Con su mochila eterna y sus cuadernos llenos de anotaciones, recorría la ciudad construyendo memoria. Su cuerpo muchas veces no lo acompañaba y una calurosa tarde de diciembre hizo lo único que no le podemos perdonar: se fue sin saludar.

José María Budassi, “Cholo” para todo el mundo, fue un dirigente y militante por los Derechos Humanos en el norte de la provincia de Buenos Aires, con su empuje se gestó la Mesa de la Memoria por la Justicia de San Nicolás y se logró alcanzar las instancias judiciales en las diversas causas contra Saint Amant, dueño de la vida y la muerte en la región durante la década del setenta en la última dictadura cívico militar.

Los inicios

Nacidos y criados en Córdoba, a partir del año ’71 los Budassi eligieron el norte bonaerense para su nueva vida, más precisamente la ciudad de San Nicolás. En el ’72 Cholo ingresa al colegio Don Bosco donde comienza a participar en el Movimiento Juvenil Diocesano, con una tarea vinculada a la iglesia y al trabajo social. Desde adolescente comprendió lo necesaria que era la militancia social y en el ’75 se suma a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), espacio con la influencia de personajes de la época como el Monseñor Carlos Ponce de León.

“Cholo es la síntesis de esa generación que con alegría, entusiasmo y entrega tocó el cielo. Creíamos que la sociedad soñada era posible y la haríamos realidad”, señala Anabel Longinotti, una de sus compañeras de militancia en la Mesa de la Memoria.

Budassi llegó a estar un año en Rosario como estudiante de Medicina, viviendo en pensiones y militando en los barrios. Hacia fin del ‘76, cuando ya las condiciones de militancia rosarina eran más que difíciles, decidió volverse al pago, a estudiar y de paso trabajar en la panadería de sus padres. Hasta que llegó la noche negra, la más temida.

El horror

Era un cuatro de mayo de 1977, ya de noche en San Nicolás y con un otoño bien frío. José María solía ir caminando hasta su casa con uno de sus compañeros, para pedirle las llaves de la camioneta a su padre y alcanzarlo hasta su casa. Esa noche desviaron hasta la casa de Pablo Martínez, y en su lugar encontraron a su hermana, un poco extrañada porque Pablo no había regresado. Entonces el Cholo retoma calle Almafuerte para volver a su casa. Pero esa vuelta iba a demorarse muchos años.

“A la altura de Almafuerte y Garibaldi veo un Ford Falcon celeste medio cruzado sobre la calle con el capot levantado como si tuviera un problema y una persona a su lado haciéndome señas para que me acercara y yo, muy inocentemente, me detuve”, recordó el Cholo en la declaración testimonial del primer juicio a Saint Amant. “Me apuntaron con un arma y me hicieron bajar. Primero pensé que me querían llevar la camioneta, pero después me di cuenta de que me querían llevar a mí. Me comenzaron a golpear, y yo me resistí y empecé a gritar. En la esquina está el Bar Pancho e hice tanto escándalo que los parroquianos salieron y vieron el momento en que me subieron al Falcon y me llevaron. Conocieron mi camioneta y me reconocieron a mi e inmediatamente le avisaron a mi familia. Siempre digo que si me hubiese pasado en Rosario hoy posiblemente no estaría acá”, comentó ante el tribunal que juzgaba al genocida por la desaparición de Regina Spotti, entre otros militantes populares.

El espanto ya era parte de su vida y había entrado en ella sin pedir permiso. La primera parada sería en un sitio sin identificar donde lo bajaron del auto, lo desnudaron y le robaron sus pertenencias. La tortura no se hizo esperar y buscaron quebrarlo de las peores maneras posibles. Cholo se detuvo en su relato y reflexionó: “más que información lo que buscaban era destruirnos como personas, obligarnos a traicionarnos a nosotros mismos y a los que nos rodeaban”.

El calvario continuó, teniendo a la desesperación acostada en su misma celda, al escuchar como torturaban a los recién llegados. Eso lo llevó a luchar por su vida como nunca. “De la desesperación me descontrolé, me desaté y me bajé de la cama sacándome las vendas –recordó José María–. Vi que era una pieza vacía con una ventana que tenía un mosquitero viejo. Lo arranqué con las manos, salí por la ventana y comencé a correr. Estaba totalmente desnudo. Golpeé en una casa y salió una mujer, que cuando me vio comenzó a gritar así que seguí corriendo hasta que llegué a la ruta. La crucé y ya las piernas no me daban más. Había un obrador y ahí me tiré. Cuando me doy vuelta me están apuntando con un arma. Con la desesperación no me di cuenta de que me seguían. Yo pensé que en ese momento me mataban”. Pero no, lo subieron a un auto y se lo llevaron a otro lugar.

Ahí fue que empezó a pedir para ir al baño cuando alguien reconoció su voz y lo llamó. “¿Gordo?, ¿Gordo?, ¿Sos vos?”. Era la voz de Regina Spotti, una militante conocida de Cholo a quien habían arrancado de la casa que compartía con su compañero Víctor Almada. Fue ella la que le dijo que estaban en la Brigada de Investigaciones y quien se convirtió en su interlocutora hasta el domingo en que Budassi estuvo en esa celda. “Ella me preguntó por sus hijos y si su compañero estaba vivo”. Al día de hoy, el Cholo fue la única persona que la escuchó con vida por esos días, algo que, en sus palabras, signó su vida.

Legalización y cárceles

El derrotero continuó en otro lugar sin identificar cerca de la fábrica de llantas “Protto”, en la zona norte de San Nicolás. Al permanecer vendados, privados de la visión, los demás sentidos se identificaban y cada sonido era una señal. De uno de esos días, que duraron una semana, el Cholo recordó cuando estuvo en un salón grande, con otros detenidos, unos cinco o seis, donde el jefe de la patota dio una arenga orgullosa, afirmando que “la situación estaba manejada”. El nuevo destino de Budassi y Martínez estaba definido y un nuevo camino iniciaba esa misma noche, aunque aún no lo sabían.

“Después –relató Budassi–, aprendí que ese día se decidía que se hacía con nosotros. A Pablo y a mí nos metieron en los baúles de los autos y del resto no supimos más nada. En un momento nos bajan y nos hacen subir al vehículo. A mí me ponen al volante y a Pablo en el asiento del acompañante. Nos hacen sacar las vendas y nos ponen un reflector muy potente. Nos dicen que tenemos que seguir y que atrás venía otro auto y que no nos mandáramos una macada o íbamos a poner en riesgo nuestra vida. No teníamos ni idea donde estábamos ni que iba a pasar con nosotros”. Un camino de madrugada, un destino incierto, dos amigos enfrentándose a lo desconocido.

“En una curva comienzan a aparecer soldados conscriptos y al final había un control militar. Los del primer vehículo les dicen unas palabras y siguen camino, a nosotros nos hacen frenar a un costado. Estábamos totalmente zaparrastrosos, con ropa que no era nuestra y no nos habíamos bañado en veinte días. El oficial nos interroga y nos pide los documentos, que obviamente no teníamos y cuando hacen abrir el baúl había un arsenal, lleno de armas y panfletos. Eso más que una mala noticia era una buena noticia. Dejábamos la condición de desaparecidos, nuestra familia iba a poder saber dónde estábamos”, rememoró José María. Un giro de la historia, que permitió que el Cholo relatase esto muchos años después en la sala de audiencias.

Más de una semana pasarían en la Comisaría Primera de Junín José María y Pablo, para luego ser trasladados a la Unidad Penal N° 3 de San Nicolás, donde no quedaron a disposición del Ejecutivo, sino del Jefe del Área Militar. En Junín donde aún siguieron detenidos en forma clandestina, en un momento un policía le preguntó desde la puerta de la celda su nombre, y luego agregó, frente a la respuesta de Cholo, “vos sos el que pidió el obispo”. Efectivamente, Ponce de León había intercedido ante las autoridades militares por él y por Pablo Martínez.

A los pocos días de estar en la UP 3 de San Nicolás lo llevaron a una oficina en la parte delantera del penal donde lo aguardaba el Mayor Ricardez, segundo en la cadena de mando en la zona. Lo esperaba con un ejemplar del diario “El Norte” abierto donde se leía claramente el titular “Falleció el Monseñor Ponce de León en un accidente”. Ahí mismo el Cholo supo que la noticia era diferente, al cura lo habían matado.

La estadía duró hasta abril del ’78, cuando lo trasladaron a Devoto, donde le realizaron un Consejo de Guerra, más o menos en la época del mundial de fútbol. “Me condenaron a ocho años por asociación ilícita, esa es la justicia que tuve”. Un mes en La Plata y de ahí un nuevo traslado a uno de los más oscuros penales del país: Sierra Chica.

Con la Comisión de DD.HH. pisándoles los talones, se trasladaron por esos días a todos los presos políticos a La Plata y a la recién estrenada cárcel de Caseros. Budassi fue llevado a La Plata en abril del 79 y no saldrá de allí hasta la navidad del ’82, cuando Bignone le conmuta la pena. Un camino a casa de demoró cinco años y medio.

Foto: Miriam Aguero

La vuelta a casa y la militancia

Eran los inicios de la democracia y los ex detenidos por causas políticas de la zona comenzaron a organizarse en los Grupos de Base de Derechos Humanos. Eran tiempos donde militar daba miedo, pero el Cholo comenzó la construcción desde la lógica del caracol.

“Sobrevivió y dedico su vida con alegría a sembrar memoria buscando cosechar justicia, por sus compañeros a los que el terrorismo de estado hizo desaparecer”, expresa Longinotti.

“El Cholo era construcción constante con ese andar pausado como el caracol, con una paciencia sin medida, con una mirada de las cosas mucho más profunda de lo que podíamos ver los que estábamos a su alrededor” dice Valeria Benítez, abogada y militante de la mesa.

Su trabajo constante devino en la formación de la Mesa de la Memoria por la Justicia, espacio del cual sería el dirigente indiscutido, construyendo y educando desde su lugar, en el cual no pasaba desapercibido. Con la instalación de las políticas de juzgamiento a los genocidas tuvo su momento de revancha ante la historia. Con su trabajo constante logró sentar en el banquillo a los que se creyeron dueños de la vida y la muerte, y acompañado de sus compañeras y compañeros construyó una comunidad comprometida con la memoria.

“Budassi era un dirigente que nunca dejó de pensar como militante. Dueño de una gran disciplina para el estudio y la lectura, de una memoria privilegiada, supo combinar la teoría con la práctica, fundamental a la hora de la construcción política. Las causas revolucionarias latinoamericanas, el peronismo, la historia y los movimientos sindicales y los curas del tercer mundo forjaron su perfil de conductor y armador político. Sumando a esto a una sensibilidad particular, a la cual convino con gestos de periodista y algunos poemas. Si cada cincuenta años nace un poeta, un hombre como Budassi nace cada cien”, afirma Juan Lucas Andrín, periodista y amigo del Cholo.

“pensar en el Cholo, es pensar en mi amigo, mi compañero, mi hermano. Al instante se te llenan de caras y momentos los recuerdos. Era y sigue siendo una expresión de lo colectivo. Yo lo definía como el tejedor sin agujas. Mi compañero de la sonrisa más transparente y de una voluntad inquebrantable

Foto: Arquitectura de la memoria

“Un tejedor sin agujas”

El corazón del Cholo un día dijo basta y se fue sin saludar en diciembre de 2016. La derrota en las elecciones y las políticas macristas lo tenían a maltraer y la amargura se lo fue devorando de a poco.

“Hablar del Cholo hoy es hablar de Memoria, Verdad y Justicia. Pero también es pensar en la vigencia que está teniendo hoy la Mesa de la Memoria con tantas actividades que se tienen, cada vez más considerada y respetada. Eso es gracias a las compañeras y compañeros que componemos la Mesa de la Memoria haciendo honor a ese legado que el Cholo nos dio”, asegura Dardo Jara.

Tal como lo describe Mabel Hernández, su compañera de la Mesa de la Memoria: “pensar en el Cholo, es pensar en mi amigo, mi compañero, mi hermano. Al instante se te llenan de caras y momentos los recuerdos. Era y sigue siendo una expresión de lo colectivo. Yo lo definía como el tejedor sin agujas. Mi compañero de la sonrisa más transparente y de una voluntad inquebrantable. Lo extrañamos cada día, es de los imprescindibles. Su desaparición física fue una de las cosas imperdonables que tiene la vida”.

Hoy en su casa se proyecta un espacio de memoria y sus compañeras y compañeras continúan su trabajo y legado. Su tumba, en el cementerio municipal, tiene una plazoleta que forma parte de las cartografías de acero del Colectivo Arquitectura del Sur, que es un espacio de encuentro y reunión. Porque eso era el Cholo en sí mismo, un refugio y un espacio de encuentro para la memoria.

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