La sangre derramada de chicas y chicos en los barrios de la ex ciudad obrera es el otro lado de la moneda del negocio del narcotráfico y el contrabando de armas que acumula dinero en el centro de Rosario. 

Por Carlos Del Frade en Agencia APE

Mariel era una piba de solamente 21 años. Otro muchacho, de solamente 18 años, la mató de dos balazos, en el pasillo de calle Ayacucho al 4300, en el sur rosarino, en el histórico y hasta casi mitológico barrio de Tablada. La sangre derramada de chicas y chicos en los barrios de la ex ciudad obrera es el otro lado de la moneda del negocio del narcotráfico y el contrabando de armas que acumula dinero en el centro.

Geografía rosarina, geografía argentina.

Para la fiscal Valeria Haurigot, las chicas de la banda de Alan Funes guardaban armas, balas y estupefacientes en sus casas, aunque todavía -como suele suceder- no se sabe quiénes garantizaban las drogas y las otras herramientas letales. Los proveedores no son famosos en estas latitudes en las que los nombres que se conocen son los de las víctimas de las transacciones mafiosas.

El jefe de la banda es Alan Funes de solamente 23 años y ordenaba las operaciones desde la cárcel federal de Ezeiza a través de su teléfono celular.

La fiscal dijo que se trata de “una organización criminal que no distingue nada y es solo pertenencia y corazón…”. Una definición que parece calcada de la que puede surgir en cualquier integrante de cualquier barrabrava de la Argentina futbolera.

Pertenencia y corazón que pueden terminar con la vida de otras chicas como Mariel y otros pibes de la misma edad. En una escucha judicial se perciben las diferencias entre los pibes que entran en la banda: “Este no es como Joel. Va al toque. Quiere seguir. Dice ‘vamos pal frente compadre’. Dice que se queda con nosotros. Apenas escuchó Funes dijo ‘yo voy’. Dice que hace mucho estaba esperando esta oportunidad».

Una oportunidad en el mundo del narcomenudeo donde los tiempos del reloj se miden de otra manera. Con mucha rapidez se puede ganar dinero y al rato perder nada menos que la vida.

A Mariel la mató uno de estos muchachos con pertenencia, corazón y que esperan una oportunidad en el mercado laboral que ofrece la economía delictiva del narcotráfico.

Mercado laboral paralelo y sin más controles que los ejercidos por sus empleadores, tan jóvenes como esas chicas y esos pibes.

Otros diálogos desgrabados revelan la lógica de ese universo paralelo:

-¡Quién sos y con quién andás. ¿Qué mafia sos?. Nosotros también somos de la mafia.

-Nosotros somos los monki.

-Parensé de manos porque le vamos a dar a todos. Todos los amigos de Guille son enemigos nuestros…

Más allá de estas disputas entre las pandillas de los Funes y Los Monos, la infantería de los grupos son chicas y chicos cada vez más adolescentes y cada vez menos relacionados con lo que las políticas públicas suponen que deben vivir esas pibas y esos pibes con edades emparentadas con los sueños, los estudios secundarios, universitarios o los primeros trabajos.

Lo cierto es que Mariel era una piba de solamente 21 años y otro muchacho, de solamente 18 años, la mató de dos balazos.

Ni Mariel ni su matador son las únicas personas que encarnan este drama cotidiano.

Parecen formar parte de un guión escrito hace mucho tiempo y que solamente necesita que se renueven los protagonistas.

Quizás hubo un momento en que la pertenencia dejó de ser sinónimo de integración a lo legal o institucional. Quizás fue el mismo momento que en el corazón de la pibada dejó de latir al ritmo que le imponía la hipocresía y comenzó otro ritmo. Quizás desde hace muchos años las oportunidades para las pibas y los pibes no proceden de lo legal.

Mariel, con solamente 21 años, dejó de soñar y vivir porque un negocio impune no tuvo reparos en terminar con su pertenencia, su corazón y su oportunidad.

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