Es domingo de Pascuas. Y es raro. Desde la raíz misma del descreimiento extraño la voz, la presencia, la mirada del cura Santiago Mac Guire. Lo conocí primero en los relatos que lo contaban leyenda viviente, después en el privilegio de la charla larga que supera los límites de la entrevista por oficio. Mac Guire había estudiado filosofía, latín, griego y -por supuesto- teología. Se internaba con sabiduría en los caminos de la música coral o del tango; y con ironía mordaz y cargada de humor en la arena política.

Foto Diario Democracia. Dic 1983.

Es domingo de Pascuas. Y es raro. Desde la raíz misma del descreimiento extraño la voz, la presencia, la mirada del cura Santiago Mac Guire. Lo conocí primero en los relatos que lo contaban leyenda viviente, después en el privilegio de la charla larga que supera los límites de la entrevista por oficio. Mac Guire había estudiado filosofía, latín, griego y -por supuesto- teología. Se internaba con sabiduría en los caminos de la música coral o del tango; y con ironía mordaz y cargada de humor en la arena política.

Fue -junto a Juan Carlos Arroyo en Rosario y José María Serra en Santa Fe- uno de los 400 curas que integraron el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). Vivió once años como cura inolvidable de la Parroquia Nuestra Señora de Itatí, en el Bajo Saladillo, pegadito al frigorífico Swift, donde inventó escuelas, comedores y centros de salud, y reparó dignidades rotas.

En agosto de 1971, los mercenarios de la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse lo encarcelaron, junto a los también sacerdotes Arroyo, Néstor García y José Ferrari. Mac Guire había renunciado a su cargo -no al sacerdocio- dos años antes, y había unido su derrotero cotidiano a María Magdalena Carey, con quién tendría cuatro hijos. En la cárcel escribió: «que la Iglesia deje de ser un factor de poder que digita funcionarios. Que concerte con el pueblo y, en su profetismo, se ponga de parte de los menesterosos». La Jerarquía eclesiástica lo abandonó, por rebelde y esperanzador, y lo reemplazó por Eugenio Zitelli, un cura que participó de los grupos de tareas de la dictadura y terminó procesado por delitos de lesa humanidad.

El cura pobre y militante de mirada dulce, triste e irónica al mismo tiempo, se las ingenió para tender una mano a perseguidos y exiliados, y también para gambetear a los grupos de tareas que -desde marzo del 76- devastaron la geografía nacional: cruzó el Pilcomayo y sobrevivió más de dos meses solo, oculto en un convento abandonado en las afueras de Asunción del Paraguay, para llegar después a Brasil y Perú.Volvió a estos arrabales, preso de la nostalgia de la ciudad obrera y el compromiso activo con sus ideas, que eran las de muchos y muchas. El 18 de abril de 1978, la gambeta fue inútil: una patota de la dictadura lo secuestró en plena calle, y lo llevó a un centro clandestino de detención en Funes, que pertenecía a los curas salesianos, bautizado cínicamente como «Ceferino Namuncurá” y donde fue brutalmente torturado.

Días después lo trasladaron, a duras penas, en carne viva, al Batallón 121 de Inteligencia de Rosario. Durante dos meses lo retuvieron atado a un camastro; lo sometieron a un consejo de guerra, donde lo “legalizaron” como preso político; y de allí y hasta pocos días antes de la restauración democrática, lo «pasearon» por cuatro cárceles: Coronda, La Plata, Caseros y Rawson.

En democracia denunció a sus torturadores, reveló la participación de la iglesia institución en el terrorismo de Estado, y siguió repartiendo invenciones corales y solidarias.
Después, ya cura sin sotana, solía bendecirnos las cervezas que compartíamos con el periodista Pablo Álvarez en las mesas herejes de la Buena Medida, entre charlas sobre curas renunciantes, profetas humillados y bastardos con buena prensa. «Sólo los pobres tienen lugar en el reino de los cielos», repetía. El 5 de julio del 2001 murió, llevándose aquella mirada húmeda, clara, dulcísima y voraz; y su pesimismo que -como bien define el propio Pablo- «no era derrota sino defensa y rebeldía». Su muerte profundizó la tristeza de esta ciudad condenada a devorar a sus mejores hijos e hijas. Tenía, apenas, 75 años.

Repaso su «Personas y conceptos», librito que incluye la «Carta a algún Obispo», trazada en la cárcel. Allí, escribe: «No es en las consideraciones teológicas, ni usufructuando frases bíblicas que restableceremos la justicia en el mundo. Pero sí mirando al hombre, objeto de la redención de Cristo. Al hombre integral. A ese de la opción preferencial por los pobres».

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