El rol que las mujeres cumplieron durante la guerra de Malvinas fue injustamente invisibilizado por el relato oficial.  Un grupo de 59 aspirantes navales a la escuela de enfermería de la Armada tenían en su gran mayoría solo 15 y 16 años. Después de 30 años algunas pudieron empezar a romper el silencio impuesto y contar su experiencia. Abusos, dolores, secuelas que deja la guerra. La palabra que circula y el reencuentro entre ellas, la clave para narrar otras memorias sobre Malvinas. 

Foto de tapa: imagen del cortometraje Aspirantes de Greteñ Suarez

“649 argentinos murieron en Malvinas y la mayor parte de los sobrevivientes retornaron al país en condiciones de semiclandestinidad, con la orden expresa de no hacer declaraciones a la prensa ni contar a sus familiares lo que habían vivido. Algo similar ocurrió con las enfermeras civiles y militares de las tres fuerzas. Y fue aquel silencio impuesto el que generó uno de los mayores traumas de la posguerra.”

María Elena Otero nació en mayo de 1982, apenas un mes después del inicio del llamado Conflicto del Atlántico Sur. Estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Córdoba y actualmente se encuentra realizando su tesis de Maestria en Partidos Políticos del Centro de Estudios Avanzados de la UNC. La elección del tema que se dedica a investigar desde hace por lo menos cinco años focaliza en esta memoria silenciada de la guerra: en estas voces de mujeres que no han  tenido lugar en el relato oficial. Helen Otero se preguntó más de una vez por el rol que tuvieron durante el conflicto de Malvinas hasta que se encontró con el libro de la escritora Alicia Panero “Mujeres Invisibles”, la piedra basal para profundizar en ese relato tan personal, tan colectivo, tan marcado por el olvido.

Así fue recogiendo testimonios e historias. Estrechó vínculos con mujeres a quienes escuchó no solo en su rol de académica.  “Además del vínculo profesional, se generó un lazo desde la empatía y la escucha para entender, por ejemplo, cómo fue para ellas regresar en penumbras a sus casas y a sus barrios, en 1982. Y cómo pudo ser que nadie les preguntara nada porque, o bien estaban pensando en el Mundial de Fútbol de España, o no querían escuchar hablar de una guerra que se había perdido”.

El trabajo de Helen, que todavía sigue en proceso, focaliza en un determinado grupo de mujeres: las 59 aspirantes a enfermería, muchas menores de edad, que se encontraban en la Base Naval de Puerto Belgrano, al sur de Buenos Aires, la más grande de la Armada Argentina. “Ellas aún no eran profesionales y brindaron todo lo que sabían al servicio de los heridos de guerra”, dice Helen. La particularidad -destaca- es que ellas estaban estudiando y algunas incluso, bajo la tutela de un Estado militar que en vez de cuidarlas las expuso a una guerra con tan solo 15 años.

Una de ella era Patricia Lorenzini. Esa edad tenía cuando ingresó en 1981 a la escuela de Enfermería naval. “En su mayoría, las aspirantes provenían de diversas provincias y manifiestan haber ingresado por cuestiones de “necesidad” en sus familias, no por deseo propio”, explica la investigadora. Su historia, y la de muchas otras mujeres, fue contada por primera vez en un documento imprescindible para visibilizar el rol de las mujeres en Malvinas, el libro que escribe y publica en el 2015 la escritora e historiadora, Alicia Panero. “Ignorar ha sido una forma limpia de borrar existencias. En Argentina el concepto de veteranos solo incluye hombres, no hay conciencia social de la enorme tarea de las enfermeras que 30 años después, por este trabajo y por sus propias luchas, comienzan a hacerse visibles”, declaró Panero en una nota con el periódico santafesino Pausa.

Patricia Lorenzini fue quien pudo, 28 años después,  empezar a denunciar situaciones de abuso que sufrió por parte de uno de los superiores a cargo. Fue a partir del reencuentro con ocho de sus compañeras, en el año 2011, cuando esas memorias silenciadas pudieron empezar, lentamente, a ser narradas, a pesar del miedo y las amenazas. Costó demasiado. Hay huellas que arrasan con los cuerpos.  “Malvinas fue un conflicto del cual se habló mucho pero se omitió más aún. Además de las huellas psicológicas propias de una guerra, hubo otras batallas que las mujeres debieron librar mientras estuvieron dentro de las FFAA: el abuso de poder, físico y psíquico al que sus superiores hombres las sometieron”, señala Otero. “Patricia recupera esas memorias, organiza sus recuerdos y decide visibilizar lo invisibilizado: las tareas realizadas como estudiantes de enfermería menores de edad durante el conflicto y la demanda de reconocimiento de este colectivo como veteranas, la correspondiente pensión vitalicia y el pedido de justicia por los abusos cometidos durante 1981‐1982”.

Este grupo de jóvenes aspirantes tuvieron a cargo la preparación del buque Bahía Paraíso, la atención de heridos y el acompañamiento hasta el alta de todos los sobrevivientes del Crucero Belgrano, en diciembre del 82. “Pies de trinchera”, amputaciones por congelamiento, cuerpos desnutridos y destrozados. De esas heridas se ocuparon siendo apenas adolescentes. Hicieron tareas de sanidad y también de contención. Jamás fueron reconocidas por el Estado Argentino y con ellas hay una enorme deuda pendiente.

La investigación de Otero profundiza en estas historias. Es “una investigación acción”, aclara. Porque no se trata solo de elaborar una tesis de posgrado. El contacto con este grupo de mujeres la llevó por distintos caminos: juntas empezaron a recorrer escuelas y bibliotecas populares para contar sus memorias. Helen realizó una muestra fotográfica itinerante con imágenes pasadas y presentes de los rostros de las mujeres atravesadas por la guerra y el documental “Mujeres y Malvinas: Hablar después del olvido”, que fue proyectado en numerosas oportunidades. Y algo fundamental: lograron un reconocimiento histórico de la Comisión de Derechos Humanos del Parlasur en el 2018. En el 2014 habían tenido otro en el Congreso de la Nación, en el marco del día de la mujer.

Imagen de la muestra fotográfica «Mujeres, memorias y Malvinas» de Helen Otero. Las únicas tres víctimas civiles de la guerra fueron mujeres isleñas

“Para echar luz sobre ellas, las protagonistas de la guerra y sus memorias, nada mejor que escuchar sus propias voces y relatos que siguen abriendo nuevos interrogantes, preguntas y necesidades”, dice Helen. “Incluso ellas tampoco se reconocían como parte de la guerra porque pasaron tantos años sin que nadie les preguntara nada, hasta que cambiaron los contextos de producción discursivos en el país y eso habilitó a que ellas pudieran narrar sus historias. Pero hay muchas que aún no quieren remover esta historia, hay quienes pueden elaborar esa experiencia traumática y otras que no.”

Dora Ruiz fue otra aspirante naval de este grupo de mujeres. Su testimonio es parte de esta memoria que tanto duele.

“Hubo un chico que llegó al hospital desde las islas al que tuvieron que amputarle una pierna producto de las heridas de combate. Acostado en la cama nos decía: ´¿Cómo voy a volver a mi casa sin una pierna?`. Nosotras, para tratar de consolarlo, le decíamos que podía hacer otras cosas, que no se preocupara, que era joven. Entonces le escribe una carta a su mamá diciéndole que había conocido a un compañero en Malvinas y que se había hecho muy amigo y que desafortunadamente había perdido una pierna. En la carta le preguntaba a su mamá si lo podían recibir en su casa, por un tiempo, hasta que él pudiera volver con su familia porque no se animaba a hacerlo en esas condiciones. La mamá le respondió entre otras cosas: ´Hijo, qué bueno que estés bien. Con respecto a tu amigo, no puede venir a casa porque yo no estoy preparada para vivir con un discapacitado. Cuando recibió la carta, ese chico, se fue al baño del hospital, agarró un arma y se pegó un tiro”.

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“No podían mostrar sus emociones, mostrarse débiles. No podían dejar de trabajar. Hubo muchísimas mujeres atravesadas por la guerra: hijas, madres, hermanas, madrinas de guerra, enfermeras, instrumentadoras quirúrgicas, etc. Incluso 3 isleñas, las tres únicas civiles que murieron y que ni siquiera fueron reconocidas por el propio estado británico. Yo siempre digo, Malvinas no es solo haber pisado las islas, es haber estado atravesado por el dolor que causa una guerra”, señala la investigadora cordobesa Helen Otero.

En el portal del Centro Cultural Kirchner se encuentra en línea el cortometraje de Gretel Suarez. “Aspirantes” se produjo en el 2018 en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica. Dura apenas 16 minutos, lo suficiente para hacer foco en sus testimonios, en lo que vivieron en la guerra, en las violencias sufridas, el acoso y las amenazas. En el audiovisual aparece Patricia, junto a sus compañeras: “todo lo que vivimos antes del 83 para nosotras no murió. Hubo un antes de la democracia y hubo un después. Se llamó silencio ese después”, dice ella. “La Armada no puede omitir recibos de sueldo, no puede omitir fotos, no puede omitir esto. ¿Cómo me dice la Armada que yo no estuve si acá estoy?”. Patricia señala fotos, documentos, papeles. Tenía en su casa un “pequeño” museo de Malvinas.

Imagen del corto «Aspirantes»

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El llamado proceso de desmalvinización invisibilizó muchas de las memorias de la guerra. Tuvieron que pasar demasiados años para que los veteranos pudieran empezar a hablar, incluso a denunciar en el plano judicial torturas y estaqueamientos por parte de jefes militares. La “malvinización” fue el proceso inverso: hacer visible la palabra y los testimonios. El relato más allá de la voz oficial. Patricia había declarado a un medio cordobés: “Nosotros tenemos que Malvinizar. Cada vez que estoy al lado de un veterano me siento más argentina que nunca. Porque vimos cómo llegaron, porque vimos cómo se los ignoró a quienes fueron a dar la vida por nuestra bandera, por nuestra soberanía. Entonces, hay que Malvinizar, hay que dar a conocer esto en las escuelas, en los barrios. Yo no paro de hablar de Malvinas, me demanda tanto que estuve a punto de enfermar”. Esa era una de sus principales tareas. Su lucha.

Desde del 2003, el reclamo por la soberanía de las Islas es parte de la agenda política. Para Helen, un hito importante lo marcó el gobierno de Néstor Kirchner. “Hacia mucho que un presidente no hacía alusión al conflicto de Malvinas, fue un quiebre en torno a la importancia que le dieron a la temática, la regionalización que le dieron a la demanda, el tema de la soberanía sobre los hidrocarburos, el museo Malvinas, fueron políticas estatales que hicieron que Malvinas pudiera estar en la agenda política del Estado”.

Pero aún falta demasiado para seguir visibilizando historias, sobretodo aquellas que tienen a las mujeres, también, como protagonistas de una guerra que nunca debió existir. Es que Malvinas no puede disociarse del régimen que la produjo: la dictadura militar. “Y por ende de sus objetivos de construcción de consensos para consolidar un modelo de nación que provocó el exterminio de miles de ciudadanos y profundas transformaciones para la sociedad argentina. Al mismo tiempo, es importante cuestionar las acciones de Gran Bretaña que siguen negando nuestra soberanía. El conflicto debe y puede resolverse fuera de toda opción bélica; es decir, en el camino de la paz, entendida no sólo como ausencia de violencia sino como fruto de la justicia”, señala la Comisión Provincial por la Memoria, organismo querellante que acompaña al Centro ex combatientes La Plata en el proceso judicial que investiga a miembros de las Fuerzas Armadas por las violaciones a los derechos humanos cometidas en las Islas.

Para la investigadora Helen Otero, la escucha respetuosa de estas memorias es fundamental. Destaca la importancia de los feminismos para habilitar otros relatos. “Estudiar la historia reciente desde una perspectiva de género permite valorizar memorias y vivencias que durante años no fueron incluidas en los relatos masculinizantes sobre el pasado reciente argentino.” Y dice que muchas de estas enfermeras quedan impactadas por el interés y el respeto que reciben cada vez que asisten a una escuela para dar testimonio.  “Cada logro, cada pequeño reconocimiento, para ellas tiene un significado enorme hasta que lleguemos al reconocimiento por parte del Estado. Pusieron no solo el cuerpo, sino el corazón en lo que hacían. Tuvieron un rol clave”.

¿Cuánto de nosotras, de lo que somos, se transforma al participar en las dinámicas sociales de la memoria? ¿cuánto de afectación por el otro, por el testimonio de ese otro, nos permitimos como sujetos activos en los procesos de recordación social?, se pregunta Helen.

Ella misma ya no es quien era antes de comenzar su tesis. En esos procesos de memoria social recuerda, por ejemplo, cómo en el año 2017 Patricia y Dora conmovieron a un auditorio de 200 alumnos de un instituto educativo de Jesús María. Esto cuenta Otero en una ponencia publicada en la compilación  “Memorias ¿Para qué?“ de la UNC. “Pato dejaba ver —como siempre— el tatuaje en su brazo: un dibujo de las Islas con la frase “Héroes por siempre en nuestros corazones”. Ella estaba feliz”.

“¿Vos te das cuenta de cómo nos escuchaban esos pibes?”, le había dicho Patricia ese día antes de regresar a La Plata, su ciudad. Fue la última vez que María Elena Otero pudo abrazarla y agradecerle por dejarla ser parte de su lucha.  “Quince días más tarde, Dorita me llamó para avisarme que Patricia había muerto la noche anterior. La carátula de la causa fue suicidio”.

Patricia Lorenzini murió a los 52 años. Fue una de las fundadoras del grupo “Mujeres y Malvinas” y en la CTAA provincial ocupaba un lugar en el área de Género. Era una referente para sus compañeras que hoy continúan su legado: qué se sepa quiénes fueron y qué rol cumplieron durante la guerra. Que sus voces se escuchen.

Imagen del corto «Aspirantes»

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