Diez jóvenes de barrios populares de Rosario se capacitaron durante dos años para ser Constructorxs Territoriales en Derechos Humanos. Desde el 2019 funcionan como unidad productiva que desarrolla sus tareas en el Museo de la Memoria, en el marco del programa Santa Fe Más. Además impulsan un proyecto que tiene como objetivo relevar comunitariamente situaciones de violencia institucional que sufren pibes y pibas en sus barrios. ¿Cómo construyen lxs jóvenes la memoria del presente?

“No existe un oficio en Derechos Humanos y eso es lo que queremos, que exista”. Eli expresa un deseo compartido con sus nueve compañeros que integran la unidad productiva Constructores Territoriales en Derechos Humanos.

Son diez chicos y chicas de distintos barrios populares de la ciudad que en su gran mayoría fueron parte del programa Jóvenes y Memoria que se desarrolla en el marco de las actividades del Departamento de Articulación Territorial del Museo de la Memoria. Pero ser constructor o constructora lleva otra impronta: es un oficio, como aclara Eli. Para serlo se capacitaron durante dos años (2017 y 2018) a partir de la articulación, en ese entonces, con Nueva Oportunidad, siguiendo distintos módulos temáticos en los cuales se entrelazan instancias prácticas, de investigación y producción, como así también, en un segundo momento, intervenciones institucionales y territoriales. En el 2019, a partir de las becas del programa provincial Santa Fe Más, se constituyeron como unidad productiva y un año después comenzaron a darle forma a un proyecto fundamental: el mapeo sobre violencia institucional en distintos barrios de Rosario. Como colectivo también cuenta con el acompañamiento de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

Miguel es uno de los pibes que en el 2015 se sumó a Jóvenes y Memoria, el histórico programa de la Comisión Provincial por la Memoria que en Rosario se inició en el 2013 y tiene como objetivo promover el sentido y la valoración crítica del pasado y del presente, como parte del proceso de construcción de la identidad en grupos de jóvenes de distintas organizaciones sociales. Ya en ese entonces, y en el marco del programa, el proyecto de investigación del que formó parte Miguel tenía que ver con el tratamiento de las noticias de los medios masivos sobre los barrios populares. El suyo es uno emblemático: Las Flores, zona sur de Rosario. “Dan por hecho cosas que muchas veces no pasas y por ahí, lo que pasa en zonas residenciales o no lo dicen o tienen más cuidado”, cuenta. Miguel también participó del proyecto Fábrica de Ideas que se desarrolla en el Museo hasta que surgió la posibilidad de capacitarse en derechos humanos. Dice que es una “prueba piloto” ya que las becas del Santa Fe Más están orientadas a oficios fundamentalmente técnicos. “Esto es algo inédito”, apunta Migue. No hay en Rosario una experiencia similar.

Para Eli, de barrio Alvear, ser constructora es un antes y un después en su forma de ver el mundo. Incluso, en su forma de ser y de estar. “Antes yo no hablaba, no me gustaba hablar. Y ahora tengo mucha más parla. Para mí fue una bomba conocer el Museo. Es un cambio mental muy grande, te abre la cabeza”, dice orgullosa de su propio cambio personal.

A su lado está Matías, 27 años. Al igual que Miguel, su paso por Jóvenes y Memoria lo marcó: en su caso, el trabajo de investigación consistió en una obra de teatro que se llamó “historias encerradas” donde a través de escenas en cinco “jaulas” contaban la experiencia de haber transitado la cárcel como preso político, preso vip, preso común, mujer embarazada en cautiverio y detenido de manera ilegal. Matías, que vive en barrio Flamarión, también se sumó a la capacitación en derechos humanos. Hoy es parte de la unidad productiva que desde el 2020 lleva adelante el mapeo y las encuestas sobre violencia y abusos policiales contra jóvenes en distintos barrios de Rosario.

Desnaturalizar la violencia estatal

 En pandemia empezamos a ver que se había intensificado la violencia institucional contra pibes en los barrios. Y nos preguntamos si había algún registro de esto”. Ese fue el puntapié inicial de un trabajo de investigación que se inició en el 2020. Con el asesoramiento de investigadoras del Conicet e integrantes de la Multisectorial contra la Violencia Institucional, lxs constructorxs comenzaron a diseñar el relevamiento. Se trata de una encuesta que realizarán -en territorio- con grupos de jóvenes de distintas organizaciones sociales que previamente visitan el Museo de la Memoria.

El diseño de la herramienta fue un proceso que llevó su tiempo de análisis y rediseño. En una primera etapa, las investigadoras presentaron un modelo que lxs chicxs se propusieron re-elaborar. El objetivo fue adaptar el relevamiento a un lenguaje propio, más simple, más directo. Cuenta Eli: “Cuando vimos por primera vez la encuesta no entendíamos algunas cosas o qué teníamos que responder, era muy técnica. Entonces la adaptamos para que los pibes la entiendan. La hicimos más breve e incluimos y algunas preguntas para desarrollar”. “Estuvimos un año y medio trabajándola” suma Matías.

La encuesta hecha por lxs constructorxs, ya está lista. Lo que resta -y la expectativa es tener algunos resultados antes de fin de año- es la etapa de mapeo, es decir, acercarse a los barrios para realizar el relevamiento con los grupos de jóvenes y luego, procesar los datos y las respuestas. “Nuestra idea es mostrar algo que no existe, no hay un mapeo que cuente qué pasa en los barrios hecho por los propios pibes de barrio”.

Desnaturalizar la violencia institucional, visibilizar la problemática y producir datos son los principales objetivos del proyecto. Así lo dicen con claridad en el spot que editaron para presentar el mapeo: “Queremos caminar tranquilos por las calles. Queremos que dejen de matarnos. Queremos concientizar a les jóvenes para que tengan herramientas para saber cómo actuar y a quién recurrir. Queremos que sepan que existimos y que escuchen nuestras voces”.

Miguel sostiene que durante la pandemia, las situaciones de abuso se intensificaron. “Pasaban armados, con escudos y golpeaban para que la gente se meta adentro, y al ver eso, nos empezamos a preguntar qué podíamos hacer”. Eli aporta algo clave: “El pibe no te va a denunciar a la policía porque además tiene miedo. Ese pibe después tiene que volver al barrio”. “Los pibes ya tienen incorporado en su vida cotidiana que la policía te pare, te patee la coca, que te saque la gorra, muchos terminan naturalizando esto. Entonces, tenemos que mostrar que esto no está bien y que hay que denunciarlo”, agrega Miguel.

Dar cuenta de una realidad que resulta habitual en las barriadas populares es parte de la tarea que se proponen a través del mapeo. “Todos tenemos una misma problemática que es esta. Es muy difícil salir del barrio y venir al centro. Entonces, nos preguntamos cómo combatir esto. ¿Qué hacemos? Y así se nos ocurrió el proyecto aunque a veces es difícil sostenerlo porque tenés que estudiar o trabajar”, cuenta Joel, otro de los pibes de la unidad productiva que además de participar del colectivo de Constructorxs también labura como albañil.

“Los pibes ya tienen incorporado en su vida cotidiana que la policía te pare, te patee la coca, que te saque la gorra, muchos terminan naturalizando esto. Entonces, tenemos que mostrar que esto no está bien y que hay que denunciarlo”

La violencia policial está encarnada en los territorios más vulnerados. El verdugueo habitual se suma a otros abusos sistemáticos que a veces derivan en golpizas, detenciones arbitrarias, persecuciones y hasta asesinatos. La ciudad tiene historias emblemáticas y nombres que no se olvidan: Carlos Godoy, Jonathan Herrera, Maximiliano Zamudio, Franco Casco; solo por mencionar algunos. Los reclamos por justicia son protagonizados por los propios familiares que emprenden la dolorosa tarea de dar cuenta de las vidas de esos pibes, de sus trayectorias vitales, de sus sueños, de quiénes eran.

Los pibes de los barrios suelen naturalizar lo que consiste en una violación sistemática a los derechos humanos por parte del Estado. Ningunx está exentx de haber sufrido algún abuso o maltrato policial. Matías, por ejemplo, recuerda el itakazo que le reventó la cara cuando estaba junto a unos amigos en la puerta de su casa tomando una gaseosa. “Varias veces nos requisaron, nos frenan, nos obligan a bajar del auto. Y estas son situaciones leves en comparación a otras”, dice Miguel. “En los barrios esto se naturaliza porque es “normal” que la policía ponga a los pibes contra la pared y los empiece a requisar, pero queremos mostrar lo que pasa, desnaturalizarlo”.

Constructorxs de la memoria: un oficio imprescindible

Lxs constructorxs territoriales también realizan otra tarea que nace partir de un convenio entre el Museo y el Programa Nueva Oportunidad que depende de la Municipalidad de Rosario. “Son grupos mixtos de Constructores y Jóvenes en sitios de memoria que coordinan recorridos para los terceros tiempos del Santa Fe Más. Solicitan turnos para que ellxs les coordinen actividades y visitas guiadas” explica Alejandra Cavacini, la coordinadora de Articulación Territorial del Museo. Los recorridos guiados son realizados por lxs constructorxs que previamente planifican la guía según las necesidades de cada grupo visitante.  “Las visitas no siempre son las mismas. No son recorridos habituales”, dice Matías.

Cuesta conseguir un trabajo de esto. Tenemos becas o pasantías pero no tienen estabilidad

Ese trabajo previo consiste en analizar las características de lxs jóvenes que visitaran el Museo para establecer un recorrido específico y además incorporar dinámicas lúdicas, de presentación y cierre de la actividad. Es un trabajo para el cual lxs diez integrantes de la unidad productiva estudiaron y se capacitaron durante dos años. Por eso insisten en la importancia de la inclusión laboral: “Cuesta conseguir un trabajo de esto. Tenemos becas o pasantías pero no tienen estabilidad”, señalan con preocupación. “Mientras sostenemos este espacio, tenemos que trabajar de otras cosas. Hay un compañero que trabaja en la construcción y hace malabares para poder llegar al Museo. Yo este año pude conseguir un trabajo como coordinador en una granja educativa en Villa Gobernador Galvez pero es bajo monotributo y no sabemos qué puede pasar”, cuenta Miguel.

Eli, por su parte, esta inscripta en el programa nacional Potenciar Trabajo lo cual le posibilita tener otro ingreso llevando adelante todas las tareas administrativas del grupo de Constructores Territoriales. Matías explica que empezó a trabajar por su propia cuenta haciendo tarea de mantenimiento en hogares pero lo que más le apasiona es el oficio de ser un constructor en derechos humanos. “Esto es una militancia de corazón, cambió nuestra forma de mirar, la manera de transitar los espacios. Se entiende el barrio de otra manera”.

Como jóvenes tenemos que levantarnos para transformar esto, salir a las calles y hacernos escuchar. La violencia institucional hay que hacerla visible para que el Estado se haga cargo.

Para Miguel ser constructor en derechos humanos es tener la posibilidad de transmitir conocimiento a otros pibes de los barrios “para que puedan defenderse de la policía. Compartir saberes que pude construir junto con los compañeros. Queremos cambiar cosas de nuestra sociedad. Y como jóvenes tenemos que levantarnos para transformar esto, salir a las calles y hacernos escuchar. La violencia institucional hay que hacerla visible para que el Estado se haga cargo”.

El deseo que tienen es colectivo: “Queremos trabajar de esto y podemos hacerlo en instituciones en los barrios pero se necesita voluntad política. Ojalá esta experiencia se replique en muchos otros lados porque muchas veces lxs pibxs salimos del secundario y nos cuesta conseguir trabajo”, dice Miguel.

Cuando hablan de voluntad política, lxs pibxs son claros: tienen herramientas, están capacitados pero no hay demasiados espacios para desarrollar su oficio o en los programas tanto provinciales como municipales, no hay continuidad laboral. Los plazos de las becas son limitadas y en algunos casos, sin posibilidad de renovación. Lo que queda es buscar un empleo de cualquier otra cosa para llevar el pan a la mesa, como dice Miguel. “El pan a la mesa tiene que llegar. Es con lo que nos encontramos continuamente, a veces no podemos sostener estos espacios”.

“Que en este caso los jóvenes de los sitios de memoria sean quienes llevan adelante, diseñan y coordinan actividades para otros jóvenes en su mismo lenguaje es inédito y todo el mundo nos toma como referencia. Estamos contando estas experiencias en otros lugares. Y por otro lado, hay jóvenes formándose políticamente a través de programas del Estado que siempre penden de un hilo en relación a los cambios de gestión política y los programas de juventudes que suelen aparecer tan solo duran 9 meses, son por muy poco tiempo. Es una preocupación que tenemos. El oficio de los derechos humanos es transversal a todas las organizaciones”, señala la coordinadora del departamento de Articulación Territorial del Museo. “Contamos esta experiencia pero nunca dejando de decir lo que nos preocupa: hace años que los chicos se están formando pero ¿cómo seguimos?. Siguen sin tener un trabajo digno en relación a esto”.

¿Cómo seguir? Por lo pronto, y durante todo el año, lxs constructores territoriales avanzan con un proyecto concreto e imprescindible: relevar las situaciones de violencia estatal en sus propios barrios. Un trabajo que producirá datos, estadísticas y sobre todo, escenas cotidianas de una violencia específica, invisibilizada y naturalizada que sufren lxs jóvenes de los sectores populares de nuestra ciudad.

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