¿Cómo se piensa el derecho a un hábitat digno, justo, popular, comunitario?. Distintas experiencias de mujeres y colectivas feministas articulan en todo el país para transformar nuestros barrios y nuestras ciudades en territorios un poco más justos, más inclusivos. Pero a la par, siguen siendo las mujeres desocupadas y/o precarizadas, las madres que crían en soledad y las identidades feminizadas las más afectadas por la especulación inmobiliaria, los desalojos y el déficit habitacional.

Foto principal: Canoa Hábitat Popular

En horas de la madrugada un operativo policial se dispone a iniciar el desalojo. Es martes 3 de agosto y el barrio La Sexta amanece otra vez con policías y vallados que cortan las calles e impide el acceso a los vecinos.

Del otro lado del muro hay tres familias, hay tres mujeres: Erica, Mariela y Sonia. Dos ellas son madres único sostén de hogar. ¿Adónde vamos a ir? decía una de las tres, en una audiencia previa que hubo semanas antes de que la justicia diera curso a la orden de desalojo. Aquel día en Tribunales lograron demorar la decisión que más tarde tomaría la jueza Claudia Ragonesse sin reparar en la consecuencia inmediata.

-¿Adónde vamos a ir?.

Mariela repite la pregunta y no tiene respuesta. Está sin trabajo, tiene tres hijos. A su lado está Érica en la misma situación. Ambas perdieron su laburo durante la pandemia. Hace doce años que viven en el barrio, en una vivienda que una persona les sub-alquiló con un contrato aparentemente ilegal, cobrando un alquiler que no correspondía. Cuando fueron a Catastro les informaron que el dueño había fallecido y durante 10 años nadie se hizo cargo de la casa, solo ellas. Pero en diciembre del año pasado un supuesto propietario se presentó ante la justicia para iniciar el juicio y reclamar la propiedad, aunque ellas aseguran no haber visto la escritura que certifique el título. “Todo es muy confuso”, dicen en el barrio que atraviesa hace tiempo un proceso de gentrificación.

Lo cierto es que en sus ojos está la angustia de quedar en la calle. No tener un lugar donde ir, no tener trabajo. Cuando acudieron al Estado en busca de ayuda, previo al desalojo, no encontraron demasiadas respuestas, o las que les dieron fueron insuficientes. La Concejalía Popular a cargo de Nire Roldán las acompañó durante las audiencias y repudió el accionar de la justicia. “No pueden ser expulsados a la calle. Hay una serie de violaciones conjuntas y primó el derecho de un privado a la propiedad, en el futuro van a hacer un negocio inmobiliario en este terreno. No hay otra razón”, declaró  al Diario El Ciudadano.

“Pasamos la noche con frío con los chicos, en la vereda. Los vecinos nos alcanzaron termos calientes y comida. Estamos acá esperando una solución”, decían el día después del desalojo frente a Gobernación y a la espera de que alguna repartición pública municipal y/o provincial pueda brindarles algún tipo de acompañamiento.

La historia de estas tres mujeres no es aislada. Ocurre en el contexto de una resistencia que desde el 2018 realiza un grupo de familias organizadas en la Asamblea de Vecinas de la Sexta en Lucha. En su gran mayoría son las mujeres quienes conforman el espacio.

Lorena tiene 45 años, es una de sus referentas, nació en el barrio y no se quiere ir: es su arraigo, su historia, su identidad la que se disputa en un largo conflicto entre el Estado, la Universidad y cerca de 1500 familias que hoy viven allí. Lorena cuenta que  “el proyecto inmobiliario implica un desalojo masivo. Dicen que hay reubicación, pero aun no hay viviendas terminadas. Algunas familias ya se fueron. En mi caso particular, voy a seguir resistiendo, en esta casa estoy hace 22 años. Hoy me la rebusco vendiendo ropa, changas. Somos todas mujeres las que quedamos al frente de la defensa de esta tierra. Nos tocó esta experiencia de vida, con esto me encontré con otras realidades y voy aprendiendo a luchar y a reclamar un derecho. No me imagino mi vida en otro lugar y eso le pasa a otros vecinos que hace más de 80 años están acá. Nos juntamos en la casa de una vecina, el año pasado empezamos a hacer una olla popular porque veíamos la situación del barrio con la pandemia. Hay mucha necesidad, muchas madres solas con sus hijos”.

Lorena es clara cuando habla de lo que significa el derecho a una vivienda digna: no se refiere solo a la infraestructura en condiciones y con necesidades básicas garantizadas. “Es el derecho a decidir donde una quiere vivir”, dice. “El barrio es mi casa, mi lugar de pertenencia”.

Foto: Edith Gauna

La tierra para quien la habita

La ciudad de Santa Fe  tiene una organización emblemática en la lucha por la defensa de un hábitat popular. Se trata de Canoa con más de 30 años de trayectoria y trabajo territorial. “Cuando comenzamos, hablábamos del hábitat como un derecho para todas y todos, pensando en clave de desigualdades de acceso a un hábitat digno”, cuenta Sandra Gallo, una de las integrantes de la Asociación Civil. Brevemente repasará la articulación de Canoa con otras “organizaciones habiteras” con las cuales comparten un mismo eje de trabajo. Canoa es parte de la Red de Hábitat a nivel nacional y de Habitar Argentina, un espacio amplio que centra su discusión en lo que significa el derecho a la ciudad, a los territorios. Sandra lo resume así: “pensamos a la ciudad como una construcción social y política, no solo material y física. Y pensamos el derecho al hábitat como la posibilidad de acceso a un hábitat donde desarrollamos nuestras vidas, todo lo que implica reproducir y producir como sujetos políticos”.

Es en esa línea cómo Canoa construye un concepto vital que da cuenta, también, de su experiencia territorial en los barrios: la producción social del hábitat. “Esa categoría nos reconoce a todos y todas como productores del hábitat y eso implica reconocer otros derechos de quienes habitan, es reconocer que ellos y ellas mejoran el lugar que ocupan, y que tienen derecho a poder acceder a un servicio de igual calidad aunque no tengan las mismas condiciones económicas que otros sectores”.

Alejandra Buzaglo es arquitecta, docente y forma parte de la colectiva Arquelarre de Rosario que nace en el 2018, luego de una serie de escraches públicos que hicieron estudiantes que habían sufrido actitudes discriminatorias y situaciones violentas por parte de algunos docentes de la Facultad de Arquitectura. Cuando habla de la ciudad que habitamos, Alejandra es contundente: “esta pensada para un varón blanco, burgués, adulto y heterosexual. No son espacios por, sino para”. De esto modo introduce una perspectiva fundamental para imaginar una ciudad a la medida de nuestros sueños y deseos: la mirada feminista interseccional.

Sandra, de Canoa, dice que es fundamental fortalecer a las mujeres que lideran los procesos de producción social del hábitat y así lo vienen haciendo a partir de dos experiencias concretas en Santa Rosa de Lima y Playa Norte, barrios emblemáticos de la capital santafesina. Carolina, otra compañera, cuenta: “veíamos que eran ellas quienes conducían los procesos de mejoramiento del hábitat y son las que más obstáculos encuentran en esta forma de pensar los barrios desde la lógica patriarcal y capitalista.”

Dificultades. Trayectorias diarias. La escala humana y barrial. La proximidad. Arquelarre y Canoa hablan en la misma clave: dicen que la ciudad feminista es aquella que se planifica desde la dinámica cotidiana, desde el cuidado colectivo y fundamentalmente, desde el deseo. ¿Es una utopía? Alejandra cree que no. De hecho, existen experiencias colectivas, autogestionarias y comunitarias, que demuestran que esa ciudad, ese territorio, ese hábitat, más justo, más popular y más inclusivo, es posible.

Foto: Edith Gauna

Mendoza y El Algarrobal

Florencia y Martina, una arquitecta y la otra geógrafa, forman parte de Ando Habitando, una agrupación de mujeres profesionales de distintas disciplinas que tiene sede en la provincia de Mendoza. Al igual que Canoa, integran Habitar Argentina donde articulan, diseñan y piensan colectivamente estrategias de resistencia y políticas públicas con perspectiva feminista.

“La estructura patriarcal y capitalista es una característica común de todos los territorios. Después, encontramos diferencias”, dice Florencia cuando refiere a las situaciones comunes que comparten las organizaciones habiteras en el país. Las diferencias tienen que ver con el territorio. “En Mendoza la falta de agua es un condicionante clave, porque hay muchas zonas desérticas. En el sur, el condicionante es el frío”. Ellas prefieren hablar de territorio y no tanto de ciudad: es que su trabajo está centrado, sobretodo, en zonas periurbanas y rurales. “Una de las primeras experiencias de acompañamiento a comunidades fue en Lavalle, zona rural, con la población Huarpe y ahora estamos trabajando junto a un grupo de siete mujeres que sostienen un comedor en el Algarrobal, un distrito del Departamento Las Heras.”

En el Algarrobal, las mujeres integran una comunidad productora de ladrillo que en noviembre de 2019 las contactó para pedirles ayuda frente a una situación de derrumbe que sufrían en el terreno donde se ubica el merendero. “En esa vivienda no se puede estar. Llegamos puntualmente a partir de la demanda de infraestructura pero nuestro trabajo es pensar el territorio desde una mirada integral, multidiscilplinar. Entonces empezamos a ver qué podíamos hacer junto con ellas que son quienes se organizaron para garantizar cuestiones vinculadas a la salud y la educación”.

Con escasísimos recursos económicos, esta colectiva autogestiva de arquitectas, trabajadoras sociales, geógrafas y abogadas que acompaña a la comunidad de mujeres ladrilleras, intenta visibilizar las demandas básicas del barrio y sus reclamos. Quieren que sus voces se escuchen porque -para ellas- no se trata solo de reparar estructuras edilicias. “Intentamos generar redes con otras organizaciones para hacer frente a los emergentes que van surgiendo. Y el desafío que tenemos ahora es poder pensar el trabajo en la “escala barrio”, es decir, no solo trabajar en el merendero sino tener una mirada mucho más amplia. Así fue como juntas postulamos el barrio al registro del Registro Nacional de Barrios Populares”.

Hace dos años atrás, Ando Habitando realizó en el marco del Festival de Caminatas Urbanas, el proyecto Desafío Maternando. Básicamente consistió en reconstruir recorridos cotidianos por el centro de la ciudad de Mendoza, simulando estar con niñxs a cargo. Se encontraron con enormes obstáculos. “Pudimos ver con claridad para quién y para qué están diseñadas las ciudades. Una de las conclusiones fue entender que la falta de todas las cosas genera stress sobre el cuerpo, es el impacto de una ciudad no resuelta en términos de equidad”.

Foto: Ando Habitando

En los Pumitas, Rosario

En Rosario, Arquelarre trabaja con la misma lógica. Son estudiantes y egresadas de la facultad de Arquitectura quienes integran el grupo y una de sus últimas experiencias estuvo vinculada al trabajo territorial en barrio Los Pumitas, donde La Poderosa fundó la Casa de las Mujeres y Disidencias.

Cuenta Alejandra: “Fuimos para hacer el techo y proyectar una sombra para la copa de leche, pero la pandemia frenó la obra, entonces hicimos la acción que se llama “No banco” y que consistió en la construcción de una serie de bancos que necesitaban para la Casa. Resolvimos un mobiliario que eran bancos de madera para el centro comunitario. En sí, son objetos que tienen una función concreta pero además son dispositivos que están comunicando, informando”.

Los bancos que construyeron llevan impresos distintas frases contra la violencia machista y líneas de contacto para pedir ayuda. “Como arquitectas nos parece interesante pensar que los usos que se proyectan emergen directamente de los territorios, porque en general el Estado o la Universidad suele hacer transferencia, donde no hay participación consultiva vinculante y la experiencia es la que encarnan las mujeres en lo cotidiano. Se trata de pensar territorios más justos, por eso hablamos de perspectiva de género hacia la justicia socioterritorial y espacial”.

Foto: Arquelarre

La Canoa de Santa Fe

En Santa Fe, Canoa acompaña los procesos de organización en dos barrios. Uno de ellos es Santa Rosa de Lima, un territorio enormemente politizado y organizado. “Acompañamos el trabajo de producción social de hábitat para el acceso a microcréditos y veíamos cómo eran las mujeres las que se postulaban para pensar las mejoras y se comprometían con el pago. Hubo una convocatoria donde todos los grupos estaban conformados por mujeres”, explica Carolina.

En general, los proyectos estaban vinculados a la construcción de una habitación para ampliar el espacio familiar, regularizar el acceso a algún servicio, o construir un baño en una vivienda de un pasillo donde habitan cinco familias. “Son situaciones que impactan en la vida cotidiana de las mujeres porque son quienes se ocupan de asistir a los niños en la higiene, entonces eran sus proyectos priorizados”.

Además, cuentan, pudieron proyectar un espacio colectivo, común, un “micro territorio”, como la construcción de un pasillo que tuviera que ver con un tránsito seguro para ellas, con iluminación, con un espacio para compartir. “Con estos grupos también pudimos trabajar otras problemáticas como el tránsito por el barrio, las tareas de cuidado, porque hay muchos obstáculos con los que se encuentran en esos trayectos que hacen en su barrio, hay lugares por donde no pueden caminar. Esto transforma sus vidas, su hábitat y su disfrute en esas trayectorias”, puntualiza Lucrecia, integrante de Canoa.

La otra pata territorial de Canoa está puesta desde hace 11 años en Playa Norte. “Acá estamos trabajando en la integración urbana, es otro territorio diferente a Santa Rosa de Lima. Acá estamos acompañando la urbanización y pensar un barrio con perspectiva feminista, un proyecto integral. Es un territorio muy codiciado por el mercado inmobiliario porque esta muy cerca de la Laguna Setúbal, entonces las familias vienen resistiendo distintos intentos de desalojo.”

El proyecto que Canoa junto a lxs vecinxs, la organización Tramas, Manzanas Solidarias, la Secretaría de Integración Socio-Urbana de la Nación, el Gobierno de la Provincia y la Municipalidad de Santa Fe están diseñando para el barrio es integral porque busca incluir una mirada que involucra las necesidades de las mujeres e identidades feminizadas y que tiene que ver, señala Sandra, con los trayectos cotidianos, la economía social, los circuitos económicos.

“Playa Norte es un barrio con más de 40 años de historia pero casi no tiene institucionalidad dentro. Acá las mujeres son las protagonistas de esta lucha en defensa de la tierra y en la resistencia contra el desalojo. Son las constructoras, las cuidadoras de su unidad de vivienda que tiene que ver con su arraigo y su identificación con ese territorio. Los grupos de WhatsApp para pensar el proyecto de integración urbana de Playa Norte está integrado solo por mujeres. Son ellas las que participan de los Seminarios y luego trabajan con sus vecinas en su barrio para transmitirlo y poder pensar juntas un proyecto integral de barrio con mirada propia. Además son las que sostienen las huertas comunitarias”, dice Sandra, orgullosa al ver cómo esas mujeres no solo producen su propio hábitat sino que también lo defienden frente a la especulación inmobiliaria. “Acá donde antes había un basural, hoy hay una playa que ellas construyeron”. Una playa que es símbolo de un espacio de goce, disfrute y esparcimiento porque de eso también hablan las ciudades feministas.

Desde Canoa comparten la misma mirada que Ando Habitando con respecto a las grandes dificultades que se presentan en los trayectos que realizan las mujeres en sus barrios o en la ciudad. Realizaron un mapeo para diseñar recorridos en diferentes horarios, días de semana y fines de semana. Así pudieron encontrar diferencias. Lucrecia dice: “uno de los obstáculos tiene que ver con la violencias urbana, y ahí aparece algo que no estaba en agenda que es la violencia en el espacio público, en los recorridos que las mujeres tenemos, y se incorpora otro componente que es al acoso callejero, y cómo las mujeres van modificando su vida cotidiana para evitar situaciones de abuso, miedo, limitan su autonomía, limitan sus libertades, son muchas las situaciones en las que constantemente las mujeres están calculando su vida cotidiana”.

Además, suma Lucrecia, está la dimensión de los cuidados y la dimensión del disfrute. ¿Quiénes disfrutan del espacio público? “En general la plaza está habitada por varones y las mujeres solo van de tarde con sus hijos.”

Foto: Canoa

Barrio Moreno, Rosario

La canchita donde en el año 2012 acribillaron a tres pibes que integraban el Movimiento 26 de Junio se ubica en el Barrio Moreno de Rosario. Aquel 1 de enero fue un punto de inflexión para la barriada y la militancia rosarina. El dolor y la sangre derramada calaron profundo en una ciudad atravesada por una violencia urbana que se profundizaría años después.

Allí, en el barrio, la organización popular y comunitaria es clave. Para las familias, para las infancias, para los pibes y las pibas que no siempre encuentran espacios de contención y socialización por parte del Estado. Y como ocurre en tantos otros barrios, son las mujeres las que protagonizan los procesos de transformación para generar y sostener los lazos comunitarios que, en definitiva, son los lazos que salvan.

El Movimiento Territorios Saludables es un espacio de gestión colectiva de salud, de cuidado colectivo y articulación entre vecinxs e instituciones públicas. Nace de la experiencia de lo que fue el trabajo en el CAJ, cerrado durante la administración macrista. En ese mismo lugar, la autogestión hizo posible la conformación de la Oficina de Empoderamiento Barrial.

La experiencia de Territorios Saludables es narrada en el libro Futuras que hace dos años publicó el espacio político Ciudad Futura. Allí dicen: “el trabajo que marca el ritmo de cada acción es el que llevan adelante mujeres que habitan el barrio y asumen el protagonismo territorial, siendo un puente permanente con la gente y las instituciones. El equipo se complementa con profesionales, militantes y colaboradoras y así surgieron las campañas de salud colectiva, el abordaje de las infancias a partir de una Colonia de vacaciones autogestionada y la Oficina de Empoderamiento”. También funciona el espacio de arte, cocina y teatro, el trabajo con la juventud en la prevención inespecífica de consumos problemáticos, “desde un modelo social con una mirada transversal que reconstruye los lazos entre jóvenes y con el barrio”. Las mujeres de Territorios Saludables son quienes trazan estrategias colectivas de acción y acompañan en un camino de resolución de problemáticas de salud, promoviendo procesos de empoderamiento.

Los testimonios de las mujeres del barrio son elocuentes. “Empezamos a participar en las mesas de gestión, al principio nos daba miedo porque siempre tuvimos eso de que los políticos son más que nosotras, eso nos sirvió para empezar a discutir  y darnos cuenta que nosotras desde acá vemos las cosas diferentes. Lo invisible se hizo visible”.

Una experiencia de encuentro y fortalecimiento fueron las Jornadas de Formación de Defensoras de la Salud de las Mujeres, donde 100 mujeres de más de 20 barrios se miraron a los ojos para compartir y reflexionar sobre sus prácticas, sus historias, las problemáticas de su lugar. Para pensar estrategias juntas, para no sentirse solas.  “Nos comprometimos a ser Defensoras de todos los días en cada territorio”, sostienen. Hoy, las vecinas de muchos barrios cuentan con una defensora de la salud cerca de su casa.

Desde el Movimiento Territorios Saludables también asumieron un rol fundamental durante la pandemia, poniendo en el centro la importancia del cuidado colectivo, sosteniendo el comedor comunitario y sumándose al Operativo Detectar.

“¿Qué ciudad queremos? ¿Cómo construimos entornos urbanos que puedan ser habitados por todos y todas de manera igualitaria? . Las preguntas se instalan como dardos punzantes para repensar la ciudad que hoy habitamos: una profundamente desigual, mercantilizada, violenta y fragmentada.

Foto: Territorios Saludables

Pedagogía de la proximidad

Alejandra Buzaglo dice que en los barrios, “las mujeres se han cargado y han asumido el rol de los cuidados en un “quedate en tu barrio”, gestionando el tema del agua, la comida o un punto wifi para hacer las tareas de los chicos”. Y habla o imagina una ciudad habitada con ojos de personas y no de cámaras que controlen y vigilen. Crear comunidad, asegura. “La textura de la experiencia de lo cotidiano exige tramar redes de otro modo. La textura del relato, de lo que verdaderamente sucede”. Entonces, Alejandra menciona la “ciudad de los 15 minutos”, que es el tiempo ideal para resolver lo básico: salud, educación, alimentación, recreación. La cercanía, la proximidad, la escala barrio-comunidad. A eso se refiere cuando habla de un territorio habitado por ojos humanos, de calles que no solo estén diseñadas para el tránsito de autos o compras en locales comerciales. “Se trata de poder empezar a tramar la mixtura de usos, que generen 24 horas de actividad”.

Para las chicas de Canoa es central que se tenga en cuenta “la dimensión del disfrute y el deseo de las personas que habitamos los territorios. Y la voz de las mujeres y disidencias: eso se garantiza a partir de la participación ciudadana.  Poniendo las vidas de las personas en el centro de las decisiones urbanas”.

La ciudad feminista requiere ser pensada y planificada también desde las políticas de Estado. En este sentido, desde la Cámara de Diputados de Santa Fe, se viene trabajando en la unificación de diversos proyectos de ordenamiento, cuidado y equidad territorial. Dámaris Pachiotti es diputada provincial y activista feminista de Ciudad Futura. Además preside la Comisión de Vivienda y Urbanismo de la Cámara Baja. Es una de las autoras de los proyectos que están en discusión. Dice que es fundamental que las políticas públicas sean pensadas desde abajo, desde la proximidad. “Hay que poner la desigualdad en el centro de la agenda urbana y la participación de lxs vecinxs para que puedan hacer propio esas decisiones. Rediseñar nuestros barrios a partir de la participación ciudadana. Si un rol le cabe al Estado es ese, servir como receptor de cada política pública que tiene que acompañar a las vecinas que habitan los territorios. Reconocer cada uno de esos saberes que tienen las mujeres en los barrios para crear la agenda urbana y abordar las problemáticas comunes. Urbanizar no solo es que haya más servicios, luz, agua.

Es también incorporar la importancia de los cuidados y a quienes lo sostienen. Pensar la posibilidad del disfrute, del acceso al deporte, la calidad del servicio público”, señala la diputada.

Desde Ciudad Futura, espacio que acaba de lograr la aprobación de la ordenanza para el proyecto de urbanización de Nuevo Alberdi de Rosario, es fundamental construir ciudades feministas que impliquen poner el buen vivir, la calidad de vida, la sustentabilidad, el deseo de quienes habitan los territorios como horizonte en las decisiones políticas. “Politizar lo cotidiano”, sostienen.

Pero aún falta demasiado para que el Estado en su conjunto planifique las ciudades con una perspectiva feminista transversal e interseccional.

Y siguen siendo los movimientos sociales y las organizaciones de mujeres organizadas desde las bases quienes impulsan esas micro transformaciones en los barrios, en sus comunidades y también en las tomas de tierras donde garantizan cuidados básicos y espacios para sus hijes.

Mientras tanto, los conflictos de desalojos y la falta de acceso a la vivienda en las grandes ciudades expone a las mujeres, a las identidades feminizadas, a las madres que crían en soledad, a la peor situación porque siguen siendo las más afectadas y las más vulneradas en su derecho a un hábitat digno. La historia de Erica, Sonia y Mariela es el reflejo de muchas que se replican en las ciudades donde la injusticia territorial es la regla, nunca la excepción.

Tres meses antes de ser desalojada, Érica le decía a Edith Gauna, fotógrafa activista que acompaña la resistencia en la Sexta de Rosario. “El único recuerdo mío es que antes de venir a vivir acá, yo vivía en la casa de mi mamá, en una piecita chiquitita sin baño, sin nada, era chiquita, no entraba nada, no tenía cocina, no tenía nada. Cuando mi tía vivía acá y se tuvo que ir, me la dejo a mí, y me quedé acá. Ella vio como yo estaba viviendo y me dijo ‘por lo menos acá tenes un baño’. Nunca me voy a olvidar el día que yo vine acá. Es mi casa, es mi historia”.

Tres meses después, Érica quedaba en la calle, en plena madrugada, junto a su pequeño hijo.

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