¡Y grita fuego!
Mantenlo prendido ¡fuego!
No lo dejes apagar
¡Y grita fuego!
Mantenlo prendido ¡fuego!
No lo dejes apagar

(Bomba Estéreo)

 

Por Gisela Espinoza

Las historias que leemos pueden quedarse o no en nuestra memoria, para toda la vida, algún tiempo, o borrarse al culminar la última página que reza “este libro se terminó de imprimir en… etc., etc.”. He leído mucho este año, pero con esfuerzo sólo podría recordar algunos pocos relatos. Mi modo de saber si la historia leída me ha dejado algún resto, alguna tela para cortar en el taller de corte y confección que es mi cabeza, es cuando me encuentro contándosela a alguien. Si tengo la necesidad de transferirla su impacto ha dado en alguna parte de mi mundo interno, aunque no siempre sé en cuál. Cuando algún personaje me queda adentro me vuelvo transmisora oral de su historia. El Romance de la Negra Rubia es uno de esos impactos, y hoy por la tarde en una charla con mi hermana pude corroborarlo. Creo que de algún modo lo que se redacta nunca está del todo en el papel, continúa escribiéndose en las bocas de sus lectorxs, en mi boca.

“Porque hay que comenzar a contar por algún punto y podría ser cualquiera”, dice la autora, algo debe ser el puntapié inicial de un relato. Entonces elige comenzar la historia describiendo la atmósfera, las circunstancias, los por qué de lo que vendría luego: “El sacrificio fundante”. Una toma de edificio, un inminente desalojo, botas y pantalones de gendarmes ajustados en las rodillas, artistas testigxs y parte, una tormenta encapotada como bombera a la espera de la señal, nafta, encendedor, una voluntaria para “volverse bonza” bajo los efectos del alcohol y la merca, y una causa. La escena está dispuesta.

La primera pregunta que me aflora es: ¿por qué el rito de pasaje en este relato, implica fuego? Un elemento que, en la historia de la humanidad, y principalmente para nosotras las mujeres, ha sido una de las herramientas del poder patriarcal para hacernos desaparecer. “Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar” proclaman remeras y carteles en las marchas contra la violencia hacia las mujeres cada 25 de noviembre, cada 3 de junio en los Ni Una Menos, o a mediados de octubre en los Encuentros Nacionales de Mujeres, lesbianas, travestis y trans, ahora Plurinacionales. El fuego ha sido en muchas circunstancias el modo de acallarnos. Pienso en las llamadas “brujas” asesinadas en la hoguera de las que nos cuenta Federici; las 123 trabajadoras quemadas en el incendio de la fábrica de camisas Triangle de Nueva York el 25 de marzo de 1911; el femicidio de Wanda Tadei; las mujeres que ocupan el 5% de los 133 femicidios del 2017 que fueron prendidas fuego por sus parejas o ex parejas; Juana de Arco; mi vecina Adriana en los ’90, durante incendiada en un “confuso episodio” mientras discutía con su pareja. Todas muertas, todas asesinadas con fuego. Entonces, ¿por qué usar lo que siempre nos ha eliminado como reivindicación de una lucha? El fuego de algún modo ha sido nuestros eterno enemigo ¿Por qué elegir ese modo de protesta y no otro?

“Quemarse a lo bonzo”, una expresión que tiene fecha exacta de nacimiento: 11 de junio de 1963, durante la conocida Guerra de Vietnam, que tuvo como protagonista a un monje budista vietnamita, llamado Thich Quang Duc. Bonzo es una forma de nombrar a los monjes budistas, y si bien la inmolación ha sido un modo de ofrenda a Buda desde hace siglos, es este acontecimiento que la indica como expresión de reclamo y lucha desesperada. En esa oportunidad el motivo fue protestar por la persecución de los budistas por parte del gobierno de Ngo Dinh Diem, el primer presidente de la República de Vietnam del Sur. En los meses posteriores decenas de monjes repetirían la acción, popularizando la expresión “quemarse a lo bonzo”, y antes que terminara el año, Diem, habiendo perdido toda su popularidad, sería derrocado por sus propios militares y asesinado. Si realizamos un recorrido por los casos más conocidos que existen a nivel mundial, hasta la actualidad, donde se ha utilizado esta práctica para reclamar algo, podemos rápidamente notar que el 90% de lxs inmoladxs fueron varones y el destinatario, también en el mismo porcentaje, fue el Estado. Lo que quiero decir con esto es que los varones utilizan el fuego voluntariamente, ya sea como protesta o como arma contra las mujeres e identidades feminizadas. Nosotras solemos ser, por el contrario, víctimas de las llamas.

En esta novela Gabriela Cabezón Cámara resignifica el elemento fuego en la vida del personaje, ya no como amenaza sino como pasaje, como visibilización de su reclamo, como forma extrema de frenar al aparato estatal y al avance feroz del mercado inmobiliario, poniendo en riesgo su integridad física y atreviéndose a hacer uso de un elemento que ha sido históricamente de dominio masculino (salvo claro, el fuego de la cocina). El acto y sus marcas fundan una nueva etapa en su vida, personal y colectiva, un corrimiento del rol de víctima, mutando ardor y llamas en poder:

“Para construir poder hay que tener capital: puede ser solo ambición, alcanza para empezar, pero yo tenía mucho más. Tenía las cicatrices, tenía la furia loca que me había llevado al fuego y el ardor del sacrificio. Tenía un buen edificio que se había conseguido gracias a mi fiero ardor, a mi combustión veloz y a la muy lenta agonía de los meses que siguieron. De ambición no tenía nada o no sabía que tenía o tenía apenas un poco que me creció cuando supe lo que era tener poder”.

Y en el segundo “antes y después” más fuerte de toda su adultez, sería otra la capacidad del fuego que aparecería, consecuencia de aquel primero: el fuego de un romance. Eso que se enciende entre dos o más personas, que puede convertirse también en sacrificio, en entrega, en una causa, y tiene, como todo, fecha de extinción. La protagonista se vuelve obra de arte “Me metieron en el medio de una mega instalación en la Bienal de Venecia, yo era la sacrificada”, dice. Allí, usada como emblema de resistencia contra el inescrupuloso mercado inmobiliario, con cumbia de fondo, conoce a Elenita, la suiza rubia de ojos claros que la enamoraría, quien enferma de cáncer le heredará lo que nadie espera. Otro de los efectos del fuego: fundir las cosas. Y eso hizo entre la bonza: la negra y Elena: la rubia. “La quise a Elena y algo de ella vive en mí. No hablo del lugar común, uno lleva tanto muerto adentro del corazón: lo que vive en mí de ella lo llevo puesto en la cara”. La negra quemada acepta el trasplante de la cara de su amada rubia” y así vivirán las dos en un solo divino cuerpo como “La Negra Rubia”.

¿Cuál es uno de los miedos más grandes que provoca un incendio?  que no pueda frenarse. Muerta Elenita, y luego de un año de post operatorio, La Negra Rubia vuelve a su militancia, con su reclamo hacia los poderosos y con un crecimiento de poder arrollador. Y entonces ahí, ante la presión del gobierno, que no suele dar el buen visto a mujeres que detenten o ambicionen tanto poder como ellos, se multiplicaron los bonzos. “Proto-bonzos” en cada torre, en cada casa: “En los balcones hay plantas, bicicletas, cosas propias de balcones y también fieles antorchas y bidones incendiarios”, dice.

Considero que volverse “antorcha humana” en la Negra Rubia toma carácter simbólico, es la reapropiación política de una herramienta machista que nos ha eliminado por siglos, pero que en ella transforma, transgrede, da otra vida, enciende amores nuevos y funde historias de mujeres para crear una nueva. Pensado en la vida de una mujer en pasaje del estereotipo de mujer patriarcal al feminismo, es eso que se enciende en nuestras conciencias, que nos lleva a encontrarnos con otras, potenciar nuestras luchas y entender el sufrimiento de la otra, es expandirse para transformarlo todo y ser así un poco nosotras mismas, un poco la otra. Ser antorchas que encienden la noche en este mundo machista y hetero-patriarcal, mantenernos prendidas, no dejarnos apagar, en definitiva ser fuego.

*espinozagisela@hotmail.es

Ensayo elaborado en el marco del Taller de lectura y escritura creativa coordinado por Dahiana Belfiori   

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