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El Club Social y Deportivo 20 amigos, de calle Felipe Moré al 3400, está en el límite entre los barrios Triángulo y Moderno. Doscientos niños, niñas y jóvenes circulan semanalmente por el club que tiene diecisiete actividades recreativas, deportivas y culturales. Para el año que viene proyectan una escuela de oficios.

Por Tomás Viú

Probablemente hayan sido veinte amigos los que en 1963 se juntaban a jugar a las bochas en la zona sudoeste de Rosario, después de trabajar en las quintas y en el ferrocarril. Con el tiempo a las bochas se sumó el bufete. En ese momento las mujeres no podían entrar. En la década del noventa fue un club deportivo importante, muy fuerte en vóley y en fútbol. Y también había una murga. Después llegaría el 2001 y el Estado, como si fuese una murga, emprendió la retirada del territorio.

Al padre de Matías Moschini, miembro histórico del Club 20 amigos, le tocó ser parte de la restructuración después del 2001 cuando el club tomó un rol activo fuerte con un comedor, entrega de bolsones y de ropa. Cuando murió su papá, en 2010, Matías se acercó a dar una mano. Hoy es el Presidente del club. “Desde 2010 hasta 2013 tuvimos una comisión fuertemente ligada a la política con comerciantes de la zona. Eran parte de la comisión directiva. Venían, diseñaban algunas cosas y se juntaban a comer. No había un compromiso con mejorar el club. Nosotros acompañamos ese proceso pero nos dimos cuenta que podíamos formar otras cosas”.

Hasta 2013 siguieron con el proceso que venía teniendo la institución porque les parecía “lo normal”. “Otras cosas”, dice Matías, cuando se refiere a los proyectos que empezaron a nacer en el club. Otras cosas más allá del comedor. Porque la necesidad ya no era la del 2001. A la comisión se empezaron a sumar jóvenes como Alejandro, Lucas y Ema, que venían con estudios de periodismo, ciencia política y nutrición. Empezaron a pensar el proceso de comunicación con una revista del barrio. Y se les ocurrió armar talleres culturales. Y que los pibes puedan estudiar. Y aprender oficios. Y hacer deportes. De esa manera fueron diseñando el club y cuando terminó el mandato de la comisión anterior, empezaron a concretar el armado. En ese proceso también hubo modificaciones jurídicas e institucionales. Era fundamental que el club estuviera en regla y los papeles estaban por la mitad. Hoy tienen la personería jurídica y  los balances al día.

Hasta 2015 el club recibía un subsidio para la copa de leche y para el comedor. Pero con la plata que recibían no podían mantener el espacio de la cocina ni mejorar la comida. No salían del arroz o el guiso. Por eso decidieron mantener la copa de leche y sacar el comedor. Y porque evaluaron que la cuestión alimentaria se podía cubrir con los otros comedores. Matías recuerda que al principio fue un quiebre importante con los vecinos que recibían la comida pero que al tiempo esa situación cambió cuando empezaron a ver que el club proponía otras actividades gratuitas. Por un lado, tomando como pata la capacitación en oficios con jóvenes y, con los niños de cuatro a trece años, armando talleres de radio, guitarra, teatro, computación, tela, boxeo y taekwondo, entre otros.

Alejandro Burani es el Secretario del club, adonde llegó en 2014 por la militancia. Cuando le contaron la idea surgió la posibilidad de hacer una revista que circulara en el barrio. Haciendo la revista, que se sostuvo durante dos años, Alejandro se empezó a involucrar en el día a día del club. “Empezamos con las capacitaciones, dejando un poco de lado el asistencialismo. Y fuimos viendo el tema de las gestiones de los papeles para que el club estuviera al día”. Alejandro dice que varias instituciones del barrio están cerradas o funcionan en círculos muy cerrados. Y que la idea era que el vecino se identificara con el club, se sintiera parte.

Cuando cerraron el comedor en 2015 no pensaron que el barrio volvería a pasar una situación de crisis alimentaria como la actual. Pero en 2016 empezaron a notar que el tema de la comida volvía a estar presente. Por eso el año pasado incorporaron una cena para los chicos que hacen los talleres. Y reforzaron la leche. Hoy cocinan martes y jueves y de lunes a viernes hacen la merienda. “Los pibes que hacen taekwondo tienen un apoyo alimenticio en sus casas. Entonces les damos un refrigerio y la leche la toman otros pibes. Tenemos todo descentralizado. Cada uno tiene la merienda que corresponde”, cuenta Matías.

Otro indicador de la emergencia social es que se sumaron muchos chicos y chicas. Matías dice que al taller de guitarra se sumaron pibes que antes podían pagar un profesor particular y que ahora van al club porque es gratis. “Algunos no se quedan a tomar la leche pero sí a comer. Y me refiero a chicos de clase media. Nos propusimos un trabajo de tres meses para pasar el invierno. También nos habíamos corrido de la entrega de bolsones pero vemos que la crisis se va a profundizar”. Matías mastica la bronca de tener que volver sobre estos temas. Creían que ya la habían pasado y estaban enfocados en los talleres, capacitaciones y actividades culturales. Como atenuante, dice que formaron un grupo de trabajo fuerte y estable que se sostiene en el tiempo.

Alejandro vive a diez cuadras del club, es licenciado en periodismo y dice que se habían propuesto reforzar lo cultural y lo deportivo pero que a partir del 2015 vieron que la situación se empezó a complicar. “Tenemos que atender estas necesidades porque estamos abiertos a lo que pasa en la comunidad. No podemos mirar para otro lado. Empezamos a replantear el sistema de trabajo. Nos reunimos semanalmente”. Alejandro cuenta que cuando empezaron a implementar las cenas iban veinte chicos y que ahora son casi sesenta. “De los chicos que vienen tenemos un seguimiento casi personalizado. Sabemos quiénes son sus padres, a qué escuela van, si van al centro de salud”.

El club está en el límite entre los barrios Triángulo y Moderno. Matías repasa el mapeo que vienen haciendo de la zona con los cuatro comedores, las tres instituciones educativas, los cuatro jardines, los dos centros de salud y los clubes que hay alrededor. “Hace un mes nos juntamos con los tres comedores comunitarios que están sobre las vías para ver cómo está la situación. Hay comedores que son muy chicos y encima se sumaron más pibes a comer. A veces hacen fila y algunos esperan que termine de comer un grupo para que coma el otro”. En el club 20 amigos hay un taller de carpintería en donde están haciendo algunos bancos para los comedores del barrio.

Se ponen la camiseta

La comisión directiva está conformada por catorce integrantes: presidente, vicepresidenta, secretario, tesorera, pro-secretario y vocales. Alejandro recuerda que al principio armaron la comisión lo más amplia posible y que la idea era que los profesores que dieran una disciplina deportiva tuvieran un lugar en la comisión, como también las personas encargadas de la biblioteca. Además, hay docentes que dan clases en las escuelas del barrio y que también participan en la comisión, como el profesor de música y el de historia. Ellos son el termómetro en relación con las escuelas.

Matías está a cargo del salón de fiestas que funciona en el club. Cuando alquilan el salón, ingresa una plata con la que gestionan los recursos propios. Por otro lado, a través de una articulación que tiene el club con extensión universitaria, reciben a practicantes de Medicina, Psicología, Trabajo Social, Derecho y Comunicación. “Necesitamos a esos futuros profesionales en el territorio”, dice Matías, mientras cuenta que en el taller de murga donde trabajan con muchos niños, niñas y madres, además de la diversión aparecen distintas problemáticas. “Siempre tenemos en cuenta los cuidados necesarios y estamos en contacto con las instituciones que se tienen que hacer cargo como el centro de salud. Nosotros estamos para contener, fortalecer, ayudar y acompañar. Pero no podemos hacernos cargo de determinadas situaciones”.

Hace dos años desde el Programa Nueva Oportunidad les propusieron hacer talleres de capacitación en oficios. Desde el club aceptaron siempre y cuando lo hicieran en conjunto con el centro de salud del barrio, el Centro de Día que funciona en la DIAT (Dispositivo Integral de Abordaje Territorial) y extensión universitaria. Matías participa del acompañamiento de las y los jóvenes del Programa. “Logramos el circuito por el cual el joven que se venía a capacitar se fuera identificando con el club y empezara a hacer otras actividades. Algunos pibes a partir de ese circuito terminaron la escuela e incluso algunos empezaron una carrera universitaria”.

Este año pusieron el foco en que los talleres sean de producción. En carpintería hicieron bancos, macetas y, próximamente, juegos de dominó. En serigrafía hicieron bolsos y remeras. En diciembre llegaron a las doscientas remeras del Club 20 amigos. A nadie le falta su remera. Entre los talleres de serigrafía y carpintería son cincuenta jóvenes. Durante las capacitaciones también hicieron la electricidad del club y levantaron una biblioteca. Y para el año que viene están proyectando armar una escuela de oficios. “Hay madres que están terminando los estudios y quieren arrancar con algún emprendimiento. Estamos haciendo un acuerdo con la universidad para hacer una escuela de oficios en el club que tenga título universitario. Pensamos empezar con fotografía y cine”, cuenta Matías.

En el club también están realizando charlas cada quince días. Uno de los temas que vienen trabajando es la educación sexual. Hace un año en los botiquines del club agregaron preservativos, toallitas y test de embarazo. “Es importante que en las instituciones de barrio tomemos estos temas. Este año en la comisión nos dimos el debate sobre el aborto”, cuenta Matías. Dice que en la comisión, si bien todos están de acuerdo sobre el camino que debe seguir el club, ideológicamente cada uno tiene su postura sobre los distintos temas. “Eso nos enriquece. Creemos que hay temas importantes que hay que trabajar como la violencia, la sexualidad, la diversidad de género”.

Previo a las modificaciones que hicieron, el estatuto que tenía sesenta años de antigüedad decía que no se podía hablar de política y que las mujeres no podían participar en los primeros puestos de la comisión directiva. “Para nosotros fue muy importante modificar esos puntos. Entre 2010 y 2012 hubo una presidenta mujer pero en el estatuto no estaba permitido. No estaba legalizado”, dice Matías.

En agosto de 2016 se hizo un allanamiento en un bunker que está atrás del club. Como parte de los terrenos que pertenecían al club fueron ocupados por la villa, cuando los policías tumbaron una puerta terminaron entrando al gimnasio del club. Canal 3 hizo la crónica del allanamiento y la periodista Fernanda Rubio terminó la nota diciendo que el club estaba cerrado y tomado por narcos. “Yo estaba cenando en mi casa con mi mamá, que me dijo ´mirá, el club donde estás vos´. Cuando dijo eso me agarró un ataque. Conseguí el número de la periodista y le dije que lo que había dicho estaba mal”, recuerda Alejandro.

El día que hicieron el allanamiento, Matías estaba tomando mates en la otra punta del club. Vio que había entrado un perro y le llamó la atención. Cuando fue a ver estaba la policía. Y se encontró con la periodista que le decía que ella veía todo abandonado. En ese galpón que la periodista juzgó abandonado, está el gimnasio de boxeo y hacen el taller de tela y acrobacia. “Muchas veces los medios nos pinchan para que digamos algunas cosas. Nosotros hacemos un trabajo día a día y, sin negar lo que pasa, recalcamos el trabajo bueno que se hace en el barrio”, dice Matías. “Los pibes que viven en la villa no son todos narcos ni delincuentes. Hay familias que se levantan a las seis de la mañana a juntar cartón para comer al mediodía, o pibes que tocan como nadie el violín en la orquesta sinfónica de barrio Triángulo”.  Para Alejandro, “lo que vende es decir que hay balaceras todos los días”. Efectivamente, delitos, narcos, ajuste de cuentas, asaltos y balaceras son las palabras que más figuran en los motores de búsqueda de internet en relación con los barrios Triángulo y Moderno.

La disciplina deportiva más fuerte del club es taekwondo. También apuntan al boxeo y la idea que tienen para el año que viene es armar un equipo de fútbol. Este año reforzaron la pata deportiva con gimnasia rítmica y mini básquet. Alejandro explica que les interesa empezar a implementar deportes grupales para incorporar el trabajo en equipo.

Dentro del club hay un mural que hicieron en 2015 con algunos pasantes de la carrera de Artes de la Facultad de Humanidades. Por un lado retrataron la zona de los ferrocarriles con los laburantes que construyeron el barrio. Por otro lado están las vías y el pibe que se quedaba en la esquina y no entraba al club. Pero la historia se escribe todos los días y el mural va a continuar. “Ahora vamos a hacer la otra parte del mural con el joven que es estigmatizado y al que le dicen narco y que ahora está dentro del club, como también está la clase media que trabajaba en los ferrocarriles”, explica Matías.

Doscientos son los chicos y chicas que circulan semanalmente por el club, que este año tiene diecisiete actividades recreativas, deportivas y culturales. “Terminamos un año bastante golpeados. En septiembre del año que viene haremos un recambio en la comisión. Nosotros seguiremos coordinando algunos espacios pero queremos dejarle el lugar a otras personas. No somos intocables, no queremos estar siempre nosotros”, explica Matías, y habla sobre el lugar que les toca a las instituciones y organizaciones barriales. “Estamos en un lugar importante en estos momentos. Somos termómetro de un montón de cosas. El lugar está abierto los trescientos sesenta y cinco días del año. Aquel que entre a participar tiene que saber que tenemos una responsabilidad”.

 

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