Por Héctor Cepol

Sabemos y nos lamentamos que el amo sea este capitalismo que nos constituye. Y es probable que obviando esto último, nos digan (nos digamos): “Bien, ,¿pero cómo, con qué reemplazarlo?”. De inmediato, sin embargo, nos chupará el intríngulis de cómo cambiar la perspectiva del colectivo.

Porque es buena parte del asunto.

Pero no nos apuremos. Lo de un reemplazo no solo remite a la ampliación, sino a separar las cosas. Y hasta a empezar por ahí porque, al fin, creyentes y escépticos en un vuelco positivo, coincidimos en que cualquier redistribución del poder debería modificar estructuralmente el campo económico. He ahí otra parte de la cuestión. Diferimos, o ni eso; balbuceamos y preguntamos cómo ponerle el cascabel al gato. Pero, además, qué cascabel. Claro, nos anima la corazonada que lo que sea, algo debe Y VA a suceder, por la simple razón que esto no da para más (v. La hiperfinanciarización, p. 231ss). Y es probable que eso también esté ligado a que cada vez se delega menos y se protesta más. O a aquello de que no se puede engañar a todos todo el tiempo, amén de una variedad de megacrisis ya a la vuelta de la esquina –la económico-financiera, la climática, la alimenticia, la acuífera, la energética, la sanitaria, la política…–. Sí, tiene razón Dussel al decir que vienen tiempos cuya premisa ya no será la ganancia sino la supervivencia. (1).

En cuanto al resto, o por qué cosa cambiar el capitalismo, obliga a preguntar primero con qué fuerza disponemos para dejar de describir el mundo y empezar a transformarlo. Y ahí, es curioso: hay una caja de herramientas semivacía pero su inventario… no es fácil. A diferencia de Marx que perdería a los proletarios del Manifiesto en el camino pero no los echó de menos (en los Grundrisse brillan por su ausencia y son reemplazados por obreros desproletarizados y por nada menos que la “contradicción fundamental del capitalismo” [n. 80/2]), nosotros perdimos al socialismo y nos cuesta sustituirlo.

Nos cuesta pese a experiencias que también es hora que terminen de procesarse, experiencias que nos llegan incluso de lo más remoto: desde la fallida iglesia ebionita, por ejemplo (la de los primeros cristianos arrasados por los romanos en 70 dC, y de la cual a la Iglesia no le interesó recordar que fueron absolutamente comunistas), hasta la URSS, que negó el mercado y el pluralismo ideológico, y le regaló a la derecha su sofisma más preciado: la libertad de mercado como libertad a secas, sumado a que la URSS cayó dando por desgracia el espaldarazo final al neoliberalismo en alza.

Desde luego, cuesta aceptar que cosas como la Revolución Rusa, que pese a luces y sombras se inició con destellos también luminosos fuera un fracaso. Y cuesta porque no se evalúan como fracasos paradójicos, son vistos bajo un error de perspectiva. El fracaso religioso solo vino de la mano de un éxito institucional que traicionó su esencia, y debería construir lección. Y con la Revolución Rusa no fue diferente, aunque con su proyección en el tiempo seguramente ocurrirá algo similar a lo de la Revolución Francesa, que durante ochenta años pareció quedar muerta y olvidada hasta que solo tras la guerra franco-prusiana (1870-71) se alzó triunfal cuando el parlamentarismo acabó por prevalecer sobre las monarquías (2).

Claro, eso no parece servirle al viejo motor militante-partidario que lucha por logros más o menos inmediatos. Digamos, de corto y mediano plazo a diferencia, por caso, de los mediano-largo de una democracia participativa (al margen que también allí existan aspiraciones inmediatas). Y que conduce a no ver en la caja de herramientas      –por eso el inventario difícil– el capital social, el tremendo capital social que implican las lecciones dejadas por hechos como el bolchevique. Lecciones que es vital metabolizar, terminar de asimilar qué resultó de aquellas buenas intenciones de combatir la codicia militarizando la economía y verticalizando la sociedad. Y que así nos fue. O para ser más justos: qué pasó con lo que alcanzó sin duda para tomar el Palacio de Invierno, y para crecer macroeconomicamente y en el bienestar social básico, que no es menor, pero que no evitó otro Robespierre enloquecido, y una lenta decadencia en el largo plazo. O en el mediano y corto en términos históricos: setenta años para la URSS, treinta y cinco para Europa del Este, veinticinco para la China predesarrollista y hoy tecnodictatorial. ¿Esa era toda la calidad y toda la sustentabilidad? No, nos hace falta otra cosa.

¿Qué cosa?

A ver, el mercado es esa realidad innegable que hoy por hoy nos despedaza. A la par de sus servicios despliega su codicia y sus daños, aun cuando fracasaran aquellos que quisieron reemplazarlo tanto como los que creyeron descubrirle un rostro humano sin percibir la serpiente de sus leyes internas y aun el huevo de otra peor. Es decir, tenemos el bonito problema de algo perverso y difícilmente eliminable pero, además, necesario. ¿Nos ofrece, sin embargo, algún punto de equilibrio, alguna alternativa de uso? ¿O es una trágica aporía, y hasta aquí nomás llegó la civilización?

Así que empecemos a valorizar la praxis: el monopolio arruina el mercado porque el privatismo total lo bestializa pero el estatismo absoluto lo zombifica. Asumirlo no es menor. La pregunta del millón sigue incólume pero, al menos, acotamos la búsqueda. El desafío, parece indicarnos, es desconcentrar el monopolio (hoy privado, por cierto), bajarlo del pedestal, meterlo en la agenda política, y tanto institucional como constitucionalmente, hacharlo en tres o cuatro partes. Digamos, entre lo privado, lo estatal, lo cooperativo y lo autogestivo (3).

¿Cómo suena…? Sí, hacharlo es medio fuerte, mejor pensar en distribuir las áreas con cierta flexibilidad. Pero la idea es esa, y viene siendo expuesta por gente que la ve como viable para el llamado socialismo del siglo XXI (4). De hecho, se enfrenta al sentido común que descree de cualquier domesticación del capitalismo, y que lleva a resignarse o a soñar con autorregulaciones, al tiempo que otros, ya vimos, no se hacen cargo de su fracaso en haberlo vuelto capitalismo de Estado (aun legando experiencia y nobleza de objetivos). En suma, que hoy, por si algo faltara, con un Armagedón ambiental y social a la vista, y siendo inviable la negación del mercado, llegó el momento de ver al capitalismo como un poderoso elefante que, bajo el adecuado proceso, quizá lo volvamos un eficaz arrastratroncos.

¿Qué proceso? Reléase despacito este reparto de la economía entre lo privado, lo estatal, lo cooperativo y lo autogestivo. Y sea o no el famoso socialismo del siglo XXI. De la utilidad y necesidad del Estado regulador da fe el propio capitalismo que lo vuelve un salvavidas cuando las papas queman; del libreempresismo no monopólico podemos esperar la sana competencia y la acumulación acotada de riqueza personal (¿cuánto de acotada?: …lo compatible con el equilibrio del poder político); de lo cooperativo es posible recibir el vital impulso que necesitan las pymes, las mayores empleadoras y generadoras de movilidad social. Y de lo autogestivo… Ah, lo autogestivo, no faltará el que lo crea el patito feo, el eslabón débil y hasta prescindible del cuarteto: se lo llama economía social y solidaria (5), y es todo…

“…un campo en disputa en Argentina. Mientras autores críticos sitúan el carácter anticapitalista de esta alternativa económica (Coraggio, otros), las políticas públicas en Argentina la ubican como una economía de subsistencia, recurso dirigido a las poblaciones más vulnerables, sin recuperar el carácter transformador o subversivo del concepto. Esta diversidad que se observa se ve reflejada en las organizaciones que la constituyen, con cooperativas de trabajo que integran modelos gerenciales al mismo tiempo que organizaciones que recuperan el carácter emancipador del concepto y disputan sus políticas con las políticas estatales y del mercado.“ (6)

Bien, lo último en particular, el carácter emancipador, es lo que confiere a esta economía una cualidad pulmonar, una capacidad de oxigenar aspectos tan existenciales como el trabajo, el consumo responsable o la construcción de comunidad. Y esto a través de la falta de explotación y alienación laboral, de una vigorosa pedagogía a favor del gasto con conciencia social y ambiental, y del emprendedurismo mediante el esfuerzo grupal –no solo el individual de la Vulgata neocón, sino del emprendedurismo que recontruye el lazo social–. De ahí que sus organizaciones, no solo resulten pulmones vitales para su sector, sino que probablemente tengan la potencialidad cardíaca de inspirar, estimular y oxigenar al resto de la economía.

Obviamente, todo el cuarteto es aun una asignatura pendiente, y cuanto más su “patito feo”. ¿Pero no es lógico esperar que este se fortalezca bajo un sistema político más participativo, y se equilibre la interacción de las partes?  Ahí está, más allá del retroceso de la economía social en la actualidad (7), el notable desarrollo alcanzado hasta finales de 2015 por el conjunto cooperativo-autogestivo:

“Veintisiete mil cooperativas, 4900 mutuales, 500.000 monotributistas sociales, más de 300 empresas recuperadas (8) y autogestionadas por sus trabajadores, 1600 organizaciones de microcrédito, 400.000 productores de la agricultura familiar que producen el 70 por ciento de los alimentos que consumimos, 600 ferias francas y/o de la economía social y solidaria con su característico formato “del productor al consumidor”, 100 almacenes y mercados populares: esta es la economía social y solidaria que, en nuestro país, representa más de un millón de puestos de trabajo aportando aproximadamente el 10 por ciento del PBI.” (9)

De la potencia de esto –que repetimos: suma lo cooperativo y lo autogestivo–, da cuenta también el desarrollo alcanzado en otras partes del mundo, aunque el doble discurso del establishment dice defenderlo y, en rigor, lo boicotea (10). Pero dan prueba de su vitalidad experiencias tan ilustres como la red de cooperativas de la ciudad vasca de Mondragón (11), creada allá lejos en 1956 e inspiradora de otra célebre experiencia, en este caso autogestiva, que a fin de siglo tomó el mismo nombre en Winipeg, Canadá (12), o el nuevo municipalismo de la ciudad inglesa de Preston, con un fuerte impacto social que decidió combinar el emprendedurismo autogestivo y el autoconsumo desde la gestión pública, en medio de una Inglaterra con gravísimos problemas (13). Y es notable: repitiendo la línea de “Crecer con lo nuestro”, de nuestro Aldo Ferrer (al que, de paso, conviene homenajear como una suerte de desarrollista autonómico y, sobre todo, democrático a diferencia de la mayoría de sus correligionarios).

Pero, quedándonos en lo estrictamente autogestivo, tomemos algo tan emblemático y, en apariencia, tan poco eficiente como el trueque. El mecanismo resurgió en Argentina con una fuerza explosiva durante la crisis del 2001, y hoy ha regresado en formatos más elementales bajo el macrismo. Pero lo más interesante es que después de 2003, nadie hubiese dado un crédito (el nombre de su unidad monetaria) por su supervivencia. A la paulatina mejora de la situación general, se habían sumado las avivadas y un claro desprestigio sobre su mecánica, que llevaron a darlo por extinguido. Pero acá viene lo poco conocido: en el marco de algunas organizaciones autogestivas, y en forma callada, pegó un salto impensado de calidad, y se reconvirtió en herramienta clave (14).

Gracias a él, y aunque siga siendo desconocido para el gran público y para la mayoría de los economistas, tanto los microproductores aislados como las cooperativas, repartidos a lo largo de todo el país, y con mercados siempre pequeños y abocados hasta no hace mucho a sus pocos productos o incluso a uno solo, han multiplicado la escala de su actividad. El trueque les ha permitido la organización en redes, donde intercambian lo elaborado por cada nodo (el productor o la coperativa) por productos del almacén general que integran todos (y distribuye un nodo o varios nodos centrales). Eso, naturalmente asegura mayor venta y el aumento obligado de la producción, al tiempo de atraer más clientes al ofrecer otra variedad de productos –los del resto de los productores–, en cada lugar. La consigna de esta economía, sobre todo viviendo tiempos aun fundantes, es producir, intercambiar y consumir, enfatizando esto último en términos de autoconsumo como militancia y sustentación básica (especialmente en los nodos cooperativos donde confluyen una cantidad de familias).

Y no es todo. El neotrueque es un hallazgo de obvio impacto social pero con una potencialidad aun mayor: superar la tosquedad del trueque básico con un mecanismo que no solo reemplaza el uso directo de dinero, sino su potencialidad especulativa como reserva de valor (en tanto ese atributo mezcla los valores de cambio y de uso como si fueran una sola cosa, y no lo son, y habilita el [ab]uso capitalista del valor de cambio). Es decir, no solo reemplaza esto por conservar exclusivamente las buenas funciones, o las de unidad de cuenta y medio de pago (y/o trueque); desestimula además la avidez económica. El interrogante político es cuál sería realmente el techo de este artilugio en una auténtica democracia participativa. Y aun, cuánto refluiría en su propio crecimiento (15).

Porque, claro, recordemos que como democracia participativa se entiende un sistema con otro tipo de gobernabilidad que el que tenemos, que corte también con:

“…el abuso de mercado reflejado en el poder de los grandes supermercados y las corporaciones (ya que) el problema de la pobreza no se resuelve con plata. Es un problema de poder, del manejo de la tierra, la producción, la comercialización y la organización. Es mucho más complejo. El problema es la riqueza concentrada que nadie quiere discutir.” (n. 7)

En definitiva, desconcentrar sería la palabra de orden en un mundo que no da para más, desconcentrar lo más acompasadamente posible con la construcción de nuevas instituciones para no poner el carro delante del caballo. Pero, con valentía y serenidad–, desconcentrar la política, desconcentrar la economía y, quizás, hasta descafeinar el valor de cambio.

(Sobre cambios sociales de fondo, tb. puede verse: Marktkonforme demokratie: p. 211/3; De todos modos, hacer futurología, p. 390; Y ellos lo saben: ¡vaya si lo saben! , p. 392; Pucha, no solo una reforma constitucional, p. 395, y Cuestión de supervivencia, p. 406).

Notas:

  1. Citado por Mariano Dorr en Liberación o eurocentrismo,14-10-18: pagina12.com.ar/148348 -liberacion-o-eurocentrismo
  2. Hasta entonces se había echado mano a simulacros parlamentarios para acallar una protesta que ese mismo 1871 condujo al aplastamiento a sangre y fuego de la Comuna de París. Esta experiencia, una suerte de retoño obrero de la revolución burguesa de fines de siglo, y como ella otro fracaso en lo inmediato, resultó también costosa para los conservadores. Se impuso definitivamente el sufragio universal masculino tanto allí como en Alemania (un sufragio que ya había tenido su debut y breve existencia durante la revolución de 1848); en 1874 se adoptó en Suiza y en las dos décadas siguientes se propagaría en buena parte de Europa. Pero es entonces, tras el fin de la guerra franco-prusiana cuando surgen los días de los grandes parlamentarios: los Gladstone, los Gambetta, los Clemenceau, y el triunfo final de aquella Revolución Francesa, que incluso en los EE.UU. de fines de siglo convirtió al Congreso también en más poderoso que el presidente, y en Japón que el mismísimo emperador aceptara la apertura de un parlamento.
  3. Hay que decir, sin embargo, que ninguna de las constituciones reformadas en Sudamérica bajo los últimos gobiernos progresistas (Venezuela, Ecuador y Bolivia), abiertas a la economía mixta y a su abanico de posibilidades, llega a estipular cupos, proporciones o partes equilibradas. (Véanse: oas.org/dil/esp/constitucion_venezuela.pdf, art. 118; oas.org/juridico/ pdfs/mesicic4_ecu_const.pdf, art. 321, y bolivia.infoleyes.com/shownorm.php?id=469–Bolivia, arts. 306 y 307, respectivam.). Seguramente prevaleció la idea de esperar lo que fuera a resultar de una experiencia recién iniciada, aunque también se dejó una brecha que en Venezuela y Ecuador el capitalismo desgraciadamente no dejó pasar.
  4. Hay bastante material sobre el tema. Una excelente sinopsis puede leerse en: Sobre la economía mixta (Una aproximación a la economía plural de Bolivia), de Osvaldo Walter Gutiérrez Andrade, rev. Perspectivas, n° 25, ene-jun 2010, Universidad Católica Boliviana San Pablo, Cochabamba, Bolivia: redalyc.org/pdf/4259/425942454005.pdf (especialm. pp. 89-90, 92-94 y 99-109), un trabajo del que sorprende el sesgo claramente anticapitalista, y lo objetivo y amigable de la descripción de la economía social, pese a provenir de un sector opositor a Evo Morales, y no precisamente de izquierda.
  5. Que conviene denominar simplemente “solidaria”, como haremos desde ahora, ya que parece lo más sencillo para diferenciar lo autogestivo dentro del conjunto “social” que conforma con lo cooperativo.
  6. Red de Comercio Justo del Litoral (Argentina). Un ejemplo de la construcción de mercados alternativos al hegemónico, Stella Maris Orzuza, Rocío Moltoni, Tomás García y Liliana Ochoteco, octubre 2015: publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/osera/article/view/1401 /1280
  7. Los desafíos del trabajo en la economía popular, entrevista al sociólogo Alberto Gandulfo, 26-8-17: agenciapacourondo.com.ar/dossier/los-desafios-del-trabajo-en-la-economia-popular
  8. A fines de 2015 el periodista Raúl Zibechi indicaba que ya eran más de 350 (brecha.com.uy /una-sociedad-organizada-y-movilizada/), que sería el número recibido por Macri abarcando a unos 25.000 trabajadores (pagina12.com.ar/diario/economia/subnotas/300202-77820-2016-05-25.html). (V. tb. n. 679).

Un trabajo de la UBA también precisó: “Es la primera vez bajo el sistema capitalista que un número tan importante y disímil de empresas se desarrollan en autogestión y logran mantenerse a lo largo de un período tan prolongado, ya que sin apoyo o sostén por parte del Estado, como [se dió] en la Yugoslavia de Tito, miles de trabajadores mantienen en funcionamiento por años empresas que antes eran capitalistas. En el Mayo Francés, que es cuando se populariza el concepto de autogestión, la experiencia no duró más de un mes” (pagina12.com.ar/diario/suplem entos/cash/17-4708-2010-10-24.html).

  1. Comunicación y economía social y solidaria, Marcos Pearson: pagina12.com.ar/diario/ laventana/26-283750-2015-10-14.html
  2. Véase la carta a la Unión Europea del 13-10-10: Apoyo a las empresas sociales y cooperativas para alcanzar una Europa más inclusiva, sostenible y próspera, firmada por más de 400 académicos universitarios europeos (El sitio tiene el acceso denegado pero puede guglearse: “Como ciudadanos y académicos europeos, nos gustaría expresar”).
  3. Corporación Mondragón (Wikipedia).
  4. La experiencia de la librería y cafetería Mondragón, Colectivo Mondragón, ca. fines 2004: lafogata.org/debate/izq_la.htm
  1. El modelo Preston que inspira a Corbyn, Marcelo Justo, 15-10-18: pagina12.com.ar/148839 -el-modelo-preston-que-inspira-a-corbyn

 

  1. En buena medida, fue el mismo final del trueque masivo lo que disparó el nacimiento de múltiples cooperativas autogestivas, precisamente a partir de aquellos nodos originales. Tal el caso del Mercado Solidario de Rosario, una de las organizaciones que enfrentaron la degradación especulativa del trueque original, y que como refiere uno de sus protagonistas “nos sirvió de base para extendernos en otros proyectos: en armar emprendimientos productivos, asociativos, sin patrón, autogestivos, armamos la cooperativa, inventamos el trueque entre organizaciones que trabajan sin patrón, y por eso empezó la Red de Comercio Justo del Litoral” (Economía de resistencia, María Cruz Ciarniello, 19-4-2012: boletin.enredando.org.ar/imprimir .shtml?x=93620 ?iview=90&listlen=1&no_scr=1; Mancomunados: hacia una Argentina solidaria, documental sobre el Mercado Solidario de Rosario, con dirección de Roberto Soto. 2016: vimeo. com/92400524) Y, sobre todo, La experimentación económica y política del Mercado Solidario de Rosario, de Roberto García, 2011: mercadosolidariorosario.com.ar/#!/-experimentacion/), en particular la parte “II Problema: ¿Micro o socio emprendedores?”, y la adopción que describe de esta segunda investidura a partir de la potencialidad inexorablemente capitalista de la primera).
  2. Véase por ejemplo: La economía de la emancipación no es utopía, Amigos de la Tierra, 30-

9-15: amigosdelatierra.org.ar/index. php/la-economia-de-la-emancipacion-no-es-utopia/, y la ya citada Comunicación y economía social y solidaria, de Marcos Pearson (n. 1230). Préstese atención a los datos duros que incluye sobre la economía social.

[*] Adelanto del “Mataburros Neoliberal: apéndice del siglo XXI”, de descarga libre en: http://mercadosolidariorosario.com.ar/#!/-bienvenido/

         

Compartir

Ayudanos a difundir!