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Todas las formas de esperar a papá

  • 21/03/2026
  • Martín Paoltroni
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María Soledad Nívoli cuenta cómo fue reconstruir y sostener la memoria de su padre, uno de los 12 desaparecidos identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en La Perla. “Ahora ya no soy hija de un desaparecido, ahora soy huérfana de un padre asesinado”.

Foto principal: Rosario3

“Cada vez que lo pienso, suspiro”. Desde que le avisaron que los restos de su papá fueron identificados, María Soledad Nívoli duerme en paz. Pasaron 49 años, prácticamente toda su vida. Ella tenía tan solo cuatro meses y su hermano Mariano dos años cuando las fuerzas de Tercer Cuerpo del Ejército que comandaba el sanguinario Luciano Benjamín Menendez  secuestraron a Mario Alberto Nívoli de su casa en el barrio General Paz, en la ciudad de Córdoba, y lo trasladaron hasta La Perla, uno de los mayores centros clandestinos de detención que funcionó en esa provincia durante la última dictadura cívico – militar. La familia nunca lo dejó de buscar.

“Es como un alivio que después se traduce en una situación de paz, de que algo por fin está realizado”, agrega. Dice también que siempre estuvieron como en un estado de vigilia, con la expectativa de recibir un llamado que les diera algún indicio sobre cuál había sido su destino. “Siempre ha sido un tema central en mi familia, mi mamá lo ha hablado desde siempre, es una mujer que nunca tuvo miedo. Siempre supimos de chiquitos que mi papá estaba muerto, pero cuando volvió la democracia ella nos explicó lo que pasó. Era una situación muy particular porque no teníamos un lugar en donde recordarlo porque su cuerpo no estaba”.

“Es como un alivio que después se traduce en una situación de paz, de que algo por fin está realizado”,

Graciela Gauchat, su mamá, también era muy chica, tenía 26 años y cuando preguntó por su compañero de vida le dijeron que se dedicara a cuidar a sus hijos. Por eso se mudaron otra vez a la ciudad de Santa Fe, a donde se habían conocido con Mario cuando fue a estudiar ingeniería química en la Universidad del Litoral (UNL), carrera de la que egresó y fue docente universitario. En aquellos años la familia sufrió un atentado a manos de la triple A en la misma ciudad por lo que se refugiaron algún tiempo en Concordia, Entre Ríos. Cuando regresaron a la capital santafesina tras el secuestro de su papá, construyeron una casa en el fondo del terreno de sus abuelos maternos y allí se quedaron.

María Soledad elige cuidadosamente las palabras para describir este proceso; enhebrar una historia lleva tiempo y elaborar un duelo tal vez un poco más, sobre todo frente a la ausencia material que impuso el plan de exterminio sistemático ejecutado por la dictadura: “Hay momentos más o menos oscuros en una búsqueda, y recuerdo que en esos momentos oscuros decidí salir por la vía de la elaboración artística”. Por eso, entre otras cosas, se embarcó en una muestra para homenajear a su papá y habló con algunas personas que lo conocieron en aquella época para saber cómo fueron los últimos días de su vida.

“Hay momentos más o menos oscuros en una búsqueda, y recuerdo que en esos momentos oscuros decidí salir por la vía de la elaboración artística”.

Durante la megacausa conocida con el nombre de La Perla – La Ribera – D2, 38 militares fueron condenados a prisión perpetua por los atroces crímenes cometidos en aquel campo de concentración. “Todos aquellos pasos en la elaboración del duelo habían tenido su efecto, cuando fue el juicio y se dictó sentencia para nosotros fue fundamental, fue un momento crucial. Pero siempre nos quedaba esta cuestión de que sus restos no los estábamos encontrando, entonces esto viene a cerrar esta historia”. Cuando recibió el llamado confirmando la identificación de su papá, pensó: “Ahora ya no soy hija de un desaparecido, ahora soy huérfana de un padre asesinado”.

El abuelo Mario

Cuando a María Soledad la entrevistaron para el ingreso al jardín maternal de su hijo Emiliano y tuvo que contar cómo estaba compuesta su familia, se quebró: “Justo en ese momento me di cuenta que no solo yo tenía un papá desaparecido, sino que ahora mi hijo tenía un abuelo desaparecido”. Sintió que con él se había duplicado esa condición. Por eso cuando le dieron la noticia de la aparición de sus restos sintió alivio. Una de sus preocupaciones era no heredarle esa búsqueda. “Con el paso del tiempo las esperanzas de encontrarlo iban mermando”, recuerda.

Sin embargo, el niño creció con la figura de Mario presente sin que mediara una escena solemne o un momento único de revelación. Más bien fue un proceso tejido en las escenas de la vida cotidiana, en los nombres que circulaban en la casa y en los rituales familiares. “Fue muy natural”, dice María Soledad. En ese pasaje, dejó de ser solo su papá para convertirse en “el abuelo Mario”.

Esa transmisión tuvo anclajes concretos. Uno de ellos fue el Bosque de la Memoria de Rosario, donde la familia tiene un árbol plantado en su nombre: “Vamos desde que Emiliano era muy chiquitito, incluso desde que yo estaba embarazada”, cuenta. Allí le festejaron cumpleaños, sacaron fotos, construyeron una presencia posible en medio de la ausencia. El árbol, como tantos otros gestos, funcionó como una forma de inscripción: un lugar concreto para recordarlo.

Foto: rosario3

Otra secuencia que pinta cabalmente cómo se construyó la memoria familiar del abuelo está relacionado con un regalo que pidió Emiliano cuando era muy chiquito: “Para Reyes pidió un esqueleto, uno de esos de madera que se arman. Una vez llegó un electricista a casa y le preguntó cómo se llamaba y él le contestó ‘el gran pariente’. Entonces ahí nos dimos cuenta de que era el abuelo. Nos resultó muy significativo, muy ingenioso ver esta posibilidad que te dan los niños de elaborar cosas muy terribles de manera muy sensible. Eso también nos ayudó a nosotros. Cuando le dije que encontraron al abuelo, me dijo: ‘sus huesitos’”.

En esa respuesta, simple y luminosa, se condensó todo: la comprensión, la espera y la posibilidad de cerrar un ciclo.

Una familia militante

Mario Alberto Nívoli fue militante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y de Montoneros. Tras su desaparición, su esposa Graciela se acercó al Movimiento Ecumenico por los Derechos Humanos (MEDH) y este espacio fue, de algún modo, una segunda casa: “Toda nuestra infancia estuvo muy ligada a este organismo, a esa comunidad, a esa forma de estar y de acompañar lo que pasaba”, recuerda María Soledad. Con las leyes de obediencia debida y punto final, y más tarde con los indultos a los militares, las expectativas de encontrar algo de justicia parecían clausuradas. No obstante, en este entramado colectivo se fue construyendo una forma de sostener la búsqueda y de no resignar la memoria.

“Para Reyes pidió un esqueleto, uno de esos de madera que se arman. Una vez llegó un electricista a casa y le preguntó cómo se llamaba y él le contestó ‘el gran pariente’. Entonces ahí nos dimos cuenta de que era el abuelo. Nos resultó muy significativo, muy ingenioso ver esta posibilidad que te dan los niños de elaborar cosas muy terribles de manera muy sensible. Eso también nos ayudó a nosotros. Cuando le dije que encontraron al abuelo, me dijo: ‘sus huesitos’”.

Con el paso del tiempo, María Soledad emprendió su propio camino: participó en los inicios de HIJOS en la ciudad de Santa Fe, y hoy su militancia se expresa en prácticas territoriales y académicas vinculadas a su trabajo en la Universidad Nacional de Rosario (UNR); entre ellos, se destaca un trabajo sobre archivos oníricos basado en la experiencia de un periodista alemana, Charlotte Beradt, autora del libro “El tercer reich de los sueños”, que los conectó con un estudiante de psicología preso en la cárcel de Piñero: “Él se interesó por este proyecto y de ahí surgió un Taller de Sueños muy bello, muy hermoso”. El trabajo ahora continúa con la ONG Mujeres Tras las Rejas.

En relación a los discursos negacionistas y lecturas que buscan relativizar el terrorismo de Estado, María Soledad está convencida que esto no puede leerse únicamente en clave del presente político: “Esto demuestra que el contexto no agota todo lo que pasa y que hay temporalidades diferentes. Funcionó la justicia federal, la universidad, el Equipo Argentino de Antropología Forense, los organismos de derechos humanos”, enumera. 

También allí se inscriben los familiares, los investigadores, y una enorme red que, aun sin estridencias, sostuvo la búsqueda en el tiempo. Por eso, insiste en que no se trata de una disputa de versiones: “No es relato contra relato, es evidencia contra vociferación. Por eso ahora vamos a seguir buscando, vamos a arremangarnos para encontrar a los miles que todavía están ahí”.

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Martín Paoltroni

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