La docencia y la pandemia en los barrios populares de Rosario. La falta de conectividad y el lazo comunitario. ¿Qué lugar asumen lxs maestrxs en las escuelas de las zonas donde más derechos se vulneran? “No hay ninguna propuesta pedagógica a futuro que pueda funcionar si no se tiene en cuenta la voz de quienes están poniendo el cuerpo en la escuela” coinciden docentes en este diálogo con enREDando. 

 

El tiempo que ya llevamos de pandemia provocó reestructuraciones en casi todas las instituciones y la escuela fue una de las que estuvo en el centro del debate por su nivel de impacto en la vida cotidiana de muchas familias. Apertura, cierre, burbujas, distancia social, virtualidad y barbijos fueron algunos de los conceptos que se incorporaron al léxico cotidiano de esta institución centenaria donde se depositan las expectativas de un futuro mejor para las infancias. Pero ¿cuáles son las situaciones que deben afrontar les docentes en esta nueva etapa de protocolos? ¿cuál es el lugar que ocupan las escuelas en los barrios más vulnerados de la ciudad? ¿sirvió este tiempo de pandemia para repensar las prácticas dentro del aula? ¿cuáles son las falencias que se evidenciaron luego de estos meses de interrupción en la presencialidad?

“El primer día, cuando nos volvimos a juntar, hice un juego de reconocimiento porque en muchos casos los chicos no se conocían cara a cara”, relata Marcelo Vasquez sobre lo que fue el regreso a clases sin burbujas en el cuarto grado de la Escuela Nº 1.226 Gesta de Mayo.

Desde el año 2019, Vasquez trabaja en esta institución del barrio Cristalería luego de haber pasado por escuelas de Bella Vista y del barrio Santa Lucía. “Es la vida en la docencia, realizar reemplazos hasta que finalmente podés titularizar”, explica.

Había pasado casi un año y medio desde que una pandemia planteó un paréntesis en los trayectos escolares de muchos chicos y chicas que tuvieron que continuar con su aprendizaje acompañado por les docentes, pero ya no con la rutina habitual del encuentro en el aula, el saludo de inicio, el juego en el patio y todo lo que implica habitar las escuelas. El cuidado de la salud colectiva propuso una modalidad remota, que se denominó virtual pero es un concepto que estuvo en discusión según el contexto donde se llevó a cabo, y el rol de las y los docentes en los barrios populares pasó a incorporar otras preocupaciones, como por ejemplo, organizar el reparto de bolsones de comida.

Los alumnos y alumnas de la Escuela Nº 1.226 pertenecen a una comunidad educativa cuya procedencia es “bien diversa”. Están quienes son de Cristalería, pero también es el lugar donde asisten infancias de la zona rural de Nuevo Alberdi que deben caminar hasta quince cuadras para llegar a la clase, además de quienes viven en el barrio Municipal y en zonas aledañas.  “En nuestro caso, actualmente casi todo el sistema educativo volvió a la presencialidad plena”, dice Vasquez para quien todo lo vivido en estos meses de pandemia “fue excepcional”.  Para analizarlo, dirá, hará falta la perspectiva histórica “porque lo seguimos transitando. Pero sin duda que está dejando una huella”.

“Todavía se nota un cierto ausentismo, pero se percibe la alegría del reencuentro. Eso es algo que destaco mucho. No solo el reencuentro con les docentes sino con les amigues”, comparte la docente de música Julieta Demagistris respecto a lo que sucede en la Escuela Nº 1.027 Luisa Mora de Olguín que se encuentra en barrio Ludueña. “Desde julio ya empezamos a trabajar casi con normalidad” aunque desde que comenzó la pandemia  estuvieron al tanto de la realidad de cada una de las familias de sus alumnxs.    “Siempre estamos atentas a la cuestión vincular, viendo quienes están y quienes no. Preguntando por qué no asisten los que no vienen, para trabajar colectivamente entre las docentes sobre las necesidades de cada alumne”.

Conocer en profundidad la realidad social de las familias que asisten a estos colegios ubicados en barrios populares de la ciudad parece ser una tarea que está implícita en el rol que desarrollan estos trabajadores y trabajadoras de la educación. Así lo vive Daniel Medina, más conocido en el barrio de Las Flores como “el maestro Daniel”, que trabaja alfabetizando adultos desde hace veinticinco años en el aula radial de la Escuela Nº65 para adultos que funciona en la Técnica Nº 407. “Después de tantos años en el barrio, conozco a los padres, tíos y hermanos de mis alumnos porque han pasado por mis clases”, asegura Medina que está acostumbrado a trabajar con personas dentro del aula cuyas edades oscilan entre los 14 y los 64 años. Muchos de ellos asisten solo cuando las obligaciones de su trabajo se los permite. “Por ejemplo, hoy estoy con José, que tiene 35 años, y como no le salió la changa de pintura, se vino para la escuela”, dice y suma: “Tengo cuatro alumnas adultas que están sosteniendo sus hogares y que vienen cuando pueden, o sino retiran la tarea. También hay dos adolescentes que tratan de estar siempre y una pareja donde el marido hace changas de albañil y la mujer trabaja en casas de familia”.

José está a punto de terminar la primaria y ya piensa en cuáles serán sus planes para continuar con su formación. “La educación nos ayuda a tener una mejor comunión con la sociedad. Por eso, cuando puedo, sigo aprendiendo. El maestro Daniel no solo nos acerca el método para aprender matemática o lengua, sino que también vemos la manera y la forma en cómo se expresa y eso no da un ejemplo. Nos da la oportunidad de que, cuando estamos afuera de la escuela, podamos dar un poco de ese conocimiento y acercarnos a hablar con otros sin tener miedo. Eso es algo que me edifica”, dice el alumno de 35 años. “Soy del barrio de la Carne y he visto como muchos de mis compañeros no pudieron ir a la escuela y hacen cosas que no deberían. Yo los invito para que hagan la nocturna y vean que hay una oportunidad para mejorar, pero la decisión es de cada uno”.

La culminación del sistema de burbujas hizo que la mayoría de los alumnos y alumnas retomara la comunicación habitual que solían tener con Medina antes de la pandemia. “A mediados del 2019, los vecinos nos plantearon la necesidad de armar una olla popular que llevamos adelante con distintas donaciones y en coordinación con una de las alumnas. Durante los meses de mayor confinamiento se interrumpió el contacto con algunos y la olla fue la excusa para venir una vez por semana al barrio y hablar con ellos” recuerda Medina, para quien este último tiempo evidenció las desigualdades existentes en este barrio ubicado en el extremo sur de la ciudad.

La docente Cintia Pérez coincide en que la aparición del coronavirus puso de manifiesto las falencias existentes en los colegios donde se convive a diario con múltiples problemáticas. “Son tiempos de mucha incertidumbre, pero nos vamos a tener que sentar a charlar en algún momento acerca de qué vamos a hacer con un montón de cuestiones, porque los niños y las niñas tienen muchos derechos vulnerados”. Cintia trabaja desde hace ocho años en la Escuela Nº 133 20 de junio de Nuevo Alberdi. “La constitución familiar, las viviendas, la ley de conectividad, el rol de los y las docentes que están sobrepasadas con algunas cuestiones burocráticas, qué hacer con los contenidos o si dar prioridad a los trayectos, son algunas de las muchas cuestiones que hay que trabajar y quizás ahora la urgencia hace que sigamos como podamos”, dice al tiempo que define a la escuela como un “encuentro de sentidos” que en la actualidad es necesario llevar adelante con todos los cuidados que exige la pandemia. Al momento de realizar la entrevista, una sucesión de días lluviosos había complicado la asistencia plena de muchos de sus alumnxs que viven en la zona rural de Nuevo Alberdi, donde el barro suele ser un impedimento para llegar a la escuela.

“La pandemia puso la lupa sobre cuestiones que ya estaban. Se hizo más evidente la desigualdad educativa acerca de quiénes pueden acceder a un dispositivo para conectarse y tienen los datos para hacer una videollamada por WhatsApp y quiénes no lo pueden hacer”, sostiene María Beatriz Jouve que es Licenciada en Ciencias de la Educación y llegó a desempeñarse como vicedirectora de la Escuela Nº 150 Cristóbal Colon hasta febrero del 2020, cuando finalmente obtuvo su jubilación. “Soy pre pandemia”, se define Jouve, quien de todas maneras siguió de cerca las vicisitudes que debían afrontar sus colegas. “Mi jubilación era reciente y conversaba con quienes habían sido mis compañeras y realmente la situación fue muy compleja», comparte Betty Jouve, autora de una serie de libros que reflejan sus experiencias dentro del aula.

La no presencialidad

“Para nosotras no existió nunca la virtualidad, o no funcionó como proyecto, sino que siempre hablamos de la no presencialidad”, sostiene Demagistris respecto a cómo se desarrollaron estos últimos meses en la escuela del barrio Ludueña donde intentaron “buscar las maneras de estar presentes”.

“Empezamos a ir antes de que todas las escuelas se abrieran, a golpear puertas para buscar a les pibes en sus casas. Ver cómo estaban, por qué no respondían, comunicarnos con quienes no teníamos contacto. Es decir, empezamos a vincularnos como una cuestión prioritaria”. Asegura que es una tarea que aún continúan haciendo “más allá de la presencialidad completa” porque “hay chicos que todavía no se vincularon”. La docente resalta que en este tipo de instituciones “fue importante la buena gestión de parte de aquellos directivos que entendieron empáticamente la situación en la que estaban sus alumnos y qué es lo que se necesitaba”.

Casi el 95% de los alumnos no poseía un dispositivo, dice Daniel Medina cuando describe la población adulta que asiste al colegio ubicado en el barrio de Las Flores. “También nos dimos cuenta que muchas familias tenían un solo celular pero no tenían para la carga. Mientras que otras familias lo tuvieron que vender para poder comprar mercadería”. La alternativa fue recurrir a la confección de cuadernillos impresos que se fueron entregando en la medida que muchos de sus alumnxs asistían al colegio para buscar los bolsones con mercadería que se repartían dos veces al mes en el barrio.

“También la pandemia nos enseñó a poder vincularnos en la puerta del colegio”, cuenta y así fue como durante mayo y junio de este año muchos estudiantes se acercaron, con todos los cuidados, hasta la entrada de la Técnica Nº 407 y mantuvieron la comunicación con sus docentes. Fue un tiempo donde afloró la solidaridad entre las y los integrantes de esta comunidad ya que “muchas familias sin hijos hasta llegaron a compartir la leche con quienes tenían más hijos”, pero donde también “algunos tuvieron que vender sus herramientas de trabajo para poder cargar la tarjeta de colectivo y con eso comprar algún remedio. Porque la IFE ayudó bastante, pero en el día a día muchas familias tenían que, además de parar la olla, hacer otras cosas”.

Hemos tenido experiencias de gente que nos dijo que no se podía conectar porque había vendido su celular para poder comer.

La dificultad en la conectividad por la escasez de herramientas tecnológicas es una constante que se reitera en todos los testimonios . “Principalmente utilizamos mensajes de WhatsApp y, en el mejor de los casos, alguna videollamada”, relata Vasquez. “La pandemia vino a revelar la enorme desigualdad que existe en cuanto a las nuevas tecnologías. Porque mientras hubo escuelas que se pudieron manejar con herramientas como el Classroom, en nuestro caso estuvimos muchísimo más limitados”.

“Hemos tenido experiencias de gente que nos dijo que no se podía conectar porque había vendido su celular para poder comer. Hay que entender que las familias se pasan el tiempo buscando el mango para comer, mientras que algunos para poder subsistir se han mudado a otros barrios, o provincias, donde tenían familiares que los alojen”, cuenta la docente de barrio Ludueña. Un barrio donde la preocupación pasa por “el empobrecimiento y la necesidad del plato de comida”, analiza Demagistris.

Para Cintia Pérez “la virtualidad en este tipo de escuelas no existió”. Cuenta que algunas familias tenían solo un celular disponible en algún momento del día, y que tuvieron que conseguir una impresora  para poder entregar las tareas en papel a quienes veían que les resultaba muy difícil hacerlas desde un teléfono.

A la falta de herramientas tecnológicas, observaban cómo en muchos de los hogares del barrio “no siempre había un adulto que pudiera interpretar las consignas”, por lo que para muchos de los chicos y chicas de esta comunidad resultó difícil la resolución de las tareas sin el acompañamiento que recibían habitualmente dentro del aula.

Marcelo Vasquez es uno de los que sostiene que la interrupción del programa Conectar Igualdad -durante la gestión macrista- es parte de una “decisión deliberada de privar a estos sectores de la población en el acceso a algunas herramientas”, lo cual los hace “no estar tan vinculados a las nuevas tecnologías”. “Necesitamos un acceso universal a las nuevas tecnologías, de lo contrario se suma a la brecha social y económica, una nueva brecha de desigualdad”, afirma el docente para quien fue muy llamativo cómo el acceso a las nuevas tecnologías no fue un tema de agenda en la campaña política.  “No apareció en los discursos de los candidatos, por lo menos yo no lo he escuchado. No deja de ser contradictorio porque, mientras estoy hablando de esto, también tengo que decir que en algunos de estos barrios no hay agua potable. Me refiero a que son lugares que están a cuarenta y cinco minutos del centro de Rosario y no en el norte de nuestro país”, dice Vasquez.

Necesitamos un acceso universal a las nuevas tecnologías, de lo contrario se suma a la brecha social y económica, una nueva brecha de desigualdad

Las experiencias vividas a diario en estos espacios ubicados en las zonas periféricas de la ciudad les permiten asegurar a estos trabajadores y trabajadoras de la educación que se percibe  “una pobreza digital”, o como elige definirla Cintia Pérez, se trata de infancias que serán “analfabetas tecnológicas”, para lo cual es necesaria la resolución del acceso universal a las herramientas, que en la actualidad no disponen, mediante una ley de conectividad.  “Sería muy bueno que, en la era del video, podamos trabajar en base a materiales audiovisuales, pero no lo podemos hacer porque los chicos hoy no cuentan con los medios necesarios”.

Julieta Demagistris no siente que la tecnología sea “indispensable para la educación” donde asegura que aún existe “un universo que no está acabado” en cuanto a posibilidades y herramientas. Pero al mismo tiempo comprende la dimensión y el impacto que tienen las nuevas tecnologías y comparte la necesidad de exigir un acceso igualitario para todes, aunque deja planteada la duda acerca de si se trata de una cuestión primordial. “Lo pienso también como mamá y creo que no es una herramienta indispensable. Siempre intentamos alejar a les pibes de las pantallas y en este último tiempo se los obligó a permanecer frente a ellas y no todes pudieron adaptarse”.

Pensar las escuelas desde las escuelas

Principalmente durante el año pasado, la prolongación en el tiempo de la medida que exigía la continuidad de las prácticas educativas sin asistencia a los establecimientos instaló un debate donde la apertura de las escuelas pasó a ser un hecho trascendental pero sin profundizar demasiado acerca de las condiciones en las que se debía producirse el regreso a las aulas. Fue como si, de manera intempestiva, todes reconocieran la importancia de la labor que realizan a diario las y los docentes que, en ocasiones, son los destinatarios de las críticas por reclamar, con mucha lógica, un reconocimiento salarial acorde con la tarea que deben emprender.

“Todos reconocieron la importancia de poder ir a la escuela. Saludo que parezca tan importante, porque no siempre fue así. Parecía que, si no había presencialidad, no había educación. Cuando en realidad hay que hacer una diferenciación, porque educar es un proceso mucho más amplio”, analiza Betty Jouve, quien además plantea que las instituciones educativas “no son una isla” capaces de abstraerse de un contexto signado por la angustia y el sufrimiento que transitaron muchas personas por la pérdida de familiares producto del coronavirus. “Hay que pensar que esas pérdidas están atravesando la vida de las infancias que también son sujetos sociales. Hay que poder dar un lugar para elaborarlas y hablar sobre lo ocurrido. No se trata de que nos metemos todos adentro de la escuela y vamos para adelante con los contenidos que no logramos dar”, dice Jouve y por lo tanto “no era solo una cuestión de ir o no a la escuela, sino que se trataba de una situación mucho más compleja”.

Hay que pensar que esas pérdidas están atravesando la vida de las infancias que también son sujetos sociales. Hay que poder dar un lugar para elaborarlas y hablar sobre lo ocurrido.

“Hay una pandemia y para garantizar la presencialidad se requieren de ciertas condiciones materiales. La escuela no es una entelequia, sino que es un edificio y son aulas que tienen que tener determinadas dimensiones y ventilaciones. Por lo tanto, hay algunas que pueden garantizar más la presencialidad que otras”, explica Jouve quien advierte también que existe una “pedagogía de escritorio” donde se “escribe desde una oficina, pero no tienen el gusto de transitar los establecimientos.”

Betty asegura: “no hay ninguna propuesta pedagógica a futuro que pueda funcionar si no se tiene en cuenta la voz de quienes están poniendo el cuerpo en la escuela y a las distintas situaciones que allí se dan”. “El desafío es que los docentes se apropien de su saber y puedan autorizarse a decir. Cuando me animé a publicar mis primeros libros tenía que ver con esto, con apropiarnos de nuestro conocimiento porque somos los que estamos construyendo un saber empírico todos los días poniendo la oreja y estando en el terreno. No puede haber una teoría despegada de la práctica”. Betty insta a recuperar la figura de los y las docentes como intelectuales y no solo como ejecutores de políticas que otros diseñan para lograr una reflexión crítica sobre la práctica y “a partir de ahí producir teoría”.

Para Medina, en los debates que se instauran acerca de la educación sucede que “todos sienten que pueden opinar porque pasaron muchos años por una escuela” y asegura que su referencia siempre son las palabras de Paulo Freire: “leer el mundo junto con el alumno”. Entonces explica: “la concesión que tenemos acá es la lectura en conjunto del mundo y es algo que se da con los alumnos. Cómo leen ellos las desigualdades, cómo pueden solidarizarse con los mismos compañeros», explica el docente del barrio Las Flores. “Enseñar a leer el mundo es algo que va más allá de las letras”, dice.

“Existe una dificultad, en relación a la escuela y la docencia, y es que estamos siendo hablados por otros y otras”, opina Vasquez. «Muchas veces por el ámbito académico, las políticas ministeriales o por determinados agrupamientos que surgieron en este tiempo, como por ejemplo Padres por la Educación. Donde en muchos casos son planteos de un absoluto desconocimiento de lo que implica el trabajo cotidiano en la escuela y desde una mirada cerrada con poca posibilidad de debate o discusión. Con consignas como abran las escuelas y punto”, dice el docente que se desempeña en barrio Cristalería y para quien, durante estos meses de aislamiento, se perdió la “posibilidad de debatir qué proyecto pedagógico queremos llevar adelante en cada lugar y como sociedad. Qué queremos que los chicos aprendan y qué quieren los chicos, porque no aparecen las voces de las infancias”.

“Todo esto deja en claro el profundo desconocimiento de lo que implica el rol del docente, que no es solamente ir y copiar en un pizarrón, sino que tenemos responsabilidades y además tenemos que garantizar derechos”.  Vasquez cree que es necesario dar debates pedagógicos de manera urgente, sino “la educación parece impoluta y la tarea educativa no tiene ningún tipo de connotación política o posicionamiento ideológico y nada más alejada de eso. Te puede gustar o no, pero la tarea educativa es una tarea política”.

“Hay que parar un poco la pelota porque no es solo dar los contenidos”, pide Pérez. Para la docente son momentos en que la escuela debe “tomarse los tiempos y no correr para llegar a determinados objetivos. Hay que frenar y poder charlar para pensar qué es lo que estamos enseñando”, imaginando que a pesar de las diferentes realidades socioeconómicas, existe una idea del futuro que no está tan lejana y que sin duda propone otros escenarios, por ejemplo, en el mundo del trabajo. “El otro día escuchaba que, de cada diez adolescentes que terminen el secundario, hay por lo menos seis que van a tener trabajos que no conocemos”. Frente a ese panorama es válida su pregunta acerca de cuáles de los contenidos que se desarrollan en la actualidad serán de utilidad para sus alumnas y alumnos en ese futuro que ya se está configurando.

El tema que suena en la radio

Tanto Marcelo Vasquez como Cintia Pérez son integrantes de Comunidad y Educación Pública, un grupo de docentes que en medio de la pandemia diseñaron estrategias para recuperar el contacto con sus respectivas comunidades educativas en los tiempos de mayor aislamiento. “Al principio, salimos con un roperito solidario y después organizamos un programa de radio, viendo que la prioridad era encontrar a los chicos y chicas”, cuenta Pérez.

“Fue una experiencia hermosa y en muchos casos posibilitó tener el vínculo afectivo pedagógico especialmente con las familias de la zona rural de Nuevo Alberdi, que son quienes viven en condiciones mucho más precarias», suma Vasquez. Una vez por semana, desde el estudio de una radio comunitaria, este grupo de docentes hizo llegar a través del éter las consignas que no podían trasmitir dentro del aula. Fue tal la repercusión que, en ocasiones, algunos de sus alumnos y alumnas se acercaron hasta donde se realizaba la transmisión para poder reencontrarse, aunque sea por unos minutos, con quienes eran sus docentes. “Más que trabajar sobre un contenido, era una forma de decir acá está la escuela. El lugar de la docencia en estos contextos cobra otra relevancia y tiene otra implicancia. Nuestro horizonte tiene que ver con garantizar derechos elementales, porque son los lugares donde más se vulneran. Estoy convencido de que, si se logran aprendizajes, se abre una posibilidad distinta para muchas de esas trayectorias escolares y de vida”.

Más que trabajar sobre un contenido, era una forma de decir acá está la escuela. El lugar de la docencia en estos contextos cobra otra relevancia y tiene otra implicancia.

¿El futuro llegó hace rato?

Daniel Medina cree que la escuela va a ser siempre presencial. “No se puede vincular a través de una pantalla a un docente y un alumno, porque en lo presencial está fundamentalmente la escucha, la mirada, lo gestual y la voz”, dice cuando le preguntan sobre si la experiencia que deja la pandemia se acerca a una idea de lo que puede llegar a ser la educación en el futuro. Medina es contundente cuando dice que no se puede educar si no escuchás a quien tenés enfrente. “Uno es en el aula lo que trae de la vida”.

Julieta Demagistris dice que cada escuela es un mundo. Que en los últimos meses se fueron tomando decisiones “en base a su realidad” ante la falta de claridad en las definiciones que comunicaba el Ministerio de Educación y que la experiencia de trabajar en burbujas, con grupos reducidos, le permitió compartir otro tipo de cercanía con sus alumnxs.

Para Betty Jouve “cuando se pueda pasar en limpio todo este tsunami pandémico que nos atravesó creo que todas las herramientas tecnológicas tendrán que ser parte de los reclamos y derechos que hay que salir a defender, porque fue muy importante en los momentos de aislamiento tenerlas para mantener el vínculo”. Y cierra : “La escuela es una institución histórica y social que está atravesada por los males de su época. Pretender separarla y hablar de la escuela, en singular, me cuesta porque tengo que pensar en las escuelas en plural y atravesadas por su época. Escucho que se habla de la escuela como si fuera una cuestión que está aparte, por fuera de la sociedad, un lugar donde no nos llegan las inclemencias del tiempo, y no es así”.

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