Dedicado a Matías Prieto

 

Ilustración: Andrea Richetti

No necesité poner el despertador. La conversación del día anterior volvió con la reverberancia de un eco a las dos de la madrugada. Me hacés acordar tanto a tu padre. Las palabras me empujaron de la cama a la cocina y caminé despierto como si no lo estuviera, como un sonámbulo hipnotizado por una melodía imaginaria. Saqué las tijeras de podar del bajomesada y salí por la puerta del patio hacia la hendidura en medio del ligustro que me separa de su jardín.

Antes la casa era toda una, no estaba dividida. Los ambientes eran amplios, abiertos. Las habitaciones eran una periferia y estaban en otro tiempo: después.

Seis hermanos varones hacen mucho ruido y ocupan mucho espacio. Pero no en esta casa. Aquí el silencio es un cuerpo. Dentro de estas paredes el orden absorbe los sonidos y las palabras. Me pregunto cuánto más ruidoso pudo haber sido el jardín entonces, cuando todavía no me acercaba a escuchar.

De noche los frutales flotan como nubes y hay un rumor sutil pero constante de tareas minúsculas que no se detienen aún en la ausencia de la luz: el deslizar baboso de los caracoles, el rocío al penetrar la tierra, una araña poniendo sus huevos en un pliegue de la corteza del damasco, una flor desprendiéndose del cáliz, su caída leve y el silbido del follaje o del viento entre las hojas.

No creo haberlo decidido, pero no bien traspasé el ligustro me incliné y comencé a avanzar lentamente en cuatro patas. Los caminos de tierra son angostos pero amables.

Yo no quería volver. Yo vine, me dije, de paso. Diez años estuve fuera, estuve lejos. Los últimos años me los pasé aprendiendo todo lo que sé del reino vegetal en un vivero. En una ciudad húmeda la estepa más que un recuerdo se vuelve un mito. El vivero fue una especie de laboratorio. Hice los experimentos: germinar, regar, transplantar, podar. Eso fue lo primero, lo único que podía hacer al volver: darle amor al jardín.

Quien hace un jardín lo primero que piensa es que necesita tiempo. Pero ¿cuánto tiempo? ¿En qué plazos estaba pensando mi padre? Me detengo junto al pino y luego junto al romero. Elijo a sabiendas las plantas más viejas y ejecuto los primeros cortes. Ramas tupidas y aromadas. No recuerdo quién se fue primero porque para cuando tengo memoria ya dos de mis hermanos vivían fuera de la casa. ¿Habrá pensado mi padre que él sería el último en irse? ¿habrá imaginado su jardín en otras manos?

Los primeros días del invierno mi madre todavía me hablaba como si no me creyera. No sé si por acción del tiempo, o de la distancia, o de tanto silencio, desconfiaba de que ése que había llegado a su casa fuera su hijo, el más chico.

¿Vos sabés podar rosales? me preguntó. Es evidente cuando la mano que interviene no es la mano de quien pensó el jardín. No me explico cómo hizo estos últimos años para mantener algunas plantas, en especial las rosas. En este paraíso artificial las hay en amarillos, rojos, ocres, veteadas. Las hay de una flor sola y también en ramillete. Las rosas dan mucho trabajo y mucho más a quien no tiene una técnica.

Permitime, le respondí, a medio camino entre quien ordena y quien pide. Hay que hablar un lenguaje que sepa vestir autoridad, un lenguaje para que ella otorgue.

Cuando llegó el tiempo de la poda anual noté que postergaba la tarea. Casi no hay malezas en el jardín, de los confines de la tierra sorprenden a veces puras plantas ornamentales, ruda, caléndula, ciclamen. Estaba agachado arrancando una ruda y, como distraído, aproveché cuando la vi pasar con el mate, ¿No vas a podar las rosas?. No, me dijo, hacelo vos. A mi me hace acordar lo que estás haciendo a tu papá.

Cuando no hay luz, los colores del jardín se matizan, no existen palabras para nombrar la cantidad de tonos de gris que adquieren en una misma planta el tallo, las hojas, las flores.  En la escuela nos enseñaron una vez a hacer algo así: un sombreado. Con distinta intensidad en la presión ejercida sobre el lápiz o inclinando más o menos la punta sobre el papel se conseguían las distintas variaciones de gris entre el blanco y el negro. Con acrílicos o con óleos era más sencillo, el matiz dependía de mezclar distintas cantidades de cada tono. Pero con el lápiz era fundamental dominar el pulso, la intensidad del gris era inseparable del cuerpo. En la oscuridad las flores amarillas del narciso parecen haber sido sombreadas con una caricia, es el gris más cercano al blanco de las plantas que están cerca del suelo.

Tengo las tijeras en mis manos. Me deslizo sigiloso hacia los narcisos. Sus flores y yo nos encontramos al ras del piso. En este jardín siempre se eligió qué quedaba y qué no, pero algunos tecnicismos pasaron a un segundo plano desde que mi padre se fue. ¿Habrá mirado alguna vez su reflejo en las hojas de la tijera antes de podar? ¿Habrá dudado?

Yo no me fui. Yo me arranqué. Me supe maleza, yuyo, hierba mala. Yo no encontré, entre tanta tierra, lugar para hundir mis pies. Me adapté a otro clima, a un suelo, a una luz. Sumergí mi cuerpo en un recipiente lleno de líquido. Suspendí el viento, le dí alivio a mi piel. Y ahora, como una rebeldía, piso esta tierra y, sin hundirme, dejo un trazo. Yo estoy de paso, yo no volví.

El jardín es de quien lo cuida pero quien supo hacer un jardín puede, quizá por puro vicio, sembrar a su paso en otras tierras. No toda siembra se cosecha, no toda flor hace un jardín.

Arreglo es una palabra. Arreglar es un verbo que tiene en su raíz el término latin regulare (reglar, dirigir, normatizar). Los narcisos nacen y mueren en la planta. No son amigos del florero pero pueden, a lo sumo, ser parte de un arreglo floral durante siete días hasta comenzar a secarse. Si entonces se los cuelga suspendidos con la flor hacia abajo, una vez disecados serán como figuras de papel japonés, frágil y sutil. Las flores muertas del narciso pueden componer otro arreglo todavía un tiempo más. De todos modos se trata de extender su belleza en condiciones que ya no son naturales, se trata de un arte (como todo arte) efímero.

Corto narcisos. Uno, dos, tres. Compruebo, en el reflejo de la tijera, la equivocación de mi madre. Cuatro, cinco, seis. No es mi padre quién amputa las flores.

En un jardín hay memoria. Las semillas, en la tierra, pueden guardarse por un tiempo impreciso y brotar sorpresivamente. Mi madre no sólo es buena para el orden y el silencio (regulare), también lleva las cuentas de los kilos de fruta que dan sus árboles y su mirada puede notar las ausencias y distinguir los cambios que suceden de la noche a la mañana. (Reglar, dirigir, normatizar) ¿Qué pasará en este jardín al que mi padre no va a volver, cuando ya no lo arregle mi madre?

Siete. Un corte desprolijo, un impulso que se sale de lo premeditado, un brote guacho, una pérdida. Mi intervención en ese reino vegetal. Lo siento, le digo a la séptima flor herida de un tijeretazo impreciso, desarmada sobre la grava.

El insomnio supo tener su rostro. Una pregunta se posaba sobre el rasgo familiar, rasgaba en sus facciones lo desconocido. La fragilidad. El insomnio hoy confunde venganza con poesía. Elucubro un arreglo floral como una metáfora. Pero tanto en la palabra, como en la tierra, la raíz repite una ley.

Cargo en mis brazos el botín de ramas y flores y de regreso en la cocina convoco desde el reino vegetal una reunión imposible. La palabra arreglo es también otra cosa. Seis flores de narciso trazan una ronda simétrica alrededor de unas ramas de pino y de romero.

Andrea Ricchetti.

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