Desde hace varios años existen distintas experiencias en unidades penitenciarias vinculadas a la literatura. Talleristas que deciden ahondar en la posibilidad de sociabilizar las palabras en lugares donde parecen estar vedadas, como consecuencia del encierro o por trayectoria de vida. ¿Qué significa habitar la literatura en un contexto de encierro? ¿Cuál es la verdadera potencia de la escritura que se pone en juego en esos lugares? ¿Cómo materializar las experiencias de llevar la literatura hasta donde la sociedad considera, muchas veces, que son los márgenes? ¿Cuáles son las motivaciones de los y las talleristas a concurrir a una unidad penitenciaria para compartir producciones y lecturas? ¿Qué sucedió con los vínculos establecidos en estos últimos años, ahora que la pandemia impuso sus condiciones de restricción a la hora de ingresar en los penales?

Fotos: Taller de Escritura y Encuadernación de la Unidad Penitenciaria Nº 11 de Piñero

Existe mucha literatura sobre el encierro, escritores y escritoras que han padecido la cárcel y decidieron reconvertir ese transitar en una obra que luego fue compartida en el afuera. Existe un ideario sobre la cárcel, muchas veces alimentado por consumos culturales, que nos la presentan como verdaderos caldos de cultivo de marginalidad o como depósitos de personas que transitan una condena, sin una sola certeza acerca de cómo será la continuidad de su propia historia de vida. Existen mitos y tabúes que se van tejiendo alrededor de lo desconocido y también están quienes deciden desafiar esas construcciones del imaginario popular, casi como una especie de refutadores de leyendas, viajando hasta el corazón de esos espacios sin más herramientas que libros, papeles, lapiceras, actividades y una escucha muy activa.

“Cada cárcel es diferente, más allá de que en un punto son lo mismo, para mí entrar a la (Unidad) 3 o a la 11 fueron dos universos distintos”, analiza Iris Zordan, una de las coordinadoras del Taller de Escritura y Encuadernación que se dicta en la Unidad Penitenciaria Nº11 de Piñero desde el año 2017, en el marco del programa antes denominado Nueva Oportunidad, actualmente Santa Fe Más. Zordan, que estuvo al frente de un taller de comunicación en la Unidad Nº3 antes de comenzar con el proyecto en Piñero, asegura que cada estructura edilicia es, en sí misma, una propuesta diferente de encierro. “Tanto la (Unidad) 11 como la 16 tienen una impronta similar porque son las más nuevas. Ingresar en cualquiera de ellas es una experiencia que te impacta de alguna manera».

Zordan lleva adelante el taller junto con Lucia Farruggia, Natalia Page y Ornella Ravaglia, todas integrantes del colectivo La Bemba del Sur. Para ellas, el año 2020 representó un freno en la programación de las actividades que venían desarrollando. Si bien trataron de mantener algún tipo de comunicación con los internos, recién este año pudieron regresar solo para hacer algunas entrevistas con los integrantes del taller y pensar en estrategias que permitan continuar con la escritura, a pesar del contexto de pandemia. “Ese día de entrevistas, quedamos las dos muy movilizadas”, asegura Farrugia.

“No sé si antes analizaba a la cárcel como una institución. Sí tenía como ese miedo a lo desconocido y a la figura del preso que te venden los medios de comunicación», recuerda Farrugia respecto a sus comienzos en el taller. Atravesar ese miedo fue la primera barrera a superar para adentrarse por completo en la experiencia de la Unidad Nº11. El recorrido le fue dejando algunas situaciones que estuvieron vinculadas a esa sensación, “pero estuvieron más relacionadas con los guardias que con los mismos pibes. «De hecho, estar en el aula con los pibes, se convierte en un lugar seguro por los lazos de confianza que se construyen”, aclara.

Evidentemente, esa circulación de la palabra dentro del taller habilita una cercanía y la construcción de un vínculo entre las talleristas y los internos, que las aleja de las imágenes mediáticas, que muchas veces proponen a las cárceles como lugares donde se concentra todo aquello que la sociedad ve como una amenaza. “Esa construcción de los pibes peligrosos está en el afuera, pero ¿por qué las cárceles están pobladas de jóvenes de barrios populares?”, se pregunta Farrugia y ensaya una respuesta: “No es algo que se constituye adentro, sino que se construye en el afuera. Hay una preselección en el afuera, como dice Zaffaroni, de los que terminan adentro”.

En la Unidad Nº5 de mujeres funciona desde hace muchos años el Taller de Poesía impulsado por la ONG Mujeres Tras las Rejas, un espacio que ha logrado publicar sus propias creaciones y que hoy tiene al frente, como coordinadoras, a Florencia Giusti, Anaclara Pugliese y Camila Verdinelli.

“Los talleres son fundamentales para el funcionamiento interno del penal”, asegura Giusti, porque “existe una relación con el afuera y forman parte de las actividades que, a las internas, de alguna manera, las sostienen. Tanto la escritura, el arte o el bordado, donde participan las chicas de la cooperativa el Enredo, cumplen esa función”.

El comienzo de la pandemia trajo los mismos inconvenientes que a muchos de los espacios que funcionaban dentro de las unidades carcelarias. “Durante el año pasado prácticamente no pudimos ingresar al penal, solo fuimos para llevar algunas cosas”, explica Giusti. Por lo tanto, tuvieron que buscar otras formas de mantener viva la comunicación con las internas. Una propuesta fue plasmar sensaciones o pensamientos en cuadernos, con la idea de que en algún momento esas palabras acumuladas durante los meses de cuarentena se pudieran compartir. «En marzo de este año logramos ingresar y dimos algunas clases, pero ahora ya no estamos yendo”, agrega la tallerista.

Para Giusti, el servicio penitenciario “se dio cuenta de la importancia de los talleres dentro de la cárcel”, ya que las talleristas sintieron una especie de demanda para que el espacio vuelva a funcionar de alguna manera en el transcurso de este año.

Ir y volver

Ingresar en las unidades penitenciarias es una experiencia que implica una preparación previa no solo desde lo pedagógico, relacionada con la actividad que se va a desarrollar, sino también desde un punto de vista personal y vinculado con el cumplimiento de los protocolos que el servicio penitenciario exige para llegar hasta la instancia del aula.

“Hay que pasar por todos los módulos, en Piñero son cinco, y en cada uno hay cuatro pabellones donde vamos a pedir a los pibes, avisando a los guardias quiénes van a tener el taller. Eso como una especie de ritual”, detalla Farrugia. “Arrancamos con un caldeamiento, para moverse un poco, y algún juego que tenga que ver con la actividad del día. Después de eso, usamos un disparador que conduzca a la propuesta de producción más concreta, para finalmente colectivizar las producciones”.

Los disparadores pueden ser “una frase, una lectura o un juego”, explica Zordan y cuenta como con los años han logrado construir una minibiblioteca dentro del penal con los distintos textos que fueron compartiendo. Al mismo tiempo, destaca el momento en que notó la importancia que tenían sus lecturas durante el desarrollo del taller. “Me impactó mucho percibir cuanto les gustaba escucharnos leer. Para ellos es muy importante que alguien les lea”.

Así fue como una vez compartieron un texto de Gastón Brossio, más conocido como Waikiki, donde se narraba la historia de un pibe que había estado preso luego de cometer un robo. “Después de leerlo, algunos dijeron: si él lo escribe, nosotros también podemos. Y ahí se abrió todo un mundo de posibilidades”, asegura Farrugia acerca del inicio de lo que terminó siendo la novela Compañeros de causa, íntegramente realizada dentro del taller de escritura de la Unidad Nº11 de Piñero y que fue presentada en la Facultad Libre en el año 2019.

Para llegar a la Unidad Nº5, en 27 de febrero al 8000, las talleristas deben atravesar casi toda la ciudad, lo cual ya forma parte de la preparación para ese día. «El complejo es muy grande, el ingreso es bastante lento y es necesario pasar por varias guardias. No es lo mismo que ir, por ejemplo, a la Unidad Nº3 donde algo conozco y es menos complejo, por lo menos está en el centro y no tenés que hacer todo ese recorrido», cuenta Giusti. “Llegamos, nos hacen la requisa y después ingresamos al penal acompañadas por una guardia hasta el lugar donde hacemos los talleres”.

“Vos pedís a las chicas. Ese es el verbo”, remarca Giusti.

Antes de la pandemia, las talleristas sabían que cada martes por la tarde estaba destinado a este intercambio poético y era una cita obligada donde, muchas veces, las internas les hacían saber que esperaban su llegada. «En un momento, no pudimos ir por una semana y cuando volvimos las mismas chicas nos decían que nos estaban esperando. También, en ocasiones, vamos y no asiste nadie. Hay cuestiones que es necesario aceitar, desde lo institucional hasta las pibas, porque es muy complejo todo”, explica Giusti y amplía: “Se pasa una lista a la guardia con las chicas que están autorizadas a ingresar al taller, a su vez, las chicas son pedidas dentro del pabellón y luego vienen. Ese sería el camino ideal. En toda esa comunicación existen largos pasillos grises donde se puede interrumpir el mensaje. Entonces, no sabemos si las chicas no asisten porque no quisieron o porque se perdió la comunicación en el camino”.

Los preparativos para viajar hasta a la unidad penitenciaria, según Giusti, empiezan “como una hora y media antes”, porque “existe toda una serie de cuestiones muy básicas a tener en cuenta, como un bolso donde no haya, por ejemplo, una tijera. Para que no te la saquen y te retrases más tiempo en la requisa”.

Sin embargo, Giusti se encarga de dejar bien en claro que, una vez adentro de la Unidad Nº5, “el espacio del taller es muy ameno y salís siempre motorizada. A pesar de toda la cuestión institucional, cuando se produce la conexión, no existe todo ese imaginario acerca de la cárcel y sobre todo con las mujeres, que es otro gran tema”.

Sin casete

“Cuando tenemos un proceso ya armado, el discurso de los pibes va cambiando. El casete de la cárcel se va modificando y se construye otro, quizás, propio del taller”, cuenta Zordan. Ese “casete” del que habla está conformado por una serie de reclamos y sufrimientos que deben atravesar quienes tienen que cumplir con una condena y que, por repetitivo y preconfigurado, no significa que no sea real. “Es un discurso que se va deconstruyendo en el taller y ahí está la potencia de la palabra. Lograr encontrarse con los deseos personales y con un discurso propio. Incluso muchos no logran el discurso personal, pero sí hay uno colectivo y eso te aloja en otro lugar”, asegura Zordan.

En cuanto a las temáticas que van emergiendo, Farrugia explica que: “Se revisitan infancias desde muchos lugares, hay juegos, aparecen sufrimientos o recuerdos, como puede ser un primer beso”. Y también agrega que aparecen cuestiones relacionadas con las construcciones de la masculinidad, “lo cual no implica que hayamos arribado a conclusiones ni que los pibes nos hayan dicho que el feminismo es la que va”, aclara. Sin embargo, asegura que “se van generan debates en relación a eso”. Sobre cómo se construye la masculinidad desde el encierro, cuáles son las situaciones que los condujeron hasta ahí y la revisión de la palabra “orgullo” que suele aparecer.

“Creo que en el taller hay un movimiento. Tal vez no está buscado como un objetivo explícito, pero se habilita un espacio donde, por ejemplo, se pueden contar los miedos. Incluso el miedo a la libertad”, reflexiona Farrugia y destaca la importancia de habilitar la palabra y «la construcción de la confianza” en un espacio donde suele ser lo primero que se rompe.

“Este año le dimos a las chicas unos cuadernos para que escribieran durante el transcurso de la semana con alguna consigna muy sencilla, por ejemplo, anotar algo todos los días”, cuenta Giusti. “Alguna impresión, una canción que haya gustado o simplemente una palabra. Eso lo probamos este año y nos resultó muy bien, porque las chicas vienen y nos leen lo que escribieron. Se hace una ronda de lectura donde luego trabajamos con eso”.

Salir de los lugares comunes adonde se dirigen los escritos cuando se construyen desde el agobio de estar encerrado o cargar con metáforas los recuerdos y los deseos de libertad, son algunos de los desafíos que llevan adelante las talleristas frente a los textos que se van elaborando puertas adentro del penal. “Les proponemos pensar en algunas sensaciones, para que sean un poco más concretas o tengan una imagen más poética, por decirlo de alguna forma. Por ejemplo, un año trabajamos con una de las internas que ya está en libertad, Beatriz, que continúa escribiendo y con quien estamos en contacto, que lo había expresado muy bien. Ella propuso una imagen que después quedó como título en el libro que publicamos Que tu mente sea tu piloto. Imaginaba el lugar de la libertad a partir de algo que le gustaba mucho y no lo podía hacer: viajar en moto. Que la mente sea tu piloto es que la mente vaya siempre para adelante. Una imagen muy hermosa”, asegura Giusti.

Mi mente se convirtió en mi amiga, ella me lleva de viaje/ cuando la tristeza quiere atraparme, dice un fragmento del texto Solo somos dos, escrito por Beatriz y publicado en el año 2018 en el libro que menciona Giusti.    

Escribir bien, escribir siempre

Las tres talleristas se reconocieron ávidas lectoras de diferentes estilos de literatura. Mantienen una vinculación muy profunda con los libros en su vida cotidiana, al mismo tiempo que aseguraron que la experiencia del taller las hace estar más atentas a los mecanismos que utilizan en sus textos diferentes autores y autoras, para luego aplicar esas herramientas en los ejercicios que comparten.

“Las cuestiones de las formas y la ortografía las empezamos a trabajar al principio, pero lo fuimos modificando en la medida que encontramos ese movimiento interno de la escritura. Más allá de que escribir bien es una gran herramienta que quizás les puede habilitar a más cuestiones en el afuera, nuestro objetivo, o lo que más nos convocaba, son esos movimientos internos del deseo, donde aparece la idea de colaborar o confiar”, explica Zordan y recuerda: “En relación con las formas de decir, una vez hicimos un ejercicio que me voló la cabeza, porque primero lo hicimos nosotras para ver la dificultad. El ejercicio proponía escribir de diferentes formas algunas palabras y una de ellas era la muerte. A nosotras se nos ocurrieron un par y ellos encontraron una cantidad impresionante de sinónimos para nombrarla”.

La novela Compañeros de causa, escrita por los internos, contiene dos historias donde una está protagonizada por una personaje de nombre Marlen. “Pasó algo maravilloso con eso, porque empezamos a llevar los capítulos impresos para que ellos se los lean a sus compañeros de pabellón”, comparte Farrugia. La construcción del personaje tomó tal materialidad dentro de la unidad penitenciaria que, en un momento, “se llegó a rumorear que había una mujer detenida en Piñero. Fue algo increíble”, recuerda.

“Había varios pibes que no estaban alfabetizados, o con instancias de alfabetización muy iniciales, pero la novela la escribieron entre todos. Sucedió algo de la alfabetización horizontal y colectiva. Los autores fueron todos, los que sabían escribir y los que no, porque también aportaban desde el lenguaje oral. Entonces, la escritura, que a veces marca esta legalidad con normas, ortografía y otras cuestiones más objetivas y convencionales, la pudimos alojar igual para los que no sabían escribir”, asegura Zordan.

“Entendemos que el taller de la cárcel es como cualquier otro taller, y a su vez no”, reflexiona Giusti, quien sostiene que trabajan “con la sintaxis de la palabra”. Lo cual no implica que la aparición de modismo o una retórica carcelaria sea modificada por parte de las talleristas. “Están buenísimas esas palabras, son parte de la lengua”, asegura.

“Si hay algo que se puede motorizar o mejorar, lo vamos a decir. No es que los textos salen y ya quedan. Se trabaja con lo escrito acerca de cómo se pueden corregir, cómo se pueden ampliar o si las palabras se pueden colocar de otra forma”, explica la tallerista de la Unidad Nº5 y agrega: “Eso sí se hace en el taller. Lo defendemos desde ese lugar, porque nosotras también escribimos y vamos con esa impronta. Defendemos el lugar del taller más desde lo artístico”.

Giusti explica que existe una selección muy intencionada de los textos y de los autores y autoras que se comparten, apuntando a un acercamiento y accesibilidad con la producción literaria. “Trabajamos con poesía contemporánea, latinoamericana o argentina, de autores jóvenes, algunos del ambiente de la ciudad, porque eso nos gusta mucho. Y no solemos llevar grandes autores. Nos gusta lo que está circulando, como por ejemplo el fanzine, donde lo que intentamos decir es que es posible armar una publicación así. Si llevas fanzines hay otra idea de la escritura”.

El hecho de salirse de los grandes autores o compartir estas publicaciones más artesanales busca «no reforzar ese prejuicio de la escritura con rima”. Algo que Giusti advierte que se populariza inclusive desde la escolarización, donde “la rima o el soneto son consideradas solamente como poesía y no un fanzine”.

Sobre pandemias y la línea que divide el afuera del adentro

Desde marzo del año pasado, el coronavirus puso en tensión los términos del afuera y el adentro. Palabras como cuarentena o restricción a la circulación delimitaron la idea de disponer del tiempo y los lugares donde era posible sociabilizar. Con el objetivo de mantenernos a salvo de la amenaza de un virus, quedaron trastocadas algunas viejas costumbres, hoy conocidas como de prepandemia, y el hogar empezó a ser un refugio donde transitar muchas más horas de las que habitualmente estábamos acostumbrados y acostumbradas a pasar.

Nada de eso se parece a una estadía en una unidad penitenciaria, pero el hecho de sentir un límite en la circulación dejó algunas impresiones en las talleristas. “La pandemia me hizo pensar en muchas cosas.

«Yo era una de las que les decía aprovechen el encierro y hubo momentos donde me encontré tomando mates, comiendo y mirando la tele”, analiza Zordan, quien agrega que también compartió por momentos la sensación de un futuro incierto, algo que es moneda corriente en la vida de los internos. “Sin duda que volvimos a repensar en todo lo que solíamos decir”, agrega.

Para Giusti, los primeros meses de aislamiento del año pasado fueron los que le dejaron algunas sensaciones. “Sí, pensé en algo de eso. Viste cuando te dicen: bueno, te quedan nada más que dos años. Pero tenés que hacer esa vida durante dos años. O esta otra cuestión de la cárcel domiciliaria como si fuera un beneficio, pero seguís encerrado porque tenés que estar en tu casa todo el tiempo. Y eso que una cuenta con todas las comodidades. Es muy diferente a lo que sucede en un barrio”.

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