Un posteo apurado, descarnado, y compartido por Facebook de manera vertiginosa, puso a Zuleika Esnal en un lugar en el que jamás se imaginó. Pero, sobre todo, dio paso a la construcción de redes colectivas que van mucho más allá de la virtualidad y que alcanzan, por ejemplo, a pequeñas comunidades del sur de Santa Fe.   

Por Ariel Palacios desde Los Quinquinchos

El 30 de mayo de 2016 pudo haber sido para Zuleika Esnal un día más, marcado por las exigencias de un empleo de asfixia en una oficina de Buenos Aires, pero una noticia la indignó y la rebeló a tal punto que, en la urgencia o furia del caso, Zuleika parió a Zuleika debajo de un escritorio. Ahora, que es otra, y que su historia viró en torno a la historia de otras, lo cuenta así para Enredando: “Yo estaba trabajando en un call center en condiciones tipo infrahumanas, de esas que tenés que pedir permiso para ir al baño, a ese nivel, y estaba prohibido utilizar el celular. Y había leído en las noticias que habían agarrado entre 30 hombres a una chiquita de 16 años en Brasil. Me agarró mucha angustia, me escondí debajo del escritorio, porque estaba prohibido usar el teléfono, y escribí lo que pensaba sobre eso y lo subí al Facebook, que era el único recurso que tenía y a los 20 minutos tenía como 2.000 compartidos, no sé, una barbaridad. Y a los tres días tenía 150, creo, o un poco más, mensajes de todas partes del mundo contando sus historias y las empecé a escribir, las empecé a contar”.

De este modo, Zuleika Esnal, actriz y escritora de textos que generalmente iban a parar al fuego, comenzó a tejer desde la virtualidad un lazo que trasciende a Internet y que, como esta tardecita de sábado de noviembre, en Los Quirquinchos, sur de Santa Fe, a partir de la presentación de su libro “Bitácora de un grito”, la reúne con mujeres y miembros de comunidades que buscan en la palabra una herramienta de lucha contra los abusos y la muerte.

La red y el tejido

“En un principio fue escribir y contar las historias de estas mujeres. Y bueno, viste cómo es esto: si te comprometés es inevitable que empiecen a pasar otras cosas. Vas a los lugares y con algunas, de hecho, soy muy amiga hasta el día de hoy. A otras no las vi nunca porque viven en lugares que no sabía ni marcar en el mapa”, explica Zuleika acerca de una red que se expande cotidianamente y que -desde aquel escrito original, titulado “Bancatelá”, pasando por una primera compilación de relatos publicada en 2018- expone la realidad de la violencia contra las mujeres en clave de denuncia, de reclamo, pero también de búsqueda y de reinvención. “Son dolores y cosas que estuvieron calladas durante décadas y que es muy difícil hablarlas, muy difícil. O a lo mejor hablaste cuando eras muy chiquita y te pegaron, o no te creyeron, o tu viejo te violó durante años. Entonces poder decirlo es un montón. El hecho de que una hable son, literalmente, 50 más, al toque. Esa para mí es la red más grande, pero después sí: uno ayuda en el día a día. Yo me meto en todos lados, en todas las villas. Digo, voy y estoy, sí. Siempre. En la medida de lo que puedo voy y corro para todos lados”, completa Zuleika Esnal.

Su presencia en Los Quirquinchos, en el marco de una actividad organizada por la Biblioteca Manuel Belgrano y desarrollada en la Escuela Nº 710, es sin duda una expresión más de esa militancia que, lejos de hacer foco en un libro por el libro mismo, convierte a la presentación en un punto de encuentro que promueve intercambios, desata emociones, libera. En ese contexto, su autora no es el centro de atención sino una mediadora. Así, las voces se multiplican y testimonios como el de Fabiana Morán, mamá de Julieta Del Pino, cuyo asesinato en la localidad santafesina de Berabevú, en 2020, conmocionó al país, dan cuenta de los avatares de las víctimas de la violencia machista y de su larga espera de justicia.

De desafíos, riesgos y legados

Volviendo a las primeras épocas, Zuleika confiesa que “lo que me pasó a partir de escribir eso fue toda esta explosión de voces queriendo hablar. Eso sí fue muy contundente y de golpe, muy de golpe. Entonces al principio era un quilombo porque me enfermaba mucho, bajaba mucho de peso, perdí un embarazo, porque no podía parar: me sentía muy mal si no contestaba un mensaje a las 3 de la mañana. De repente, de un día para otro, 200, 300 mensajes por día. Entonces no podía vivir mi vida y además ayudar. Era mucho, y yo a las 5 y media me levantaba para ir a laburar. Entonces al principio se me complicaba la salud. Ahora no, es mi vida. Ya mi vida es así todos los días”.

si vos dejaste algo en alguien, o si esa mujer habló, la hija probablemente hable también, y entonces no te morís nunca más. No hay balas capaces de matar eso

La página de Facebook llamada “No me calmo nada”, y que administrada por Zuleika Esnal es trinchera y amparo para miles de seguidoras y seguidores, muestra cabalmente el impacto al que alude la entrevistada. Por supuesto, dicho impacto también tiene su contracara: “Vivo amenazada. Al principio me asustaba mucho, me decían ‘te vamos a matar’, ‘te vamos a violar y no te a reconocer ni tu vieja’… Por supuesto que mi vida me importa, pero si vos dejaste algo en alguien, o si esa mujer habló, la hija probablemente hable también, y entonces no te morís nunca más. No hay balas capaces de matar eso”.

La marcha, entonces, sigue. No se congela en una apuesta individual ni se limita, en términos de demanda y derechos, al imprescindible clamor frente al abuso o los crímenes ligados al patriarcalismo. Más bien se ramifica e inscribe en una historia que Zuleika expone con toda claridad, que abarca los recientes debates sobre la interrupción voluntaria del embarazo, y que es en buena medida una síntesis del camino trazado por la lucha feminista: “Así como nuestras abuelas nos dejaron el voto femenino y nuestras madres nos dejaron el derecho a divorciarnos, nosotras les dejamos a nuestras hijas el derecho a decidir y eso es impresionante. Somos un ejemplo para toda América Latina. Saber que las que nacieron ahora y las que van a nacer van a tener un derecho que yo no tuve, a mí me llena el corazón”.

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