“Cuando te tiembla el techo es terrible lo que se siente”. Las trabajadoras sexuales atraviesan una emergencia habitacional alarmante. Sin derechos laborales, enfrentan posibles desalojos y una crisis económica agudizada por la pandemia.  En su mayoría, son madres único sostén de su hogar. AMMAR Rosario presentó un proyecto al Concejo que establece, entre otras políticas, una ayuda habitacional por 10 meses. 

Foto principal: Edith Gauna

A Sandra se le entrecorta la voz cuando recuerda aquellos días en que tuvo que dormir en una estación de servicio con sus dos hijos después de que le usurparan su vivienda en barrio Ludueña. No tenía un techo dónde ir. Una amiga la alojó en su casa y sus compañeras del gremio de AMMAR le tendieron la mano necesaria para empezar de cero. Ahora alquila la planta alta de una casa en barrio Belgrano pero como a tantas otras mujeres, único sostén de hogar, la plata no le alcanza porque la pandemia afectó su laburo, porque dice que “los aranceles para los clientes siguen siendo los mismos” y porque todo aumenta: alquiler, alimentos, medicamentos.

La pandemia profundizó la enorme vulnerabilidad que soportan en sus cuerpos las trabajadoras sexuales. Casi sin trabajo y sin derechos laborales, la situación económica que atraviesan es alarmante. A eso se suma el abuso ya conocido del mercado inmobiliario que, sobre ellas, se recrudece aún más. “A nosotras nos piden dos o tres veces más de lo que cuesta un alquiler en el mercado”, señala con impotencia la secretaria adjunta de AMMAR Rosario, Gabriela Hemela.

Noelia atiende el llamado de enREDando desde la calle, mientras trabaja. Tiene 30 años y cuatro hijos. Los dos más pequeños viven con ella en una casa de uno de los pasillos de barrio Tablada. Dice que le falta un año para que finalmente ese lugar sea suyo. Todos los días 10 de cada mes paga una cuota de 10 mil pesos que no siempre logra conseguir. Su sostén afectivo y también económico era su mamá que murió hace tres meses. Con su jubilación la ayudaba para los gastos mensuales y además cuidaba a sus hijos en el horario en que Noelia salía a trabajar. Ahora todo es mucho más difícil pero no está sola. En AMMAR encontró a un grupo de compañeras que  brinda contención mientras piensan entre todas como “carajo hacer para enfrentar esta realidad emergente, que es ahora y que está pasando”, dice Gabriela. Está enojada y también angustiada. Son 130 familias las que están en emergencia alimentaria y habitacional. Ese es el número de mujeres que se acercan hasta la casa de Miriam Auyeros, secretaria general del gremio en Rosario, a buscar el bolsón de mercadería que entrega provincia y municipio. Cada entrega que se hace conlleva una charla, y cada charla visibiliza una urgencia.

“Desde que empezó la pandemia mi situación económica cambió muchísimo. Tengo tres hijos, los dos más grandes viven con sus abuelas y yo estoy a cargo del más chico que tiene 3. Todo se puso peor desde el 20 de marzo del 2020” dice Silvina. Hace tiempo que empezó a dedicarse a la gastronomía y se la rebusca cocinando viandas que entrega a domicilio, muchas de sus clientas son las trabajadoras de AMMAR que brindan servicios en departamentos privados. Silvina está a punto de ser desalojada. El próximo 15 de septiembre tiene que dejar el lugar donde vive con Franco, su pequeño hijo, y no tiene donde ir. Imagina la posibilidad de alquilar una pieza en una pensión pero la desespera no tener un espacio para cocinar, que hoy es su principal fuente de ingresos. “Si tengo que volver a alquilar, como mínimo son 40 mil pesos o más y no tengo esa plata. Antes me ayudaba mi mamá pero tuvo un brote psiquiátrico”, cuenta Silvina. Su voz también se quiebra. Al igual que Noelia, su sostén era su vieja. Otra vez, otra mujer de la familia acompañando en las tareas de cuidado. Realidades comunes en tantísimos hogares monomarentales donde la olla, la casa y la crianza se sostiene en total soledad. Historias que se repiten y que no son aisladas: trazan el enorme mapa de las desigualdades estructurales, de clase y género que pesan sobre las mujeres, lesbianas, travestis y trans.

Dice Silvina, mientras prepara las viandas de comida que le permitirá ganarse la plata del día:

Ojalá podamos vivir de una forma un poco mejor. Porque toda esta situación también repercute en nuestros hijos. Es que cuando no hay techo, no hay nada. 

Un subsidio urgente

“El Concejo Municipal el año pasado, mediante la Comisión de derechos humanos, reconoció la situación de vulnerabilidad en la que se encuentra nuestro colectivo, esto se debe a la clandestinidad a la que se nos somete por la falta de reconocimiento de nuestros derechos laborales, sociales y previsionales. Esta política es una urgencia que el Estado debe atender de inmediato”, explica Gabriela, una de las impulsoras de un proyecto que, de aprobarse, implicaría el otorgamiento de un subsidio habitacional para 130 familias. El 27 de julio AMMAR lo presentó ante la Comisión de Derechos Humanos del Concejo y ya mantuvieron una reunión con integrantes de la Comisión de Feminismos y Disidencias. La expectativa para que avance es positiva ya que el año pasado todo el cuerpo de concejales demostró preocupación por la situación de emergencia que atraviesan las trabajadoras sexuales.

El proyecto establece, sobretodo, la asignación de un subsidio de 180 mil pesos a pagarse en 10 cuotas iguales y consecutivas de 18 mil pesos. Gabriela reconoce que es apenas un parche frente a una emergencia que se agudiza ante la falta de derechos laborales, pero al menos posibilitaría atender la demanda urgente durante los próximos diez meses. En el proyecto también se solicita que se promuevan líneas de créditos con tasa preferencial como estrategia de solución frente a la problemática habitacional. “Esta es una ayuda momentánea pero al menos queremos que quede como antecedente de lo que estamos padeciendo. Existe un mercado sexual y esta pandemia a nosotras nos dejó en jaque, somos los últimos eslabones de la cadena en lo que se refiere a derechos laborales y sociales. Dejen de mirar para otro lado”, apunta la secretaria adjunta del gremio en Rosario.

Con orgullo, Gabriela Hemela se planta cada vez que sale a la calle a reclamar por sus derechos y los de sus compañeras. Articula a nivel nacional con todo el sindicato que a través de una colecta autogestiva, logró que 20 trabajadoras sexuales mayores de 50 años de 13 provincias reciban un bono equivalente a un mes de jubilación mínima por primera vez.  “Las trabajadoras sexuales de la tercera edad merecen tener una vejez digna y un estado presente que pueda reparar tanta violencia y desidia que tuvieron que atravesar: calabozos, dictaduras, coimas, vejaciones y quita de tenencia de sus hijxs. Para ellas un poco de justicia social hasta que todo sea como lo soñamos” escribió en su red social la máxima referente a nivel nacional, Georgina Orellano.

La tribu

-A mí me salvaron las putas en el peor momento,- dice Gabriela.

Ella sabe, como tantas otras, que sin un Estado que impulse la despenalización del trabajo sexual, la clandestinidad las somete a la peor situación. Por eso la autogestión y la organización sindical. Por eso, “la lucha puteril” que emprenden contra todo: hipocresía, indiferencia, violencia económica e institucional. “La mayoría de las trabajadoras sexuales cis en un 90 por ciento somos jefas de hogar, y tenemos a nuestro cargo entre 1 a 7 hijes. Pero somos insistentes y le exigimos al Estado que haya políticas públicas reales”.

Esa insistencia es la que les permite estar en pie y conseguir algunos logros fundamentales como fue, en Rosario, la derogación de los códigos contravencionales en el 2010, o la reparación histórica para Macarena, la hija de la militante sindical asesinada Sandra Cabrera.

Pero, sostiene Gabriela, “hay un enorme sector abolicionista que nos quiere sin derechos”. Desde el sindicato son contundentes cuando exigen que se sancione una ley que despenalice el trabajo sexual. “Derechos laborales para quienes decidimos ejercerlo de manera autónoma, y derechos para aquellas que quieran dejarlo y puedan tener un abanico de oportunidades laborales”.

En enero del 2020, cuando se conmemoraba un nuevo aniversario del crimen impune de Sandra Cabrera en Rosario, Orellano le decía a enREDando: “el discurso que se instala es que todas somos víctimas. Y nosotras defendemos, que aún estando en situaciones de vulnerabilidad social, las pobres elegimos, seguramente entre opciones de mierda, pero esa decisión que tomamos tiene que ser tan legítima como la de cualquier otra. Ese discurso feminista que nos victimiza significa tutelar nuestras vidas y es justamente contra lo que peleamos cuando decimos que queremos luchar contra el patriarcado, es decir, que no hablen por nosotras”.

No da lo mismo atravesar una pandemia con derechos que sin ellos. Tan cruel y tan claro como eso. Organizarse es fundamental porque sin la tribu no hay sostén. “La mayor herramienta que tenemos para transformarlo todo es el sindicato, y estando con la tribu sin cesar, pase lo que pase”.

Los testimonios de Noelia, Sandra y Silvina dan cuenta de esa red tan vital que tejen las trabajadoras sexuales. Sandra vuelve a quebrarse cuando habla de ellas. “Mi hijo se enfermó, estuvo tres meses internado y yo hace un mes que no trabajo. Tuve muchos gastos y ellas se han ocupado. Han organizado colectas de ropa, me ayudaron a conseguir un lugar para vivir”.

Para Silvina, las integrantes de AMMAR fueron el empuje para iniciar su emprendimiento de comidas. “Soy de riesgo, no puedo estar en la calle, en contacto con la gente. Empecé con este proyecto y de a poco va creciendo”, dice entusiasmada aunque sepa que le quedan semanas para dejar la casa que hasta ahora fue su hogar.

El pedido a los y las concejalas, responsables de aprobar un proyecto de ayuda habitacional, es urgente. Silvina vuelve a repetir una frase que espera, resuene en cada banca del Concejo Municipal. “Hay muchas mamás solas y ojalá nos escuchen porque cuando te tiembla el techo es terrible lo que se siente”.

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