Doscientas ex presas políticas de la cárcel de Villa Devoto se juntaron para concretar un deseo: narrar las memorias de la vida después de recuperar la libertad. Durante la pandemia elaboraron un libro web que reúne fotos, videos, audios y relatos en primera persona. La escritura viva, el encierro y el exilio. Un tejido de resistencia colectiva y todo lo que acontece después de la cárcel.

Fotos: Edu Bodiño

Era el año 2019 cuando el hall del Hotel Bauen se llenó de un grupo de mujeres, de 300 mujeres que en muchos casos hacía 40 años que no se veían. Todas tenían una historia común: la cárcel de Villa Devoto y el encierro durante el genocidio argentino. Tenían además una profunda necesidad: volver a abrazarse.

Ese primer encuentro estuvo atravesado por la emoción: eran ellas y también sus hijes, sus hermanes, su familia, las compañeras desaparecidas, lxs 30 mil.

“No fue un encuentro, fueron miles”. Patricia Borenstein recuerda que entró perdida al hotel pero enseguida el bullicio la fue guiando hasta el grupo de mujeres con quienes se reencontraría después de tanto tiempo.  Algunas se reconocían y se fundían en abrazos y otras intentaban, al igual que ella, ubicarse en tiempo y espacio. Cada una tenía su nombre escrito en un sticker pegado sobre la ropa. “Como si todo hubiera estado a oscuras y de pronto alguien enciende una luz. Las vi a todas. Una por una. Las que se me acercaban y me abrazaban, sin siquiera mirar mi papelito pegado en la solapa. Las que yo me quedaba mirando porque una sonrisa me traía otro rostro más joven, de allá lejos”, dice Patricia.

Las voces, la memoria que trae momentos. La música que las conecta. Para Patricia, eso fue más importante que cualquier otra identificación política. “Tengo muchas historias guardadas que me contaron. Tengo también números de teléfono guardados. Tengo un teléfono que anoté y no se de quien es. No recuerdo. Bueno, da igual. La llamo y veo quien contesta del otro lado. Tengo. Tengo alegría. Mucha”.

Ese primer reencuentro fue una fiesta. No estaban solas. Les hijes de las ex presas políticas de Devoto también fueron parte de un momento único y tan esperado. “Descubrimos la necesidad de contar nuestras historias, de escuchar lo que significó y significa, tener la mirada de la infancia sobre la experiencia de la cárcel política. Nos fuimos conociendo, federalizamos las historias que, al igual que los orígenes maternos, se extendían por todo el territorio y a veces pasaban por el exilio. Se fueron armando las rondas para compartir nuestros fuegos: “yo tenía un año cuando mi madre cayó presa en Mendoza”, “yo nací en Devoto y luego estuve unos años con mis abuelos”, “yo nací en la democracia, luego de que mi vieja armara otra familia en el sur”, “yo acabo de ser papá y mi hija se llama Libertad”, “mi vieja murió hace unos años, el encuentro, a pesar que me dolió muchísimo su ausencia, me hizo encontrarla a través de sus compañeras” Se había prendido la chispa de las cercanías. Y el encuentro de las tías, como las bautizamos, fue la proa de nuestro propio barco”.

Se había prendido la chispa, dicen sus hijxs. Y algo de todo ese fuego continuó, tiempo después, en un grupo de WhatsApp y más tarde, en encuentros periódicos vía zoom y meet. Es que llegó la pandemia y la presencialidad se vio interrumpida en todo el país. Pero nada impidió que el deseo íntimo de tres compañeras germinara en un libro escrito por más de doscientas.

“Somos presas políticas que en la cárcel de Villa Devoto empezamos a tejer una trama que, en libertad, supimos mantener. A los veinte nos rodeó la muerte y la cárcel de la dictadura. Todas tenemos un ser querido -o varios- muerto o desaparecido. Pero también todas nos aferramos a la vida, es nuestra forma de resistir. Resistimos viviendo hasta el límite. Escribimos y contamos para seguir viviendo cuando no estemos más”.

La voz que habla es un plural mayúsculo. Un todo que desentrama distintas narrativas y experiencias de vida. Ese colectivo de mujeres supo construir, en muy poco tiempo, el libro virtual “Nosotras en libertad” que permite recorrer momentos, vivencias y recuerdos después de haber transitado el encierro.

“Sus cuerpos, sus mentes y sus vidas debieron soportar la atrocidad y el espanto con el que un nuevo plan sistemático pretendió exterminar la voluntad. Esas marcas están tatuadas en cada rincón de su ser. Están vigentes en las presencias y en las ausencias. En los abrazos que no se pueden dar, en las charlas que no se pueden tener, en los nombres que no pueden recordar. En los silencios cómplices, en las miradas que juzgan” escriben Mariana Fernández y Diego Slagter en el prólogo de “Nosotras en libertad”. El libro es un canto de esperanza, una caricia que cura, una ronda de amigas, es un abrazo que repara, dicen.

Y es también, la continuidad de lo que en el 2006 el Colectivo de Ex Presas Políticas publicó en el libro “Nosotras presas políticas”, un relato coral que comenzó a tejer el hilo de la historia y la memoria de 112 mujeres que fueron secuestradas y detenidas entre 1974 y 1983 en la cárcel de Villa Devoto.

Desde las tripas. Así fue como se gestó “Nosotras en libertad” cuentan sus autoras. Por junio de 2020, en plena pandemia, tres de ellas tomaron la iniciativa. Después, fueron unas veinte las que asumieron el compromiso de empezar a conectar las voces de todas las regiones del país. La idea del “libro” prendió rápidamente. “Tuvimos que aprender a usar el zoom y el meet para intercambiar palabras, risas y recuerdos”. La invitación era a escribir: poner en palabras la memoria de la cárcel o, mejor dicho, de todo lo que la cárcel les dejó. De cómo lograron resistir y transitar la vida durante los años que siguieron. De las estrategias y la solidaridad que tejieron mientras estaban detenidas. De cómo ese tejido fue el sostén para seguir andando.

De ese primer encuentro con la calle estando libres y de las 17 rejas que dejaron atrás. “Estábamos en una habitación pequeña, sin ventanas, tres sillas y una mesa pelada. Nos hablamos todo, nos callamos, nos abrazamos, nos reímos, nos abrazábamos…En ese momento me di cuenta que había contado las puertas para llegar hasta allí. Habíamos cruzado 14 puertas, portones y rejas. Por fin ya anocheciendo, nos llevaron hasta el portón, era el número 17 en mi conteo. De pronto estábamos en la vereda sin saber qué hacer.”

¿Cuántas enviarían sus textos? era la duda que tenían en un primer momento. Pero en pocos meses, el grupo de las veinte promotoras recibió en su correo dibujos, relatos, poemas, audios y videos de más de 200 compañeras.  Se organizaron, dividieron tareas y autogestionaron el financiamiento de todo lo que implicaría hacer un soporte web. Hubo trabajo en equipo y lo hicieron juntas.

Entre Devoto y el exilio

El recuerdo de Marta Ronga está atravesado por el exilio. Su memoria en Devoto, los años en que estuvo detenida en la Unidad 5 de mujeres en Rosario. El terror de un “traslado” nocturno. Saberse en libertad pero seguir presa en medio del horror. Escapar de su propia tierra. Dar a luz en cautiverio. Reencontrarse con su pareja, intentar reconstruir el lazo familiar.

El recuerdo de Marta está escrito en sus relatos: dos libros tiene publicados esta arquitecta, nacida en Rosario, presa política de Devoto, exiliada en Bélgica, sobreviviente y testigo en juicios de lesa humanidad. Ella es una de las doscientas compañeras que asumieron el desafío de escribir un libro coral. “Retazos” es el texto en el que Marta va narrando meticulosamente su propia historia. “Los refugiados políticos fuimos despaciosamente formando casi una familia en la que nuestros críos hicieron amigos para siempre. Celebramos fiestas patrias, cumpleaños, navidades blancas, leíamos la misma edición internacional del diario en papel de seda y contábamos pedazos de nuestras existencias con cautela. A algunas compañeras que llegaban con la opción las había conocido en Devoto donde después de un traslado feroz pasé el último año detenida”, cuenta Marta en este libro que tiene muchos otros relatos de experiencias personales ubicadas en cada punto del mapa de este país.

En una charla con enREDando, luego de la presentación en Tecnópolis, Marta contará que la idea del libro fue poder narrar las “estrategias que habían desarrollado para sobrevivir en la cárcel. Esa fue la idea matriz para pensar en esta convocatoria y fue muy masiva”.

También dirá lo que para ella significó vivir en el exilio. Marta y su compañero se radicaron en Bruselas donde pudieron encontrar atención médica para atender a su primer hijo que había enfermado de tuberculosis cuando apenas tenía 9 meses. “El exilio fue una forma de recomponer la familia. Cuando salí en libertad, mi compañero estaba perseguido, yo custodiada. Me llevaban a interrogar todos los días, y yo no podía vivir con el porque era la forma de exponerlo. Y mi hijo ya tenia casi 3 años y nunca habíamos vivido en familia. Salimos cada uno por su lado, después de muchas vueltas llegamos refugiados a Bruselas”.

En el exilio, a miles de kilómetros de distancia, Marta seguía de cerca lo que ocurría en Argentina. “Denunciábamos las barbaridades que se cometían, recibíamos a quienes llegaban tramitando visas para el ingreso”, relata. Allí pudieron construir “un pedacito de suelo para empezar de nuevo”. Allí Marta reconstruyó su familia, tuvo dos hijxs más, dos becas y retomó su carrera universitaria. “Era la vida que no se detiene ni sabe de precariedades, una bienvenida esperanza al alcance de la mano, un dulce amparo entre tanta muerte”.

Esa identidad de ser refugiada política los unió en el Comité Argentino de Solidaridad. “Era plural, mancomunado en principios, laborioso para juntar fondos, recibir a los que venían de Argentina y a las denuncias incesantes de entonces, en pleno genocidio. Nos fortalecimos con los variados matices políticos y experiencias de distintas regiones del país”.

Juan Gelman describió el exilio en su libro “Bajo la lluvia ajena”. Allí, el poeta dice: “no debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida. Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierra y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores. Tenemos que aprender a vivir como clavel del aire, propiamente del aire. Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano”.

De eso habla la historia de Marta y su familia. Cuando supieron que podían regresar a Argentina, tras la restauración de la democracia, no lo dudaron. Hicieron las valijas y volvieron aunque, dice Marta, “nunca se cierran las puertas cuando una se va del exilio”.

Marta regresó. Y encontró un refugio en su propia tierra. Un modo de contar, o de plasmar, algo de todo lo vivido y algo de todo lo presente en la escritura que, para ella, es como una arquitectura hecha de palabras. “Así como la arquitectura es una obra de ladrillo sobre ladrillo, haces un dibujo, un diseño y eso se convierte en un papel, se convierte en volumen, que después se llena de vida. La escritura es parecido, llenas una hoja de palabras y esas palabras vuelan. Para mi la escritura es una herramienta que nos comunica, que transmite, que hace memoria”.

Marta escribe: “la cárcel con sus claroscuros se coló también en mi trabajo de arquitecta. Mi lápiz corría intrépido dibujando ventanas al norte, esbozando patios con macetas, cocinas donde entrara la mesa para las charlas pausadas, la luz, el sol a raudales, la ventilación cruzada, la perspectiva donde perder la mirada. También definió la libertad de los entrepisos que permitieran otro punto de vista, asomando a las barandas. De aquel aislamiento de diecinueve horas diarias en las celdas de Devoto, donde escuché los hermosos relatos de otras geografías, surgían manantiales de ideas, espacios vigorosos tomando revancha de la vida cotidiana mutilada.”

“Nosotras en libertad” da cuenta de una resistencia colectiva -feminista- que habitó en las cárceles y en los centros clandestinos durante el genocidio argentino. “Fue el patriarcado recordándonos el papel que debíamos jugar en ese orden de terror y muerte. En las casas, hacendosas mujeres, criadoras de niños, tolerando amantes y dispuestas a la hora en que el macho la requería. Por otro lado, nosotras, osadas mujeres militantes e ideologizadas, caminando a la par, discutiendo en tribunas, debatiendo sin miedos y preparadas para cambiar el mundo. Éramos todo lo que ellos odiaban”, dice Elvira Acuña, otras de las 200 presas políticas que sumaron su historia al libro.

Marta dice que este es un libro diferente. Que acá no relatan los padecimientos que sufrieron sino todo lo que pudieron edificar a pesar de eso. Las fortalezas, las resistencias, los amores, las partidas, los abrazos. “Nosotras nos plantábamos a discutir política, economía, la posesión de la tierra, la distribución de la riqueza, la cárcel nos enseñó que juntas se puede más y mejor, porque no se trata de batallas individuales sino de unirse para lograr cosas fundamentales para mejorar nuestras vidas”.

El libro virtual invita a recorrer esta historia, coral y colectiva, narrada por doscientas mujeres que estuvieron presas en una cárcel durante la última cívico militar. En cada hipervínculo está el poder que ellas construyeron: el de repararse vivas a pesar del horror.

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