidades son enormes y porque acá, en esta tierra de olvidos, los derechos se vulneran todos los días.

Entonces, las mujeres de Copello decidieron protagonizar una lucha fundamental: poder acceder a un servicio básico como es el agua potable. Lo hicieron porque ya no aguantaban más ver a sus hijos con vómitos y diarreas cada vez que tomaban agua o salían de la pileta en los días de más calor.

“Las gestiones durante la primera intendencia de Daniel Cinalli, actualmente intendente reelecto, llevaron a la instalación de un tanque en la plaza del barrio, que se llena con agua de un pozo, ubicado en esta misma plaza y el agua llega a través de una bomba al tanque. Luego se distribuye a las casas por un sistema muy precario de cañerías. Si hay un corte de luz, al poco tiempo se quedan sin agua”, explica la especialista en Tóxicos del Taller Ecologista, la organización que la acompañó en el reclamo, y vecina de Capitán Bermudez, Cecilia Bianco. Pero no se trata solo de las precarias condiciones en las que están las cañerías o el único tanque que abastece de agua a los hogares. El problema es la calidad y Cecilia lo dice: “el agua no es apta para el consumo humano”.

La muestra obtenida de la canilla de la Vecinal de Copello en el año 2018 determinó la presencia de arsénico en valores preocupantes. Se detectó 0,010 mg/l cuando el límite es 0,001 mg/l para el Código Alimentario Argentino (C.A.A.). Además, el análisis bacteriológico también arrojó la presencia de Escherichia Coli, Pseudomonas aeruginosa-NMP y Recuento Aerobios Mesófilos en valores que no cumplen con lo establecido por el C.A.A.

En Copello, las familias no tienen demasiadas opciones: o esperan que en algún momento incierto finalicen las obras que, después de tanto reclamar, lograron que Aguas Santafesinas comience a realizar sobre la calle Uruguay, o caminan con un balde hasta el lugar donde se encuentra la única canilla que abastece de agua potable o compran bidones, al menos tres por semana, que cuestan 80 pesos cada uno. “El agua que tomamos tiene arsénico y lo vemos cuando los chicos empiezan con vómitos o en verano, cuando se meten a la pileta ya tienen colitis”, dice Patricia.

La bronca crece cuando el grupo de mujeres compara a Copello con otros barrios, uno de ellos separado tan solo por una calle, el barrio abierto residencial Quinta Cairo. “Allá tienen todos los servicios”, dicen. “¿Y por qué nosotras no tenemos agua si hace tanto que venimos reclamando?”, se preguntan las mujeres de Copello. Y ellas mismas son las que responden: “Porque dicen que ellos la pagan y nosotros no”. El acceso al agua es un derecho humano, pero en muchos barrios parece ser un privilegio del que gozan solo quienes pueden pagarla. Los loteos en Quinta Cairo se publicitan con servicios incluídos aunque las familias de Copello no tengan cloacas ni gas natural y deban tomar agua con arsénico y un cóctel de bacterias que enferman a sus hijxs.

La falta de pavimentación, de iluminación, de tendido telefónico y las calles de tierra inundadas en días de mucha lluvia son otros de los grandes problemas que afectan al barrio. Las mujeres están cansadas: hablan de la peligrosidad de los pozos que se forman, del humo que desprende la quema de basura en las cavas, del asma, la faringitis y la bronquitis que tienen sus hijos por culpa de respirar un aire cada vez más tóxico. “No hay respuestas”, repiten una y otra vez mientras circula el mate y esperan que leve la masa de la pizza que están por preparar para el festejo del día del niño. Cecilia Bianco agrega, además, la falta de acceso a un centro de salud cercano. “En el dispensario no hay regularidad de presencia de pediatras y otras especialidades médicas básicas. Es un barrio alejado del centro público de salud de Capitán Bermúdez”.

La presencia de las cavas las preocupa. Es que por las noches, dice Patricia, el humo se torna insoportable y el aire, irrespirable. Es que las consecuencias las ven en la salud de sus hijos. Es que la cava más cercana está apenas a tres cuadras de la casa de Patricia.

“Son lugares para tirar residuos sin control, y muchas veces se prenden fuego. Residuos que pueden ser del tipo domiciliarios y/ o industriales. La cava más próxima al barrio está en un sitio en donde hay una fábrica de ladrillos. Muchas veces se incendia, puede ser intencional o por combustión espontánea. Al combustionar los residuos, desprenden muchas sustancias tóxicas, además de llevar el humo olores también tiene material particulado. Toda esta situación generada por la quema de residuos es muy perjudicial para lxs niñxs especialmente, y por supuesto para todxs quienes padecen problemas respiratorios”, explica Bianco.

“Estamos aislados”. Patricia, Nadia, Rocío, sienten que sus reclamos no son escuchados. “Lo que falta es voluntad política. Hemos llevado el agua sucia que sale del tanque mientras estaban acordando un proyecto para instalar lamparitas led. Entonces, esas son las prioridades. Estamos esperando que esta situación cambie”. Rocío se pregunta, “¿de qué sirve tener lámpara led en la calle si no tenemos la iluminación que corresponde. Y esas lámparas ni siquiera eran para el barrio. Ellos pensaban en reemplazar las luces de la calle por lámparas led y nosotros reclamamos por nuestra salud. Es una decisión política, si ellos quieren lo pueden hacer”.

No estamos solas

“Siempre hay una compañera que acompaña, que se suma a las tareas o las marchas como la de los Barbijos que se realizó en Rosario y esto es un avance. Acá las mujeres saben que no están solas”, asegura Patricia. Es que el acompañamiento entre ellas es fundamental, sobretodo, cuando alguna compañera sufre alguna situación de violencia machista. “A nosotras nos ayuda mucho la agrupación Mirabal de Baigorria. Ellas ya tienen un camino hecho y nos acompañan, nos escuchan. A veces les escribimos a la noche por un caso de alguna compañera y nos asesoran, nos dicen adónde podemos recurrir”, señalan. La sororidad que encuentran en otras organizaciones de mujeres les permite poder afrontar diferentes situaciones. “Sino no tenemos donde ir, generalmente hay chicos, la policía no te toma la denuncia, pero cuando vamos como organización hay otro peso, otra respuesta”.

De lo que hablan las mujeres y madres de Copello es de la escasa respuesta institucional con las que muchas veces se encuentran, no sólo en Capitán Bermudez. Es una realidad recurrente en cada territorio, y los reclamos del movimiento feminista son constantes: la falta de acceso a la justicia, el poco presupuesto destinado a prevenir la violencia machista, organismos estatales y oficinas de violencia totalmente colapsadas. En este contexto, encontrar acompañamiento en otras organizaciones de mujeres resulta vital.

Lidia se suma a la ronda de mates y charla. Es una de las integrantes de la Bartolina que está a cargo de unos de los emprendimientos que impulsan. Es que la violencia económica las atraviesa a todas. “Al no tener recursos económicos, las mujeres están sometidas a esa violencia. Necesitamos hacer emprendimientos, porque es una manera de aprender algo. Entre compañeras nos enseñamos: goma eva, tejido, porcelana fría. Vendemos en algunas ferias o en el barrio”. Rocío dice que hace de todo. “Adónde hay que ir, yo estoy”, cuenta entre risas. “Acá aprendemos todo”, suma Nadia. Hasta aprendieron a tocar bombos y tambores para formar la batucada con la que viajaron al Encuentro Nacional de Mujeres Lesbianas, Travestis y Trans que se realizó en Chaco.

Cuando hablan de la situación económica, el relato es el mismo que cuentan otras mujeres en los barrios de Rosario. Porque son las que ponen en el cuerpo en los merenderos. Las que sostienen las ollas populares. Las que se la ingenian para que los pibes coman con los pocos alimentos que tienen. A las que más les cuesta conseguir algún trabajo o alguna changa.

“Ni siquiera pudimos sostener el comedor. Hicimos lo imposible, pero hace 3 meses que dejamos de tenerlo. Ahora damos la copa de leche dos veces por semana. Ya no te alcanza para nada la plata. En este barrio había cartoneros, cortapastos y ahora ni para eso hay. La señora del otro lado ahora ya no tiene para pagarte. La gente que está pasando la vía que a nosotros nos daba la changa, no tiene, imagínate como estamos nosotros. La estamos pasando mal. Tenemos una compañera que es la única sostén de hogar, tratamos de ayudarla como sea”.

Tramar con otras

El primer Encuentro Nacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans al que viajó Patricia fue el de Neuquén. La experiencia la marcó para siempre. En pocos días se realizará en la ciudad de La Plata, aunque no todas podrán viajar. La crisis aprieta y se hace difícil costear el viaje y el alojamiento.

“Antes pedía permiso para salir, pero ese Encuentro me permitió ver otras cosas. Desde ese momento me dí cuenta que la vida no era así como creía, que no tenía que pedir permiso. Y desde ahí viajé a todos. Este año me gustaría participar en el taller de mujeres originarias. Queremos que el Encuentro sea Plurinacional”, dice Patricia destacando la presencia de comunidades bolivianas en la región.

Ser mujer migrante no es fácil. Patricia retrata situaciones que se repiten: “Cuando una mujer sufre violencia o se enferma, yo lo sé porque he ido, tuve convulsiones, vas al hospital y nuchas veces no entendés el idioma. Nosotros hablamos el quechua y el aymara. Lo mismo pasa cuando vas a hacer una denuncia. Necesitamos ayudar a nuestras hermanas que están en esa situación”.

La Bartolina es una organización de mujeres que crece desde el pie. Desde la barriada de Copello, levantan la voz al ver que sus hijos enferman porque el aire que respiran está viciado de humo, y el agua que toman contiene arsénico. Por eso marcharon con barbijos en Rosario. Por eso cortan la ruta y elevan cartas al Municipio para que las escuchen. Por eso también se juntan para no estar solas y realizan un Paro Plurinacional de Mujeres y Disidencias y acompañan a las familias atravesadas por los femicidios. “Acá al menos tenemos un rato en la semana donde podemos hablar entre compañeras y eso nos abre la cabeza en toda la cuestión de género. Sabemos cómo actuar y sentimos que ya no tenemos que depender de un varón”, dice Rocío.

Las mujeres de Copello luchan todos los días para cambiar su realidad que no es tan distinta a la que viven otras mujeres en los pueblos fumigados y en los barrios atravesados por la emergencia habitacional, la emergencia alimentaria, la emergencia sanitaria. Porque en estos territorios donde el Estado se ausenta, siempre son las experiencias de organización popular las que construyen las redes de cuidado y acompañamiento que tanta falta hacen. En Copello hay muchas y resisten desde abajo.

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