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Seguir cayendo en la pública

En tiempos en los que el Gobierno Nacional ataca permanentemente – en los dichos y en los hechos- a la educación pública, las historias particulares nos permiten entender de qué estamos hablando cuando decimos universidad pública. La historia de José y la de Yamila son únicas pero se multiplican con otros nombres a lo largo y a lo ancho del país.

Por Tomás Viú

Propuestas de aumentos salariales irrisorios, pérdida del poder adquisitivo, vaciamiento de las universidades y recortes del presupuesto. Ese es el cóctel del gobierno de Cambiemos. La respuesta de los gremios docentes es contundente: las Federaciones Universitarias decidieron, de acuerdo a lo expresado por la mayoría de las y los docentes en el Plebiscito Nacional Universitario, el no inicio -con cese total de actividades- del 2º cuatrimestre a partir del 6 de agosto. A continuación, a cien años de la reforma universitaria, compartimos dos historias que ayudan a dimensionar lo que implica tener y defender la universidad pública, gratuita y de calidad.

José Manuel Octavio nació en Arrayanal, un pueblo de 800 habitantes cerca de la ciudad de San Pedro, en Jujuy. El pueblo se formó alrededor del ingenio La Esperanza con los trabajadores azucarerosque llegaron principalmente de Chaco y de Salta y se instalaron cerca de las plantaciones. El padrastro de José entró a trabajar como maquinista en el ingenio y por eso terminó viviendo en una de las casas que les dieron a los trabajadores.

La familia de José: la mamá, el padrastro y cuatro hermanos. Tres sobrinos y otro en camino. La hermana tiene 29 años, dos más que José, y los dos hermanos menores están terminando la secundaria.

La mamá trabaja como maestra de grado en una escuela primaria pero hasta hace unos años, cuando todavía no había podido estudiar, hacía changas, atendía un quiosco en la casa y salía a vender comida.

José hizo la escuela primaria en su pueblo pero para hacer la secundaria tuvo que viajar a San Pedro. “Al ser tan chiquito cualquier cosa que necesites hay que viajar”, dice José haciendo una pintura del lugar.

Él no sabía cuáles eran las posibilidades. No sabía qué podía y qué no. No sabía si la universidad era gratuita o si había que pagar. No tenía más información que la que le llegaba a través de las películas yanquis. Dice que cuando llegó a la universidad esa imagen de las películas no tenía nada que ver con la realidad. También dice que, como le pasó a él, muchos desconocen la existencia de la universidad pública. Su hermana estudió Trabajo Social en un instituto privado porque en su ciudad no había opción estatal. Él fue hasta ahora el primero de la familia en estudiar en la universidad pública.

Una amiga de José que estaba estudiando en Rosario le contó a su mamá sobre la universidad. Le explicó cómo era. Y la convenció. Y la madre lo convenció a José. En realidad no le costó mucho convencerlo. Simplemente le preguntó si quería estudiar. A él esa pregunta lo agarró por sorpresa. Ni lo pensó. Dijo que sí.

“Quiero hacer algo por mi vida y por la vida de los demás”, pensó, y se inscribió en la carrera de Medicina. Se anotó en distintas universidades del país, por las dudas. La facultad más cercana es la de Tucumán pero había cupo limitado y examen de ingreso. Le pareció que era muy difícil entrar sin una buena base y no tenía la plata para pagar un curso antes de rendir. Pero sabía que no quería perder un año. Por eso vino a inscribirse a Rosario, donde no había examen de ingreso. La inscripción era presencial. El día en que llegó bajó en la terminal con el bolso y fue a buscar un lugar para dormir. Empezó el cursillo de ingreso y a fin de año volvió a Jujuy a terminar la secundaria. Cuando José llegó a Rosario no había terminado la escuela pero ya quería empezar la universidad.

El primer mes que estuvo en Rosario José durmió en un hostel y el resto de la carrera vivió en una pensión. La mamá vino por primera vez a Rosario para su graduación: mi hijo el Doctor. Cuando vio el lugar donde vivía el Doctor, no le gustó. Desde ese momento José empezó a vivir en un departamento.

Al principio la madre lo ayudó para comprar los materiales de estudio de la carrera. Desde segundo año José empezó a trabajar lavando platos en la cocina de un restaurante. Y desde tercer año accedió a un programa de becas de la UNR para estudiantes de pueblos originarios. En Arrayanal, su pueblo, hay una comunidad originaria: el pueblo Ava Guaraní (gente guaraní), presente en el noreste de Argentina, sur de Bolivia y oeste de Paraguay. La beca le permitió a José trabajar sólo los fines de semana. Desde que se recibió, en diciembre del año pasado, él es quien ayuda económicamente a su familia.

Vino a rosario con diecinueve años. Hoy tiene veintisiete. Para hacer la especialización no quedó seleccionado en Rosario y le ofrecieron hacerla en otras provincias. Por eso, mientras tanto, está trabajando como médico generalista en guardias de distintos hospitales y también en una empresa de visita médica a domicilio.

“Hoy la situación está mucho peor que hace unos años”, dice José refiriéndose al panorama general del país. Por eso, dice que gracias a su carrera él puede trabajar de lo que estudió y lo que le gusta; que no se da grandes lujos pero que puede llegar bien a fin de mes; que no puede imaginar cómo hace una persona para mantener a una familia cobrando diez mil pesos mensuales.

“Yo no podría estar en esta situación si no hubiera estudiado”. José plantea la importancia de tener la posibilidad de valerte de la herramienta del estudio y dice que después depende bastante de cada uno. “Son pocos los que llegan y terminan la universidad pero serían muchos menos si ésta no fuera pública”. Dice que muchas veces discute con sus amigos sobre lo público y lo privado. Puede que un hospital privado sea más lindo o esté más iluminado, dice José, o que en un transporte privado viajes más cómodo o más rápido, o que en una universidad privada las aulas sean más lindas y no haya superpoblación. “Pero en el hospital y en la universidad pública estamos todos. Es algo que hay que valorar y defender porque no tuvimos estas cosas gratuitas de un día para el otro”.

Participar

Yamila Giménez vive en barrio Ludueña y terminó la secundaria en la EEMPA “Nazaret”, conocida por todos como la escuela del Padre Edgardo. Cuando terminó la escuela quiso estudiar Derecho y pidió ayuda para hacer los trámites para anotarse. “Cuando empecé no duré mucho porque no entendía nada”. Dice que el secundario no le alcanzó y que no estaba en el mismo nivel que los demás estudiantes. Pero también dice que en la familia no tenían los medios necesarios para poder continuar. “Duró” medio año. Hoy tiene 27 y esa primera experiencia en la universidad la tuvo a los 18. En ese momento vivía en la casa de su mamá. Su padrastro hacía changas y su mamá vendía ropa en la feria de la plaza de Pocho.

“Era casi imposible. Te cuesta el día a día y más si querés estudiar”. Yamila recuerda que a veces sus compañeros en la facultad se cruzaban a tomar un café y ella se quedaba leyendo en la plaza San Martín. “Me empecé a sentir mal y se me hacía difícil”. Ahora ya conoce el ambiente universitario y tiene ganas de volver a estudiar. Quiere ser asistente social y se va a inscribir en octubre en la carrera de Trabajo Social, en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR. Hoy formó su familia y dice que estudiar le parece fundamental para seguir creciendo en la vida. “Como mi marido trabaja y me ayuda no voy a tener más el problema económico. Él me apoya para que yo estudie”.

Yamila se acuerda de que su mamá le compraba un bloc de hojas, unas cartulinas, y le hacía la cartuchera de tela en el costurero. Hoy tiene dos hijas: Victoria, que tiene siete años y va a segundo grado, y Ángeles que tiene cuatro y va al jardín Belén, donde también fue Victoria y Yamila cuando era chica. Ella cree que las escuelas públicas en algunos barrios no te preparan para la universidad. Dice que algunos chicos de trece y catorce años que van a la escuela en el barrio no saben el abecedario y que los docentes son muy buenos pero que no alcanza. “En el barrio los chicos de diez años ya son adolescentes, a la escuela van y vuelven solos. Muchos de esos chicos tienen problemas de plata en las casas y muchos empiezan a consumir temprano. A veces las profesoras saben los problemas que tienen los chicos y no les exigen demasiado. Es una suma de todo”.

Yamila dice que los gobernantes saben lo que pasa en los barrios, que la policía defiende al que vende droga, que los más vulnerables son los chicos que muchas veces salen a robar para conseguir plata. Yamila plantea que al sistema no le conviene que del barrio salgan profesionales. Dice que lo que le conviene al sistema es que salgan delincuentes, que llenen las cárceles para que puedan seguir lavando plata y vendiendo droga. Yamila cree que la pobreza podría desaparecer si se criara a los pibes para ser profesionales y no para llenar las cárceles.

Ella cuenta que quiso anotar a su hija en algunas escuelas fuera del barrio pero que en la mayoría no entró “por el radio”. La prioridad es para las personas que viven cerca de la escuela. “Cuando le decís de qué barrio sos no te vuelven a llamar más”. Habló con los directores de la escuela Nº 90, que está en Alsina y Córdoba, y logró que entrara Victoria. Está contenta porque hoy su hija tiene inglés y folclore en la escuela.

“Yo quiero que mis hijas estudien. Por eso les tengo que dar el ejemplo. Les tengo que mostrar que el mundo es mucho más grande de lo que ellas conocen. Estudiar es la única herramienta que tenemos para estar mejor en la vida. No quiero que ellas pasen tantas necesidades. A la vez siempre trato de ayudar al otro, por eso quiero estudiar Trabajo Social. Me encanta ese trabajo”. Antes de que mataran a Pocho Lepratti Yamila iba a Sagrada Familia, un centro comunitario del barrio donde hacían “talleres y quintitas en el terreno que había atrás”. Recuerda que Pocho tocaba la guitarra. “Era una persona humilde, muy educada, siempre estaba con los chicos y charlábamos”. Para Yamila la única opción “es ayudarnos entre nosotros”. Explica que la droga trae falta de amor y desunión y que los chicos están con la mente totalmente desocupada porque no tienen ningún proyecto. Dice que la gente como Pocho te siembra esa semillita de creer que uno puede estar mejor.

Hoy dedica su tiempo al cuidado de sus hijas y de la casa. Y próximamente al estudio. Pero también milita en el barrio. Durante tres años tuvo una Copa de Lecha en su casa donde iban 150 familias. Después tuvo que cerrar porque no recibían ayuda económica y se volvió insostenible. Pero sigue militando y ayudando en una panadería en la que trabajan jóvenes de Ludueña.

Cuando llegó a la facultad a los dieciocho años sintió que le hablaban en chino pero ahora se siente más madura y dice que no va a salir llorando de la clase. “Me la voy a aguantar y voy a leer. Y voy a terminar aunque tenga que estar veinte años”. Lo quiere hacer para que sus hijas vean que ella estudia, que la única herramienta es estudiar y participar. Siempre participar, dice.

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