En primera persona, una hija de desaparecidos cuenta su historia. La militancia de su papá y su tío está sembrada, 43 años después, en el barrio Cabín 9 de Pérez. 

Por Verónica Gauseño

Siempre supe mis orígenes. Supe que era la hija de un desaparecido. Gracias a mi mamá y a mis abuelos, que mantuvieron siempre vivo su recuerdo, elaboré una percepción de mi viejo: un buen hijo, buen compañero, buen amigo, “un tipazo”.

Pero no me alcanzaba, no entendía porque una persona con esos rasgos, podía ser considerado un subversivo. A medida que fui creciendo, entendí el significado de ser quien soy. Una sobreviviente de una generación que fue secuestrada, asesinada, desaparecida junto a sus padres. Fuimos botín de guerra y en algunos casos nos usaron como elemento de tortura contra ellos, y hasta experimentaron con nosotros, insertándonos en otras familias “de bien” para ver si se nos iba eso que llevamos en nuestra sangre, esa tacha en la frente de ser hijos e hijas de “elementos subversivos”.

No tengo recuerdos de cuando era niña, solo vienen a mi sensaciones, olores, sentimientos. Mi mamá nunca revelaba las fotos, tal vez para no lidiar con las crudas ausencias.

Vivíamos en Pérez con mis nonos, mis queridos nonos, sobre la ruta frente a los tanques de agua que estaban a la vera de la vía. Era una casa maravillosa que luego se transformó en mi refugio. Sufrimos varios allanamientos. Desde que estaba en la panza de mi madre ya pude sentir su miedo. Debe ser la razón por la cual nunca soporté los espacios llenos de gente, con bullicio y sin salidas. Lo primero que hago cuando llego a algún lado, es calcular por donde puedo escabullirme si no siento comodidad.

Mi infancia transcurrió en dictadura. Entre silencios obligados, incómodos. No se podía hablar ni preguntar, sentía que era peligroso. No se podía confiar, no se podía salir, no se podía jugar en la vereda, mi niñez transcurrió como un eterno juego de las escondidas. Cuando tocaban el timbre me escondía debajo de la mesa o de la cama. Como un animalito salvaje huía de las personas.

Un día, en la casa de mis abuelos maternos, escuché una conversación entre los adultos y solo pude apreciar una palabra: desaparecido. Tenía alrededor de 8 años. Sentí que se relacionaba con mi padre. Yo no entendía por qué cada vez que preguntaba por él no sabían darme una respuesta que me conformara. Ahora sé que no podían, que no la tenían.

Fui a la biblioteca y tomé un diccionario, busqué la palabra pero no me conformó. Ese mismo día un libro me llamó la atención: tenía tapas rojas y decía “NUNCA MÁS”. Me lo apropié una noche y comencé a leer. Recuerdo el estómago revuelto y que me levanté a vomitar. Literalmente. Esa fue mi reacción cuando relacioné todo. Miguelito, papá, desaparecido. Con mis 8 años supe que la ilusión de mi nona -la mamá de papá- siempre iba a ser eso: una ilusión. Que su esperanza de volver a verlo era un imposible. Jamás se lo dije. Ella guardaba su ropa, limpiaba su pieza, tenía todo intacto, como la última vez que estuvo ahí. El tiempo estaba detenido en ese 10 de diciembre de 1976, día que secuestraron a mi padre, Miguel Ángel Gauseño, en su lugar de trabajo. A mi tío, Juan Carlos Gauseño, lo habían asesinado en un operativo de las fuerzas represivas nueve días antes. Jamás volvieron a festejar una Navidad. Jamás pasé una Navidad con mi papá. Yo tenía seis meses cuando se lo llevaron.

Me contaron que el día que nací, además de ser el Día de la Bandera, fue un domingo Día del Padre. Que mi viejo estaba feliz, que me tenía siempre a upa, que el motivo de su felicidad era doble ya que mis padres habían perdido un embarazo un año antes. También me contaron que mi tío Juan Carlos, que ya estaba en la clandestinidad, se llegó al Hospital Centenario solo para conocerme y sentenció: “Esta va a ser una de las nuestras”.

Creo que no se equivocó. Ni se equivocaron los vecinos de Pérez, ni la sociedad conservadora -de ayer y de hoy- que siempre me señaló como la hija del subversivo, de ese que “algo habrá hecho para que se lo lleven a él y maten al hermano”.

Hoy puedo contestarles que tenían razón, que hicieron mucho, que fundaron dos escuelas y un dispensario, que ayudaron a mucha gente a organizarse para defender sus derechos, tanto hicieron que -después de 43 años- la comunidad de Cabín 9 les rinde homenaje en las escuelas, en la plaza, en el Centro Social que lleva sus nombres.

No pudieron borrar sus obras, sus sueños, su compromiso. Cuando la escuela primaria Nº 1209 cumplió sus 25 años, un grupo de docentes se acercó a mi familia y reconstruyeron la historia de esa institución que albergaba además la secundaria, un comedor escolar, el EEMPA e infinidad de actividades. Esa semillita que plantaron “los chicos” con una casillita verde prefabricada a la vera de la vía que en su techo flameaba una bandera argentina, se transformó en el colegio más grande de la provincia por la cantidad de matriculados y cuyo edificio ya ocupaba una manzana. En el 2000 nos invitaron a los festejos y cuando conocimos ese gigante y vimos el amor que la comunidad le profesaba a la escuela, no pudimos más que sentir un orgullo desbordante. Fue increíble.

Por ese entonces estábamos por cobrar la indemnización por la desaparición forzada de mi padre y el asesinato de mi tío. Mis abuelos tenían la firme convicción de no lucrar con ese dinero manchado de sangre y de honrar a sus hijos que habían sacrificado sus vidas en pos de sus ideales, de sus convicciones. Decidieron que el mejor destino que podían darle era donarlo a la escuela primaria Nº 1209. Los gurises necesitaban de todo. Se debatió qué hacer, primero pensaron en una sala de computación pero en el barrio la luz iba y venía todo el tiempo así que se proyectó construir un laboratorio, ya que tampoco tenían uno.

Mi abuelo, Ángel Lorenzo Gauseño, no alcanzó a verlo, padecía una enfermedad terminal. En el medio nos agarró el 2001, los precios se fueron por las nubes y el dinero se desvalorizó. Pero aquellos docentes, directivos, padres y alumnos no bajaron los brazos y organizaron un sinfín de actividades para terminar la obra. Cuando se inauguró, fui con mi familia y la sorpresa fue doble: al laboratorio le pusieron sus nombres, Miguel Ángel y Juan Carlos Gauseño. Fue un mar de lágrimas, no esperábamos esa inmensa gratitud.

Los maestros de música escribieron una canción que luego se transformó en el Himno del Colegio: “La casillita verde”. De ahí en más, nació un vínculo maravilloso con la comunidad de Cabín 9. Voy todos los 24 de Marzo a la plaza que está frente a la escuela, ahí se hacen los actos por el Día de la Memoria. Los chicos de la escuela cantan sus canciones, es hermoso ver como se respetan y aman ese espacio. No hay maestros que no pasen por allí sin empaparse de esta historia. Ya han pasado varias generaciones por ahí, hay alumnos que ahora son docentes, hay porteras que hicieron todos sus estudios en el barrio y cada vez que nos vemos nos fundimos en abrazos que te sacuden las nanas, que te hacen sentir que todo valió la pena, que la lucha por una sociedad más justa y equitativa para todos es posible. Que la militancia de ellos y la mía valen la pena, y sobre todo las alegrías. Que el camino que marcaron sus huellas lo sigo con mucho orgullo, con tenacidad y la misma convicción. Que seguir sus pasos, esas miguitas de pan que fueron dejando, me llevaron a mi militancia en derechos humanos. Hace 20 años que inicié este rumbo en mi querida ciudad de Pérez.

Una pesadilla que no termina

Corría el año 2004, se vivía un clima de triunfo. Luego de eliminadas las leyes de punto final y obediencia debida, por fin comenzarían los juicios a los genocidas. Yo había bajado la guardia, mi primera hija estaba a días de cumplir su primer añito. Sonó el teléfono. Era una vecina de Pérez que me llamaba para contarme que mi nona corría peligro, que hacía unos días un tipo la visitaba en la casa, que le decía que tenía datos sobre Miguelito, sobre mi papá. De golpe la felicidad se nubló, el miedo y la desconfianza se hicieron presentes nuevamente y todas las señales de alarma se encendieron, otra vez. Todo terminó con una denuncia en la Secretaría de Derechos Humanos. Recuerdo que fue Víctor Aliprandi quien nos recibió y nos puso en contacto con una abogada de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), que luego me acompañaría a hacer la denuncia en los tribunales. Me recomendaron que también haga una denuncia pública para estar más protegida. Hacía poco tiempo a otro hijo le habían puesto una molotov en el negocio, que no se conocían otros casos en Rosario, que era lo mejor, que más expuestas más podía resguardarme.

Yo solo quería abrir los ojos y despertar. Para mí fue una pesadilla declarar en tribunales, dar autorización para que me pinchen las líneas telefónicas, la custodia policial que me seguía a todas partes. En ese momento estudiaba Derecho y creo que fue uno de los motivos por los cuales dejé de ir a la facultad, no soportaba el auto siguiéndome a todos lados. Seguramente le tenía más miedo a los canas que al tipo que nos hostigaba queriéndonos sacar plata. Otra vez el miedo, el miedo por la seguridad de mi abuela, de mi madre, de mi hijita.

Por medio de una compañera de mi papá, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación también me hacía un seguimiento. Así conocí por teléfono a Duhalde, el bueno. Me llamaba una vez cada dos o tres días para hacer el seguimiento de mi caso. ¡Yo era un caso! Era la hija de un desaparecido. Entendí que jamás mi vida iba a ser normal, que mi historia y la de mi familia no eran singulares, no pasaría desapercibida nunca. Mi abuelo tenía razón: siempre supo que en algún momento vendrían por mí. Entendí, de golpe y porrazo, todas las medidas de seguridad que había tomado durante toda su vida para preservar la mía. No ir jamás a mis cumpleaños, ni parar el auto en la puerta de casa, mucho menos en la escuela. Yo pensaba que era su enojo por mi mudanza a Rosario y la realidad era que no quería “marcar” mis lugares. Me cuidó hasta su último aliento. Era lo único que le había quedado, su nieta.

Decidí mantener todo en la esfera de lo privado pero desde ese día, que volví a tener mi casa llena de policías tomándonos declaraciones y esperando la llamada, esa maldita llamada. Fue una película de terror. Tiempo después apresaron al tipo por estafas, robos y demás yerbas. Pero yo jamás volví a bajar la guardia, todos los mecanismos de defensa se activaron nuevamente.

Tres años después -en el año 2007- llegó a mi casa una notificación del Ministerio de Gobierno de Santa Fe, firmada por el Dr. Roberto Rosúa, comunicándome que en el marco del decreto Nº 0076/07, se instituía la implementación del “ Programa de Protección de Testigos en Grado de Exposición y Riesgo” ofreciéndome un equipo de geolocalización por GPS y con botón antipánico. Y ahí, de nuevo todas las cicatrices a flor de piel. Otra vez los miedos. Yo era considerada una persona en riesgo. Pero, ¿De qué? ¿De ser perseguida? ¿Asesinada? ¿Desaparecida?. Tuve una sola certeza: jamás me sentiría a salvo.

De ese trago amargo rescato el contacto que tuve con el Equipo Argentino de Antropología Forense. Miguel Nievas me tomó una muestra de sangre para que quedara en el Banco Nacional de Datos Genéticos para poder cotejarla con los posibles restos hallados en enterramientos clandestinos y tumbas NN.

Cuando comenzaron los juicios de Lesa Humanidad iba a presenciar las audiencias para ver si algún testimonio aportaba algún dato que no tuviera. Una esperanza de saber algo más, de atar cabos, no me resigno a pensar que jamás voy a saber que hicieron con mi papá. Tal vez ya en mi interior perdí la esperanza de recuperar sus restos porque pasa el tiempo y es un laberinto que termina siempre en el mismo lugar: el Servicio de Informaciones y luego un agujero negro.

En los Aguantes frente a los tribunales conocí a muchos compañeros, sobrevivientes, familiares, militantes de derechos humanos, igual que yo. Así conocí a Norma, la Negra Ríos, que por aquel entonces era la presidenta de APDH Regional Rosario, con quien también me cruzaba en el Museo de la Memoria de Rosario donde fui voluntaria durante cinco años como guía en los recorridos para escuelas y en las capacitaciones dirigidas a docentes. Ahí también conocí a quien me representa en la querella de la causa Feced, Gaby Durruty, abogada de APDH.

Estamos a mitad de año, y sigo con un torbellino de emociones, comenzando por la muestra que organizamos junto al Espacio Memoria, Verdad y Justicia de Pérez, pasando por el trabajo de investigación que realizó el Club Rosario Central, que inauguró para el mes de marzo una muestra en homenaje a socios desaparecidos con fotos y objetos personales. Ellos encontraron en sus archivos la ficha de afiliación de mi papá y de mi tío, escrita por mi abuelo. Me invitaron a participar del acto en el que se colocó una placa con sus nombres en el Gigante de Arroyito.

Llegó abril y mientras estaba en un encuentro de militantes de APDH Argentina, me contactaron desde Cabín para contarme que la escuela secundaria de la comunidad estaba por lanzar una votación para elegir su nombre. Mi sorpresa fue hasta el llanto cuando escuché que dentro de los postulantes se encontraba mi tío que había sido uno de los fundadores. Los abrazos de mis compañeros de la regional me cobijaron.

En junio, casi como un bálsamo o una caricia al alma, llegó el tan merecido reconocimiento: la escuela secundaria Nº 574 se llamaría “JUAN CARLOS GAUSEÑO”. Toda una vida de lucha y militancia por la memoria, la verdad y la justicia, cobró sentido, cada granito de arena, cada camino recorrido, cada sinsabor y todo el amor y garra de la militancia tuvo su coronación en ese acto de imposición de nombre. Sentí que junto a mis compañeros estábamos escribiendo un cachito de historia, porque impregnamos de identidad, de reivindicación en la sociedad y para siempre a una generación diezmada que se jugó la vida por su pueblo. Soy portadora de un apellido que jamás desaparecerá, contradiciendo el designio de los genocidas, una vez más: No pudieron ni podrán.

Recibí tanto cariño, tantos agradecimientos –tal vez inmerecidos- porque quienes comenzaron semejante obra no están. Pero soy la única que queda de mi familia, y fue un honor y un orgullo tremendo representarlos. Algunos pedacitos rotos se remendaron. Fue la confirmación de que persistir en este sendero por el que transito hace más de veinte años y que al día de hoy, gracias a Norma Ríos, me encuentra integrando la Mesa Directiva de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Rosario. Vale la pena, las lágrimas y las alegrías compartidas.

Esta nota fue publicada en la Revista APDH Rosario

Hija de un desaparecido y miembro de APDH Regional Rosario.

Compartir

Ayudanos a difundir!