Hay un cartel con la frase “Sí, se puede”. Alguien lo hizo muy cuidadosamente y lo puso a disposición de la gente. Lo toman, miran la cámara, sonríen y click: la foto del recuerdo. Es martes 22 de octubre de 2019, en la puerta de la Fundación Libertad, donde se reune un grupito de personas para bajar al Parque España y esperar el último discurso de Mauricio Macri en Rosario antes de las elecciones. Si alguien se imagina que también será la última visita a la ciudad de Macri en el cargo, no lo dice.

Hay, en cambio, un clima de esperanza. Se refleja en las personas que se acumulan en las escalinatas del Parque y a sus pies, donde un escenario no tan grande espera la llegada de los funcionarios del gobierno nacional y sus secuaces de la provincia. Sobre las escalinatas, realmente colmadas, la gente se aprieta y se sienta. Son mayoría señoras y señores, con gorritos, banderas, camisetas de Argentina y chucherías de Juntos por el Cambio para revolear. Esperan ansiosos y contentos en esa platea privilegiada. Hasta que un locutor del evento avisa que el acto les dará la espalda. Que los parlantes y los oradores apuntarán para el otro lado. Entonces las quejas y los movimientos de algunos pocos que alcanzan a encontrar otro lugar.

Cuando se acercan los funcionarios, entre ellos la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, el público responde eufórico. Como en cualquier otro acto político dentro de todo masivo, los que están más cerca se abalanzan. Quieren entregar una carta, sacarse una selfie o acercar una bendición, en el nombre de dios, por la patria. Se aprietan, se codean, se miran.

Es difícil evitar el simplismo de describir al público macrista por su estética. Para más o para menos es un detalle que condimenta. No es exagerada la conclusión: predominan los mayores de sesenta años –aunque también hay jóvenes- y los carteles con críticas a Cristina Fernández. Hay otros carteles mucho más difíciles de descifrar: si se trata de un cariño al presidente o de una mofa infiltrada. Lo tratan de gato, piden por el gato, que se quede el gato. Una señora, con su máscara de gato, sonríe todo el tiempo y mira más allá. A ver si lo ve llegar, al gato.

Pero primero sube Patricia Bullrich, ovacionada. Yo que estoy ahí nomás, abajo del escenario con un grupito de señoras que pudo pasar del otro lado de la valla, intento acercarme al parlante para grabar mejor. Estamos rodeados de policías federales de civil que marcan los límites. También los marca una señora que se enoja y me mira muy feo cuando me pongo delante de ella, más cerca del parlante. Me dice que me lo va a pedir en buenos términos, que me corra porque era su lugar. Un minuto después le doy el espacio y la señora no me responde las gracias. Le vuelvo a explicar, solo quería grabar el discurso de Patricia Bullrich, tan particular:

– Nadie hizo más contra el narcotráfico que Mauricio Macri. El año pasado tuvimos momentos difíciles, quisieron dominar este territorio Los Monos y no pudieron. Nos quisieron torcer el brazo, nos quisieron quebrar, como pasó con la Gendarmería con el tema Maldonado, que la quisieron quebrar para que no luche contra el narcotráfico.

Eso dice Bullrich. Sí: que la desaparición forzada y muerte de Santiago Maldonado fue un invento para quebrar a la Gendarmería en su lucha contra el narcotráfico. La gente “siiiiiiiii”, “eeeeeee”, aplaude y grita. Y la ministra que se envalentona. Entonces dice que Argentina antes era el mundo del revés. Que las víctimas eran los delincuentes que quedaban libres, mientras los buenos policías iban presos. Solo falta que pida un aplauso para Chocobar y un hurra para los policías que mataron a más de 1.300 personas en los últimos cuatro años. Estoy seguro que la gente acataría la orden. Pero la ministra no lo hace. En cambio, lo sugiere:

– Por eso nosotros hemos salido en defensa de aquellos policías que realmente defienden con orgullo a la gente.

Bullrich juega su carta. La seguridad como tema electoral, el miedo como estrategia. Habla de estadísticas de homicidios, de políticas de seguridad, de los prófugos y que “volvimos a meter en cana a más de diez mil”. La gente aplaude, grita y se distrae cuando lo ve llegar a Miguel Ángel Pichetto. Entonces gritan Pichetto Pichetto, le piden que le quite los fueros a Cristina. Y Bullrich mira de reojo, sigue hablando aunque la gente deja de escucharla. Cuando se calla, un presentador sube al escenario y predica. Dice que el domingo de elecciones todos tienen que ir a fiscalizar, que las escuelas no son unidades básicas, que los otros estaban yendo a la sastrería a probarse el traje. Pero ahora, que salieron todos en estas marchas del “Sí, se puede”, la cosa se dará vuelta. Que no los van a dejar robar, que hay gato para rato.

Sube Macri. Saluda, sonríe, abraza a Juliana Awada, da su discurso y no dice mucho más que unas cuantas arengas. Juega su propia carta, la del canchero. Pregunta dónde están los colectivos, quién los obligó a ir. La gente estalla. Él les pide que vayan a fiscalizar, y ellos responden que sí. Y que sí, se puede.

Persianas bajas

Pero no. No se pudo. Es domingo 27 de octubre. Son las ocho de la noche y ya se sabe que la fórmula Fernández – Fernández cantará victoria. El búnker de Juntos por el Cambio en Rosario está prácticamente vacío, ni siquiera hay globos. Hasta que empiecen a llegar los jóvenes que fueron a fiscalizar, en el lugar serán mayoría los trabajadores de prensa. Hay un señor que morfa en la mesa del catering, un grupo de señoras que colabora. Los referentes del partido dan vueltas, van y vienen, atienden a la prensa y se enojan con el músico Adrián Abonizio, que fue a reírse de la derrota.

Lo peor que les puede pasar a los militantes y dirigentes de Juntos por el Cambio es que se acumule gente en la puerta. Esquina de Maipú y San Lorenzo, el búnker está en pleno camino al Monumento a la Bandera, donde ya se concentra parte de los festejos. Quienes pasan, en auto o a pie, se ríen, gritan, insultan, festejan y refriegan el triunfo en la cara de Juntos por el Cambio.

– Son provocativos, negros de mierrr…

La señora, tan educada, se muerde la lengua antes de terminar el insulto. Mira de reojo y se avergüenza de que la escucharan. Otra, en tono gracioso, los manda a comer choripanes. Más tarde una mujer llama a un patrullero y le pide que se queden a custodiar. Teme que alguien haga algo contra el búnker, que hasta el cierre quedará iluminado con el azul policial intenso e intermitente.

Para las nueve de la noche el lugar se llena de jóvenes que volvieron de fiscalizar. Al toque se sube el volumen de la tevé y se escucha el anuncio: con más del 65 por ciento de las mesas escrutadas el resultado marca una ventaja a favor de Alberto Fernández, suficiente para dejar de añorar una segunda vuelta. Entonces las lágrimas.

El consuelo está en los buenos resultados de Juntos por el Cambio en la provincia: con Federico Angelini a la cabeza se impusieron en las elecciones a Diputados nacionales. Pero no alcanza, la tristeza es más fuerte. El desahogo se busca afuera, donde el aire corre fresquito. Pero los autos ahora pasan más seguido, y más gente va para el Monumento. Y más risas, más gritos, más festejos, más cantos contra Macri. Angelini le pide a sus militantes que se metan adentro. La persiana se baja, y esa estampa dice tanto.

La metáfora de la casa

Marzo de 2016. Apenas van cien días de macrismo explícito en Argentina. El presidente llega a la ciudad para inaugurar el ciclo lectivo de la Universidad Nacional de Rosario, que se celebra en la Facultad de Derecho. Afuera del edificio la imagen representa el nuevo contexto social: cientos de manifestantes repudian la visita de Macri. Están arrinconados en la Plaza San Martín, lo más cerca que pudieron llegar por el inmenso operativo policial que bloqueó el avance.

– En 100 días nos encontramos con cada vez más despedidos. Empresas y fábricas cerradas, lo mismo que los noventa pero mucho más rápido. Están apurados por cerrar con EEUU para que aprueben fondos para hacer la bicicleta financiera a la que nos tienen acostumbrados.

Más cerca de la puerta de la Facultad un grupo de ciudadanos, macristas y opositores, se cruzan y despuntan el vicio de la grieta. Una mujer que lleva una bandera que dice “Macri = Hambre” contiene el llanto y soporta las risas de un grupo de señoras que proponen que como alternativa a la falta de trabajo pueden hacerse muchas cosas: “Siempre hay algo para hacer, podés salir a vender limones o pimientos”.

Adentro de la Facultad, en su Aula Magna, todo es más prolijo. Al lado mío se sienta una militante del PRO, muy joven. Mira su pulsera de invitada, le saca fotos y las sube a su perfil de Facebook. Elogia el 4G de la Facultad y la puntualidad de los alemanes tan distinta a la nuestra, porque acá estamos esperando y el presidente no llega. No sé muy bien por qué me habla, supongo que pensará que comparto sus pensamientos, entonces me los cuenta.

-No hay ni un solo morochito acá, son todos blanquitos. Son indicadores.

Y después el postre: la metáfora de la casa.

– Mirá cómo estaba el país hasta diciembre, hay un montón de cosas por hacer. Poné el ejemplo de una casa: si durante doce años no se revoca, después hay que hacer un montón de cosas para volver a usarla. A veces hasta hay que tirarla abajo para construir otra.

Cuatro años, la política de la destrucción y una metáfora que quedó por la mitad.

 

 

 

 

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