La historia de la militante trans Ivana Aguilera, nacida en Rosario y exiliada en Córdoba en la década del 80’, se suma al coro de testimonios que las sobrevivientes de la comunidad aportan para reconstruir los años de persecución que sufrieron en dictadura y en democracia.

“Todo no está guardado en la memoria”, dijo con ímpetu Morena García.

Lo gritó, lo repitió dos o tres veces, lo escupió con sangre y fuego. Para que quede marcado que todavía faltamos en esa memoria de la que tanto nos hablaron. Para que recordemos que nuestras historias todavía deben ser recuperadas, re construidas. Para que podamos entender que también deben ser trans formadas en patrimonio de toda la comunidad, no solo de una tribu que hoy resguarda los fragmentos de las vidas que fueron, y de aquellas que mutilaron y desaparecieron. Para saber que, ante todo, nos seguimos reconociendo sobre las grietas de la misma historia que marcó a toda una generación.

Ivana

Soy Ivana Aguilera, soy una mujer trans, tengo 63 años, soy de la ciudad de Rosario pero hace 35 que vivo en Córdoba.

El 15 de agosto de 1976, a pocos meses del golpe de Estado, los militares secuestraron a Ivana y sus amigas por primera vez. Fue la primera de muchas. Todavía era una adolescente, casi una niña. Recuerda que llegaron en un camión y dos jeeps, las detuvieron en las inmediaciones del Automóvil Club Argentino en pleno centro de Rosario, las golpearon y las trasladaron hasta el Batallón de Comunicaciones 121 ubicado en calle Lamadrid, entre Ayacucho y Leiva, donde funcionaba uno de los centros clandestino de detención de la dictadura en la ciudad.

“Nos levantaron de los brazos, nos tiraron adentro el camión diciéndonos palabras que hasta el momento yo nunca había escuchado en mi entorno familiar, como por ejemplo puto, degenerado, inmoral… además de maltratarte físicamente, esas eran las palabras que utilizaban. Y bueno, fuimos conducidas a un lugar muy amplio, muy grande, nos separaron, y bueno, yo hablo al menos personalmente fui abusada a nivel grupal, siendo esa mi primera relación sexual, porque  hasta ese momento ni siquiera había pensado en lo que era la sexualidad”.

La vida sexual de Ivana comenzó con una violación en patota, seguida de golpes y torturas con electricidad en los genitales y en la boca.

“Todavía tengo algunas secuelas porque me quedaron algunos músculos atrofiados que me producen dislexia para hablar”, explica. En aquella oportunidad, estuvieron detenidas durante 72 horas, pero podían llegar a estar 30, 60 y hasta 90 días. “A lo largo de esos años la persecución fue sistemática, muchas golpizas, violaciones sexuales, muchos apremios ilegales, y fue constante la persecución a nuestra población. No podíamos ni siquiera salir a comprar un jabón porque íbamos presas”.

El relato sigue con el anonimato al que también fueron sometidas como parte del mismo plan que buscaba eliminar a los ‘elementos indeseados de la sociedad’.

“La dictadura militar no solamente nos traía encarcelamiento, tortura y muerte, sino que también fuimos invisibilizadas porque muchas veces cuando éramos detenidas ni siquiera nos registraban en los libros de entradas. Éramos NN que íbamos al servicio de algo, en este caso, generalmente nos utilizaban como carne sexual”.

Ivana reconstruye los hilos de su memoria y los pone al resguardo del Archivo de la Memoria Travesti – Trans de Santa Fe, un espacio autogestionado por militantes y sobrevivientes que cuenta con el apoyo de la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia. Cada historia es un retazo que debe ser unido a ese gran edredón colectivo que las disidencias saben tejer con sobrada astucia.

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Es martes 23 de marzo, estamos en la previa del 24 y todavía no sabemos que un temporal aguará el acto previsto para el día siguiente en el Paseo de la Diversidad, donde está previsto un homenaje a las travestis y trans víctimas y sobrevivientes de la dictadura que organiza el Archivo. Mientras tanto, estamos en una oficina de la Secretaria de Derechos Humanos donde Marzia Echenique, Carolina Boetti y Karla Ojeda conversan con mujeres periodistas de distintos medios de comunicación en una suerte de presentación del trabajo que inauguraron a fines del 2020.

Sí, son cinco compañeras y una marica las únicas interesadas en conversar con las chicas, además de los fotógrafos que acompañan la cobertura. Charlamos distendidas, el espacio es reducido pero todas nos quedamos con los barbijos puestos escuchando atentas. El trabajo es arduo: contactar a las compañeras que vivieron los años de plomo, documentar sus historias a través del relato y las fotografías, reconstruir los lugares donde las llevaban detenidas (el famoso PH, pabellón homosexual) y unir los cabos sueltos de todas las historias que se entrecruzan. Al finalizar, vamos por unas fotografías para ilustrar las notas a la Plaza Cívica en el medio de ese inmenso edificio que hoy alberga a la sede de Gobierno de Santa Fe en Rosario.

En esa secuencia, Marzia nos señala el lugar en donde se encuentra una parte del PH que no fue destruido, y es entonces cuando se encuentra con un hombre de unos 60 años que estaba en el lugar. Intercambian algunas palabras y logro escuchar -con mucha indiscreción- que él también fue un detenido por razones políticas en la misma época. Me alejo con cierta prudencia para mezclarme entre mis compañeras, pero no dejo de pensar  que la memoria colectiva tiene sus propios laberintos y caminos encontrados.

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A la edad de 13 años luego de haber sido expulsada del ámbito educativo por mi identidad de género, y por la expresión de género, con otra compañera con la que pululábamos– yo vivía en la calle Tucumán, entre Entre Ríos y Mitre, en pleno centro de Rosario -, conocimos a una compañera con la cual nos identificamos y nos dimos cuenta a esa edad que esas eran las mujeres que nosotras éramos. Éramos muy niñas, te estoy hablando de 50 y pico de años atrás, otra concepción, otra sociedad, otra mentalidad. Y yo al menos en mi caso tenía bien en claro que era una mujer, pero sabía que había una diferencia, que no era una mujer cualquiera. Pero al ser niña y en esa sociedad, no me daba cuenta.

Me di cuenta que clase de mujer era cuando conocí a esa compañera, la ‘Poropá’ en el Automóvil Club de Rosario. Eso fue en agosto del 76’. En esas visitas, como nosotras la habíamos encontrado, íbamos a verla tempranito, tipo 7 y media u ocho, y después la compañera nos corría porque claro, ella tenía que trabajar. Nosotras íbamos a verla para charlar, para conocerla, porque estábamos como enamoradas de ella.

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La primera vez que escuché hablar sobre la dictadura militar tenía 7 u 8 años. Mis viejos vivían en el campo de la zona de Arequito y me contaron que sabían muy poco sobre lo que de verdad estaba ocurriendo con los secuestros, torturas y desapariciones. Con el tiempo el panorama se fue aclarando. “Los militares son lo peor que hay”, me dijo una vez mi papá, un hombre de pocas palabras, peronista de Perón y adherente al justicialismo de los 90’. En la escuela aprendimos sobre el 24 de marzo, el retorno de la democracia en el 83’ con Alfonsín, los carapintadas, los indultos y las leyes de obediencia debida y punto final.

Un viaje en el tiempo me lleva hasta el 29 de marzo del 2021, estamos finalmente en el acto que organizó el Archivo de la Memoria Travesti – Trans, y vuelvo a pensar que en épocas de un negacionismo emergente, sembrar memoria debe ser  tarea cotidiana. Y allí estamos, un centenar de cuerpos disidentes reunidas en torno a ese fuego sagrado que esa tarde custodian Marzia, Carolina y Karlita. Pero también está Michelle, Pamela, Ayelén, Laurita y toda la lesbomariconería como escudo de defensa. Hasta que el grito se hace presente, y es otra vez la poetrava peronista Morena García poniendo belleza frente al horror.

Retazos travestis desperdigados por  todos lados.

Pueril juguete de los caprichos militares.

La razzia.

El golpe en la teta y el desparramo.

Aceite y orgullo.

Aceite, orgullo y calabozo.

Calabozo sempiterno, de barrotes, de la moral ajena.

De la religión ajena.

Del deseo de erradicar lo que nadie iba a reclamar.

La jaula o el vuelo errante.

Opciones que la memoria no recuerda.

Todas las deudas ante el tribunal.

Todas las faltas posibles ante el silencio mortal de la iglesia

 ¡Y ahí está mi hermana!

Una declaración viva de la memoria de las otras.[1]

[1] Fragmento del poema leído por  Morena García en el acto por el 24 de marzo organizado por el Archivo de la Memoria Travesti – Trans de Santa Fe el 29 de marzo del 2021.

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La persecución a las personas trans continuó más allá de la dictadura con el  advenimiento de la democracia en 1983. Para ese entonces, Ivana hacía un año que había migrado a la ciudad de Córdoba escapando de la saña en particular que los efectivos de la policía santafesina tenían con ella. La razón: dos hermanos que la mujer trans desconocía y que eran parte de las filas represivas, ordenaban explícitamente a sus colegas que la golpearan cuando la encontraran en la vía pública.

¿Cómo te enteraste de eso? 

Yo no tenía relación con ellos. Yo después me enteré que tenía dos medios hermanos, era como un secreto de familia. Cuando a mí me empiezan a pasar determinadas cosas, yo pregunté y los compañeros de ellos me dijeron: “Mirá, a vos tu problema, que te persiguen y te golpean tanto, son ordenes de tus hermanos” Y yo dije “¿qué hermanos?’”. Ahí yo pregunto, y mi hermana mayor me dice que nuestro padre había tenido un matrimonio anterior, y de esa familia había dos varones que pertenecían a las fuerzas policiales. Pero con ellos nunca hemos tenido relación, yo me enteré así. Porque con mi familia, mis hermanos, mis hermanas, nunca tuve ningún tipo de problema, de niña ellos me trataban como yo me manifestaba.

Por suerte tu familia te acompañaba…

El acompañamiento familiar es sumamente importante para el desarrollo de cualquier individuo, es muy difícil desarrollarse en soledad, sin el amor, sin el cariño de tus seres queridos. Después cuando estas desarrollada tenés tus amigos, formás tu propia familia, pero en el hacerte de niñe, sino tenés a tus padres y a tus hermanos que te acompañan y demás, es muy jodido. Yo tuve la suerte de tener a mis hermanos, nosotros somos huérfanos, nos criamos solos, y mis hermanos desde niña me trataron como quien era. Y después cuando fue mi primera detención, quien me socorrió fue mi hermana mayor, quien curó mis heridas fue mi hermana, y nunca me cuestionaron nada, me entendés. Eso te da una determinada templanza y serenidad, sobre cuando ellos me decían que yo no tenía que hacer caso de lo que me dijeran, porque yo preguntaba por qué me trataban y me decían determinadas palabras. Ellos me decían que nos les hiciera caso y que me lo decían para lastimarme. Esa templanza que hoy tengo, es producto de lo que mamé de mis hermanos, de mis hermanas, y después también con el correr del tiempo y de la vida he ido conociendo a personas que me han contenido, me han ayudado, me han ayudado a salir del ámbito prostibulario, y estoy viva gracias a un compañero que me sacó del sistema prostibulario, porque si hubiera seguido en el sistema prostibulario, sería un número más dentro de la estadística  de compañeras asesinadas.

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La historia de Ivana no es del pasado, es un presente continuo, un gerundio que avanza estrepitoso sobre las sombras del país que nos dejaron. Tal vez en su vida se condensan centenares de vidas, tal vez sea un exceso de poesía de esta cronista, pero ¡qué importa! Ivana sigue andando, luchando, activando y preguntando qué pasó con esas 400 historias de personas lgtbiq+ que figuran como desaparecidas por razones de identidad de género u  orientación sexual. “Porque si reconocen que hubo 400 – me dice enérgica – seguramente hubo más”. La escucho atenta, trato de reconocer en su voz las señales para seguir construyendo nuestras memorias, agradezco saber que somos contemporáneas  y sobre todo saber que al final de día, caminamos juntas en la misma ronda.

Hay madres y abuelas travas de pañuelo blanco

giran en el conurbano alrededor de la pirámide de un bicentenario

a donde desaparecidas todavía vamos

sin estado de derecho

ni estado de gracia

solo la ronda de esperar el auto que frene y que tire

esos pesos mugrientos para pagar la pensión

rodar

rodar

siempre rodar mas

trava de huellas

lejos de la binaria calma de la tele en casa

y esa santita idea de mesitas floreadas[1]

[1] Fragmento del poema “Madres y abuelas travas de pañuelo blanco” de Susy Shock.

 

 

 

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