Se cumplen cuatro años de la desaparición y muerte de Gerardo “Pichón” Escobar. Tres patovicas y dos policías que trabajaban en el boliche La Tienda fueron los únicos sospechosos en una investigación que hace rato no da avances.

“Se están por cumplir cuatro años y no sé quién o quiénes fueron los asesinos de mi hermano. Quisiera saber quién fue el que decidió terminar con su vida, quién dijo ‘hasta acá llega y yo decido que tiene que terminar en el río’”. Si hoy se le pregunta a Luciana Escobar qué pasó con su hermano, no tiene mucho para decir. Y hacerle esa pregunta no significa que como respuesta se necesite el esclarecimiento del hecho. Eso, lógicamente, es función de la Justicia Federal que pareciera haber estancado una investigación que en su momento aparentó tener un curso claro pero ya hace un largo tiempo que no da muestras de un avance concreto. La pregunta a Luciana es, entonces, el pie a una de las pocas certezas en esta historia: en Rosario un pibe puede desaparecer y aparecer muerto en el río Paraná; se puede sospechar de la policía y se puede esperar cuatro años, quizás mucho más, sin saber qué sucedió realmente y, mucho menos, qué quiere decir eso de será justicia.

Es necesario recordar un poco. Gerardo Escobar, Pichón, tenía 23 años. Rosarino, trabajador de la Dirección General de Parques y Paseos de la Municipalidad, estudiante en una escuela nocturna para adultos. La noche del 13 de agosto de 2015, un jueves, salió con un amigo. Fue al casino, después a un bar del centro y más tarde a un after: La Tienda, un bar nocturno que funcionaba superando el horario de cierre establecido por el control municipal. De ese lugar Pichón se fue en la madrugada del viernes y no se supo nada más hasta que una semana después, en la tarde del 21 de agosto, apareció su cadáver en el río Paraná. Al tiempo apareció un video: un patovica del boliche golpeaba a Pichón, indefenso en el suelo. Al tiempo detuvieron a tres patovicas y dos policías que hacían trabajo complementario en La Tienda. Al tiempo los liberaron y los sobreseyeron. Al tiempo la Cámara Federal de Apelaciones de Rosario revocó el sobreseimiento y, aunque libres, dejó a los cinco imputados involucrados en la investigación. Todo eso ocurrió en poco más de un año. Desde 2017 los avances son casi nulos.

Luciana Escobar se integró a organizaciones sociales y políticas, se agrupó con familiares de otras víctimas de la violencia institucional. Hicieron festivales, viajaron a actividades y movilizaciones en otras ciudades. Hasta se hizo una película -Pichón, tu huella en la ciudad- que recorre parte de la vida del chico. Se plantearon así distintas estrategias para visibilizar el estancamiento de la causa. En este agosto todavía frío se cumplen cuatro años, pero Luciana dice que no van a hacer nada, que esta vez se refugia solo en su familia. “Me pesa muchísimo estar esperando un nuevo aniversario. Se acerca el día y sin querer me voy acordando de cada día que pasó. Los últimos recuerdos”, dice. No se quiere olvidar de nada, de eso está segura. De nada, y sobre todo de la voz de su hermano.

Si a Luciana se le insiste con las preguntas, en el por qué cree ella que a cuatro años no hay certezas, aparecen otros asuntos que van más allá de la investigación por la desaparición forzada seguida de muerte. Aparece, por ejemplo, La Tienda. Que se clausuró, y nada más. Que poco y nada, en torno a la investigación, se sabe de ese lugar. Sí se supo que, así como a Pichón, a muchos otros pibes los patovicas han castigado a golpes por líos de la noche. Que a veces iban a parar a la Comisaría 3ra y que ahí seguía el desfile de golpes. Eso se supone que sucedió con Pichón, y que en algún rincón de la tercera lo mataron, a golpes, o con submarino seco. Pero qué pasa con La Tienda: uno de sus dueños vinculados al bar Yamper que frecuentaban Los Monos en sus tiempos de gloria y que incluso visitó el Pájaro Cantero la noche en que fue asesinado; un lugar que tenía como patovica a un ex barrabrava de Newell’s con ingreso prohibido al estadio. Eso, un lugar que siempre generó sospechas y que después de la muerte de Pichón solo se clausuró, como si nada. Luciana dice entonces que eso le hace ruido. Que sabe que lo de su hermano sucedió afuera, pero que pudo haber empezado adentro y que, de cualquier manera, hay algo de poder que impidió que una olla se destapara.

El poder, quizás, por su misma condición goza de invisibilidad. Se puede suponer que viene de arriba, pero nadie sabe de dónde baja ni por qué. Pero hay pistas acerca de cómo se manifiesta. En la familia Escobar, por ejemplo, durante un tiempo con llamados telefónicos diariamente en el mismo horario y con un silencio rotundo del otro lado. O con un patrullero a la misma hora y en el mismo lugar. O en personas que nada  tenían que ver, como un trabajador del rubro inmobiliario que en un trámite le insinuó a Luciana datos de la causa, supuesto dineral en juego y rumores de qué manejes podrían haber ocurrido entre la detención y la liberación de los cinco imputados. Asuntos que llaman la atención y generar temor, paralizan. El poder se manifiesta y da la sensación de que el horizonte de la justicia es eso. Un horizonte, pero permanente.

Pistas y despistes

Cuando el juez federal Marcelo Bailaque firmó el sobreseimiento y la liberación de los cinco imputados, al poco tiempo tuvo respuesta. La Cámara Federal de Apelaciones de Rosario revocó la medida. El juez José Toledo analizó la decisión de Bailaque y dijo: “Ha considerado en forma aislada, con valoraciones parciales las testimoniales brindadas en autos, sin integrar las pruebas con el debido contexto fáctico pertinente y omitiendo considerar medidas investigativas de suma importancia”. También llamaron la atención sobre probables contradicciones en las declaraciones de los imputados, que hicieron imposible negar con fundamentos que Pichón haya estado detenido en la Comisaría 3ra. Esa es una de las sospechas que le da sentido a la investigación por una desaparición forzada de persona. Por ejemplo, que no haya registro de una detención aquella madrugada pero que sí exista un testigo -un detenido- que aseguró haber escuchado un ingreso, es una característica propia de ese delito. Por otro lado, le dieron la importancia que Bailaque no a la sospecha de que la policía manipuló la cámara de videovigilancia que pudo haber registrado el momento en que Pichón fue subido a un auto, que pudo ser un patrullero o el auto particular de uno de los patovicas imputados.

En su momento, cuando se denunció esta irregularidad, los abogados querellantes por Luciana Escobar explicaron que la cámara de vigilancia de un estudio jurídico de Sarmiento 331 fue entregada por un policía, Javier Makhat, con un corte de unos treinta minutos. Makhat, ex jefe de Policía de Investigaciones, fue desvinculado de la fuerza en 2018 cuando se lo encontró en un departamento que había sido propiedad de Esteban Alvarado, un presunto narco vinculado a un homicidio. Desde la querella, suponen que ese fragmento que falta en el registro coincide con el momento en el que Pichón pasó por ahí, después de haber sido golpeado en Sarmiento y Tucumán por uno de los patovicas, y luego de que escapara por Sarmiento hacia Catamarca.

Así como se puede creer que hubo maniobras que obstaculizaron la investigación, hay quienes creen que la pronta detención de aquellos cinco involucrados llegó para calmar una presión social muy grande pero que a su vez no tenía demasiados fundamentos para sostenerse. Incluso, fue efectuada cuando la causa estaba en el fuero provincial. Lo que no quiere decir que ninguno de los cinco esté realmente implicado. El patovica Cristian Vivas, por ejemplo, es quien se ve en la filmación golpeando a Pichón y es quien fue detectado, según una pericia a la antena de su celular, en la región del puerto cuando el cadáver aún no había aparecido y donde finalmente apareció.

Por otro lado, una de los últimos movimientos en la causa apunta a las sospechas de que otro de los implicados haya utilizado su auto particular para trasladar a Pichón, para luego llevarlo a lavar tres veces en un mismo fin de semana. Ese punto se uniría con la posibilidad de que Pichón haya sido asesinado en la Comisaría 3ra, y que la limpieza del asunto haya quedado en manos, por lo menos, de Vivas y el dueño del auto. Por eso, hoy la investigación -aunque sin tanto avance- continúa apuntando a los mismos patovicas y policías de hace cuatro años, pero con la sospecha inevitable de un entramado de encubrimiento más grande.

 

 

 

 

 

 

 

 

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