La Plaza 25 de Mayo, la que siempre será de las Madres, desborda. La convocatoria es urgente y una multitud se acerca para abrazarse frente al horror y condenar la violencia política y el intento de magnicidio contra Cristina Fernandez de Kirchner. 

Fotos: Fer Der Meguerditchian

A la vicepresidenta Cristina Fernandez de Kirchner quisieron asesinarla. Un hombre le apunta a la cabeza y le gatilla a centímetros, en medio de un enorme grupo de personas que desde hace días hace vigilia para demostrarle su apoyo frente al lawfare judicial. La escena dura segundos. La bala no sale disparada y el milagro ocurre. Llanto, terror, tristeza, rabia. Lo indecible. ¿Cómo seguimos? El refugio inmediato está en las redes sociales. Como si el estupor colectivo pudiera contenerse en esa conversación coral y virtual que además cumple una función catártica. Pero allí hay de todo, lo sabemos. Entonces la convocatoria a colmar las plazas se vuelve urgente.

Los discursos violentos hace tiempo que cruzaron los límites de una democracia joven en Argentina. Las manifestaciones descalificativas, racistas, transodiantes, en horario prime time televisivo no resultan gratuitas. No lo son las fake news sostenidas y generadas por el poder mediático concentrado, ni las declaraciones de un arco político profundamente conservador y reaccionario que no tiene reparo en estigmatizar a los sectores populares ni en marcar una violenta división en un “ellos o nosotros”, o pedir pena de muerte para la vicepresidenta o mayor represión para el pueblo en la calle. Querrán hacernos creer que este intento de magnicidio se trató de un acto de violencia individual, como lo calificó Patricia Bullrich; de una torpe acción, según el diputado Martín Tetaz o de una “pantomina para victimizarse” como expresó Amalia Granata. Pero no.

“La imagen de una líder popular -una mujer que fue presidenta dos veces, que es la gran electora del Partido Justicialista- gatillada se inserta, y es necesario subrayarlo, en un espiral de violencia que la tuvo siempre en el eje de un entramado de signos: es mujer, es peronista, es poderosa, es sexuada. Ha sido el objeto privilegiado del odio -de género, de clase- de un sector de la población” escribe con contundencia la periodista Sonia Tessa en su nota publicada en Aire de Santa Fe. “No se gatilló solo contra ella. Se gatilló contra las mujeres que se animan a hacer política y contra la población que manifestaba su opinión por una gobernante que va a contramano de un discurso mundial de más endeudamiento, más dependencia y menos distribución del ingreso. (..) Intentar gatillar contra la primera presidenta electa de Argentina y la única mujer en América Latina que ocupa el Poder Ejecutivo por tercera vez consecutiva es una tentativa de femicidio político”, señala en su nota la periodista feminista y escritora Luciana Peker.

El contexto de odio y la violencia simbólica, verbal y sistemática ejercida contra la figura de CFK -porque a quien apuntan  siempre es a ella- es el mensaje. Pero la plaza colmada en cantos, banderas y abrazos, también lo es.

“A mí lo que me convoca es el repudio al odio que imparten hace tiempo los medios hegemónicos de comunicación. Lo que pasó es una respuesta a años de violencia comunicada por los medios”, dice Julián, uno de los miles que se acercó hasta la plaza en Rosario. “Esto no es una cuestión accidental, siempre hay una sociedad que lleva a que las personas tomen decisiones que parecen individuales”, sostiene Cris, docente y militante social. “Escuché a un chico que dice que esto es para generarle 15 puntos de popularidad y después se les pasa, y realmente es increíble. O un amigo del que disparó diciendo que tendría que haber practicado un poco más. Es durísimo. Destilan un odio que es imposible mensurar. Es la calidad del odio más que la cantidad. Ayer sentí miedo. Si le pasaba algo a Cristina esto era una guerra civil”. Cris no sale del asombro ni del dolor que provoca el hecho. “Cooke definió al peronismo como el hecho maldito del país burgues y ahí nació el odio. Es contra el otro diferente, contra el que reclama sus derechos, contra el que quiere tener una vida mejor. Estamos rodeades de una irracionalidad que es difícil mensurar”.

“Sentí tristeza. Me causó un montón de cosas. Realmente no podía creer lo que estaba pasando”, cuenta Marina. “Acá apoyamos la democracia y en mi caso, el apoyo incondicional a Cristina”, suma Viviana y la sensación es compartida: “no podía creer lo que estaba viendo, mucho estupor y después sentí una gran indignación y el miedo de sentir que si no la paran con la justicia, la paran con una bala. Y nuestra responsabilidad es frenar esto. El discurso de odio acumulado no es sin consecuencias en una sociedad”.

José lleva una bandera de los pueblos originarios atada a su espalda. “Impotencia” dice que sintió cuando vió la imagen de Cristina con un arma apuntándola. “Siento que ella estuvo siempre junto a nosotros, los pobres”. “Cristina es una prócer que camina. Es la líder del movimiento nacional argentino y de Latinoamérica. Y por eso la persiguen. Yo ni siquiera puedo decir lo que sentí, me quedé atónito. Pero me quedé muy amargado por lo que representa, dieron el último paso”, aporta Daniel.

“No puedo hablar porque lloro”. Malena lleva puesta una remera con la imagen de Cristina, sonriendo. No puede verbalizar lo que siente pero toma aire, traga saliva y lo expresa, con toda la rabia y el amor que lleva en la sangre: “mi viejo me inculcó el peronismo y la justicia social y la conciencia de clase, y lo que Cristina hizo para todos es muy importante. Ella marcó algo, es una mujer que me llena de orgullo y que se sigue bancando un montón de cosas. Ahora tenemos que estar para ella”. Malena tiene solamente 24 años. Doce los vivió bajo el gobierno de Néstor y Cristina. Anoche se enteró tarde del intento de asesinato contra su mayor referenta política. “Cuando ví el video no pude dormir, fue terrible. Sentí mucha angustia, y cada vez que lo hablaba con alguien la voz se me ponía así, como ahora”. Ahora Malena se quiebra. Nos despedimos y ella sigue camino al Monumento a la Bandera.

En el aire hay olor a chori: la fila para comprarlo es larguísima. No es común encontrar un puesto en el corazón de la plaza 25 de Mayo. Un grupo agita las banderas y el corazón: “che gorila che gorila, no te lo decimos más”… Si la tocan a Cristina, cantan. A Cristina ya la tocaron. No hay eufemismo: el objetivo era matarla. La imagen instala el miedo y nos deja sin palabras. Pero la reacción es inmediata: la plaza es el mensaje

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