Pensamientos de la primera ola de COVID-19

Por Leticia Rovira / Fotos: Juliana Faggi

“La maternidad será deseada o no será”

El 8 de marzo de 2020 marchamos hasta el Monumento a la Bandera con mi hija pequeña, de primeros años de primaria, acompañadas y acompañando a nuestra tribu. Un grupx de mujeres que saltó de la virtualidad del Whatsapp a la realidad cotidiana a partir de ayudas, apoyos y discusiones acaloradas sobre maternidad, hijxs, parejas, trabajo, feminismo, la vida misma. En la marcha cánticos y sororidad ampliada al palo (o hasta los ovarios? Para sacar la referencia falocéntrica, podría ser, ¿no?). Cuando se lee la proclama enumeran lxs grupxs que apoyan y que están presentes. Entre ellxs me siento identificada como docente, como investigadora y como muchas otras más, pero falta una identidad. La grupa, mi grupa, salta, se ofusca, es inadmisible. Se improvisa un cartel que dice “¿las madres?”. Falta la identidad de madre. Las madres no figuramos. ¿Será porque nos salimos de la figura de mujer objeto? Ahora somos madres y como tales estamos clausuradas socialmente. El ser madre como identidad se escapa por la tangente de los desarrollos sociales contemporáneos. ¿Cómo vas a querer, mujer profesional del siglo XXI, definirte por la antigua etiqueta de “madre”? ¿Cómo te puede representar esa característica si no es productiva a nivel capital? (eso es lo que nos quieren hacer creer). Y si no sos profesional, ¿quién sos? Ah, sos mujer, entonces no importa, dice el patriarcado. Y en ese devenir conocido, ¿somos menos feministas por ser madres?

Pero si a la luz del día, en lo cotidiano y en lo extraordinario, la maternidad es invisibilizada, ¿qué pasa con ser madre (y feminista) en cuarentena?

De repente, ¡zas! En casa con la niña, madre 24×7, madre por sobre todas las cosas, más allá de ser en este contexto de pandemia hija abandónica, compañera a la distancia, ex furibunda y docente e investigadora virtualizada. Pequeña saltamontes conmigo, mis viejos en otro barrio, verde y lejos (y mi padre que es recuerdo viviente de los brotes de polio de los ‘50), mi compañero en otra provincia (con su familia en España y el corazón y el bolsillo en la boca) y el padre de mi chiquita young Padawan, factor de riesgo por asmático. Madre, posta madre, la pandemia no me dejó ni el refugio de ser hija.

Por sobre todas las cosas, no me siento siempre primero madre, pero es una de mis identidades importantes, por lo menos en estos momentos; una de las que porté en esa marcha del 8M y entiendo que esta característica tiene que estar abrigada por un feminismo inclusivo. Es allí, en la sororidad, en dónde no debemos faltar ningunx.

El pedido es “quedate en casa”. En la cuarentena algunas casas asemejan mazmorras, con tortura incluida, crueldad a todo color que vemos por televisión y por las redes sociales. El machismo es uno de los hijos sanos del patriarcado, no es una enfermedad, es una parte del sistema de dominación que no sólo afecta a las mujeres, sino a todos los géneros. El machismo patriarcal y capitalista nos viola a todxs. Esas viviendas ofician de celda de mujeres y niñxs golpeadxs y abusadxs. Por las redes circulan mensajes para brindar ayuda entre mujeres. Son mensajes en contra de esas violencias para que los hogares no sean la condena a muerte de las que, en muchas ocasiones, también somos madres.

Ese ámbito, la casa, aparece hoy como un privilegio. El privilegio que el capitalismo patriarcal nos brinda a partir de haber ganado meritocráticamente (puaj!) techo y trabajo si hicimos las cosas como corresponde. Esas cosas incluyen, para las mujeres, casarse y tener hijitxs; y si también tenés trabajo bienvenido sea, qué mayor gracia puede querer el capitalismo, ¿no? El trabajo que te alimente el corazón y por qué no el ego, el bolsillo no importa, cuando es para TU beneficio, si tenés al “macho proveedor”.

Pero no nos desviemos, la cuestión es “quedarse en casa” y ahí, en esa consigna, más allá del privilegio, hay algo relacionado a la ayuda y al cuidado de un otrx, algo del orden de “o nos salvamos en colectivo o nos vamos al tacho” y es allí donde se desgarra, aunque sea un poquito, el individualismo. Igualmente, poder quedarse en casa es un privilegio, por tenerla, por poder virtualizar tu trabajo desde ella, etc. Sí, somos privilegiadxs, no lo discutiré, no tiene sentido porque es una realidad. ¿Pero qué más? Muchas somos madres que desbordamos. Madres con ansiedad y pocos recursos creativos para sobrellevar todo el día un interminable encierro, en infinitolandia como leí por ahí. Madres culposas por no poder asistir lúdica y pedagógicamente a nuestras crías. ¿Hay que repetir que hay algunas en peores condiciones, que no podrán siquiera darle de comer a sus hijxs? Sí, hay que visibilizarlas más todavía. Se cruzan la vida con la economía (en nuestro mundo capitalista y neoliberal la vida es economía) y que “eso que llamas amor es trabajo no pago”. El cuidado recae en la mujer por efecto o por defecto.

A las horas de dictada la cuarentena, el 20 de marzo de 2020, ya se oye, se lee, el murmullo o el grito de lo decretado: “Hijx se TIENE que quedar con vos”. ¿Perplejidad por esas palabras? No. ¿Mala leche? ¿Desentendimiento? Sí, no, puede ser, “es más complejo” y, a la vez, es sólo status quo. La obviedad de lo que se sabe recaerá en nuestros hombros (sin descartar que podemos quererlo) es la costumbre. La lucha contra el sentido patriarcal de la vida, que se configura como sentido común social, te hace sublevar. Muchas queríamos que hijx se quedara con nosotras, no veíamos otra opción, muchas veces no hay formateo para otra opción. Pero esa imposición, que para una gran mayoría es “lo que debe ser”, en realidad es patriarcado y machismo hecho y derecho (sí, porque además el machismo suele ir derechito a la derecha). Entonces, si sufrimos ese patriarcado infame, ¿cómo puede ser que se dude de nuestro feminismo cuando lo militamos? Se duda de la posibilidad de ser madres y feministas, de que las ideas feministas puedan abrevar y florecer en nuestras casas. Casas que fueron cerradas por la cuarentena, que hizo más que nunca que volvamos sobre nosotras mismas y nuestras formas de ser madres. La buena y la mala madre. La culposa por sobrepasada, por triste o por eufórica, sentimientos que potenció el encierro.

Por el encierro, nos despertamos aceptándonos panóptico, hacia nuestro interior, hacia el interior de nuestras casas y hacia el exterior, que es mucho más opresor, que “se pone la gorra” y deja salir a pasear al dedo acusador y a la lengua delatora. No es que no estuviera presente en nuestra cotidianeidad, hace mucho que la “ciencia ficción” llegó aquí, pero ahora es potentemente visible.

El encierro también abrió una puerta muy grande a la virtualidad. Una de esas virtualidades que nos coparon las moradas y el cerebro materno son las “clases” de lxs niñxs. ¿Por qué ese empeño en llenarlxs de actividades? Dieron vuelta por Internet infinidad de reclamos sobre niñxs estresados de madres sobrepasadas (sí, también padres, pero otra vez hay que explicarles, muchachos? Uf, la fragilidad de la masculinidad es tan grande). Y no quiero ni imaginarme la ansiedad que portaron esas maestras-madres entre la espada de la dirección de sus escuelas y la pared de sus hijxs de todas las edades.

La consigna que sobrevoló esta situación fue “déjennos sufrir en paz”. El productivismo imperante gracias al capitalismo patriarcal nos sigue ahogando con su falsa y maliciosa meritocracia y su verdadera faz, la de la autoexplotación con cara de eficiencia. Madres que trabajan desde casa y a la vez maternan y también se ocupan de la limpieza, de los adultos mayores, de la logística de, de, de… Y la “carga mental”, tan bien esbozada en el comic de Emma Clit, que pareció responder a la necesidad de «hacerles un dibujo» para que entiendan de qué estamos hablando.

Pero la educación debe tender a divisar otras realidades, todas las realidades. Y durante la cuarentena de la primera ola la realidad fue: estamos encerradxs con niñxs sobre exigidxs y madres hiper demandadas (por lo que sea. Las realidades de todxs son distintas y se debe exigir un cambio social para el beneficio de las grandes mayorías desposeídas). Qué mejor que comprender en este contexto de transformación (porque de acá saldremos transformadxs, no se cómo, pero distintxs) que la educación debe entenderse como práctica de la libertad, como soñaba Freire, y por ello luchar por que sea inclusiva y tendiente a la diversidad, que nos emancipe, empodere y nos desarrolle en un feminismo social.

Estuvimos encerradxs y seguimos con la “continuidad pedagógica” y hoy, 2021, con las “burbujas”. Pero madre-maestra-docente-política, pongamos sobre la mesa distintas realidades y, sororidad mediante, despejemos exigencias y dejemos maternar al ritmo que nos plantee el día a día de esta situación anómala. Lo que implica también un Estado presente que revalorice las trayectorias maternas como parte de las políticas del Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad.

El maternaje no nos desclasa de ser feministas, nos potencia. Más en el encierro, donde la maternidad deseada es el reaseguro de futurxs personxs que puedan elegir libremente sobre sus cuerpos sin juzgar las elecciones de los demás sobre los mismos. Valorar la maternidad y no excluirnos del feminismo militante es otra forma de abrazar la libertad de elección y expresión.

Y que las casas, como las calles, lleguen a ser un espacio para la liberación de las hijas.

(Escribí estas líneas en la primera etapa de la cuarentena, entre el 20 y el 30 de marzo de 2020. Las coyunturas fueron cambiando, el trasfondo no)

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