El 28 de junio pasado, Día Internacional del Orgullo, tuvieron lugar distintas conmemoraciones en el mundo y en Argentina. En el país, este año la jornada tuvo características singulares no solo atravesadas por un contexto de pandemia y medidas gubernamentales de aislamiento y distanciamiento social sino también por la aparición de un novedoso actor social que se hizo presente en la escena pública con intenciones de polemizar sobre supuestos consensos sociales y desviar el foco de atención en momentos de debate y avance en materia de ampliación de derechos para el colectivo LGTTBIQ+.

Por Florencia Di Giorgio* y Silvina D’Arrigo*

Foto de portada: Municipalidad de Córdoba

El 28 de Junio en distintas latitudes del mundo se reivindica el Día Internacional del Orgullo en conmemoración a la revuelta de Stonewall en Nueva York en el año 1969, en donde el colectivo LGTTBIQ+ se enfrentó decididamente a los hostigamientos y abusos policiales e institucionales. En Argentina las marchas y manifestaciones del Orgullo comienzan a realizarse en la década de 1990. Sin embargo este año se vivió la fecha de forma muy singular, en medio de una pandemia planetaria y medidas gubernamentales destinadas a intentar paliar o evitar sus rasgos más feroces. Ese día por tanto, en diferentes ciudades del país, se llevaron adelante distintos eventos institucionales y por parte de organizaciones sociales que en su mayoría intentaron ser acotadas y no convocar a multitudes.

¿Qué sucedió?

En Rosario, en la plaza San Martín ubicada en pleno centro urbano -enfrente de la Sede de Gobierno Provincial, la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario y diagonal al Museo de la Memoria-, espacio que suele albergar manifestaciones de distinta índole, el 28 de Junio pasado un grupo reducido de activistas, referentes de colectivos LGTTBIQ+ y autoridades locales y provinciales (tod*s portando barbijos), se reunieron y  propusieron, con autorización municipal, izar la bandera del Orgullo junto a la argentina. La sorpresa se produjo cuando al arribar a la plaza, momentos antes del acto, se presentaron cuatro varones adultos, vestidos con insignias militares, que se oponían al izamiento de la bandera del orgullo, llamándola “un trapo” y esgrimían que ésta “faltaba el respeto” al símbolo patrio. Estas personas no se identificaron como parte de ninguna organización civil,  política o político partidaria.

Aunque no impidieron que el acto se llevara adelante, decidieron durante su desarrollo quedarse a un lado observando la escena en una actitud a las claras intimidatoria. Según Macarena Fernández, representante del INADI en Rosario y presente en el evento, lo que inhibió todo avance por parte de este grupo fue la llegada de los medios de comunicación locales para cubrir los hechos. Las banderas se izaron juntas y quedaron flameando en el mástil de la plaza durante todo el día, pero bajo resguardo de la Guardia Urbana Municipal con motivo de evitar incidentes.

La asociación de Ex Combatientes de Rosario aclaró no haber sido partícipe de los hechos. Especialmente en la ciudad hubiese llamado la atención una reacción institucional de tal magnitud ya que ex combatientes suelen llevar adelante labores sociales y solidarios con grupos vulnerabilizados, como lo hacen con personas en situación de calle.

Por otro lado, en Mar del Plata, en la también céntrica plaza San Martín, un grupo reducido de militantes y autoridades locales izaron la bandera del Orgullo siguiendo lo dispuesto por la ordenanza municipal 23.280 sancionada en 2017, que contempla que en dependencias públicas municipales se ice la bandera de la diversidad el día 28 de junio de cada año, para conmemorar momentos reivindicatorios de la comunidad LGTTBIQ+. A las horas, unos ocho varones, adultos, vestidos de negro y colores solemnes, entonando el himno nacional y haciendo referencia a la Constitución Nacional por sobre cualquier legislativa municipal  y a la superioridad de los símbolos patrios frente a cualquier otro, descolgaron la bandera. Dicho grupo estaría relacionado con la nacionalista Asociación de Veteranos Defensores de Malvinas (Avedema). Por su parte el Centro de Ex Soldados Combatientes en Malvinas de Mar del Plata, en un comunicado del mismo 28 de Junio, declaró haber sido parte de los sucesos y repudiaron el accionar.

Los hechos que tuvieron mayor trascendencia fueron sin dudas los de ciudad de Córdoba, donde en el mástil del parque Sarmiento, autoridades gubernamentales junto a referentes LGTTBIQ+  de la ciudad colocaron una placa conmemorativa e izaron la bandera del Orgullo días previos al 28 de Junio. El 27 de Junio se viralizó un video en donde 2 varones y una mujer intentaban bajar la bandera del arco iris, argumentando ser ex combatientes de Malvinas. Al día siguiente cerca de 300 personas se aglomeraron frente al mástil en defensa de sostener allí la bandera multicolor como había sido autorizado institucionalmente, frente a otro grupo que demandaba su desplazamiento y la restauración de la bandera Argentina. Fue en Córdoba donde los calores de la protesta subieron de temperatura, siendo la placa colocada en el mástil destrozada, habiendo empujones y forcejeos, una persona del colectivo LGTTBIQ+ agredida por una cadena, y posteriores acciones y denuncias legales.

En Córdoba, a diferencia de los ejemplos anteriores, sí hubo a las claras quienes reivindicaron ser parte de los actos de protesta contra el izamiento de la bandera multicolor, como la organización política de derecha Renacer y el Movimiento Dignidad Nacional, que haciendo un uso político de los veteranos de Malvinas, publicaron el 28 de Junio se su página de Facebook “Hoy pudimos acompañar a los Veteranos de guerra de Malvinas que se manifestaron en el corazón de la ciudad de Córdoba por el ultraje a nuestra bandera llevado adelante por el intendente de nuestra ciudad de Córdoba”, y el 30 del mismo mes redoblaron la apuesta afirmando en la misma red social: “LA COLECTIVIDAD GAY AMENAZA DE MUERTE A NUESTROS VETERANOS DE GUERRA DE MALVINAS. Esto es la ideología de género, esto es lo que van a meter en la cabeza a cada uno de nuestros hijos y nietos. La lucha del mal contra el bien se ha desatado ningún argentino puede quedar indiferente”.  Ese fin de semana personas que se oponían al izamiento de la bandera del Orgullo portaron  gran cantidad de banderas argentinas y también algun*s de ell*s pañuelos celestes contra la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo.

Banderas en tu corazón

La política de los símbolos ha sido históricamente utilizada como instrumento para traccionar sentidos y crear una semiótica de la identificación y la pertenencia dentro de un grupo. Y una forma de canalizar esta política ha sido a través de manifestaciones iconográficas que se vuelven anclaje y expresión de aquel sentimiento, creando y potenciando emociones comunes hacia adentro, y representaciones hacia el afuera con los múltiples objetivos que esto puede tener dentro de los cuales, uno de los principales, podría ser la búsqueda por el reconocimiento.

Las banderas pueden entenderse, entonces, como un símbolo cargado de diferentes sentidos que vendrán, por un lado, de aquellos significantes puestos por el “grupo” que la crea, la milita y la sostiene en su objetivo político. Por el otro, tendremos los múltiples significados que desde el “afuera”, es decir, quienes no pertenecen a aquel grupo, pueden ubicar.

De esta forma, las banderas como cualquier otro signo iconográfico utilizado para la identificación y la configuración de pertenencias, se convierten en un territorio político cuyo sentido se construye históricamente y que, como toda acción de poder, implica la delimitación de un nosotr*s frente a un*s “otr*s” que permanecen por fuera de aquella identificación. Relativizamos aquí este “otr*” dado que será representativo tanto del afuera de un grupo de pertenencia por encarnar una subjetividad diferente pero sincrética con quienes constituyen determinado grupo; pero también, debido a que la otredad se constituye ontológicamente como aquel ser que queda por fuera de las condiciones de posibilidad de la representatividad en el juego de poder por los dispositivos de reconocimiento.

Tal trazado de estas “fronteras”, puede implicar una convivencia pacífica, simbiótica o incluso, con el devenir histórico, imbricada como sucede con la lucha del colectivo LGTTIBQ+, los feminismos interseccionales antirracistas, anticapacitistas y antiburgueses.

No obstante, tal frontera también será, como dimos a entender antes, aquello que trace el límite entre lo inteligible y vivible, y aquellas vidas “menos” inteligibles, cuyos cuerpos y subjetividades constituyen los márgenes creados por la distribución desigual de dispositivos de apoyo para la vida.

En ese sentido lo sucedido el último 28 de junio, Día Internacional del Orgullo LGTTBIQ+ en diferentes municipios del país cuando diferentes grupos identificados como ex combatientes de Malvinas intentaron bajar la bandera de la diversidad del mástil oficial en ciudades como Córdoba, Rosario o Mar del Plata, nos disparó una serie de reflexiones en torno a las disputas de sentidos de este acto, las formas de intervención en el espacio público, la triangulación patria-masculinidad(es)-ex combatientes y la matriz excluyente que esto puede crear, y la necesidad de evitar caer en esencialismos/universalismos a la hora de analizar lo sucedido.

Masculinidades hegemónicas. Patria viene de Padre, Padre viene de sacerdote

Resulta necesario, entonces, pensar cómo la proyección de una masculinidad hegemónica de estilo tradicional intersectada en los cuerpos de los ex combatientes junto al dispositivo de la patria, resulta en una configuración identitaria de “veterano” hegemónicamente masculinizada.

No debemos creer, por esto, que tod*s l*s ex combatientes pueden ser pensad*s de la misma manera. Desde el momento de su reclutamiento en 1982 hasta el día de hoy, 38 años después, conforman un colectivo variopinto y plural que, no obstante, ha estado atravesado por el dispositivo de la masculinidad hegemónica que, como cualquier tecnología del género, es dinámica y sus formas de manifestarse han variado a lo largo del tiempo. Pero aún continúa siendo un instrumento de sujeción y subjetivación a partir del cariz que toma cuando lo contextualizamos.

Por eso, no podemos concluir de manera generalizada que esta masculinidad atraviesa todo este universo por igual. Lo que podemos observar, es que entre sus diversas manifestaciones, en una parte persiste una identificación conectada con las concepciones más tradicionales, militarizadas y atravesadas por una suerte de “deber ser” inmaculado y religioso, como defensores de aquel discurso patriótico hegemónico, lineal y casi naturalizado.

Un dispositivo que ha anclado tanto que resulta imposible una mirada crítica del mismo como resultado de un devenir histórico atravesado por diversas matrices: sexo-genéricas, racializadas, capacitistas, capitalista/neoliberal, etc.

De manera que el mero atisbo de perturbación y disputa a aquel discurso será motivo de reacción, como sucedió aquel 28 de junio.

La referencia a ex combatientes de la guerra de Malvinas nos retrotrae a al menos tres significaciones posibles: al héroe asociado a la figura de veteranos de guerra, otra vincula a aquell*s jóvenes forzados a la guerra víctimas de la dictadura cívico- militar, y una tercera figura invisibilizada aún, que es la de mujeres, identidades feminizadas y personas del colectivo LGTTBIQ+, ex combatientes pertenecientes a los pueblos originarios, que fueron parte de los sucesos y aún no sobresalen en las estadísticas ni historias oficiales.

Lo que nos interesa remarcar aquí, es la existencia de un arraigo sólido y cristalizado en parte de los ex combatientes de su construcción identitaria como “héroes y/o defensores de la patria”, ubicándose en un lugar sacralizado (y peligroso) en tanto, como se vió, les permite auto envestirse del “derecho” a accionar en defensa de algo tan abstracto y subjetivo como es la patria.

Este estereotipo de varón parece retrotraernos a la famosa triada conservadora “dios-patria-familia”, aunque en este caso concreto “la patria” parecería funcionar como último bastión al cual recurrir, siendo que en el fondo sustenta en sí mismo a los otros dos ejes. Actualmente algunos discursos ya no hacen sentido en las subjetividades colectivas como antaño. Por ejemplo  apelar a la figura de “dios” y a la religión como principal sostén de una argumentación puede conllevar fácilmente acusaciones de poco científico y moderno; y por otro lado, la familia tradicional heterosexual parece no tener tanto peso en una sociedad donde el divorcio y la posibilidad de familias diversas es ampliamente aceptada.

En este sentido, es interesante como el sociólogo e investigador José Manuel Morán Faúndes (2018) propone caracterizar  estos activismos como “heteropatriarcales” ya que en el fondo, sus discursos y acciones van orientados a sostener las bases de un sistema normativo heterosexual y patriarcal, centrado en la familia tradicional nuclear, base de reproducción que ha posible el sistema capitalista en el cual estamos inmersxs.

Estas reflexiones nos lleva a preguntarnos ¿qué sucede cuándo ven ondear por unos pocos días la bandera del orgullo LGBTTIQ+ en el mástil donde ondeaba la bandera celeste y blanca? ¿Qué retórica de sentidos se ponen a prueba? ¿Qué derechos y disputas por la enunciación están teniendo lugar?

De espacios y estéticas

¿Quién puede estar y habitar la calle, el espacio de lo público? ¿Qué vidas son posibles, y sobre todo vivibles allí? ¿Qué estéticas hoy se encuentran social y culturalmente legitimadas en la calle? ¿Quiénes  ejercen y se auto-arrogan el derecho a habitar la ciudad? Estas son algunas preguntas -no de fácil respuestas- que permean el debate acerca de lo ocurrido el 28 de junio.

Si nos ponemos a escarbar, no podemos dejar de observar la punzante incidencia de las tecnologías de sujeción de las identidades y, en paralelo, los mecanismos de disciplinamiento explayándose más allá de los cuerpos para “volver a poner todo en su lugar”.

Como fue ya señalado, un grupo de personas, protagonizado por varones, adultos, blancos, de clase media,  se presentaron en el espacio público el 28 de junio contra el izamiento de la bandera del Orgullo. Estos varones intentaron erigirse como propietarios del espacio de lo común, el espacio compartido y de tod*s que representa la calle y el espacio público.

Bajo la concepción de poseer el monopolio de la acción violenta por encarnar identidades de ex combatientes de cariz militarizado, la utilización de la misma podía ser desplegada al “estar en peligro su propiedad”. De este modo no solo apelan la restricción de libertades concretas en el espacio público a partir de métodos intimidatorios como la observación amedrentadora que puede hacer sentir vergüenza, culpa, miedo, sino ahora al terror ante la posibilidad de la utilización de su potencia física corporal para la disputa de sentidos simbólicos y material concretos.

Y apelando, nada menos, que a la coercitividad de la ley. Instrumento aleccionador y clasificatorio por excelencia en el marco de las sociedades disciplinantes y de control (Foucault y Deleuze) que llevaron a la materialidad, entre otros dispositivos, el discurso psiquiátrico-jurídico delimitante que se impuso sobre los cuerpos negros, trans, travestis, gays, lesbianas, bisexuales, intersexuales, etc.

La misma ley que dentro de la episteme de la modernidad, instituye las condiciones de posibilidad de reconocimiento e inteligibilidad para poder ser parte de la distribución equitativa de los dispositivos que sirven de apoyo para la vida.

Estamos contemplando, entonces, qué modos de vida, reconocibles y encarnados en ciertos cuerpos y estéticas, son hoy legítimamente posibles en el espacio comunitario tras el disciplinamiento devenido ante el quebrantamiento de la heteronorma y el patriotismo que son estandartes de ciertas subjetividades militarizadas, acostumbradas a la normalización y la coerción correctiva. Y, por lo tanto, autodesignad*s para la “protección” y proyección de aquella estructura ordenando no sólo el espacio público y sus materialidades, como es una bandera sino, sobre todo, a los cuerpos que lo circulan y lo habitan. Establecer cómo deben ser y cómo deben relacionarse entre sí; un disciplinamiento de las corporalidades, de los gestos, las acciones, del contacto humano.

Debate que se vuelve absolutamente tangible en momentos de pandemia y cuarentena: qué ocurre con los cuerpos, los vínculos y las relaciones humanas, el territorio que habitamos, cuáles son las normativas y costumbres -que aunque siempre en constante movimiento- hoy más que nunca necesitan ser repensadas, los proyectos y los devenires vitales singulares, las vidas vivibles y sobre todo, las deseadas.

Ahora bien, qué representan las estéticas, los colores, los cuerpos en la disputa de sentidos que nos trae lo acontecido el 28 de Junio. Por un lado, es importante resaltar la impronta estética de estos varones conservadores que fueron protagonistas -más allá de la existencia de algunas mujeres- portadores de vestimentas grises, negras, oscuras, monocromáticas, portando banderas argentinas, y con expresiones de enojo en su rostro, que contrasta fuertemente con el espíritu festivo que suelen conllevar las marchas del orgullo con su carácter multicolor, carnavalero, de ropas floridas, brillos, escotes, cuerpos semidesnudos, expresiones y gestos de alegría, placer, goce. Una  multiplicidad de estéticas se hacen posibles en la diversidad de cuerpos que presenta la escena.

Según la politóloga e investigadora Luciana Bertolaccini (2019) podemos distinguir distintas estéticas de la protesta social en las calles especialmente luego del estallido y masividad del movimiento feminista a partir de la primera marcha “Ni Una Menos” en el año 2015. Estas estéticas no siguen un orden de aparición lineal sino se encuentran entretejidas en un tiempo hojaldrado, emergiendo según los ritmos de los acontecimientos sociales y políticos y las necesidades de la protesta social del movimiento feminista.

En un primer momento, señala la autora, es muy fácilmente reconocible en las calles una “estética de luto” que tiene como eje las denuncias por violencia de género, y su extremo más cruel como los femicidios, travesticios, transfemicidios y todos los crímenes de odio por razones de géneros. Más adelante aparece muy presente en las luchas feministas consignas ligadas a “nos mueve el deseo” y “no estamos de luto, estamos de lucha”, en donde se coloca el foco estético en la vida deseada y vivible aquí y ahora. Por último, especialmente presente y palpable en las manifestaciones y vísperas del año 2018 en torno a la despenalización y legalización del aborto, nos topamos con una estética ligada fuertemente “al derecho a la fiesta”, el derecho al placer con reivindicaciones en torno al “cuerpo como territorio”. Aunque en las marchas del orgullo, muy anteriores a los Ni Una Menos, están presentes y hay una conjunción de todas estas reivindicaciones, el derecho a la fiesta y el cuerpo como territorio de goce es eje central. Es justamente ello lo que vienen a contrarrestar estos varones obedientes de la norma castradora/castrense.

El enemigo externo e interno: La (pan)xenofobia y la (pan)desigualdad

El contexto de pandemia ha venido a agravar los discursos de tinte segregacionista que en el último tiempo han (re)ascendido en la escena pública. La rueda capitalista/neoliberal se ha caracterizado históricamente por el señalamiento de “chivos expiatorios” sobre los cuales proyectar la culpabilidad de la crisis.

De esta manera, el odio se impregna y contagia a nivel social hasta llegar a ocupar los más altos cargos políticos encarnado en los cuerpos y discursos de funcionarios estatales “contra un enemigo externo invisible” al que se debe combatir. Siendo este “enemigo” anclado en la comparación constante entre los países del norte global frente al sur global y los que incluso son parte de los márgenes de la política internacional.

Por otro lado, no solo la pandemia dejó entrever supuestos enemigos externos, sino también internos. Hay vidas que importan más que otras y el Covid lo volvió evidente. Como se afirma desde diferentes organizaciones sociales y políticas que luchan por la justicia social, la pandemia vino a dejar al descubierto las grandes desigualdades existentes.

Entre otras, la precariedad de las vidas de la población LGTTBIQ+ y sobre todo de la población travesti-trans cuyo promedio de vida oscila entre los 35-40 años muestra la desidia estatal en garantizar los derechos humanos básicos, la imposibilidad más allá de todas las energías desplegadas por parte de las organizaciones sociales -muchas de ellas autogestivas y con escaso acceso a recursos económicos- a transformar desigualdades estructurales, y los altos umbrales de horror que estamos dispuestos a soportar como sociedad.

Al mismo tiempo es importante reconocer que la Ley de Matrimonio Igualitario sancionada en el año 2010 y la Ley de Identidad de Género en el 2012 dejó a nuestro país entre los Estados más avanzados en materia de derechos para la comunidad LGTTBIQ+. Estos derechos imprescindibles marcan un piso de compromisos políticos y sociales, y son meya para que  a lo largo de esta última década no dejaran de sembrarse debates ganando legitimidad y apoyo social las reivindicaciones de los colectivos disidentes.

Es gracias a las luchas y disputas por los sentidos que la comunidad LGTTBIQ+ logró correr umbrales de posibilidades. Actualmente, pese a encontramos en plena pandemia, al mismo tiempo estamos frente a un contexto prometedor, con la creciente creación del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y con  Alba Rueda como subsecretaría de Políticas de Diversidad. Por otro lado el cupo laboral travesti- trans ya es un hecho en muchas provincias y municipios del país e incluso en universidades como la Universidad Nacional de Rosario -aunque su cumplimiento aún deja mucho que desear- y desde fines del mes de junio de este año la Cámara de Diputad*s de la Nación se encuentra debatiendo proyectos legislativos de inclusión laboral y ampliación de derechos para personas travestis y trans.

Reflexiones finales

La bandera, como materialidad visible que invoca una identificación colectiva compartida, en su arrogancia de poder definir amig*s- enemig*s, se encuentra muy presente como recurso iconográfico en nuestra idiosincrasia social, no solo como símbolo patriótico y nacionalista, sino también como recurso estético al cual apelan los equipos e hinchadas de futbol, seguidores de bandas musicales -sobre todo del rock nacional-, símbolo de la protesta social en cuanto indican la pertenencia política-ideológica por ejemplo de quienes están detrás de ella en una marcha.

¿Pero por qué un grupo puede no sentirse identificado con la bandera multicolor? Creemos, que más allá de los significados de la bandera en sí misma, ello reside en los significados adosados a la misma en la disputa de poder por el derecho a aparecer y ocupar el espacio público, disputando la hetero-cisnorma.

Mientras se acciona inmediatamente de manera disciplinar para bajar la bandera del orgullo, que carga consigo los significados del espíritu, la armonía, el arte, la naturaleza, la luz del sol, la curación, la vida y, por supuesto, la sexualidad, matriz de sujeción y significación de nuestra existencia en sociedad. Nada se dice, o se reflexiona sobre la bandera celeste y blanca que ha servido de estandarte para borrar las vidas de la población argentina negra de nuestra historia, e incluso hoy arremete contra las identidades marrones y diversas de nuestra sociedad.

Tampoco nada se dice de que, detrás de esa bandera, han sido perseguidas las compañeras travestis en la última dictadura, y que hoy siguen siendo hostigadas por la violencia policial e institucional. Nada se dice de cómo la bandera celeste blanca, no porque aquellos colores signifique eso, sino porque aquellos son los significados de la retórica de nuestra historia, ha servido como instrumento para la dominación y el reparto inequitativo del poder, quién sabrá más de esto que la población originaria víctima del genocidio en el siglo XIX y corrida incluso al día de hoy.

Pero, claro está, tampoco seremos ingenuas de desconocer la enorme potencia de los colores celeste y blanco, que en muchas ocasiones se ve representada y reflejada en una multiplicación de lazos de  solidaridad y afecto, que no duda en ondear junto a la bandera multicolor. Tal vez es un gesto más que noble correrse -al menos por unos días- del lugar hegemónico y central, el más alto y visible del espacio público, luego de haber ocupado ese sitio ininterrumpidamente -aunque con disputas y resistencias- por más de dos siglos.

Reivindicando que el derecho a habitar el espacio público es de tod*s, contra aquella matriz de distinción de ciertos cuerpos como legibles y otros no, contra aquella lectura histórica del pasado reciente que sustenta una lógica binaria del mundo a favor del status quo, es contra el cual hoy nos enojamos y revelamos, para poder existir.

No se trata de seguir defendiendo lo que creemos significa la bandera celeste y blanca, sino de ampliar, criticar y desarmar sus significados históricos para proyectar nuevas condiciones de posibilidad de esta bandera como significante afectivo y fraterno, desterrando el cariz disciplinador de la que se le ha investido.

 

*Florencia Di Giorgio es Licenciada en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Maestranda en Estudios y Políticas de Género de la Universidad de Tres de Febrero, Investigadora en el Laboratorio de Políticas Públicas sobre la Cuestión Malvinas (FCJyS-UNLP) y del Centro de Estudios en Género(s) y Relaciones Internacionales, dentro del Instituto de Relaciones Internacionales de la UNLP.

* Silvina D’Arrigo es Licenciada en Relaciones Internacionales y Doctoranda en Ciencia Política por la UNR, estudiante de la Especialización en Gestión Cultural de la UNR, Investigadora sobre Activismos Sociales, Arte y Política, integrante del Centro de Estudios en Género(s) y Relaciones Internacionales dentro del Instituto de Relaciones Internacionales de la UNLP.

 

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