¿Qué historias son importantes? ¿Qué preguntas? ¿qué cuerpos? ¿qué placeres? ¿qué dolores? Hay todo un inventario de detalles que más de un escritor desestimaría, pero que en este libro,Lo más simple es desnudarse” de la escritora Dahiana Belfiori,  son médula. 

Foto: Cristian Maiola

No hay manera de contar una historia sin exponerse.

Cuando Dahiana me invitó a ser parte de esta presentación, de hecho, usó esa palabra. ¿Querés exponerte? me dijo

No hay manera de que una invitación falle si a la vez suena como una incitación. Entonces tomé esa palabra, casi como si se tratara de un ejercicio de escritura de los que Dahiana convida en abrir la casa y me puse a escribir. 

Aún cuando esta invitación me da placer, la exposición es algo que me resulta ambiguo, entre lo deseable y la incomodidad. Poner palabras en lugar de silencios es incómodo. Hacer algo incómodo es mucho más que el desafío de salir de una supuesta zona de confort. Siento que después de ciertas palabras, después de ciertos relatos, se puede también volver a ciertos silencios porque entonces el silencio ya no oculta la censura que tejen el miedo y la vergüenza, sino que es un poco más como respirar, hacer lugar confianza, complicidad, entendimiento.

En el libro hay un relato llamado Superfrutillitas y mientras releía y escribía me daban ganas de conocer a esa abuela capaz de inventar una superheroina desinhibidora, de invocarla juntas para que me ayude a ordenar las emociones y las ideas que movilizó esta lectura.

A veces lo que tenemos delante es lo último que logramos ver o lo que más nos cuesta nombrar. Desde el feminismo que nos acercó y nos dio tantas conversaciones y discusiones, hemos hablado incontables veces de la intimidad. La intimidad de lo personal-político cuando la leo a Dahiana es también una operación en la escritura indisociable de una posición ética en la vida. ¿Qué historias son importantes? ¿Qué preguntas? ¿qué cuerpos? ¿qué placeres? ¿qué dolores? Hay todo un inventario de detalles que más de un escritor desestimaría, pero que en este libro son médula. 

La lectura y la escritura, como actividades que continuamente son asociadas a la soledad, no son, por otro lado, actividades individuales. Leemos y escribimos con otrxs. Nuestro mundo íntimo, incluso nuestra soledad, no es sin otrxs. Digo que esas preguntas son médula como podría decir que son el interior de una columna, esa palabra que en este libro se despliega del cuerpo al texto y del texto al cuerpo. Siento que éstos textos que se escribieron antes y durante la escritura de Código Rosa están elaborados con una misma materia, matizada con la misma sensibilidad, la misma escucha. Pero ¿Qué tipo de materia es la intimidad? ¿Cómo se trabaja con ese material? Cuando escribimos sobre la intimidad, ¿cuánto de esa intimidad estamos remendando y cuánto traicionamos? Cuando escribimos desde la intimidad ¿qué riesgos estamos corriendo?

Exponer distintos planos de la intimidad aun desde el uso narrativo de la ficción tiene un costo. 

La escritura es un trabajo que provoca un efecto. Ese efecto se asemeja bastante a un desnudo y, para que un desnudo se produzca, es necesario invocar cierto grado de intimidad.

Mientras pensaba qué iba a decir hoy, aparecía sin cesar una tentación antagónica. ¿Puede la exposición ser otra cosa que la contracara de la intimidad? ¿Pueden nombrarse las experiencias íntimas sin sentir que nos exponemos? ¿En algún momento deja de ser clandestino hablar de ciertas intimidades? 

Algo que aprendí como socorrista y como lectora al lado de Dahiana es que quien cuenta su historia lo hace porque cree que va a servirle a alguien más. Ese no es un saber certero ni certificado, pero esa idea hace que muchxs que bien podrían callar, hablen. No hay manera de contar una historia sin exponerse, a menos, claro, que se cuente con algún camuflaje. Qué mejor entonces que haya alguien que escucha y que también está dispuesta a poner las palabras. La exposición en este libro tiene ese matiz, las historias se cuentan en todos los tonos de gris que hay desde la experiencia íntima y sensorial, hasta la catarsis poética, la conversación entre amigas, o los porrazos que nos detienen, nos invitan un mate amargo y nos regalan una enseñanza disfrazada de anécdota. 

El trabajo narrativo que hay sobre estas historias es un trabajo de cuidado. Pero no de ese tipo de cuidado que levanta alertas. Es un trabajo que recupera y expone la belleza de una serie de intimidades para ese presente en el que, como lectorxs tengamos el deseo, pero también la esperanza o la urgencia de recordar. 

Como última cuestión creo que es acertada la imagen pixelada de la tapa y me gustaría que quienes aún no hayan leído el libro aprovechen toda la ambigüedad que puede contener una invitación. Me gustaría recomendarles que se aproximen a este libro desnudes, que dejen expuesto el cuerpo como modo de indicarle un atajo a las historias que van a visitar. La exposición puede ser incómoda, es cierto, pero tienen en sus manos un libro que arropa.

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