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Todo está guardado en las tribunas

  • 23/03/2026
  • Facundo Paredes
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La historia de la Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino como espacio de militancia. Que los hinchas sean unidos por la Memoria, Verdad y Justicia. Los clubes durante la dictadura y la lucha actual.

Jorge Mario Ramón fue secuestrado en junio de 1976. Obrero, militante e hincha de River, durante su cautiverio en Campo de Mayo “conoció” a dos hermanos hinchas de Platense. “Conocer” es un decir, porque no veía sus rostros ni sabía sus nombres. Entre torturas e interrogatorios, los tres hablaban de fútbol.

Cuando le anunciaron a Jorge que lo liberaban, uno de los hermanos –cuya suerte creía echada– le pidió que fuera a ver al Calamar y que gritara un gol en su nombre. Tras recuperarse de los tormentos, Jorge fue a cancha de Ferro, donde Platense hizo de local ante San Martín de Mendoza. Gritó tan fuerte el empate, que se desmayó en plena platea.

Esta historia la cuenta Andrés Burgo en su libro River para Félix, y no tiene un remate más feliz que ese grito de gol. Es decir: los tres protagonistas no volvieron a verse. Ahora, en una charla sobre deporte y dictadura –realizada en la ex Esma, en el marco de los 50 años del golpe–, la recuerda el periodista y escritor Claudio Gómez, socio de Independiente e integrante de la Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino.

Aunque fanático del Rojo, estuvo en la cancha de Racing en diciembre de 2021 cuando el eterno rival le restituyó la condición de socias y socios a sus desaparecidos por la última dictadura cívico-militar. “Nos unen la pasión por el fútbol, el compromiso social y la lucha por los derechos humanos, que no distingue de colores”, reza el primer comunicado de la Coordinadora, creada el 15 de noviembre de 2017.

Hinchada hay una sola

Entre las pocas cuadras que separan a la ex Esma, mayor centro clandestino de la dictadura, y el estadio Monumental, sede principal del Mundial 78, está Defensores de Belgrano, el único en homenajear a un hincha desaparecido, Marcos Zucker (h.), con el nombre de una tribuna.

Allí, Julián Scher presentó su libro Los desaparecidos de Racing. Coincidieron hinchas y militantes que ya venían laburando los derechos humanos en sus clubes. Manija con ese encuentro, Mariano Colángelo, de San Lorenzo, lanzó al aire algo así como: “Con todo esto tenemos que hacer algo”.

Semanas después se produce en la Casa de la Cultura Sanlorencista esa reunión inaugural. Los miembros fundadores fueron: Argentinos Jrs., Banfield, Defensores de Belgrano, Ferro, Lanús, Racing, Rosario Central y San Lorenzo.

Hincha del Taladro, Sergio “Cherco” Smietniansky recuerda que entonces “era un momento en el que nos estaban cagando tan a palo en el tema de derechos humanos, que sentíamos que había que salir a defenderlo en todos lados, y uno de esos lados era la cancha”. Años del macrismo en el gobierno y del “curro de los derechos humanos”.

Se suele reducir el tema «fútbol y dictadura» al Mundial 78. Pero ¿qué pasaba en los clubes? “El libro de Julián –se suma Silvia Salcedo, de Lanús– nos pone en evidencia que también habían ocurrido cosas en los clubes de fútbol, no solamente con socios, sino también con dirigentes, trabajadores, deportistas. Vimos la oportunidad de empezar a reconocerlos”.

Democracia en dictadura

En uno de los únicos lugares, si no el único, donde una urna tenía razón de ser entre 1976 y 1983, era en los clubes. Días después del golpe de Estado del 24 de marzo, por ejemplo, Vélez realizó elecciones. Caso paradójico el del periodista e historiador Hugo Gambini, del espacio Círculo El Fortín. Prohibido por la dictadura, “no podía hacer periodismo ni política partidaria a nivel nacional pero sí lo hacía en el club”, dice el cronista Oscar Barnade.

Libros como Fútbol, pasión de multitudes y de elites (Ariel Scher y Héctor Palomino) y Clubes de fútbol en tiempos de dictadura (Raanan Rein, Mariano Gruschetsky y Rodrigo Daskal) dan cuenta que la masa societaria de estas entidades alcanzó su pico histórico en esos años oscuros. Aunque como contrapartida, la caída del público en los estadios de fútbol llegó al punto más bajo.

La última dictadura se metió menos con los clubes y deportistas que la del 55, que prohibió a atletas cercanos (y no tan cercanos) al peronismo. Sus jerarcas casi no tuvieron presencia en comisiones directivas. “Cuando es cosa del fútbol, el pueblo no perdona”, advirtió una vez el dictador vecino Augusto Pinochet cuando un funcionario le puso en contra a la asociación chilena de fútbol.

Sí hubo intervención militar en el fútbol cordobés, con el objetivo de incorporar arbitrariamente a los clubes más populares y rentables de la provincia al torneo Metropolitano, medida que en su momento favoreció a Talleres. “Al final –remarca el doctor en Historia Franco Reyna sobre aquella época– siempre se terminarán imponiendo los criterios gubernamentales: la intervención era un riesgo latente para los que no se alineaban al pensamiento dominante”.

Hay muchas historias de pequeñas resistencias en los clubes. Desde cantitos desobedientes en las tribunas contra el gobierno de facto, a asambleas clandestinas. Y también hay desaparecidos.

No los hemos de olvidar

En 1997, River le quitó la condición de socios honorarios a Videla, Massera, Agosti y compañía, cuando los derechos humanos todavía no eran políticas de Estado. Y pronto, adelantan desde la Comisión de DDHH del club, habrá un Sitio de Memoria en el predio Cantilo, que el club tiene a metros del Monumental.

Más acá, antes y después de la conformación de la Coordinadora, hubo restitución de carnets a socias y socios desaparecidos. Cuando eso se hizo en Banfield, dice Cherco, “nos sentimos campeones de nuestro mundo”. Hubo pelotas para niños y niñas de Palestina, apoyo a los jubilados, reclamos para que AFA reconozca a sus futbolistas víctimas de la dictadura. Central inauguró lo del pañuelo de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo estampado en el pecho de la camiseta, gesto replicado por varios equipos en esta fecha 12 de la Liga Profesional. Newell’s lució a centímetros del escudo un “Nunca Más”.

Estudios del campo de la Sociología y las Ciencias Sociales marcan que cada vez son más los hinchas que militan en derechos humanos desde su club y no desde los organismos, sindicatos o partidos políticos. “Analizar su alcance y el tejido social que se despliega desde ellos nos invita a pensar en una nueva construcción de la memoria desde los clubes de fútbol, una nueva forma de concientizar el terrorismo de Estado”, escribió Julieta González Domínguez en la tesis con la que pretende recibirse de socióloga en la Universidad Nacional de La Plata.

“Es una forma distinta de generar conciencia, es otra forma de llegar a las personas a las que no les interpelan los organismos de derechos humanos o los partidos políticos que son afines a ellos”, añade.

Hoy no podemos perder, ni olvidar

La Memoria es Central, miembro fundador de la Coordinadora de DDHH del Fútbol Argentino, reconoce que “el camino hubiese sido mucho más arduo sin las huellas que dejaron los clubes que venían realizando actividades”. Santiago Garat, periodista y escritor rosarino, recuerda que el Gigante de Arroyito fue sede de uno de los primeros encuentros. Entre los propósitos, agrega, está el de “federalizar” el espacio, con experiencias de Córdoba y clubes de otras provincias.

En la Coordinadora, dice Sergio Smietniansky, “somos minorías activas”. Aclara que ese espacio “no nace para hacer política para convencidos”. En el país, sigue, no existen experiencias como la del Rayo Vallecano, club español antifascista. “Nosotros nos paramos en un lugar de incomodidad, hablamos con el de al lado, que quizá es un verdulero que no le interesa la política”.

Cherco quiere hablar de los “haters”, pero como se reconoce “malísimo para ese vocabulario”, se autotraduce: “Los que te putean en redes”. Sostiene que “los cultores de la muerte” que repudian campañas y acciones de la Coordinadora “tienen que andar en el anonimato”. Y cierra: “Claro que hay de esos en los clubes. Pero se tienen que andar escondiendo. Lo que genera orgullo es apostar a la vida, a los lazos sociales. Nosotros estamos reafirmando la esencia de quienes fundaron los clubes”.

Oscar Walter Arquez, Hormiga, pasó por varios centros clandestinos. “Cuando me liberaron no quería salir”, relata en la ex Esma. “Lo hice recién meses después para ir a la cancha de Morón”. La protección que encontró en las tribunas lo motivaron a homenajear a los desaparecidos del club. Lleva puesta una particular camiseta de su cuadro. A la par del escudo del Gallo se le suma el de Tigre.

En 1975, cuenta a quien quiera oírlo, ambas hinchadas todavía se odiaban. En un partido, un policía borracho disparó a la tribuna del Matador, lo que generó la reacción de sus hinchas. Los del Gallo dejaron de lado viejas rivalidades para pelear contra el enemigo en común.

Eso también es la Coordinadora.

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Facundo Paredes

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