Mestizas es una de las organizaciones que trabaja al interior de la Sub Unidad 2 desarrollando un espacio de huerta y por fuera, un taller textil y de cuerpo y danza. En ese transitar continuo lo que prevalece es la biodiversidad como horizonte de trabajo. Donde se impone la uniformidad, se expanden los colores y las formas entre plantas y productos de cosmética natural. A futuro, proyectan conformar una unidad productiva para el acompañamiento de mujeres con prisión domiciliaria. Cómo pensar la libertad y el cuidado colectivo de la vida.
Un taller de huerta en la cárcel. La biodiversidad expandiéndose, creando otros mundos vitales, luminosos. Aún en el encierro tan hostil; entre rejas y etiquetas de alto perfil.
Mestizas nace a partir del encuentro, de la necesidad de florecer y al mismo tiempo, continuar caminos hechos de barro y barrio. Muchas de sus integrantes fueron parte de Enfocadas -un colectivo fotográfico que tuvo anclaje en el olvidado territorio de Cabín 9-. Hoy forman parte de una organización que trabaja al interior de la Sub Unidad 2 que aloja a mujeres y otras identidades, y afuera, en un centro cultural donde dictan talleres de textil y música y danza. En ambos lugares comparten un mismo código: aprender haciendo junto a otras.
Rosa Torres es una de sus fundadoras y actualmente, la presidenta de la asociación civil. “Cuando entramos al penal entramos con un montón de ideas alucinantes, que no siempre pudimos poner en práctica”. Antes de la conformación formal de la organización, Rosa -docente y bailarina- realizaba talleres de danza contemporánea en la cárcel, entendiendo la disciplina como una estrategia de salud integral. Lo que se ponía en juego en esa instancia de encuentro era la potencia del cuerpo, el cuidado, la movilidad, la exploración sensorial a partir del baile y la música. Pero se hacía lo que se podía, con los pocos elementos que tenían a mano. “Nos hacíamos preguntas constantemente sobre nuestra propia gravedad en el espacio físico dentro de un salón de 4×4 y viendo el afuera porque lo veíamos a través de la ventana. Lo llamábamos danza pero el taller involucraba muchas otras cosas vinculadas al cuidado del cuerpo, a reconocer qué pasa con nuestro cuerpo cuando caminamos y si caminamos con otras agarradas de la mano. Pero a veces se cortaba todo y pasábamos horas sin poder hacer nada. Era una apuesta muy importante”.
Con el tiempo, cambios de gestiones y políticas penitenciarias, el taller dejó de funcionar. En el 2021 Mestizas vuelve a ingresar a la cárcel pero ahora formalizada como organización social. “Nos convocan para pensar específicamente un espacio de huerta”, suma Agustina Chiriffe quien integra Mestizas desde el 2013. “Enseguida dijimos que sí, y es ahí cuando proponemos un taller de huerta agroecológica pensado como una estrategia de salud comunitaria pero con la amplificación de un trayecto formativo”, explica. El objetivo del taller es, a partir de la siembra y cosecha de plantas y semillas, fabricar productos de cosmética natural. El año pasado trabajaron en torno a la idea de belleza, algo que surgió de las propias chicas que participan del taller. Así fue como lograron -con mucho esfuerzo- producir desmaquillantes y bálsamos labiales. “Lo hacemos con las plantas que hay en la huerta” dice Agustina quien se dedica a la fotografía y al cuidado del medio ambiente.

“En un lugar que siempre se caracterizó por tener muy poca biodiversidad aparecieron mariposas y eso fue toda una sorpresa porque son indicadores de calidad y todo eso hace que podamos tramitar mejor el encierro”
La huerta es un espacio que dentro de una institución de encierro genera otra forma de vincularse con el tiempo, y la propia biodiversidad. La vitalidad de la naturaleza jaquea al dispositivo disciplinario. Allí donde se impone la uniformidad y la anulación de la subjetividad, estallan los aromas, los colores, las formas. Aparecen el cuidado y la sostenibilidad de la vida como horizonte de trabajo. “En un lugar que siempre se caracterizó por tener muy poca biodiversidad aparecieron mariposas y eso fue toda una sorpresa porque son indicadores de calidad y todo eso hace que podamos tramitar mejor el encierro” señalan desde Mestizas.
Sin embargo, las modificaciones en el código procesal penal implican una constante variación de las condiciones internas de funcionamiento y por ende una reorganización frecuente de quienes participan en los talleres. “Esto deja por fuera a un grupo grande de personas que pueden participar de cualquier taller. La realidad es que vamos y venimos con algunas dificultades, en general el grupo estable es de 8 o 9 integrantes. El taller es un trayecto formativo que está avalado por el Ministerio de Educación”, aclara Agustina siendo consciente de las dificultades y la existente sobrepoblación carcelaria. En el 2021 – recuerda- había 43 personas alojadas en el pabellón. Ahora hay más de 130. “Eso genera situaciones de habitabilidad mucho más ríspidas. Entonces, desde nuestro lugar, poder aportar a generar otro tipo de vincularidad para que se adentro se tramita mejor es uno de nuestros objetivos, ya sea con la huerta o con el lenguaje que querramos”.
¿Qué puede una huerta en una cárcel?. Agustina aporta su mirada ecológica: es una forma de vida, define, “un modo de relacionarse horizontalmente que tiene su pilar en la biodiversidad en toda su amplitud y eso aloja a las identidades. Y ese modo de no homogeneizar garantiza la sostenibilidad y el cuidado de la vida. Un hacer ecológico intenta no jerarquizar para poder, en definitiva, construir mundos posibles que nos alojen a todes”.
El cuidado en el taller es un eje central. Cuidar el crecimiento de una planta, cuidar el cuerpo, cuidar el tiempo. De allí que muchas de las técnicas aportadas en los talleres de danza se apliquen al de huerta. Desde cómo utilizar una herramienta de trabajo hasta qué postura realizar durante una siembra para evitar algún malestar corporal. “Son estrategias o recursos que después se amplifican para el cotidiano”.
Más allá de los muros
Mestizas es una organización que no solo tiene trabajo dentro de la cárcel. También genera y desarrolla espacios de encuentro por fuera, con personas que han transitado el encierro y ahora están en libertad como ocurre con Sandra, mamá de dos pequeños hijos. Cuando estuvo detenida asistía a los talleres para “poder despejarse”. Para que las horas del día pasen un poco más rápido. Para no pensar o para no angustiarse. “Empecé en el taller de huerta y no sabía ni cómo agarrar una pala. Fui aprendiendo mucho y aparte trabajaba en la cocina”. Sandra habla poco pero dice mucho. La experiencia de haber estado presa la llevó también a pensar e imaginar la posibilidad de ayudar a otras mujeres que atraviesan lo que ella ya pasó. Salir, y no tener red, contención, mucho menos trabajo. “A mí me costó mucho. Sé que hay muchas compañeras que están detenidas y no tienen beneficios, tienen sus hijos afuera pero no pueden salir, entonces mi idea es poder acompañar, ayudar”, dice.

Sandra, apenas salió en libertad, se acercó a Mestizas y se sumó al taller Pluriverso textil donde en su mayoría, lo integran ex detenidas. Ahí comenzó a utilizar las máquinas de coser y confeccionar diversos tipos de prendas. Pero sobre todo, comenzó a ser parte de una grupalidad que busca, como ella dice, tejer puentes para muchas compañeras que están en la intemperie. Así nace una idea que está en gestación: el proyecto de promotoras de cuidado para mujeres en libertad domiciliaria y dentro de la cárcel. “Las dos grandes prácticas profesionales sería el acompañamiento en domiciliaria y para quienes quieran ingresar al penal en el marco de este proyecto. La idea es generar pisos comunes de ideas, conceptos, para después avanzar sobre este trabajo. Lo que queremos es legitimar el saber y el laburo que ya traen las compañeras que estuvieron detenidas. Es escuchar lo que ellas saben, y sus preocupaciones” explica Agustina.
De eso se trata esta iniciativa que espera germinar en el corto plazo. Lo que aparece como un enorme pozo ciego es la situación de mujeres que están en prisión domiciliaria, que en su mayoría son único sostén de hogar pero no pueden salir a trabajar. ¿Cuál es la red estatal que contiene?. Ninguna. “No hay programas ni dispositivos que acompañen esa especificidad”. Así nace la idea de conformar lo que en Mestizas llaman una “unidad productiva”. El proyecto además tiene la gran ventaja de estar siendo pensado junto a trabajadores estatales de lo que se conoce como dispositivo Enlace. En este caso, son ellos quienes acuden a una organización de referencia como Mestizas para proyectar en conjunto. Dice Agustina Chiriffe: “La idea en principio es juntarnos y generar acuerdos sobre qué entendemos por cuidado, cuales son los marcos normativos que amparan esas situaciones. Queremos legitimar y acompañar ese saber que tienen las compañeras que han transitado el encierro”, enfatiza.
Sandra se muestra entusiasmada con este nuevo proyecto que todavía está en gestación. Lleva a cuesta su propia experiencia de vida, las dificultades con las que se topó cuando salió de prisión. La casi nula red de sostén y lo vital que es encontrar organizaciones que cobijen más allá de la cárcel. “Ese afuera es completamente abrasivo, es salir a la nada. Con un contexto muy hostil y cruel, entonces esto es generar un pequeño espacio donde nos podamos encontrar” aporta Rosa, una de las coordinadoras del taller de cuerpo y danza que también dictan en la organización. Ella dice que Mestizas es una gran mezcla y ahí radica su potencia. “Somos un proceso constante, con sus contradicciones, sus devenires, sus logros, creemos en la diversidad y aprendemos de eso”. Sandra dice que acá encontró respuestas cuando más las necesitaba. No es poco, o lo es todo en estos tiempos de crueldad y punitivismo extremo.