Ya está la media sanción en Diputados. Se espera que antes de fin de año el Senado trate el proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo que obtuvo 131 votos a favor en la Cámara Baja. La marea verde otra vez le puso el cuerpo a la calle en una nueva vigilia histórica. Todo lo que puede un cuerpo colectivo. 

Foto principal: Josefina Baridón

Son las dos de la tarde. Jueves, 10 de diciembre. Día Internacional de los Derechos Humanos, una fecha histórica para debatir una deuda de la democracia que también es histórica: la legalización y despenalización del aborto. “A mí me emociona, nunca pensé que en un día como este que tiene para mí una connotación muy fuerte porque tiene que ver con las des apariciones, con los exilios, las apropiaciones de bebés,  hoy se discuta el aborto legal. Entra perfectamente en el marco de los derechos humanos que nosotras siempre exigimos. Es muy emocionante”, dice Mabel Gabarra mientras sigue de cerca las exposiciones en el Congreso, a la sombra, sentada en una reposera, intentando escapar del calor.

Esa genealogía de lucha, de pañuelos blancos y verdes, de resistencias anudadas en el tiempo, de ancestras futuras, de madres, abuelas, nietas, hijas, parecen reencontrarse una vez más. Es la historia reescribiéndose, la trama tejiendo todo lo que duele y todo lo que sana.

Hace pocas horas comenzó la vigilia en la plaza San Martín. Se espera otra jornada -tan distinta y tan igual a la del 2018 – larga, intensa, agobiante, expectante.

Hay carpas montadas, ferias, algo de música y un corazón verde latiendo fuerte en el centro de la plaza. En un rincón, desde la pantalla gigante se escucha y se ve lo que sucede en la Cámara Baja, a 300 kilómetros de distancia. En la calle y en las plazas el termómetro marca una temperatura que es puro fuego. Hay rabia contenida por lo que significó el voto negativo de un puñado de senadores percha en el 2018. Y hay emoción porque esta vez se palpita el sí. Quizá sea esa furiosa necesidad que tenemos de creer en algo, de que algo nos salga bien en este año pandémico y trágico. Quizá es que ya no damos más: que cargamos demasiadas muertes en nuestra memoria feminista. Que las cifras nos llenan de tallos de perejiles y agujas de tejer en nuestros úteros, de perchas, de camillas insalubres. De muertas y muertes evitables. De nombres que no olvidamos. “Es por Ana María Acevedo” dirá, fundida en llanto, Liliana Leyes, militante feminista de ATE Rosario luego de que 131 diputadxs votaran a favor de una ley tan luchada, tan necesaria.

Foto: María Cruz Ciarniello (Rosario)

Quizá es que ya resulta intolerable seguir escuchando a curas hablar en nombre de las mujeres pobres; que resulta insoportable que diputadxs legislen en función de credos y morales o argumenten en base a falacias. “Entregan cajas de pastillas anticonceptivas vencidas”. “Las mujeres pobres no abortan”. “Quien justifica el aborto, justifica la pena de muerte” se llegó a escuchar en el recinto. También se atrevieron a comparar al aborto con un genocidio como lo hizo la legisladora tucumana Beatriz Ávila, o con un tumor como fue el caso del diputado santafesino Luis Contigiani. Indigna, sí, escuchar mentiras esbozadas como si fuesen verdades irrefutables: «resulta revelador lo que puede hacer el fenómeno» que “se mueve, agita el brazo, la cabeza, toma líquido amniótico y hace pis” hasta se animó a decir la diputada, también santafesina, Vanesa Massetani. Para el legislador del PRO Federico Angelini ni siquiera importa la vida de las mujeres y personas gestantes que quieren, que desean, que necesitan, interrumpir un embarazo no planificado. «Acá estamos, en vez de estar ocupándonos de los temas prioritarios para los argentinos, debatiendo un tema que es prioritario para unos pocos».

Lo cierto es que el debate legislativo pareciera agotarse porque ya la calle, porque ya un enorme sector de la sociedad hace tiempo legitimó el aborto. La práctica existe desde épocas remotas aunque el silencio y la ilegalidad que promueve el Estado, haya operado para configurarlo como un tabú, o como un delito. Mujeres y personas gestantes que no desean maternar abortan, como sea. La clandestinidad pone en riesgo la vida de ese cuerpo gestante que es además y sobretodo, un cuerpo deseante. La creación de redes socorristas y de profesionales comprometidos con el acceso a una salud integral posibilitaron reducir las muertes por abortos sépticos y acompañar esa experiencia de manera más amorosa, amigable, colectiva. Ha sido, y sigue siendo, un trabajo militante e intenso. Esa tarea no cumplida por un Estado que evade su responsabilidad, es la que han suplido de manera autogestiva, las socorristas en todo el país con sus consejerías, manuales para el uso de misoprostol, relevamientos a nivel nacional y líneas de acompañamiento e información. También las redes de profesionales que en aquellos efectores públicos garantizan el acceso a una interrupción contemplada desde 1921 en la legislación argentina. Sin obstáculos, sin mediaciones, sin comités de bioética decidiendo sobre el cuerpo y la vida de esa mujer.

Foto: Josefina Baridón

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De un lado -el de los antiderechos o los autodenominados “provida”- los discursos son claramente redundantes. Escuchamos lo peor hace ya dos años cuando hasta osaron comparar cuerpos gestantes con marsupiales.  Nada, a esta altura, puede sorprender. Conocemos la fórmula y contra eso luchamos: saquen sus rosarios y toda su ignorancia de nuestros ovarios. Es urgente, es ahora. Es justicia social, es salud pública.

Del otro lado, del lado verde, del que está a favor de un Estado que amplíe derechos, los argumentos también se repiten aunque se esmeren en refutar teorías conspirativas que ponen al FMI en el centro de la escena, y falsas evidencias científicas. Pero algunas intervenciones siguen y seguirán llenándonos de lágrimas los ojos. Así lo hizo, por ejemplo, la diputada Alicia Aparicio cuando votó por la memoria de su abuela muerta a los 22 años por un aborto clandestino.  «Te lo debía abuela, por vos, por todas las que perdieron su vida y por todas las mamás, abuelas, bis abuelas, tatarabuelas, y así hasta el fin de los tiempos”. Así lo hizo Gabriela Cerruti, en el último discurso de una sesión que culminó al amanecer, recordando a Pino Solanas y su “goooce” memorable dedicado a Gabriela Michetti o cuando señaló, ya con la garganta apretada: «Sepamos que somos las ancestras de las que vienen. Llevamos en nosotras la memoria del futuro. ¿Qué memoria de las pibas queremos ser? Queremos ser la chispa que encienda la antorcha de las pibas que se planten para luchar por más derechos».

Así nos conmovió la imagen de la legisladora Blanca Osuna que desde el hospital donde esta internada por Covid-19, con oxígeno en su nariz y el pañuelo verde en su puño, argumentó: “De ningún modo esto es en contra de la vida, por el contrario, es una apuesta al amor, es una apuesta a la Justicia. Es en contra de la miserabilidad de estar expuestos sin tener herramientas». Así también estremeció el discurso de la legisladora Patricia Mounier trayendo a la memoria a Ana María Acevedo, la joven santafesina a quien le negaron un aborto terapéutico contemplado por ley. Ana María murió porque “ninguna vida” salvó el Comité de Bioética del Hospital Iturraspe. Porque ninguna vida salvan quienes niegan derechos y obstaculizan -además- la implementación de una Ley de Educación Sexual Integral.

Foto: Soledad Francesio (En Congreso)

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Seis de la tarde. El sol parece aplacarse y a esta hora la plaza San Martín desborda. Hay de todo por todas partes: la pantalla transmitiendo lo que ocurre en el Congreso, ferias, agite cultural, música, pañuelazo.

Parece que volvimos a la antigua normalidad, a ese tiempo no tan lejano pero sí distante en el que los cuerpos apretujados hacían su festín en la calle. Había que salir. Esa era la consigna y así lo sentimos. Conjurar un encuentro feminista, esos que se construyen desde los bajos más profundos; desde las raíces más terrenales; desde las calles tantas veces caminadas. Había que salir, aún con pandemia, para que la media sanción sea realidad.  “Creo que esta vez tenemos la ventaja que el proyecto lo envió el Ejecutivo”, dice Mabel, esperanzada de que antes de fin de año el aborto sea ley. Sabe, por su experiencia y militancia, que habrá que seguir peleando aunque tengamos una sanción definitiva en el Senado. Por la efectiva y real implementación y contra la arremetida de grupos antiderechos y objetores de conciencia amparados también por este mismo proyecto que incluye la objeción institucional.

Sabe Mabel que la lucha sigue, que la ley es apenas -y nada menos- que el punto de partida para establecer un piso de derechos. “La aplicación de esta ley va a necesitar de una vigilancia extrema de la sociedad y de un Estado que se haga cargo de obligar a que se cumpla la ley que es no lo que no se hace con la ESI. La ley nos reconoce derechos pero para que sean aplicados hay un largo camino todavía, pero hay muchas jóvenes y eso nos da esperanza”.

Andrea Campos milita en la Ctep y en el Movimiento Evita. Recorre y patea los barrios de Rosario, las ferias de la economía popular. Es parte de la Campaña Nacional. Su bolso lleva como estampa la imagen de Evita. “Donde hay una necesidad nace un derecho”, dice. “Este es nuestro derecho a poder decidir. El aborto existe pero se lo hacen quienes pueden, y las mujeres pobres mueren porque no tienen el mismo acceso adquisitivo. El patriarcado siempre se disfraza de distintas maneras para seguir pisando nuestros derechos. Para mí que sea ley es un gran triunfo de toda esta marea feminista”.

«Yo estoy convencida que va a ser ley. Es justicia social, es ampliación de derechos, es también una gran ampliación lo que significa el Plan de los 1000 días. Se trata de las condiciones para maternar, por lo tanto todas las maternidades deben ser deseadas y habilitantes de lo amoroso, por eso las condiciones para maternar tienen que ver con el proyecto de IVE y con el proyecto de los 1000 días. Este es el momento para que salga la ley. Y luego vamos a tener que acompañar todo lo que signifique la reglamentación de la ley», dirá con seguridad y expectativa la concejala Norma López.

María Luciana Pollola, militante de derechos humanos de Rosario, dice que marzo y diciembre son meses para hacer memoria. Meses marcados por la lucha por los derechos humanos. Y no es casual que en este día 10 el aborto se esté debatiendo en el Congreso. «Tengo la emoción a flor de piel», dice. «Porque es la concreción de uno de los derechos que más necesitamos. Yo escribí algo sobre la libertad, porque siempre intenté educar a mi hija en la libertad. Y creo que este es el derecho más claro, es alcanzar eso, no sentir que estamos haciendo algo que no se debe. Que esto esté pasando es pura emoción.»

En la plaza, acomodando su bicicleta, está la realizadora audiovisual feminista María Langhi. “Que los legisladores estén a la altura de las circunstancias. No le pueden volver a dar la espalda al movimiento de mujeres. ¿Qué mas necesitan para darse cuenta que es un derecho que tenemos para poder decidir? Las mujeres vamos a seguir abortando igual, está en manos de los legisladores que sea legal, seguro y gratuito”, sostiene María y celebra el encuentro en las calles luego de largos meses sin poder hacerlo debido a la pandemia. “Nosotras fuimos muy respetuosas. No es que no hemos sufrido violencias, han matado a un montón de las nuestras y no salimos porque creemos que hay que cuidarnos entre todas, entonces esperamos que nos cuiden realmente y se hagan eco del movimiento que es absolutamente respetuoso de la sociedad”.

Susana Arminchardi es trabajadora social e integra la Red de Profesionales por el Derecho a Decidir. Dice -emocionada como tantas- que este 10 de diciembre no solo es el Día de los Derechos Humanos, sino también el día de todas esas trabajadoras y trabajadores sociales incasables que junto a médicxs de todo el país, garantizan el derecho a decidir. Susana es clara cuando habla de la salud en términos integrales porque así, dice, es como hay que entenderla: “Desde el 2012 implementamos la primer concejería en el hospital Roque Saenz Peña y las mujeres de los sectores públicos abortan y adquieren derechos. Entonces, lo importante es poder ver las causales desde una perspectiva integral, que tiene que ver con la salud social, emotiva. Aquella mujer que tiene un proyecto de vida y por diferentes motivos no puede alcanzarlo porque hay cuestiones sociales que la afectan, puede solicitar una interrupción. El primer recorte que hicimos en la investigación cuando empezamos a trabajar con misoprostol, lo que vimos fue que la principal causal era la social. Que sea ley, entonces, es la posibilidad de que las mujeres puedan tener autonomía, decidir con libertad, eso es importantísimo.”

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Nueve de la noche. Sopla una brisa leve que es magia para una noche calurosa. Hay agite en la plaza. Poemas, tambores, las afrodescendientes haciendo quilombo. Porque eso hacemos, dice Jéssica Gardner. “Quilombo es resistencia. Quilombo es organizarse. Quilombo es encontrarse. El quilombo ya lo estamos haciendo”. Y cuando se refiere a los discursos antiderechos, también señala con contundencia:  ”Son las mismas personas que le dan vuelta la cara a un niñe que se le acerca a una mesa cuando están cenando, son les mismes que nos acusan y que les importa más una pared que nuestras vidas. Y ese mismo discurso biologicista ha oprimido a mis descendientes, a mis ancestres”.

Jéssica, mujer negra, estudiante de psicología, marca el biologicismo de los discursos antiderechos. “Me preocupa porque sé lo que es que venga un niñe al mundo, el deseo que lo tiene que alojar antes de venir, ese discurso que dice que hay vida porque hay una célula reproduciéndose deja de lado todas las herramientas subjetivas y culturales que va a necesitar ese niñe. Y la lucha antirracista tiene para decir algo con respecto a eso: ningún niñe quiere ser negre, tiene referentes negres, no se sienten orgulloses de su negritud. Hay muchas herramientas culturales, históricas, que el Estado no las proveé y la lucha antirracista está empujando para que las infancias, si son afrodescendientes, puedan estar orgulloses”.

Que sea ley, dice Jéssica, “es una conquista más de les oprimides que fuimos las mujeres, las disidencias, creo que también va a liberar las infancias, las adolescencias. Pero a las leyes hay que militarlas, será un paso enorme pero va a ver que militarla para que se cumpla como se deba”.

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“Las perchas al placard. Aborto clandestino nunca más” señala en su exposición, el diputado por el Frente de Todos Leonardo Grosso. Habla de salud pública, pero también del derecho al goce, al placer, a la planificación familiar. La frase sintetiza lo que vibra en las calles. La experiencia de abortar se transita, haya o no haya ley. El marco legislativo posibilitaría avanzar en una concreción de derechos establecidos, regidos y garantizados por un Estado que deberá responder ante cualquier deseo de interrumpir un embarazo hasta la semana 14 de gestación.

En Rosario, las políticas estatales de salud pública han logrado llevar a cero la tasa de mortalidad por abortos sépticos. Los efectores en sus distintos niveles implementan los protocolos vigentes para interrupciones legales del embarazo contempladas desde 1921 en el Código Penal. Pero no ocurre lo mismo en otras geografías, ni siquiera en todo el territorio santafesino donde hay realidades dispares entre el centro-sur y el norte provincial.

Formosa, Tucumán, Santiago del Estero, San Juan y Corrientes no cuentan ni con protocolos ni con guías de atención integral para abortos legales. Tucumán además, es la provincia declarada “provida”, la que encarceló a Belén durante casi tres años por sufrir un aborto espontáneo, la que le negó a Lucía, una niña de 11 años que había sido violada, la interrupción legal de ese embarazo, sometiéndola luego a una cesárea forzada. Contar con un marco legislativo nacional resulta urgente.

825 causas iniciadas por aborto en doce jurisdicciones del país y 37 posibles casos de eventos obstétricos, ocultos bajo la figura de homicidio o abandono de persona, son datos relevados en una investigación del CELS, el Centro Universitario San Martín (CUSAM) y las investigadoras Gloria Orrego-Hoyos, María Lina Carrera y Natalia Saralegui. “La mayoría de las mujeres criminalizadas pertenece a sectores sociales vulnerables: no tiene trabajo remunerado, tiene un bajo nivel de instrucción formal y vive en condiciones habitacionales precarias. Son menores de 30 años y muchas tienen une o más hijes. Entre 2012 y la actualidad registramos 73 casos de criminalización de mujeres por abortos u otros eventos obstétricos en noticias publicadas en medios de todo el país. En estos 73 casos -26 de aborto y 47 eventos obstétricos- la abrumadora mayoría de las mujeres pertenece a sectores sociales vulnerables. En el proceso penal que se llevó adelante contra ellas, la mayoría no accedió a una defensa particular, sino que fueron representadas por la defensa oficial. Este es un aspecto más que da cuenta de la selectividad con que opera la criminalización”, señala la investigación que puede leerse en el sitio web del CELS.

Un dispositivo de castigo opera sobre mujeres criminalizadas, perseguidas y vulneradas en todos sus derechos. “Cuando hablamos de un dispositivo de castigo nos referimos a la red que se establece entre discursos, instituciones estatales como policías y poder judicial, medios de comunicación, instituciones médico-científicas, fuerzas de seguridad, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, posiciones morales, que en conjunto producen efectos de castigo y estigmatización sobre las personas imputadas. Esa red crea una racionalidad, produce formas de subjetividad, se inscribe en los sujetos y orienta sus prácticas”, se remarca en dicha investigación.

Claramente sobre los cuerpos de varones cis no opera ningún dispositivo de castigo. El privilegio patriarcal queda así evidenciado frente a cifras que revelan penas y muertes siempre de mujeres y personas gestantes. Por eso, la intervención del diputado Itaí Hagman fue clave al incorporar esta perspectiva: “Estamos tratando una ley que actualmente penaliza a una mujer que decide interrumpir un embarazo y los varones no aparecemos. Tenemos el privilegio de no tener que decidir si seguimos o no con un embarazo, de someter nuestra salud, del temor a la cárcel, tenemos en definitiva el privilegio de ser más libres a la hora de decidir como y cuando paternar. Entonces tenemos que reconocer que tenemos una deuda”.

El medio feminista LATFEM publicó recientemente un informe periodístico donde revela que 17 niñas y mujeres murieron como consecuencia del aborto inseguro después de que el Senado votara a favor de la clandestinidad del aborto en el 2018. Son datos registrados por los medios de comunicación en los últimos dos años. “Encontramos 17 historias de vida, 17 niñas y mujeres en una zona de riesgo porque el Estado les dio la espalda”. “Zona de riesgo” es la investigación llevada adelante por este equipo periodístico. Allí señalan que en Argentina se realizan aproximadamente 54 abortos por hora, es decir 1.300 por día. Por año se calcula que la cifra oscila entre 370.000 y 520.000.

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Miriam Auyeros fue trabajadora sexual durante muchos años y es la actual dirigente del gremio de AMMAR en Rosario. Está en la plaza, junto a sus compañeras, atándose en su puño el pañuelo verde de la campaña. “necesitamos que las pobres dejen de morir. En nuestra población de trabajadoras sexuales lo vemos muy seguido. Somos nosotras las que terminamos en el pasillo de una casa, en un rancho haciendo un aborto. Cuando una está sola y queda embarazada y decide abortar es porque queremos hacerlo. Somos mujeres y tenemos derecho al goce y a decidir si queremos tener un hijo o no. Nosotras siempre decimos: las malas condiciones y las violencias que sufrimos es por la clandestinidad, lo mismo ocurre con nuestro trabajo. Que sea ley es algo muy emocionante, por todas las chicas que hoy no están acá.”

A pocos metros está Silvia Augsburger, ex diputada, referente histórica e indiscutible de la Campaña Nacional, un pilar fundamental en esta lucha. “Hoy estamos convencidas que se va a aprobar. Y tenemos también esa misma sensación en el Senado. Sabemos que la objeción de conciencia se ha utilizado históricamente para obstaculizar la práctica y sabemos que cuando se sancione la ley vamos a tener que seguir trabajando para que este derecho llegue a cualquier mujer y persona gestante en todo el país. Los antiderechos van a seguir obstruyendo, pero ahora el aborto va a ser legal y entonces va a ser más sencillo que las mujeres rápidamente exigan ese derecho. Al mismo tiempo la ley también va a ser una garantía para los profesionales de salud que atienden a las mujeres porque actualmente tienen que justificar la causal, con esta ley, dentro de la semana 14, no hay que explicar el motivo. Si hoy discutimos el aborto es producto de la militancia de la Campaña desde hace tantísimos años”.

Fue en el año 2003 cuando un grupo enorme de militantes feministas conformaron una Campaña federal y autogestiva en todo el país por el derecho al aborto. La lucha es histórica y conmueve recordar aquellas marchas no tan masivas que en décadas anteriores exigían este derecho casi en soledad. Había que tener coraje y valor para hablar de aborto cuando casi nadie lo hacía.

Ahora hay una marea subiendo con toda su rabia y su fuerza. Miles de pibas, de todas las edades, y no tan pibas también, copando las calles, poniéndole el cuerpo a una nueva vigilia para que sea ley.

Ya son las 7 y 20 de la mañana. Amanece en Rosario y la plaza está expectante, nerviosa, ansiosa. Abrazadas, abrazades, siguiendo lo que pasa en Diputados. Con los puños apretados, las manos transpiradas, el corazón latiendo. El llanto ahí, aprisionado, para soltarlo después de las palabras de Sergio Massa: 131 votos a favor, 117 en contra, 6 abstención.

La media sanción es un hecho. Gritamos. Lloramos. Cantamos: ¡poder popular!  ¡Arriba el feminismo que va a vencer!. Y sí, hoy vencimos.

Será en el Senado, en una posible fecha antes de fin de año, el próximo conjuro feminista. Dicen que el 29 de diciembre en Argentina estaremos celebrando la conquista de un derecho fundamental. Dicen que la votación -esta vez- puede ser favorable aunque siempre sea ajustada. Lo soñamos, o no. No sé. Quiero creer que sí, que esto es un sueño, el más colectivo que pueda sentir hoy, ahora, en este momento en que lloro y me abrazo a tantas compañeras en la plaza, después de más de 20 horas de vigilia. La marea verde ya se prepara para hacer de las calles otra vez, ese espacio poético que todo lo puede.

Vamos por la ley, ahora sí, a vencer hasta un nuevo amanecer.

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