Lo que les falló fue la técnica. Y se les antepuso la política: hay un mínimo de bienestar que es un valor cultural en la Argentina. Ganó la economía real frente a las entelequias de los gurúes financieros pagados por los bancos y multinacionales.

Por Lucas Paulinovich

Las PASO tenían carácter de encuesta. Una verdadera. Y el resultado llegó como un cachetazo. Exactamente lo que nadie predijo. Los 10 puntos de distancia aparecían como una posibilidad cierta y riesgosa. Más de eso, era inimaginable. Ninguno de los buenos consultores contratados se acercaría a decírselo. Porque tampoco lo supieron. Lo que les falló fue la técnica. Y se les antepuso la política: hay un mínimo de bienestar que es un valor cultural en la Argentina. Ganó la economía real frente a las entelequias de los gurúes financieros pagados por los bancos y multinacionales. La verdad del comerciante sin lista de precios ante los análisis desde un estudio televisivo. Los despedidos y el pequeño empresario que tuvo que cerrar y echar a sus empleados de hace 20 años, los que cayeron en la pobreza, y los que perdieron medicamentos y poder adquisitivo, sobre los defensores del Cambio recluidos en WhatsApp. El ensueño transnacional, la inserción al mundo, el seguidismo occidentalista, encontró un límite certero, material: nadie quiere modernizarse si no puede comerse un asado el fin de semana.

Que el encargado de dar los números fatídicos haya sido el ministro del Interior, Rogelio Frigerio -el más político y recelado por el ala ortodoxa del Cambio, con Marcos Peña y Durán Barba en la punta-, es una paradoja que engrosa las hendiduras internas del gobierno. El autoconvencimiento en base a paquetes de datos y gestión de redes podía servir para disimular el clima previo, pero no para modificar los hechos. Y el gobierno limitó aún más sus de por sí limitadas habilidades políticas para responder. Reaccionaron mal y a destiempo. La tardanza en la asunción de los resultados -que se filtraban por las redes sociales como certezas incontestables- no hizo más que inaugurar una saga de papelones que se completó con los errores de carga en la provincia de Buenos Aires. Kicillof terminó ampliando la diferencia y volviendo todavía más ostensible la derrota.

En tres meses, el peronismo logró una unidad por arriba y por abajo, pudo sintetizar el hartazgo ante un ajuste que suponía que la sociedad aceptaría resignar derechos y toleraría un saqueo con el “optimismo de la incertidumbre”. Profesaron que el conflicto podía ser controlado con políticas de segmentación de públicos. Como dijeron en Twitter: “el Clio le ganó al Big Data”. La gente está menos conectada al mundo virtual de lo que se cree, pero más conectada al mundo real de lo que pretenderían. Los smartphones existen, pero no hacen política. La política es algo que le concierne a quienes los usan. Lo que también ganó fue el interior ante la CABA, Córdoba y la Zona Núcleo sojera. El peronismo de provincias se acopló en la victoria compacta en provincia de Buenos Aires y Nación. Esta es la elección donde la gente, los animales y la tierra, le ganaron a la ilusión de hiperconectividad en la que abrevó la modernización de prepo en la que confió el gobierno desde su origen.

La propuesta de Cambiemos que se eligió en 2015 duró hasta el 18 de diciembre de 2017, con la sesión del Congreso por la reforma previsional. Ese día se rompió la frágil gobernabilidad que el Poder Ejecutivo sostuvo al sincronizar con una parte del poder judicial, la oposición, los sindicatos, la Iglesia, los medios, la larga clase media. La calle, la represión y los cacerolazos, coincidieron. Los agredidos por la reconversión forzosa encabezada por la elite financiera, energética y agroexportadora, se juntaron, y esa otra lógica del voto saturó su racionalidad de consultoría. Al final, se les cayó SmartMatic. Se fueron quedando solos, rompiendo alianzas, separando hacia afuera y hacia adentro, radicalizados, dogmatizándose, sobreideologizados. Se hablaron encima y se lo creyeron. Hicieron todo eso que afirmaban que no debían hacer.

Perdido el poder político, Macri asume como embajador de los “mercados” en la agresión a la Argentina. El gobierno juega a erosionar la legitimidad del triunfo de Alberto Fernández. Generar un clima de desgobierno. Y que la elección de octubre tampoco suceda. La disparada del dólar arrastra el espectro de la híper, esa figura de la desesperación y el desamparo que persigue a la Argentina en crisis. A Alfonsín el golpe se lo hizo el mercado y no lo pudo neutralizar, socavado, rendido ante esos mismos sectores que años después -siendo gobierno- le rindieron homenaje con una estatua versión Pacto de Olivos. A Macri, en cambio, el poder se lo quitó el voto popular. El domingo dejó la presidencia del país, y el lunes habló como representante de los mercados, reprochando a la fuerza ganadora y al 47% que lo votó. El empresario Macri al frente de los especuladores para golpear al gobierno del presidente Macri.

Con la conferencia del lunes se inició el arrasamiento de la caída. Que al salir, salga destrozando. Macri parece decidido a vivir los últimos días del victimario, como si asegurara que ahora sí comprobaremos cuánto daño puede provocar al ponerse loco. El objetivo es la anarquía y el deterioro de las condiciones de negociación del próximo gobierno. Y si el uso de la crueldad fue parte de la gobernabilidad que los hacía pensar en reelegir, hay que ver hasta dónde puede llegar la crueldad de un macrismo en retirada. Manosean la tragedia. El autogolpe tiene consecuencias impredecibles. El gobierno aplica la metodología empresaria del vaciamiento de empresa, declaración de quiebra y evaporación de los responsables. La fundación de una nueva Argentina la dejará fundida.

En ese marco, la incitación a un clima de rebelión es parte de las provocaciones. Está en su acervo el uso de la muerte como vía de escape. Se pueden ir chorreando sangre. Son casi tres meses hasta octubre y segundo a segundo se amasa el clima de transición que el gobierno decide recorrer apelando a la exacerbación total. Acusando a cualquiera. Empeorarlo todo para asustar y debilitar.

Por eso, la cautela aparece como un valor central. Una vocación de héroe, no de mártir. Tal vez, uno de los aprendizajes del 2001 que permitió que durante el macrismo hubiera menos muertos de los que el gobierno estaba en condiciones de provocar. Las organizaciones sociales pusieron el cuidado de los cuerpos como algo elemental, indudable, aún por sobre los reclamos que les hacían desde otros sectores que no conducen a nadie. Y no es solo de los dirigentes la necesidad de prudencia. La irritación colectiva necesita adquirir volumen político. Lograr contener y gobernar en esa enervación transversal de la crisis. Porque octubre está y no está. Todavía no llegó. Y hay otros acercamientos que producir por debajo, nuevas confluencias, el convencer al de al lado, ir “desengrietando”. Hay otros votos que andan sueltos y esperan que la cosa mejore. Una base ancha y ambigua, contradictoria, pero con acuerdos básicos para sostener un proyecto que tiene como horizonte inmediato el más hostil de los escenarios.

El gobierno juega a forzar al máximo las pautas democráticas, transgredirlas en lo posible, ganar o pudrirla. Están desacostumbrados a que no los obedezcan. Mientras se reparten responsabilidades y penas capitales, el gobierno niega la existencia de la elección y apuesta a un octubre lejano, obstaculizado, cuestionado por sus propias acciones. Que no haya muertos debería ser una consigna. La institucionalidad es un piso necesario para expresar en las urnas la decisión mayoritaria de tener otro gobierno. El que venga tendrá que conducir una sociedad cansada, partida, maltratada. “Cuando se tiene fuerza, se suele prescindir de la prudencia”, dejó dicho Perón. El gobierno ya no tiene fuerzas y nunca tuvo prudencia. Y ante un macrismo en estado de emoción violenta, son demasiado altos los riesgos.

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