A través del arte, cinco mujeres trans relatan su historia de persecución, exilio y torturas durante la última dictadura cívico militar. Son sobrevivientes, dicen, mientras recuerdan a todas sus compañeras que hoy no están. En el año 2018, recibieron la reparación histórica que otorgó, en un hecho inédito, el gobierno de la provincia a personas travestis y trans que fueron víctimas del terrorismo de estado. El arte salva, sostienen. Marchan cada 24 de marzo para hacer visible las historias silenciadas de una colectivo LGTBIQ que padeció el ensañamiento del aparato represivo contra sus cuerpos y sus identidades disidentes.

Fotos: Biblioteca Vigil

 

La voz es colectiva. Las historias son personales pero ellas hablan de hermandad. Carolina, Marzia, Lali, Bibiana, Katiana. Lo que una vivió, la otra también lo sufrió. El eco, entonces, no reconoce demasiadas diferencias. El exilio fue una vía de escape. Conocer la libertad por primera vez. Pero nada les fue fácil, ni siquiera pisar las tierras de un “primer mundo” que a veces, y a pesar de todo, sigue siendo hostil para quienes huyen del horror.

Ellas huyeron. Perseguidas, torturadas, maltratadas. “Siempre se habló de la dictadura militar, pero nunca de las personas trans que fueron perseguidas y torturadas”, dice Pamela Rochi, la productora de una obra teatral que evidencia lo silenciado. Una obra que narra la historia de cinco mujeres trans víctimas del especial ensañamiento que aplicó sobre sus cuerpos y sus identidades disidentes, el aparato represivo que operó durante la última dictadura cívico-militar.

La cárcel, los golpes, la humillación y las vejaciones fueron parte de la cotidianeidad de la comunidad LGBTI y en especial, de travestis y trans. Salir a la calle y saber que cualquier cosa podía pasar. En ese terror constante, intentaron sobrevivir. “Nos teníamos a nosotras”, dice Laly, una de las cinco actrices que integra el elenco de “Finalmente Reparadas”. En esa hermandad, en esa sororidad que todo lo puede, algunas encontraron un refugio. Otras no pudieron. La franja etárea que tanto duele dice que la población trans tiene una expectativa de vida de apenas 35 años. Las chicas, en la obra teatral, aclaran que de cuarenta compañeras que en esa época vivían en comunidad solo diez sobrevivieron. Lo vuelven a decir durante la entrevista, en la casa del director Omar Serra. Las cinco tienen un promedio de edad que supera los 50 años. “Nos salvamos porque exiliamos”, dice Marzia. Se salvaron y a 43 años del golpe cívico militar, cuentan sus historias arriba de un escenario y marchan por la memoria de todas las compañeras que no están. Marchan también para denunciar que a las trans y a las travestis se las sigue persiguiendo, que muchas, muchísimas, viven en condiciones de absoluta precariedad. Que muy pocas consiguen trabajo. Que a casi todas les robaron sus sueños.

“Muchas no podían continuar sino se metían con las drogas. Muchas murieron en eso, y en la indigencia. Te enfermabas, te desnutrías, no tenías trabajo, no tenías para comer y así murieron muchas compañeras”, vuelve a decir Marzia.

España, Italia, Uruguay, Brasil. Hasta allí llegaron las que lograron escapar buscando un presente que les permitiera ser. “Pagamos un desarraigo fuertísimo, de nuestras costumbres, nuestra familia. Fue un alivio pero estábamos muy tristes”. La voz colectiva recuerda. “Lo importante era escapar. Esa es la palabra, escapar. Pero eso nos sirvió para construirnos como personas. Conocimos la libertad afuera”.

El miedo las atravesó. A todas, a cada una. La calle no solo era un espacio donde poder trabajar, allí también habitaba el peligro.

– “Me costó muchísimo acostumbrarme a que un patrullero camine al lado mío. Todavía hoy me dá miedo cuando veo las luces”.

– “Nosotras teníamos que prostituirnos no sólo para pagar la pensión, sino también para pagarle al abogado que lo único que hacía era reducirnos la pena. Era invivible”.

– “Nos secuestraban la ropa, nos rompían todo. Nos cortaban el pelo”.

-“Para mí fue terrible. Había un ensañamiento político contra nosotras. No teníamos derecho a nada. No podíamos estudiar, trabajar ni alquilar porque nos cobraban el triple”.

Las anécdotas, los recuerdos, los testimonios. El dolor. Todo es parte del nudo central de una obra de teatro que las encuentra, en este 2019, cumpliendo sus sueños: haciendo lo que soñaban hacer durante los años en que el estado represor las confinó al encierro y a la clandestinidad: ser artistas, ser actrices.

“La Liga de la decencia era una asociación de mujeres de clase alta que nos mandaba a la policía”, cuentan. También señalan la hostilidad y el maltrato que recibían por parte de la jueza de faltas Liliana Puccio, quien una vez las obligó a retirarse del restaurante donde ella estaba almorzando. Los edictos policiales y contravencionales funcionaron como excusas para detenerlas todos los días, mañana, tarde o noche. “No podías ni siquiera ir a un hospital público porque te llevaban presa”. Cuando salían a cenar, cuando intentaban encontrarse algún fin de semana, siempre terminaban con una menos. “Una compañera trans estuvo 60 días detenida. El mismo día en que salió en libertad, la volvieron a meter presa y ella, porque ya no aguantaba más, se tiró del segundo piso de Jefatura. Imaginate la persecución que teníamos”.

Reconocer es reparar

La persecución a la comunidad LGBTIQ durante el terrorismo de estado nunca fue visibilizada. No lo fue tampoco la violencia sexual a la que fueron sometidas las detenidas-desaparecidas en los centros clandestinos de detención, hasta que algunas sobrevivientes comenzaron a relatar en los juicios, las vejaciones y violaciones que sufrieron por el solo hecho de ser mujeres. El terrorismo sexual se aplicó contra mujeres militantes, y contra toda identidad que rompiera con la heteronorma y la moral religiosa de un estado genocida.

“En los juicios por delitos de lesa humanidad que se llevan a cabo en distintos tribunales de la Argentina, los testimonios dan cuenta de la represión a personas LGBTIQ. Esa información aparece todos los días, pero el proceso de Memoria, Verdad y Justicia es muy complejo. Y todavía falta avanzar en la visibilización. Así como también fue muy complejo que apareciera la visibilización de temas como la violación y la violencia sexual en los centros de tortura y exterminio, los tratos degradantes a mujeres, hechos que tuvieron su propia especificidad y no fueron simples prácticas subsumidas en la tortura. Es una tarea que tenemos”, señala Silvia Delfino, licenciada en letras y miembro de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT).

Valeria del Mar Ramirez es una activista trans, la primera en recibir su documento de identidad rectificado, que decidió ser querellante en un juicio de lesa humanidad. Estuvo detenida – desaparecida durante dos días y por primera vez, en el Pozo de Banfield, en 1976. La secuestraron junto a un grupo de compañeras de las cuales ninguna está viva. “Cada una estuvo en una celda de un metro por dos, con un banco de cemento, una lamparita y donde la única ventilación era el buzón de la puerta. Me obligaban a tener relaciones sexuales con el guardia y de eso dependía que me dejaran comer o ir al baño”. En 1977 la llevaron al mismo lugar de antes. Esta vez, fueron 14 los días en que permaneció en el Pozo de Banfield, padeciendo los tormentos que en su denuncia, detalla con precisión. No hay duda que todos evidencian la saña con la que fue torturada y violada tan solo por ser travesti. Valeria del Mar es una sobreviviente de la época del genocidio de Estado, y es también una sobreviviente de una democracia que sigue hostigando y criminalizando a las identidades no binarias.

30.400 es el número que reivindica la comunidad LGBTIQ en las marchas por el 24 de marzo. La bandera del orgullo se despliega y son muchísimas las personas que se suman a la columna. No hay cifras exactas, y es probable que todavía el número sea más elevado. “Tenemos la obligación de hablar de aquellas personas sobre las que la historia oficial no nos cuenta nada. Se estima que fueron unas 400 personas LGTBIQ+ las que fueron desaparecidas por la dictadura cívico-militar. Esas sexualidades y disidencias que transgredían la heteronorma fueron víctimas de un estado genocida que, con la bandera de la moral de la iglesia católica, se ensañaba contra nuestros cuerpos, siendo muchos religiosos cómplices de estos aberrantes hechos”, dice la coordinadora Orgullo Rosario cuando convoca a la marcha que este domingo 24 de marzo tendrá lugar en la ciudad, a 43 años del golpe. Uno de los lemas del colectivo habla de la memoria, porque sostienen que “la memoria no es un privilegio heterosexual”. “Cuando empezó la dictadura tenía 16 años y yo era trans desde los 14. Primero me llevaban a institutos de menores, después a Devoto. El trato era más cruel que a otros detenidos: nos desnudaban, nos golpeaban en los genitales y en las zonas donde teníamos cirugías. Recuerdo el ‘Qué te hacés la mujer si sos un puto’. Fuimos torturadas y por eso creemos que falta una reparación a la violación de nuestros derechos humanos”, había declarado en el año 2015, la entonces presidenta de ATTA, Marcela Romero al Suplemento SOY de Página 12.

¿Cómo hacer memoria del olvido?

Existe en Argentina, un Archivo de la Memoria Trans que recupera, en forma digitalizada, anécdotas, fotos, cartas, crónicas de la comunidad travesti, transgenero y transexual. Es un archivo que de manera artesanal visibiliza y reconstruye, historias silenciadas y oprimidas. María Belén Correa es una de las fundadoras del archivo, junto a la fallecida activista trans Pía Baudracco. Con la ayuda de la fotógrafa Cecilia Estalles, Correa comienza a realizar un trabajo de digitalización de toda la documentación. El Archivo de la Memoria Trans teje una trama necesaria, vital. Allí hay vida en cada foto, en cada carta, en cada recuerdo, y es además un archivo que continúa alimentándose, que está en permanente movimiento.

Reconstruir esa memoria activa también implica andar los pasos de quienes fueron víctimas de la dictadura y ni siquiera han podido enunciarlo. María Belén Correa, entrevistada por la Agencia Andar, dijo alguna vez: “Nuestras fotos marcan eso, son fotos de encierro; las únicas fotos al aire libre eran en el exilio y en los carnavales, que eran sólo 15 días de libertad. Muchas de las chicas en el exilio volvían para los carnavales, como un espacio de rebeldía. Eso se está empezando a reconstruir y lo que nosotras decimos es que es la historia de las activistas antes de las activistas. Porque hay mucha gente que conoce a las activistas de los ’90 y las de los ’90 fuimos las que nos organizamos, las que armamos los primeros grupos, las que empezamos a hacer manifestaciones en las comisarías, pero antes hubo otras que hicieron lo mismo, lo que pasa es que las reprimían. Entonces nosotras estamos trabajando sobre eso, de los ’90 para atrás. La historia que nadie contó: tenemos dentro del grupo chicas que han pasado por la dictadura y ellas jamás fueron a declarar. También necesitamos memoria, verdad y justicia; estamos como las Abuelas en los inicios, buscando información para construir la memoria”.

Cristian Prietto es periodista y autor del libro “Fichados. Crónicas de amores clandestinos”, una publicación que da cuenta de cómo operaron los servicios de inteligencia de la policía bonaerense sobre la diversidad sexual. Relata historias de ensañamiento, persecución y torturas. En una entrevista con la Agencia Presentes, Prietto decía: “cuando debatíamos cómo construir una memoria LGTB nos preguntamos si teníamos que hacer el mismo camino que los organismos de derechos humanos tradicionales. Pero en nuestros casos, ¿quiénes reclamarían por las travas chupadas en los centros de detención clandestinas? ¿O por las maricas levantadas por los edictos policiales? Nadie. Porque hubo siempre mucha vergüenza de tener estos hijos e hijas. Tampoco íbamos a tener, casi, fuentes. Ni ningún tipo de ayuda del Estado. Por eso entendimos que el camino tenía que ir de la mano del arte, de la literatura. Como también hemos construido la diversidad desde el lado del humor”.

El arte que salva

La obra Finalmente Reparadas se estrenó en Rosario el 25 de noviembre de 2018, luego de que en Santa Fe se produjera un hecho inédito: la reparación histórica a personas trans víctimas y sobrevivientes de la última dictadura cívico militar, enmarcada en la Ley Provincial de Reparación histórica 13.298.

El hecho es histórico porque la provincia fue la primera en el país en reconocer y otorgar una pensión económica a quienes padecieron las torturas y el encarcelamiento constante en los años del Terorrismo de Estado. Aunque la obra sea protagonizada por 5 de ellas, ya son 11 en Rosario y 11 en Santa Fe las que fueron reconocidas por el Estado provincial.

El acto se realizó el 17 de mayo de 2018. Ese día, las chicas concurrieron a una reunión con el gobernador Miguel Lifschtiz y el subsecretario provincial de Políticas de Diversidad Sexual Esteban Paulón sin saber lo que iba a pasar. La primera en recibir la reparación fue Carolina Boetti. “Creo que más que una reparación económica, es una reparación del Estado”, dice Pamela, mujer trans que con 32 años de edad admira y reconoce la lucha de todas ellas. “Ellas son las que hicieron el camino. Si ellas no hubiesen estado, yo hoy no existiría. Esta obra habla mucho de los sueños, muchas fueron artistas y no podían ejercer, tenían que esconderse porque las perseguían”. Ese día lo recuerdan con profunda emoción porque estaban siendo finalmente reparadas en el mismo lugar donde soportaron el encierro y el hostigamiento constante.

La obra de teatro es un espectáculo lleno de brillos, de música. Transita la alegría y la tristeza en diferentes momentos. Habla de todo lo que pueden cinco mujeres trans reunidas en una casa, tomando mate. En esa reunión, el humor es resistencia. Aparece el pasado y cada una va contando su historia, la “verdadera historia de las mujeres trans víctimas de la dictadura”, dicen. Katiana cuenta en la obra la historia de su compañero desaparecido. Dicen que en los ensayos ella misma comenzó a liberar su pasado, por fuera del guión. “Los ensayos de la obra son muy difíciles porque es recordar cosas muy duras”, apunta Bibiana. A muchas les pasó lo mismo. Por eso el arte libera, sana heridas, posibilita expresar todo lo oprimido.

“Es una obra histórica porque cuenta nuestras historias en primera persona. También hay lentejuelas y plumas y nos podemos desarrollar en el arte que en ese momento no pudimos. Por eso habla de los sueños. Dimos vuelta la rueda para el otro lado: lo que fue el peor momento de nuestras vidas hoy lo volcamos en una obra de teatro”.

Todo lo que la obra genera, las reconforta. Mucha gente, entre ellas un policía, se acercó a pedirles perdón. Dice Omar Serra que el arte sana, que el arte salva. “Al inicio de la obra yo no me podía levantar, el arte ayuda a cerrar heridas”, recuerda una de ellas. Ahora están de gira por la provincia y acaban de presentar el espectáculo en el Teatro de la Biblioteca Constancio Vigil, a sala llena y aplauso cerrado.

“Al inicio de la obra yo no me podía levantar, el arte ayuda a cerrar heridas”

“Gracias al humor creo que hoy estamos acá, plantadas, enteras”, apunta Bibiana. “A pesar de que pasamos cosas muy horribles, siempre fuimos muy alegres, éramos muy unidas”. Carolina dice que la gente reflexiona mucho luego de ver la obra, y eso “las llena de satisfacción”. Y Marzia cierra, recordando, como lo hacen todas, a sus compañeras. “Quisimos dejar un documento de lo que vivimos. Esta obra es histórica porque se podrá construir una sociedad más igualitaria, pero si no hay una base de memoria, si no hay un pasado, ¿cómo se va a construir un futuro?. Nosotras somos sobrevivientes, pero muchas de nuestras compañeras han quedado en el camino”.

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