Por Héctor Cepol

Si no es un error, vale entenderlo y difundirlo. El macrismo instaló con éxito la idea de una derrota “exitosa” de un 41% que agita como una escasa diferencia con el triunfador. Como resultado, asume una oposición salvaje y mantiene más que viva su esperanza de recuperar esos “pocos puntos” y regresar. Mientras, la respuesta popular, comparativamente pasiva, es que “igual se ganó bien”, además de insinuarse una gestión que difícilmente se alce con éxitos resonantes en un campo archiminado, salvo que se esté jugando al póker (ya ventilado por Fernández sin ganas pero apuntando a los impacientes) o se sumen paulatinamente más jugadores del frente.

El punto es que, aun así, otro de los principales factores transformadores, sigue siendo el de las convicciones, y hoy si no nos superan casi que nos empardan porque les regalamos un malentendido. Claro, el 41% impacta indirectamente en número de legisladores y no hay tu tía. Pero ahora, en medio de choques quizás más acuciantes (como el de la deuda donde épicamente Kicillof debió aflojar, o la justicia donde Milagro y otros siguen enjaulados mientras Macri sigue paseando) lo que pende es otra batalla que es la cultural.

Votos en blanco, nulos y abstenciones fueron invalidados, como se sabe, por la Constitución del ´94 buscando maquillar la crisis de representación. Todos, sin embargo, tienen suficiente peso para que, al menos hasta el fin del siglo pasado –ignoramos si continúan– países como Alemania los expresaran en bancas vacías, es decir, reflejando la auténtica voluntad del electorado. Dejemos para otro momento debatirlo pese a su evidente trascendencia, pero adviértase que basta recuperar la lectura tradicional de las elecciones –asignando porcentajes a los “votos inválidos”– para que el famoso 41% descienda al 32, y aun al 25 o 26 si se descuenta el voto de electores arrepentidos según sondeos posteriores.

¡No hay tal 41! Hay solo el gorilaje habitual que roza apenas un tercio del electorado, conformado por un 5-10 de oligarquía, un 5 de voto uniformado (que vota tradicionalmente autoritarismo) y un resto de clase media reaccionaria: el cipayismo inconmovible en su conjunto. Claro, enfrente también desciende el porcentaje: el 48 % de Fernández, baja al 38. Pero, a ver, leamos esto en términos reales, o sea, el de un choque cultural decisivo sin el cual no hay futuro.

Al tercio escaso de inconmovibles, más o menos lo completó siempre el tercio digamos nacional y popular, una izquierda liliputiense y otro tercio de “independientes”. Y a este ultimo, un sector “bolsillista”, mal informado y malformado sobre la realidad política –que no se confunde con los inconmovibles en los grandes números–, es que nos permitimos llamarlo sector Caperucita Roja porque desde el Proceso, o desde mucho antes, ha venido comprando los argumentos del Lobo Feroz en forma intermitente pero puntual. Nos referimos a un sector que ora vota por lo popular, ora por el librempresismo y sus mil disfraces; que es fiel de la balanza; que encumbró a Cristina en el ’11 (con el 54 %…), en el ’15´ eligió a Macri, lo revalidó en el ’17 y lo echó en el ’19. Sobre él, y no sobre el cipayismo incorregible, y menos sobre su marketinero 41%, es que hay que volcar el peso de la batalla cultural. O no cualquiera: no una de propaganda, o de pedagogía, sino de co-aprendizaje.

Y empezar por casa: volcarla sobre todo en lo que a dirigentes y militantes populares nos resta horizontalizarnos en mayor medida. Para entenderlos, saber más de ellos, institucionarlos participativamente y sin que renuncien a los cambios, aprendan a decir Nunca Más a la peste neoliberal. No es tan difícil, se los confunde tontamente con los inconmovibles pero son más cruciales que ellos; son gente que necesita, fundamentalmente de la derogada ley de medios (los que más la necesitan); gente que aprueba, la puta…, los juicios de Memoria, Verdad y Justicia (Mataburros neoliberal, p. 93). Gente que, sí, prefiere el cambio casi hasta el fetichismo, pero no rechazan una reelección, sin mencionar que no perpetuarse tampoco es mala idea (Sobre todo, si de este lado superamos otro fetiche: el del viejo formato pueblo que concentraba la representación en el líder mayoritariamente indiscutido, y se asume que vivimos en la multitud hostil a las perpetuaciones pero no a la renovación de un proyecto exitoso a través de líderes democráticos, algo que, como quien no quiere, minimiza los desbarajustes de la muerte inesperada, el anquilosamiento, los personalismos, el burocratismo, la verticalidad y hasta el viejo vicio de robar para hacer política en una época… cada vez más autorepresentada en las calles pidiendo justicia). Sí, son gente que también ella debe cambiar. Pero no más que nosotros.

Una pequeñísima gran anécdota: alguna vez, Raúl Frutos, directivo de la mítica biblioteca Constancio C. Vigil de Rosario –que la dictadura hizo picadillo tanto por ser una iniciativa “comunista” como por la fabulosa dimensión que había alcanzado–, nos contó que cuando la fundaron y a la hora de elegir nombre sobraban los héroes populares para homenajear. Pero naturalmente se prefirió consultar al barrio. Y el barrio se inclinó por un personaje tan reaccionario como metido en el corazón y en la memoria de la infancia con cuentos como El mono relojero y La moneda volvedora. –¿Y entonces…?, pregunté. –Le pusimos Vigil, por supuesto. Claro, se dirá que fue una honra inmerecida. Error: se honró a un cariño profundo que no tardó en imponer “Vigil” como otra cosa, en resignificarlo a través de gestionar con la gente, no para la gente (que siempre de una manera u otra es sin la gente). De paso, saludos a la Vigil que volvió nomás a renacer no sin nuevas vicisitudes, y tras ocho años de dictadura y… treinta y uno de democracia indirecta donde ya sabemos quiénes no deliberan ni gobiernan.

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