Rastrear huellas en el mar. Estallar el presente, hacer memoria. Revisar en los archivos. Buscar hasta en el olvido. Hacer genealogía de la lucha feminista. Nada es casual. En Rosario, durante dos meses, se expuso la muestra Revolucionistas. Revoluciones y feminismos”, una propuesta estética y política que permite recorrer los caminos ondulantes de la resistencia feminista local. Del pañuelo blanco al pañuelo verde. Del Nunca Más al Ni Una Menos. El feminismo popular y la resistencia al neoliberalismo. Ayer, hoy. Continuidades de una marea que todo lo puede.

¿Cómo rastrear una huella en el agua?, se pregunta la periodista Sonia Tessa. Y la respuesta puede leerse como un manifiesto; o como una proclama. Puede sentirse como una marea que arrastra, envuelve y sacude.

La respuesta puede ser el grito, un llanto, las voces de Unidas, el canto de las presas políticas. Sus risas. La rebelión de las anarquistas. El pañuelo blanco, el pañuelo verde. Los encuentros nacionales de mujeres; las rondas en la Plaza.

Las marchas en las calles. El puño cerrado de una joven feminista. El orgullo visible de las lesbianas. Las preguntas cambiadas y las Hijas reescribiendo sus banderas.

La respuesta puede ser un camino, dice Sonia. “Un camino que propone remontar desde la actual cresta masiva de la ola hasta aquellos pequeños arroyos lejanos. Una forma de poner en valor algunas de las luchas que precedieron – y alimentaron- el momento histórico actual, a través de aquellas huellas que pudimos rastrear”.

¿Cómo hacemos memoria? El interrogante disparador de Lilian Alba pone en juego el presente “como un estado de memoria”, un nuevo estado que posibilite nuevas narraciones. Y entonces, “esa memoria que recuperamos y en parte hacemos, no se refiere al pasado sino que viene a estallar el presente”. Dice Lilian: “nuestras luchas feministas y de aquellas mujeres e identidades disidentes escaparon a los archivos, que quedaron en relatos que se transmiten oralmente, voces plurales, hechos de los que nadie da cuenta en forma oficial. La memoria necesita mantenerse activa”.

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La primera vez que ingresé a la ex Esma fue en el 2011, bajo la bandera de la Agrupación HIJOS. Hacía frío, mucho. El espacio se había transformado en un sitio de memoria tras la asunción de Néstor Kirchner al gobierno y la palabra justicia empezaba a cobrar un nuevo sentido. “La Esma es nuestra” cantábamos aquel mediodía de junio cuando ingresamos al predio para inaugurar lo que es hoy la Casa de la Militancia, la casa de HIJOS.

En el Casino de Oficiales, Lydia hablaba del horror y también de la vida.  Ella sobrevivió al mayor centro de torturas que operó durante la última dictadura militar y donde además, funcionó una maternidad clandestina. Todavía resuenan sus palabras: “A las embarazadas las traían acá, les daban un ajuar para los bebés, y en algunos de los casos, las llevaban al Hospital Naval. Les decían que iban a ser entregados a sus familias, pero sospechábamos que no era así. Habré visto a más de 20 embarazadas. Hay una palabra que falta inventar que es la de los sentimientos encontrados. Con los bebes pasaba eso: la alegría de que naciera, pero sabíamos que cuando nacía podían pasar poco días para que se lleven al bebe. Yo creo que esta es la parte más perversa de toda esta historia”. Abuelas de Plaza de Mayo acaba de restituir a la nieta 129. Falta conocer la identidad de más de 300 varones y mujeres que nacieron en cautiverio,  secuestrados  en el marco de un plan sistemático de apropiación y robo de bebés.

¿Cómo puede una genealogía de lucha pensarse desde la trama feminista? Las intersecciones son múltiples y anfibias, dirán las integrantes de la colectiva curatorial que en Rosario instaló la muestra Revolucionistas en el Centro Cultural Fontanarrosa -durante los dos meses en que estuvo expuesta llevó el nombre de la escritora Angélica Gorodischer-.Un recorrido intenso, emotivo, profundo, que rescata del archivo y del olvido, esas huellas vitales que nos permiten estallar el presente.

Renata Labrador es una joven militante feminista, integra esa revolución de las hijas de la que habla la periodista Luciana Peker. Tiene a tres familiares desaparecidos por el Terrorismo de Estado y a una bisabuela que fue una histórica Madre de Plaza 25 de Mayo. Ella escribe, en el libro-catálogo de la muestra Revolucionistas, que los antepasados forman parte de la construcción de nuestra propia identidad. A ella, su bisabuela Esperanza Labrador le marcó un camino. “Me enseñó que no debía quedarme callada, que a la tristeza y a la angustia tenemos que encontrarle un revés para endurecernos y hacernos más fuertes”. Y más adelante, profundizará en esta intersección que va de las hijas a las madres, de la nietas a las abuelas. “Somos parte de un gran rompecabezas en el que ninguna es prescindible. Somos las que mientras seguíamos las huellas que dejaron las mujeres que admiramos empezamos a trazar las nuestras”.

Ana Oberlín es hija de un militante desaparecido. Con un extenso recorrido de lucha en HIJOS Rosario y abogada querellante en los juicios de lesa humanidad, Ana resalta las intersecciones del movimiento de derechos humanos y el movimiento feminista de nuestro país. Y rescata no solo el uso de los pañuelos como símbolo de pelea, sino además, la convergencia de distintas generaciones que dialogan y conviven amorosamente. “Como me dijo una madre “los HIJOS nos trajeron alegría en la pelea y con eso, también nos devolvieron algo de la que nos quitaron los militares llevándose a nuestros hijos”. Lo mismo ocurre – dirá Ana – con el feminismo. Con esa enorme participación de niñas y mujeres muy jóvenes “que irrumpieron en la escena de la disputa por el aborto con carácter propio, pero amalgamándose con otras mujeres que desde hace años batallan y que las precedieron”.

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“Las Madres que empiezan a buscar a sus hijos, saliendo de sus roles tradicionales son las que más fuertemente enfrentan este poder represivo y patriarcal. Muchas de ellas empiezan a participar de los Encuentros Nacionales de Mujeres a hablar de sus hijos desaparecidos y van haciéndose feministas”, señala la antropóloga feminista Ana Gonzalez. Está en la ex ESMA, participando de ARDE, un encuentro de feminismo, fotografía y derechos humanos. Nada es casual. En esa espacio donde el horror y la memoria habitan en cada rincón del enorme predio ubicado sobre la Avenida Libertador, se desarrolla un encuentro autogestionado de feminismo. Hay pañuelos verdes por todas partes, muestras de fotos, talleres y conversatorios. Converge el pasado, estallado como dice la periodista Lilian Alba, y navega en estas olas de mareas verdes.

Ana fue invitada para contar la experiencia de la Red de Mujeres de Zona Sur, del conurbano bonaerense. Para historizar en la lucha feminista y hablar de las mujeres piqueteras, de la resistencia al neoliberalismo de los 90, del feminismo popular, del feminismo en las villas, del feminismo en los años 80, de la militancia en las organizaciones de los años 70, de las ollas populares y el 2001.

Y mientras lo hace desde su propia experiencia personal -que siempre es política- muestra fotos. Imágenes de un pasado que reivindica cada una de las intersecciones que aparecen como “huellas anfibias” en la Muestra “Revolucionistas”. En las fotos de Ana González están las Madres, sus pañuelos blancos, su repudio a una Corte Suprema de Justicia adicta al poder, la calle y la bronca y ahí, junto a ellas, el movimiento feminista, siendo parte de esa misma lucha, de esa misma trama. Sus fotos pertenecen a un archivo íntimo, ese que protege la experiencia vital de un olvido patriarcal. El mismo archivo que muestra a la chica de la viga en el Rosariazo, la resistencia antidictatorial en la barriada de Villa Manuelita, o el programa del IV Encuentro Nacional de Mujeres que guardaba Darwinia Galichio, Madre de Plaza 25 de mayo, entre sus cosas más íntimas.

“Poner el foco en procesos sociales, con muy pocas fotos individuales, es la forma de decir que así vienen amasando las mujeres y las disidencias sus conquistas: en la calle, con la potencia de los cuerpos que reclaman y también proponen”, señala la Colectiva Curatorial de Revolucionistas. Y Sonia Tessa, parte de esta colectiva junto a Lilian Alba, Pamela Gerosa, Joaquina Parma y Romina Garrido, le dice a enREDando: “Para nosotras en esta genealogía, las Madres son las fundadoras de un nuevo sentido a la femeneidad. Como dice Rita Segato, las Madres vinieron a romper la lógica patriarcal de la política argentina. Para nosotras la politización de la maternidad es profundamente feminista aunque quizás ellas, en aquel momento, no lo pudieran conceptualizar así”.

Taty Almeyda, referenta de Madres Línea Fundadora, le pondrá cuerpo a las palabras de Sonia: “En esos momentos difíciles, en plena dictadura, cuando nos veíamos por primera vez solo nos preguntábamos ¿quién te falta a vos?. Eso sólo alcanzaba para ser iguales, para que nos creyeran, para que nos cobijaran, para podernos acompañar. Eran otros tiempos, cierto, pero me gusta pensar que era como decirnos “Yo te creo hermana”. Lo mismo que hoy dicen las mujeres que escuchan a otras mujeres sus dolores, sus miedos, sus denuncias”.

“Para nosotras la politización de la maternidad es profundamente feminista”

No es posible dimensionar la revolución feminista de estos tiempos sin volver sobre nuestros propios pasos. O, mejor dicho, sobre los pasos que ellas dieron en los tiempos más crueles de la historia argentina. Las Madres y las Abuelas reclamaban la aparición con vida de sus hijxs, reclaman hoy, después de 43 años, encontrar a sus nietos y nietas.

Por eso, la muestra Revolucionistas se ocupa de realzar los pañuelos blancos con una bella instalación artística. Se ocupa también de mostrar el primer pañuelo verde que comenzó a usarse en el año 2003. Las Madres y las Abuelas, su búsqueda, los diarios íntimos, su presencia en todas las luchas. Y el grito de las mujeres por la propia autonomía, por la libertad de los cuerpos, por el derecho a decidir.

“Las Madres estuvieron para siempre. Lo que sabíamos, lo que siempre intuimos, se constata en cada foto de una marcha, una protesta popular, un conflicto gremial. Las casas, los nombres, las pancartas, se entrelazan. Las feministas también estuvieron siempre, aunque recién en el 2003 hayan encontrado el pañuelo que las identifica”, escribe Sonia Tessa.

Tampoco es posible hacerlo sin poner en foco en lo que significa el feminismo popular. Ana González señalará que durante los años 70 había una gran movilización política de las mujeres en las organizaciones populares. “Nosotras hacíamos reflexión de nuestra condición de opresión, una reflexión feminista pero no solo vinculada al desarrollo académico. Estaba vinculada a nuestras propias prácticas y experiencias de vida. Y aunque participábamos de espacios mixtos, creábamos nuestros propios espacios autónomos y veíamos qué nos pasaba con la maternidad, con la sexualidad, con el derecho al placer, con la violencia. El feminismo, después de la dictadura, está netamente vinculado al cuestionamiento profundo no solo del neoliberalismo, sino del capitalismo”.

Y cuando menciona lo que significó la experiencia del feminismo popular en el conurbano bonaerense, Ana dice: “nos permitió reflexionar sobre nuestras propias vidas en un marco colectivo. Poder vincular lo que nos pasaba como mujeres no como un problema individual, sino como un problema colectivo de relaciones a transformar. Unir la teoría con la práctica y la referencia a una lucha colectiva”.

Recuperar, rescatar, recordar. Estallar. Dialogar, abrazar, tallar.   La genealogía feminista traza esos recorridos ondulantes, “del pañuelo blanco al pañuelo verde”. Del Nunca Más al Ni Una Menos. El mural de la resistencia, las anarquistas, las consignas a lo largo de la historia.  No es un capricho. “Así lo muestra la experiencia” dicen las integrantes de “Revolucionistas”. La experiencia de los cuerpos, la memoria de los cuerpos.

“nos permitió reflexionar sobre nuestras propias vidas en un marco colectivo. Poder vincular lo que nos pasaba como mujeres no como un problema individual, sino como un problema colectivo de relaciones a transformar”.

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“Ni Una Menos es un acuerdo social que venimos consolidando. Hasta acá, no damos más. No se terminó la violencia machista como tampoco se terminó la violencia institucional, pero sí hay un acuerdo social de que el exterminio del otrx no forma parte de nuestras posibilidades como pueblo. Ese es nuestro límite. Y además hay una reescritura del Nunca Más, porque en aquel momento se dice Nunca Más con la teoría de los dos demonios en la mano, pero ese Nunca Más, gracias a la persistencia de las madres, de las abuelas, de familiares, de hijos e hijas, abre la posibilidad de recuperar la historia militante de los desaparecidos y las desaparecidas. Hay acuerdos básicos y hay reescrituras de esas consignas”, dice hoy la periodista, escritora, lesbiana y feminista Marta Dillon, invitada para dar cierre a la exposición de la muestra Revolucionistas.

Esas identidades militantes hablan también de la resistencia de las detenidas y presas políticas durante el terrorismo de Estado. En la muestra hay un espacio dedicado a ellas. Se trata de un audiovisual donde la historia del grupo de mujeres que fundó Unidas en los 80, conversa con los testimonios de las ex presas políticas de los 70.

Escuchar sus voces y también sus risas. Ver sus miradas y allí quedarnos. Ellas cuentan cómo fueron esas estrategias que se tejieron para subvertir el orden, el silencio, la incomunicación. Fueron herramientas artesanales que ellas mismas crearon  para romper el aislamiento en Devoto. Estrategias de sobrevivencia en el encierro. Crear, estar juntas, pensar en colectivo. Todo lo que el feminismo puede. La risa aparece como hilo en esta trama de resistencias donde el dolor y el intento de destrucción quedó registrado, como ellas dicen, en sus cuerpos, en sus mentes, en sus corazones.

No pudieron, repetimos como mantra una y otra vez. Lo veo en los ojos brillosos de Olga Moyano, en su resistencia cotidiana cada vez que ingresa a una cárcel de mujeres a seguir hilando, tejiendo, entre risas y dolores. Ella es una de las presas que en este video que expuso Revolucionistas, explica cómo hicieron para seguir vivas en un lugar donde todo era muerte.

Y vuelvo a aquellas palabras de Lydia, sobreviviente de la ESMA: “La Gaby con sus poemas, ella siempre estaba sonriente”, decía cuando recordaba a la militante montonera Norma Arrostito. Pasaron ocho años desde que la escuché hablar por primera vez de lo que fue la sobrevivencia en la ESMA. Su relato sigue punzando: “Existía el amor, el dolor, la alegría. Existía todo. También se daba la vida en todos sus colores. Pequeños actos de resistencia eran fundamentales acá adentro. Fue muy difícil salir de acá también. Los sobrevivientes, en los primeros años, tenían un estigma. Y todo eso, hubo que trabajarlo durante mucho tiempo. Trató de instalarse en la sociedad también esa diferencia, y hubo que remarla, en el exilio, acá. Todos los que pasamos por acá fuimos militantes y creímos en un país mejor. Y en estos lugares hubo resistencia, porque hubo resistencia afuera”.

Las intersecciones son permanentes. La muestra Revolucionistas las recorre intensamente y también las realza en un presente que no solo dialoga con el pasado reciente. Lo hace también con las víctimas de la violencia institucional, con los familiares atravesados por el femicidio. Con las hermanas de los pibes asesinados por el Estado. “El pasaje de la foto colgada en el pecho de las Madres a la remera estampada con los rostros de los jóvenes, agarrados a esa suerte de segunda capa de la piel; o la trayectoria moebiana de los pañuelos (de los blancos en la cabeza, a los piqueteros en los rostros y los verdes al cuello, en puños o mochilas) subrayan delicadas continuidades en las políticas visuales de las luchas sociales así como la feminización de sus dispositivos estéticos-políticos”, escribe la investigadora y docente Marilé Di Filippo. Acá también son las mujeres de la familia las que protagonizan estas resistencias.

Las intersecciones muestran a mujeres, a lesbianas, a travestis y trans, batallando en las trincheras. Poniendo el cuerpo. Ayer, hoy. Y mientras estos tiempos de ajuste económico nos afectan con dureza, las imágenes retoman aquellas ollas populares de los 90. Ana Gonzalez recuerda esos años: “el neoliberalismo nos destrozó”, dice. Y suma: “La grieta no es un discurso, es una realidad. A fines de los 90 surgen las organizaciones piqueteras que eran distintas a las organizaciones de principio de la democracia. Las piqueteras reclamaban los planes y la comida porque esa era la urgencia. Y ahí el rol de las mujeres fue fundamental. Pero muchas ya venían con toda una formación  de experiencia de trabajo colectivo, de cuestionamiento a los roles patriarcales”.

Y los encuentros nacionales de mujeres, lesbianas, travestis y trans, fueron vitales para multiplicar la lucha feminista en todas partes. “Empezamos siendo mil y hoy somos setenta mil”, dice orgullosa la referente feminista de Rosario, fundadora de Indeso Mujer, Mabel Gabarra. Ana González también dirá que los encuentros nacionales fueron fundamentales para desparramar semillas en todo el país. “Como feministas populares pensamos la transformación de la sociedad en todas sus relaciones de poder, donde las relaciones de poder de género están imbrincadas en todas las otras relaciones, económicas, políticas, simbólicas. El feminismo es político porque siempre cuestiona el poder”.

Marta Dillon señalará que en todo este recorrido “nos hemos hecho de cuerpos nuevos”. Que es necesario “reconocernos en la herida y fortalecernos en la desobediencia”. Que perdimos el miedo “de nombrar nuestros deseos, de decir que abortamos por decisión”, de poner todo en suspenso cada vez que paramos. El grupo Unidas de Rosario, feministas de los años 80 que salían a las calles a intervenir paredes con consignas que hoy hacemos bandera, decía que “nuestra historia no es solo de sumisión, también de rebelión”. La praxis y la teoría feminista de décadas pasadas se reactualiza en este presente entreverado de tanta historia. En estas “nuevas narraciones” de hacer historia. Sí, en esta revolución que tiene huellas ondulantes, deseantes, irreverentes, desobedientes.

Hasta acá llegamos porque, como dice Mabel Gabarra, “nunca nos vencieron”.

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La muestra Revolucionistas. Rebeliones y Feminismos se expuso durante los meses de marzo y abril en el Centro Cultural Fontanarrosa, que durante la instalación se llamó Angélica Gorodischer. Es una iniciativa del CelChe

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