Por Marcela Alemandi

Foto: lavaca.org

“…durante todos esos años he escuchado historias de mujeres que han sido violadas. Curiosamente, no tengo ningún amigo que haya confesado haber violado a una chica. Entonces, si estoy rodeada de amigas violadas, lógicamente tengo que estarlo también de amigos violadores. El hecho de que ellos mismos no se reconozcan como violadores me fascina, y pienso que aquí tenemos que hacer algo. No podemos ser tantas víctimas y tan pocos agresores”.

Esto era lo que señalaba la escritora francesa Virginie Despentes en una entrevista en abril de 2018 y acá, en Argentina, algunos meses después, las actrices argentinas patearon ese tablero y subieron la vara de la discusión con la denuncia pública (además de la realizada en la Justicia de Nicaragua) hecha por Thelma Fardin contra Juan Darthes, acusándolo de haberla violado nueve años atrás, cuando ella era una adolescente de 16 años y él, un señor de 45.

Los diciembres nunca son fáciles en Argentina. No sé si es el calor, el fin de año que se acerca (y que siempre se parece más al fin del mundo que a un cambio de almanaque) o los ánimos caldeados de todo el año que, finalmente, explotan. Recuerdo pocos diciembres tranquilos. Este de 2018 también está siendo movido pero, amén de la terrible situación social y económica que vivimos, el ojo de la tormenta (o una de ellas) esta vez trae consigo un germen esperanzador. Por primera vez (creo) se empiezan a discutir cuestiones que siempre se callaron, se contaron en voz baja, se disimularon o fueron secretos a voces. Esta vez no. Esta vez se hablan, se debaten, se gritan.

Es difícil dimensionar ciertos fenómenos en el momento en el que están ocurriendo, sobre todo si gran parte de las repercusiones se da en (y gracias a) las redes sociales, esas Hidras de mil cabezas que puede ser tan amigas como enemigas de las luchas contemporáneas. El polvo de las discusiones que levantó la denuncia de la actriz, valiente y admirable, acompañada y apoyada también admirable y valientemente por sus compañeras, todavía sigue revuelto, y en buena hora. Esto no surgió de la nada: el silencio no se rompe solo, sino con todo un colectivo feminista que alza la voz, que apoya, que acompaña y que cree. Nosotras creemos en las palabras que denuncian por una razón muy sencilla: porque a todas alguna vez nos pasó lo mismo. Todas hemos vivido situaciones similares, más o menos graves que las que se describen en la denuncia. O, si tuvimos la suerte extraordinaria de que no nos pasara, sí le pasó a una amiga, a una hermana, a nuestra madre.

Los medios y las personas que desoyeron las denuncias anteriores en contra de Darthes, presentándolo como la pobre víctima de una “loquita que busca fama”, son igualmente cómplices. Los medios y las personas que en las redes hacían chistes sobre “el cheto llamen-a-mi-mamá”, como si fuera un cómico personaje, algo grotesco, y no un violento denunciado por abuso y violación, también aportan su granito (o camión) de arena. Quienes se preguntan “por qué no lo denunció enseguida”, desconociendo los (no tan) sutiles mecanismos de poder que giran alrededor de episodios como estos, lo difícil que es hablar, animarse, convencerse de que no fue nuestra culpa, exponerse a que no nos crean, a que digan barbaridades de nosotras, de nuestra vida, de nuestro cuerpo; esas personas también son cómplices.

El movimiento feminista en la Argentina (y en el resto del mundo) no es nada nuevo, por supuesto, y bien harían muchxs periodistas, panelistas televisivos y conductores mediáticos en interiorizarse un poco en su historia. Sin embargo, la masividad de los reclamos que surgieron, se instalaron y continuaron a partir del primer “Ni una menos” en junio de 2015 es algo, creo yo, inédito e, insisto, por ser sus contemporánexs no hemos llegado aún a dimensionar la verdadera magnitud de lo que está aconteciendo, ni la extensión de los profundísimos cambios sociales que, necesariamente, este movimiento provocará. No podemos todavía diagnosticar con ninguna certeza, pero algo sí que es seguro: ya nada será igual. Las consecuencias de los reclamos feministas están destinadas a calar hondo en todxs nosotrxs, porque no son reclamos que se queden en lo público (el trabajo, la calle, la escuela) sino que cuestionan absolutamente todo, incluyendo en ese todo lo que tal vez es más difícil de visibilizar: lo íntimo, las relaciones amorosas y familiares, la construcción de las subjetividades. Ese todo tambalea, porque está construido en base a siglos de dominación patriarcal que, evidentemente, cada vez menos mujeres están dispuestas a tolerar. Sin olvidar a los colectivos por las disidencias sexuales, cuyxs integrantes están, también, en las mismas luchas.

Las repercusiones de la denuncia contra Darthés en las redes sociales fueron inmensas: miles y miles de mujeres narraron (algunas por primera vez) cómo habían sido víctimas de abusos o violaciones. Algunas callaron durante años esas violencias. Algunas todavía no pueden hablar. El proceso nunca es el mismo para todas, y no solo por una cuestión del tiempo que lleva procesar hechos que han sido traumáticos, sino también porque muchas mujeres no eran conscientes de que lo que habían vivido era un abuso; de que ese episodio que las había “incomodado”, de que ese “garrón” o “mal momento” tiene nombre: es abuso o es violación. ¿Por qué muchas veces es tan difícil ponerle ese nombre? Justamente, y creo que esto es lo central de las consecuencias de la denuncia contra Darthés, porque hay ciertos comportamientos masculinos a la hora de relacionarse sexual o afectivamente con mujeres que siempre se consideraron, en mayor o menor medida, “normales”. Y con normales hablo de norma, de regularidad, de algo que es común, que no es la excepción.

Darthés es monstruoso y repudiable pero, de tan monstruoso, resultó ser “cómodo” para una gran cantidad de varones heterosexuales que, en lugar de cuestionarse a sí mismos o entre pares, corrieron rápidamente a compartir indignados comentarios en Facebook o Twitter, airados hashtags “mirácómonosponemos” y deditos acusadores hacia el violador, con tanto énfasis que hasta por momentos parecía una purga o, peor, una catarsis: ante lo “absolutamente otro” del violador, yo me quedo tranquilo. Y no, porque justamente si hay algo que visibilizan esas miles y miles de mujeres denunciando abusos en las redes es que la cosa no será cómoda para nadie y, por lo tanto, para ellos tampoco. Parafraseando a Despentes, la cuenta no cierra, amigos. Si no hay mujer que no pueda relatar una situación de abuso vivida (desde lo más “light” hasta lo más horrendo) entonces es hora de que TODOS empiecen a preguntarse de qué manera se han relacionado con sus compañeras, si alguna vez habrán, mínimamente, incomodado a alguna mujer. Esto no es una competencia a ver quién se deconstruye primero, ni una etiqueta de corrección política, esto es una exigencia de cambio profundo.

No a todo el mundo (a casi nadie) le gusta perder privilegios, Pero tendrán que hacerlo. Las cosas así ya no se aguantan más, estamos cansadas, muy cansadas, hartas. Queremos una sociedad más justa, más igualitaria. A la postre, será mejor para todxs. En la calle, en en trabajo, en la escuela. Y en la casa y en la cama también, claro”.

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