El Club de investigaciones urbanas se conformó hace aproximadamente dos años. Es un grupo de investigación militante que nació con la necesidad de repensar la ciudad que habitamos: la Rosario aparentemente pujante, cosmopolita y turística que vendía la Marca Rosario. Sus investigaciones profundizan en la desigualdad, la crisis habitacional, la especulación inmobiliaria, la explosión sojera y el avance cada vez más crudo de la narcocriminalidad. 

 

Boom. Bang.

Estallan los barrios. Estallan sus calles, sus límites y sus plazas. Rosario está atravesada por una de las cifras de homicidios más altas del país. Crónicas que duelen y lastiman en las edades de pibes que no superan los 14 o 15 años. Historias que esconden el dolor de una familia y el negocio oscuro que tiene caras que brillan de un lado y sangran del otro.

En este contexto de ciudad cosmopolita y turística -si apenas se la mira con el cristal pujante- un grupo de jóvenes decidieron formar un Club hace dos años atrás. Sí, un Club de investigación militante y de investigación urbana. Un Club que se propusiera discutir en qué ciudad nos gustaría vivir, como quisiéramos que fuese y cómo es aquella en la que actualmente vivimos. ¿Qué tanto se parece esa ciudad a la de nuestros sueños? se preguntaban tiempo atrás, militantes sociales del Movimiento Giros. Quizá esta Rosario tenga muy poco de aquella que soñamos.

¿Cómo empezar a contar qué es y qué hace el Club de Investigaciones Urbanas de Rosario?.

Difícil tarea cuando la historia de una organización no se vincula únicamente al hacer, sino también al pensar. De todos modos existe un punto de inicio. Una captura de pantalla que detiene el instante para, a partir de allí, trazar el sinuoso camino que va de las preguntas a las respuestas inconclusas, de los análisis teóricos a los encuentros territoriales. Del saber al aprendizaje constante. Del conocimiento a la práctica más dolorosa en el mismo territorio donde la vida y la muerte atraviesan la cotidianidad de los barrios.

Ciudad del boom. Ciudad del bang. Empecemos por acá: en ese vínculo explosivo radica una de las principales preocupaciones de este grupo de jóvenes.

Todo comenzó hace dos años cuando la fisonomía de la ciudad ya marcaba un estilo propio, ya señalaba nuevas formas de vida: el boom de las construcciones de alta gama vinculado a la explosión sojera. El disconformismo fue la base para empezar a hacer. Al menos, para comenzar a cuestionar los modos de “narrar” la ciudad; los modos de entenderla.

“Nos empezamos a reunir una vez por semana a tratar de tirar sobre la mesa problemas, miradas, conflictos que había en la ciudad y también, espacios que nos interesaban. Partíamos de un disconformismo general, no solo sobre el modelo de ciudad imperante en Rosario sino también sobre los modos de narrar en Rosario, tanto los modos de historizar como las versiones circulantes sobre la ciudad”.

Así explica lo que significó el arranque de este club Juan Pablo Hudson, uno de sus integrantes.

El mate comienza a circular. Tarde de sábado, momento en que el Club se reúne para delinear líneas de laburo. La invitación a sumarse en aquel entonces fue bastante heterogénea, cuentan. “Pensamos en un colectivo que fuera capaz de pensar formas de intervención muy diversas”.

Muchos pasaron por el Club de Investigaciones Urbanas; algunos decidieron quedarse.

Kasa Pirata y Refinería

Año 2012. Conflicto en Kasa Pirata. Aquí nace un primer momento de intervención del grupo de investigación. Al comienzo, las preocupaciones circulaban abiertamente, sin demasiados presupuestos. “Teníamos como propósito, empezar a dialogar mucho y a tener contacto con distintos actores de la ciudad y eso fue marcando nuestra propia agenda”, apunta Ezequiel Gatto, otro de los fieles integrantes de este Club.

Estrecharon vínculos con el movimiento cultural que se había generado en torno a la Kasa Pirata y también, con el proyecto colectivo y autogestivo que proponía el colectivo de artistas. Pero ante el inminente desalojo, era necesario intervenir de alguna forma. El mismo día en que se produce la expulsión de la casa, el Club decidió salir al cruce con un texto de repudio y análisis al mismo tiempo.

Esto es parte de lo que decían: “El desalojo y la expulsión en Kasa Pirata, es la manera en que el capital inmobiliario, en connivencia con la Justicia, responden a experiencias que amenazan con salirse de la lógica de la ganancia y la privatización de espacios y territorios. Se suman también las voces mediáticas de un segmento de la ciudadanía obnubilada –al modo de turistas de fin de semana- con la belleza céntrica de Rosario, que repudian este tipo de movimientos culturales y sacar a relucir prejuicios de diversa índole. De esta manera, a la búsqueda colectiva que impulsaba la Kasa Pirata, a partir de su integración al barrio y el establecimiento de ámbitos cooperativos con otras experiencias culturales, productivas y políticas, se le responde con la judicialización, la represión y la violencia simbólica. Caso testigo de lo que crispa a los poderes privados, estatales y mediáticos.”

En simultáneo con el conflicto en Kasa Pirata, el Club de Investigaciones Urbanas veía con preocupación el fenómeno que sacudía al antiguo barrio Refinería. La polarización social que significaba la construcción de un shooping y altas torres de edificios, y la existencia de una villa de emergencia, a tan solo metros de distancia, marcó lo que fue el primer corto documental del grupo: Una calle me separa.

En esa sumatoria de hechos, en esos contrastes visualizados en la trama urbana de una marca de ciudad cada vez más excluyente, se cristaliza uno de los principales análisis que el Club comienza a disparar.  “Veíamos en Kasa Pirata un modelo de ciudad y de especulación inmobiliaria pero también articulado con ciertas políticas culturales, y veíamos en Refinería otra modalidad que tomaba esa nueva trama urbana.”

“Veíamos en Kasa Pirata un modelo de ciudad y de especulación inmobiliaria pero también articulado con ciertas políticas culturales, y veíamos en Refinería otra modalidad que tomaba esa nueva trama urbana.”

Marca Rosario y el modelo de ciudad

Está claro que el debate central de las investigaciones, hasta ese entonces, giraban en torno al modelo de ciudad. A una Marca Rosario que a través de un Plan Estratégico, la posicionaba como ciudad metropolitana, turística y cosmopolita. A políticas públicas dirigidas a reforzar este slogan. El boom inmobiliario gozaba de una muy buena salud mientras las desigualdades se intensificaban y la crisis habitacional empezaba a estallar. “A medida que fuimos investigando sobre esa Marca Rosario veíamos que había mucho más para decir y cambiar. El artículo en la Revista Crisis nos obligó a pensar la ciudad”.

Por un lado, el Club se proponía generar un discurso diferente al hegemónico que reforzaba la llamada Marca Rosario; por el otro, intentaban evitar caer en la nostálgica idea de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Dice Juan: “trabajar e investigar alrededor de los discursos de la Marca Rosario también nos sirvió para historizar la ciudad. Nos empezó a interesar anclar ciertas cuestiones en relación a esta ciudad en particular”. Es decir, hacer foco en esta Rosario y en los fenómenos urbanos que tan claramente empezaban a aflorar en la superficie. “Se trata de cuestionar un modelo de ciudad que tiende a profundizar las asimetrías sociales y la desigualdad en el derecho al acceso y disfrute de la ciudad. Nuestras críticas y apuestas no se apoyan en un pasado mítico, glorioso, sino en una pregunta por el presente y el futuro que queremos construir en común”, decía el Club.

Así comenzaron a analizar los procesos de gentrificación. “Con ese concepto se nombra la construcción o reconfiguración de las zonas urbanas para gente bien, que supone desplazar gente con menor poder adquisitivo por población con mayor pode adquisitivo y consumos culturales más refinados”.  Caso testigo: el barrio Refinería.

A la vez, analizaban lo que sucedía en zona sur “donde se dá una gentrificación distinta, ya no por construcción sino que el proceso consiste en abandonar de alguna manera el territorio para que se deprecie, y para que esas tierras se puedan adquirir a menor precio y el margen de plusvalía urbana para los desarrolladores sea mayor. Se hace mucho más rentable el proceso de gentrificación urbana. Y el otro proceso era el de Puerto general San Martin, donde hay una modificación muy grande en la trama urbana a partir del desarrollo de las industrias ligadas a la producción de commodities, al agronegocio. Hay barrios enteros que ven sus vidas trastocadas a partir de la instalación de esas industrias, por el tema de la contaminación ambiental, el ruido, el olor, la circulación de camiones, y esta gente empieza a desplazarse del territorio, venden sus casas depreciadas en valor y esas casas se van anexando a los parques industriales de las grandes empresas vinculadas al agronegocio”.

La histórica lucha que marca el devenir del Movimiento Giros en Nuevo Alberdi también dá cuenta de estos procesos en el que la periferia comienza a ser devorada por los mega emprendimientos inmobiliarios.

Datos que revelan la cara más perversa de la especulación inmobiliaria: aproximadamente 80 mil casa vacías y 50 mil personas con déficit habitacional. Hay más gente sin casa que casas con gente. “Esto deja a las claras la características de la construcción en Rosario que básicamente apunta a la especulación inmobiliaria, de la construcción como estrategia de reserva de valor, que no viene a traer ningún alivio a la problemática de la vivienda y el déficit habitacional sino que lo empeora, porque las cifras muestra que hay aumento en los precios de alquiler, a pesar de que la oferta creció exponencialmente.”

En otro documento elaborado por el grupo en este año reafirman lo que ya sostenían en el 2012 : “Desde el gobierno municipal se generaron, a través de los llamados convenios públicos privados todo tipo de facilidades para el avance irrestricto de construcciones. Gigantescas grúas que levantan torres y edificios surcan el cielo de Rosario desde entonces. En paralelo, comenzó un creciente retroceso de la presencia estatal, inclusive en materia de salud, en los barrios periféricos.”. El giro conservador se da en el marco de un cambio de fase del modelo económico social en el país y del lugar estratégico que comenzó a ocupar el Gran Rosario en el floreciente mercado de los commodities. “Toneladas de soja a secas y productos manufacturados provenientes de esta oleaginosa comenzaron a navegar con cada vez mayor frecuencia desde hace una década por las aguas del Paraná hacia el mundo”-

El artículo profundiza y avanza: “El giro conservador se ha intensificado aún más con la gestión de Mónica Fein. Sin embargo, esa Rosario linda que se construyó en las fases anteriores a partir de una transformación territorial vía el boom sojero/inmobiliario, se transformó también a partir del crecimiento de bandas delictivas ligadas mayormente al narcotráfico. Con una policía provincial sin control político, la consolidación del negocio narco se concretó en los cuatro puntos cardinales de la ciudad y en otras localidades de la provincia arrasando con formas de vida históricas”.

La vida narco

Tras los análisis acerca de la vinculación entre boom inmobiliario y explosión sojera, aparecía con el trágico crimen de Barrio Moreno, una nueva necesidad de intervención: acercarse al territorio; articular análisis con experiencia territorial, con el trabajo militante de las organizaciones sociales.

A su vez, se vislumbraba un conflicto sangriento que tenía su saldo más trágico en las barriadas populares: la narcocriminalidad.

El Club de Investigaciones Urbanas avanzó en un nuevo trabajo que se cristalizó en otra nota para la Revista Crisis. “Hicimos una serie de entrevistas tratando de focalizar el artículo en las maneras de lidiar de las organizaciones sociales con el problema narco en los territorios: el M26 de junio, Ludueña y Tablada. Alrededor de esa idea, que eran tres territorios calientes, construimos el artículo a partir también del incremento en las tasas de homicidios, y tratamos de hacer aparecer fuerte, la relación entre boom inmobiliario y narcotráfico, en que cierta ruta del dinero los vincula directamente. Ese fue el primer acercamiento.”

Comenzaron a vincularse con las organizaciones sociales que tan arduamente trabajan en los barrios. El Bodegón Casa de Pocho en Ludueña, el M26 en Moreno, así como también, organizaciones del conurbano bonaerense. Propiciaron encuentros para compartir experiencias, para intentar echar luz a lo que tan dolorosamente comenzaba a explosionar en los barrios: la vida narco. Los testimonios comenzaban a circular. Y a doler.

Otro momento de inflexión: las balas que hirieron por segunda vez a un chico de 13 años en barrio Ludueña llamado Aaron. “Esa situación nos movilizó mucho porque la historia de ese pibe, ligada a una fuerte adicción a las drogas, no suele ser reivindicada socialmente en tanto no lo merecería por sus acciones. Aparece una moralina muy autoritaria a la hora de pensar la vida de chicos como Aaron. Para nosotros fue todo lo contrario: pibes como él no sólo merecen ser reivindicados políticamente sino que requieren de acompañamiento, contención y nuevas oportunidades», reafirman.

Así, el Club comienza a profundizar su mirada sobre el fenómeno y avance del narcotráfico en Rosario, sin dejar de trazar vinculaciones con la especulación inmobiliaria y el modelo sojero.

El consumo como modo de vida

Hay una transformación de un determinado tipo de narco que ya no es el que antiguamente lideraba el negocio. Ahora, aparecen bandas “que empiezan a tener mayores ambiciones de controlar el territorio. Lo cual, vamos viendo que torna más complejo los modos de intervención y más dramática la situación. Esto no se ha desarrollado de manera extendida, pero son tendencias que uno va viendo. No hay que perder de vista que hay un tipo de trabajo de las grandes bandas narcos que ya no es solo la pura venta ni el arreglo de las situaciones mediante el poder de fuego, eso está, pero también aparecen trabajos sociales de manejo del territorio”, analizan desde el Club.

A la par que los grandes flujos de dinero circulan en el nivel de la macro narcocriminalidad, existe y se ramifica en el territorio lo que ellos llaman “la vida narco”. “Es decir, cómo se está desarrollando la vida cotidiana en los barrios y los códigos del narcotráfico va construyendo un sujeto y formas de vivir en la capilaridad. Y ahí está la complejidad más grande, porque se trata de salir a confrontar o poner en crisis modelos culturales con sus formas de vida y modos de identificación que estructuran fuertemente la subjetividad. En ese punto, este modo de vida narco no es una vida autosuficiente o distinguible de otras formas de la vida social. Hay alternancia”.  La figura del soldadito es quizá, el más paradigmático ejemplo de esa expresión de vida vinculada al narcotráfico. «Esa forma de vida es una forma de condensar dinámicas sociales más amplias, de alguna manera la vida destinada al consumo desborda la idea de las drogas y el narcotráfico», aclaran. “El narcotráfico es algo más que una actividad ilegal. Configura modos de vida, sociabilidades, identidades, discursos”.

Este nuevo modo de vida no solo se extiende en los barrios, apuntan. También habla de lo que sucede en el centro, en los modos de consumo de una vida destinada a satisfacer las demandas del capital: qué comprar, qué consumir, “porque por lo general se suele restringir el problema narco sea a las bandas delictivas, sea al consumo especifico de ciertas sustancias, y bastante menos a qué cultura general tiene lugar el narcotráfico. Cuando hablamos de consumo, son los productos y las marcas que circulan en los medios, los modelos estéticos de lo que hay que tener, comprar, la vía publica está saturada de estas imágenes. La vida narco sucede en otras situaciones y en otras clases sociales.”

“El narcotráfico es algo más que una actividad ilegal. Configura modos de vida, sociabilidades, identidades, discursos”.

Sin embargo, una frase refleja la contundencia de estos contrastes: el consumo es transversal “pero los muertos son de los sectores populares”, dice Juan Pablo.

Alternativas que no son tales, y la adrenalina de la esperanza

“También nos preocupa las alternativas moralistas o incluso autoritarias” que se presentan frente a este modo de vida narco que aparece en los barrios, sostiene  el Club. Se refieren a la explotación laboral en la que suelen caer los pibes en busca de laburo: trabajar 14 horas por días para ganar apenas $10 por hora. “Se presentan como alternativas opciones que son realmente propias de una vida empobrecida”. Trabajo precario o no registrado, y terribles condiciones de salubridad muestran ese rostro denigrante al que son sometidos muchos jóvenes de los barrios populares; respuestas estatales que no logran abarcar la complejidad del problema.

“Se presentan como alternativas opciones que son realmente propias de una vida empobrecida”.

“Para que los pibes no sean soldaditos se los manda a trabajar a una constructora, ganando 8 o 10 pesos la hora, sin condiciones de salubridad en su trabajo. Eso también oculta la sociedad y es parte de la hipocresía general”. Un caso en estos últimos días muestra esta oscura ligazón: la muerte de un joven operario quien, en precarias condiciones laborales, falleció a causa de un incendio desatado en una fábrica rosarina de colchones. No era un trabajador registrado y no tenía cobertura social.

Frente a esto, dicen desde el Club de Investigaciones Urbanas que Rosario arde, que a pura adrenalina arde. “Hay una imagen que nos conmueve profundamente y es la que muestra cómo en los barrios explota la fiesta popular”. Esas expresiones de la vida popular también hablan de la cotidianidad de los barrios, de las estrategias que las organizaciones de base impulsan para intentar recuperar el territorio, de las tan necesarias movidas culturales.

“Un punto fuerte de estrategia es cómo apropiarse de los espacios públicos, por ejemplo, una plaza. Y entonces el carnaval, es un gran ensayo de cómo, primero, se concentra una cantidad de personas sin que haya conflictos en las bandas. Cómo hacen para concentrar 2000 personas sin que participe la policía. Y además, veíamos que había una gran puesta en juego de saberes militantes, improvisar nuevas cosas para que eso pueda funcionar”

“Un punto fuerte de estrategia es cómo apropiarse de los espacios públicos, por ejemplo, una plaza. Y entonces el carnaval, es un gran ensayo de cómo, primero, se concentra una cantidad de personas sin que haya conflictos en las bandas. Cómo hacen para concentrar 2000 personas sin que participe la policía. Y además, veíamos que había una gran puesta en juego de saberes militantes, improvisar nuevas cosas para que eso pueda funcionar”, dicen desde el Club. El carnaval de Pocho en Ludueña aparece como el ejemplo más claro de la fiesta popular en los barrios.

“Explotan las fiestas populares a la vez que se dispara la tasa de asesinatos reventando estadísticas incluso nacionales”. Rosario arde en una imagen: los crímenes impunes en los barrios populares y al mismo tiempo, en aquella otra que despierta esperanzas: los cuerpos entregados a la fiesta colectiva de movimientos sociales que no se resignan a perder la calle, la tierra, la plaza, el barrio.

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El próximo 18 de septiembre, el Club de Investigaciones Urbanas junto a la Revista Crisis presentará un documental que aborda este complejo entramado: la ciudad del bang y la ciudad de un boom que estalla, interpelando a una Rosario que desde hace un tiempo, duele por donde se la mire.

Integrantes: Patricia, Marilé, Ezequiel, Juan Pablo, Salvador, Alvaro, Joaquina, Iván.

Contacto: clubdeinvestigacionesurbanas@gmail.com / Facebook: Club de Investigaciones Urbanas

Trailer del documental Ciudad del Boom, Ciudad del Bang.

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