¿Qué es un sistema? ¿Se puede programar el ciberespacio como un territorio democrático?. Si pensamos al patriarcado como sistema, ¿puede nuestro vínculo con los territorios digitales darnos una pista de cómo seguir desmontándolo? 

Ilustración: Sofía Valdes

¿Qué es un sistema? ¿Se puede programar el ciberespacio como un territorio democrático? ¿La brecha de género en el mundo digital es una analogía de lo que nos falta recorrer para alcanzar una mayor equidad en el acceso a recursos materiales y tecnológicos, en las libertades que deseamos para nuestras vidas? ¿Si el software es libre, nosotrxs también?

Según Chicas Programadoras, (un programa de charlas y actividades gratuitas donde se brindan los materiales y la conexión para enseñar a programar y “transmitir el entusiasmo por la informática y su potencial transformador”) el porcentaje de mujeres en las carreras de Ciencias de la Computación y la Licenciatura en Ciencias de la Computación de la UBA, ha disminuido desde los años 70, cuando las matrículas estaban integradas por un 75% de mujeres, a hoy, cuando las mismas representan tan sólo un 11%. La caída de estas cifras se reproduce a escala mundial y, según un estudio de Girls who code, en Estados Unidos el interés en la informática en chicas de entre 6 y 12 años es del 66%, entre los 13 y los 17 de un 33% y el ingreso de mujeres a la facultad en esta orientación apenas alcanza un 4%. 

Eugenia Simich, docente de cuarto año en la carrera de Ciencias de la Computación de la Universidad de Rosario, coincide en que ella misma concluyó su formación siendo la única mujer de su cursada y hoy, desde la docencia cuenta que “es medio un chiste que identificamos al curso por la mujer del grupo”. No es lo mismo, dice Eugenia, el pensamiento que tenía en su época de estudiante, que la retrospectiva desde la que hoy puede mirar su trayectoria, “pienso que pude perseverar porque era buena, me iba bien. Pero me parece que te exigen más si sos mujer, no te dejan ser mediocre como sí los dejan a los varones. Un poco es el estatus con el que se ven a ellos mismos y vos tenés que estar a su nivel”. El ángulo desde el que cambia esa mirada también aplica al modo en que un hecho político se presenta de modo despolitizado.

Algo de lo andado por los feminismos matiza hoy la mirada sobre una carrera donde la única organización de un espacio de género tuvo que ver con las denuncias de acoso a docentes que se esparcieron desde la viralización de la denuncia de Thelma Fardin contra Juan Darthés, como pasó en otras unidades académicas y donde el mercado laboral está integrado mayormente por empresas donde “tu opinión política no importa”. El peso político de esa mirada conlleva un tiempo y, como dice Eugenia, “es un ejercicio darte cuenta cómo te miran distinto”.

Sin acceso no hay revolución digital

La disponibilidad y la demanda de puestos laborales en programación no se condice con el espacio ocupado por mujeres, trans, personas no binaries, racializadxs, integrantes de comunidades originarias, etc. Paula Hauscarriague, de Godoy Cruz, Mendoza aprendió a programar hace poco y sostiene “Chicas en sistemas”, un sitio en Instagram donde comparte conocimientos sobre programación. “No necesitás un título para trabajar de programador. Se me ocurrió la idea del Instagram porque hay poca información, sobre todo para mujeres, son carreras centradas en hombres. En la escuela no te hablan de programas o de tecnología. La idea fue por un lado acercar a que otras personas pudieran conocer de qué se trataba y llevarlo para el lado de las mujeres que sufren algún tipo de violencia, sobre todo la violencia económica, darles una herramienta que puede ser una salida laboral”. Paula es consciente de que el acceso a cursos no sólo puede ser costoso sino intrincado, “si no sabes cómo meterte puede ser muy difícil” y, a la vez, logra simplificar algunos imaginarios que quizás no hacen buena prensa a este tipo de actividades “existe un estigma de pensar que el programador es una persona sola y encapuchada en una habitación, esa idea no es real”. 

En relación a los imaginarios sobre la programación, quizás la forma de desmontarlos tiene que ver con introducirse en ese territorio desde distintos recorridos. Romina Lucero es de Bariloche y es técnica universitaria en química en la UNR y el pasado 21 de diciembre fue una de las 4 mil personas seleccionadas (de aproximadamente 157 mil inscriptos) en el Plan “Argentina Programa” que organizan el Ministerio de Desarrollo Productivo de la Nación a cargo de Matías Kulfas y la Cámara de la Industria Argentina del Software, que rindió y aprobó el examen que certifica su capacitación. Romina cuenta que la selección se realizó “con una perspectiva de género y federal, así que por ser mujer y del interior tuve más chances. El proceso del curso fue bastante autodidacta. Se armó un grupo de whatsapp y sentí que se respiraba una sensación de inclusión, que la gente era muy generosa. Yo estoy acostumbrada a entornos muy competitivos y acá no me pareció eso”. Con el interés de poder aplicar en trabajos freelance “en los que pueda haber una unión entre los conocimientos de química y de ciencias exactas”, Romina cuenta que esta capacitación, como política pública apunta a poder cubrir una creciente demanda laboral del sector.

“Siempre han sido varones los que han hecho estas cosas. Integrar a las mujeres es importante porque tienen otra visión. Hay cosas que los hombres no ven y hay aplicaciones que usamos, como la que una usa para llevar el periodo menstrual, que fueron creadas por un hombre. Hasta en eso tenemos la opinión de un hombre sobre lo que pasa en nuestros cuerpos”.

En un mundo donde predominan los varones cis, blancos, con cierto acceso a la educación y a los recursos materiales, “la transformación digital no está hecha hasta que todes tengamos acceso”, dice Valentina Muñoz Rabanal, programadora chilena de 18 años (que transita este mundo desde los 12), fundadora de la Asociación Mujeres Jóvenes por las Ideas (AMUJI Chile) y que contribuye en la elaboración de la primer política de Inteligencia Artificial de su país. Según Valentina, la brecha de acceso a la tecnología se vio evidenciada, pandemia mediante, porque “en Chile se quedaron fuera el 30% de las clases online. Hay colegios que no tienen recursos, acceso a internet, a un computador. Y hay problemas mayores que tener clases online. Así como no hay muchas mujeres que participen del mundo digital, no hay originarios, racializadas, es una brecha que se replica en las personas con situaciones vulnerables”. Valentina remarca que es un peligro que no estemos en el mundo digital y que tenemos que poder tomar al feminismo digital como otra rama de los feminismos, con sus disidencias e incidencias. En una analogía muy simple, el mundo digital podría pensarse, dice Valentina, como “un pueblito donde los hombres que estén incómodos con cómo se han ido cambiando las cosas pueden armar otro pueblito al lado para estar con sus propias leyes, replicar las cosas que en este pueblo estaban mal vistas. Hay que intentar que ese pueblito que se está construyendo se construya con nosotras y desde cero”. 

Los territorios materiales y virtuales tienen su historia y sus lógicas. Los territorios son, de algún modo, sistemas; o los sistemas pueden pensarse también como territorios. “Un sistema es un conjunto de cosas que trabajan juntas para hacer otra cosa”, dice Paula. “Siempre han sido varones los que han hecho estas cosas. Integrar a las mujeres es importante porque tienen otra visión. Hay cosas que los hombres no ven y hay aplicaciones que usamos, como la que una usa para llevar el periodo menstrual, que fueron creadas por un hombre. Hasta en eso tenemos la opinión de un hombre sobre lo que pasa en nuestros cuerpos”.

Donde nos digan que no pertenecemos, ahí es

Ivana Mondelo es Licenciada en Comunicación y periodista y sostiene el newsletter “siempre cyborg, nunca diosa”, donde comparte noticias, entrevistas y reflexiones sobre la cultura digital con una perspectiva feminista. Ivana coincide con lo que señala Paula en que “un desarrollo no va a ser el mismo si lo hace una mujer o un varón no por una diferencia de conocimiento técnico sino por lo que nos atraviesa. Sucede lo mismo con personas trans, lo que nos atraviesa tiene que ver con nuestra historia, lo que hacemos y nuestra mirada”. Por otro lado, como la mirada feminista se aplica no sólo a lo que queremos hacer en el futuro, sino que barre con los registros de la historia donde nuestra existencia ha sido metida bajo la alfombra, es interesante visibilizar, como propone Ivana “que las mujeres siempre estuvimos vinculadas a la tecnología. Nos cuesta apropiarnos porque fuimos desplazadas. En los años 60 había muchas mujeres trabajando en tecnología, lo que pasó fue que las carreras y trabajos empezaron a ser más rentables y las mujeres fuimos desplazadas”. 

Este desplazamiento se da la mano con los imaginarios que sostienen también, como menciona Ivana, que “la tecnología es algo super difícil que nos va a costar entender y a su vez, como hay pocas mujeres, se genera una situación en la que si vos no tenés referentes mujeres que se dediquen a estos temas, si una chica de 10 años ve que son sólo varones puede pensar que no es un mundo para ella”.

Valentina ya tuvo esos 10 años y a los 12, la rabia que la sigue impulsando, lejos de desanimarla, la llevó a meterse donde no la esperaban. Desde muy joven lo supo: “hay que dejar de pensar que la tecnología por sí sola tiene ciertas ideologías o pensamientos, son les programadores quienes instauran patrones en la tecnología, sólo 1 de cada 11 programadores es mujer, esos sesgos son la brecha de género”.

Una forma de pensar la tecnología de forma crítica tiene que ver con visibilizar no sólo cómo somos parte de su programación, sino cómo la transitamos, qué uso hacemos de ella, con qué conocimientos y qué límites. La pandemia puso en evidencia la diferencia que puede hacer la posibilidad de seguir conectadxs y que la virtualidad no quita la violencia. Como señala Ivana “el acoso y la violencia en redes subieron un montón este año. Las redes son los espacios donde opinamos, debatimos, nos encontramos y estamos muy expuestas. Esa violencia, que es la misma que vivimos en las calles, recrudeció y forma parte de nuestra vida cotidiana. Por eso yo creo que hay que volver a repensar estos espacios para cuestionarlos y habitarlos de otro modo. Tener una mirada crítica de las redes puede significar que decida no estar y eso va a tener consecuencias en mi vida social, o que si elegimos estar, podamos agudizar la mirada y entender cómo funciona”.

Si pensamos al patriarcado como sistema, ¿puede nuestro vínculo con los territorios digitales darnos una pista de cómo seguir desmontándolo? “Yo creo que más que esperar que se reprograme, hay que hackearlo. Siento que hay que hacer cosas más drásticas, hay que hackear al patriarcado, darle un vuelco”, dice Valentina y luego se pregunta si decir “hackear”, hablar en ciertos códigos, no replica a veces un mecanismo de expulsión en el que los tecnicismos dejan fuera a tantos otrxs de la discusión. Entonces, sin eufemismos, traduce la acción: “hackear es introducirte a la fuerza en un sistema que fue creado por otras personas”.

Indudablemente la programación es un lenguaje y nos tensiona la demanda de habitarlo y traducirlo. Según las entrevistadas la programación es un territorio que da lugar a ideas y permite crear  tal vez sin límites. Las referencias no son virtuales, para lxs niñxs que vienen tomamos prestadas las palabras de Valentina: “no puedo decirle a todo el mundo apasiónate como yo, pero sí les diría a las chiquillas que tengan garra, que donde nos digan que no pertenecemos, ahí es, ahí está la lucha. Tenemos que involucrarnos en donde no nos quieren. Es complejo, es duro, pero la lucha es de ser compañeras”. Porque puede que la programación no tenga límites, pero las estrategias y la viralización de los feminismos tampoco.

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