A 145 años de la revolución de las mujeres de Timbúes, un documento para rescatar del olvido y la despolitización a quienes hicieron historia: la María, la Petisa y la Sardeña 

Carina Trivisonno ​y Ricardo Celaya / Ilustración: Gabriel Keppl

“Furias salidas del infierno”, las llamaron los periódicos de la época a las mujeres que en 1875 organizaron la resistencia al traslado de la Colonia Jesús María (Timbúes). La curiosa locución responde a una mixtura de la tradición clásica con el cristianismo. Las “furias” no fueron otras para los antiguos romanos que las “erinnias” de los griegos: esas horrendas criaturas femeninas, con serpientes en sus cabelleras, alas de murciélagos y ojos ensangrentados, vengativas por excelencia y aficionadas a las torturas. El “infierno” ha sido descrito en detalle por las teologías cristianas. Dante, en “La divina comedia”, alude a las “furias” que esperan en la puerta del sexto círculo inferior del “infierno”. Tanto el “Fausto” de Goethe como “Las moscas” de Sartre ponen en primer plano a estas féminas. “Furia” y “furor” guardan una estrecha relación en su significado. Los positivistas del siglo XIX hablaron de “furor uterino” para describir los padecimientos de la “mujer histérica”, una de las sexualidades periféricas a la que le asignaron categoría patológica.

Cada vez que las mujeres osaron traspasar el umbral de la esfera de lo doméstico, reino que “naturalmente” debían gobernar, a la arena de lo público, las voces dominantes consiguieron nombrarlas potentemente con expresiones que les otorgaban el estatus de ridículas o peligrosas. Es en el lenguaje donde radican todas las premisas, los preconceptos, los racismos y desigualdades solapados. Desde Mary Wellstoncraf (la filósofa inglesa que en el siglo XVIII pugnaba por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres) quien fue apodada “la hiena con faldas”, pasando por las sufragistas tildadas de “estúpidas, feas y solteronas” hasta llegar a “las locas de la plaza” (en nuestra historia reciente) y las “feminazis”, “aborteras”, “asesinas” e “incogibles” de nuestros días, el patriarcado ha sabido desde siempre cómo estigmatizar a las mujeres.

Fueron la María, la Petisa y la Sardeña las cabecillas de esta revuelta, rebelión o revolución, las que, comandando a unas 80 o 100 mujeres, establecieron la delimitación definitiva de la Colonia Jesús María. Fueron estas “furias” las que marcharon hacia el pueblo que estaban construyendo los miembros del Cuerpo Municipal, al sur de donde se hallaba la capilla realizada por el empresario Cullen al fundarse el poblado en 1870, destruyendo todo lo que existía del pueblo y provocando un conflicto armado.

Si revisamos los materiales bibliográficos producidos sobre la historia del pueblo de Timbúes, vemos que son escasos. Apenas nos encontramos con el libro “Nuestro pueblo, su historia”, escrito por los investigadores Carlos Marc y César Mansilla en 1974, cuya fuente principal es el “Anuario Departamental” de 1933. Este libro se constituye en única historiografía oficial y desde su publicación no se vuelve a escribir sobre el pueblo. En cuanto al emplazamiento definitivo de la colonia Marc y Mansilla señalan que, desde 1874 a 1891 Jesús María adquirió la categoría de Municipalidad, la cual era una declaratoria más en papel que en la realidad, dado que resultaba difícil sostener en una población con escasos recursos materiales y en plena lucha por la subsistencia, la complejidad de un gobierno municipal. Todavía no estaba resuelto el lugar geográfico que ocuparía el distrito urbano, cuya definición dentro de la colonia provocaba tensiones y disidencias entre los pobladores asentados.

El señor Valentín Bergamino, con fecha 16 de mayo de 1875, dona una fracción de terreno con destino a una plaza, a la que se da el nombre de “25 de Mayo”, lotea los terrenos circundantes, mueve sus influencias con el objeto de fijar el asiento de la población en los terrenos de su pertenencia. Temerosos los pobladores varones de que el traslado de los edificios comunales y representativos al lugar donde proyectaba hacerlo el señor Bergamino, afectara sus intereses, inician conversaciones entre ellos buscando una solución al problema. Por otro lado, ya existía un sector del distrito poblado desde el año 1869-70, por donde pasaba el camino real, hoy Ruta No11 que contaba con una capilla, la plaza del Carmen, casas de pobladores, oficinas públicas en construcción, incluyendo el proyecto de una estación de trenes. Esa población se vería afectada ante a la posibilidad de traslado de los servicios que ya disponía. Sin embargo, los partidarios del señor Bergamino, con apoyo de las autoridades, deciden trasladar el asiento de la Municipalidad, y por ende el del pueblo, a la vecindad de la Plaza “25 de Mayo”. El enfrentamiento, finalmente, se produjo cuando decidieron hacer efectivo el traslado de la municipalidad.

Fue en el posicionamiento frente al conflicto donde se jugó la cuestión del género: los hombres, quizás sorprendidos, quizás indiferentes, no parecieron oponerse al proyecto; pero el 27 de octubre por la mañana las mujeres se agolparon en la plaza del Carmen y marcharon con los más variados instrumentos agrícolas sobre el “pueblo nuevo”, distante a tres kilómetros. Tres carros cargados entre 80 y 100 mujeres, manejados por ellas con la consigna “¡Abajo la municipalidad! ¡Abajo!” arribaron a la naciente plaza a las 11 de la mañana, y luego de pronunciar discursos, se dividieron en grupos, sacaron todos los árboles recientemente colocados, quemaron una pirámide de madera, arrancando la inscripción que se hallaba en lienzo, llevándoselas en señal de triunfo. En menos de una hora, aquel proyecto de pueblo estaba “todo borrado”.

Fue una revolución “picante”, además, a saber por una de las armas que las “furias salidas del infierno” usaban: la pimienta, que tiraban a todo aquel que se atrevía a hacerles frente. Fue una revolución potente, a saber, por las medidas represivas que tomaron los hombres luego de una serie de acciones y escaramuzas: fuerzas policiales marchando desde San Lorenzo y mujeres presas. Cuando las protestas de los colonos se incrementaron y los incidentes alcanzaron mayor magnitud el 1o de noviembre, fue necesario pedir la intervención del Jefe Político de Rosario, Don Manuel Medina, autoridad máxima requerida en situaciones de extrema gravedad.

La María, la Petisa y la Sardeña junto a una más, cuyo nombre desconocemos, fueron llevadas a caballo a Rosario para comparecer ante el jefe de policía de esa ciudad, no habiendo documentación en la actualidad sobre el trato que recibieron. Estos disturbios demoraron cerca de diez años la delimitación oficial del distrito y reflejan las tensiones, conflictos y las relaciones de poder en la pampa húmeda, territorio con proyectos en pugna.

La “revolución furiosa” es narrada por Marc y Mansilla como un hecho pintoresco y anecdótico, conforme a la visión dominante de la historia donde han sido siempre los varones quienes se han organizado y han tomado decisiones, mientras las mujeres, en los mejores casos, los acompañaban. Como resultado de esta operación nos queda el borramiento de las mujeres, su total despolitización. A la condición subalterna de las mujeres en la historia, tanto por su situación de subordinación legal, económica y social, asistimos a su invisibilidad en los relatos.

Hoy, casi ciento cincuenta años después, analizar este hecho histórico en las nacientes colonias santafesinas de finales del siglo XIX a través de la lupa de la perspectiva de género, resulta, como señala Walter Benjamin, “escribir la historia a contrapelo”; esta vez en la voz de las vencidas. Se trata de entender a la “revolución furiosa” no como hecho aislado, sino inscripto en el contexto histórico de la mitad del siglo XIX que, como señala Dora Barrancos en su libro “Mujeres en la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos” (2007), es una época en que el patriarcado encontró un marco jurídico que logró compeler a las mujeres al espacio doméstico y a la lógica de la maternidad, y, al mismo tiempo, les permitió acceder al terreno de la educación como educadoras, como Juana Manso, notable figura, maestra y feminista. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX se darán las primeras acciones de movimientos feministas y prolibertarios, socialistas, anarquistas y sindicalistas. Seguramente, ni la María, ni la Petisa, ni la Sardeña, ninguna de las “furias salidas del infierno” pudieron en esos años reconocerse como feministas. La politización que conlleva su accionar no fue consciente. No se llaman a sí mismas feministas, pero el feminismo se traduce en su acción política. Es un feminismo de la praxis y no del discurso, es otra forma de participación y de expresión en el territorio comúnmente ocupado por los varones. Una práctica absolutamente disruptiva en la conformación territorial de la pampa húmeda.

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