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El Hormiguero

  • 15/05/2026
  • Tomás Viú
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La organización colectiva para resolver las urgencias en comunidad. Haciendo pie en barrio Belgrano, ahora con un espacio físico donde poder desplegar los proyectos, El Hormiguero va creciendo a paso firme cocinando a fuego lento el legado de Pocho: la comensalidad y los vasos comunicantes. “La forma de poder construir el barrio que necesitamos”, cuentan desde la organización, al tiempo que advierten: “Hay un pueblo que no va a rendirse. Y eso es el orgullo de las vecinas y vecinos”.

Mientras Patricio habla, se escucha el crujir de las maderas que están cortando para hacer la leña con la que los muchachos cocinarán en un par de ollas bien grandes las raciones que en un rato vendrán a buscar setenta vecinos y vecinas. Por primera vez, polenta. Antes de eso, falta que prendan el fuego mientras van charlando, y que una lluvia intempestiva amague con aguar la cosa. Sólo se mojarán pero en la olla al final de la jornada no quedará nada, apenas un poco de harina de maíz pegada en el fondo.

“Hay una realidad que al no contarla, se tapa”, abre Patricio a modo de diagnóstico. Él vive a la vuelta del Village, pero está todo el día en El Hormiguero, este espacio que resurge de las cenizas cual ave fénix. Y no hay metáfora: es que las llamas no dejaron prácticamente nada en pie de lo que supo ser una fábrica de plástico en barrio Belgrano, al costado de las vías del tren, a metros de la intersección de Pellegrini con Colombia.

´Si vas en auto déjalo debajo del puente, el galpón alambrado es El Hormiguero´. Lili Leyes manda el whatsapp desde el 145. ´ Debe estar abierto, Patricio no tiene señal allí. Me avisa una vecina que ya están´. Lili llegará caminando al costado de las vías que corren paralelas a la calle Pellegrini que en este rincón de la ciudad se eleva para convertirse en la autopista Rosario-Córdoba. Lili llegará cuando la llovizna ya esté cayendo.

Patricio vivió mucho tiempo a la vuelta del Hormiguero y cuenta que empezaron a juntarse debajo del puente hace ya unos ocho años. Durante todo ese tiempo no tuvieron un espacio físico. “Hace seis meses conseguimos este lugar donde proyectamos los sueños del colectivo, del territorio, del barrio”. Mientras rebobina la historia reciente, Patricio va señalando los vestigios de lo que el lugar supo ser antes de las llamas. “En este espacio no empezamos de cero, empezamos en menos diez. Estaba absolutamente arruinado, las paredes tiradas, todo negro”. El lugar se fue transformando a partir del trabajo que hicieron entre las y los vecinos. Aún en transformación, la estructura del galpón habla a partir de las marcas que dejó el fuego. “¿Ves los fierros doblados? Caminábamos con montañas de plástico quemado y el hierro atravesado. Con el permiso del dueño, empezamos a juntarnos. Con muchísimo hidrolavado porque el espacio estaba todo negro”.

Patricio participó desde el comienzo en el proceso de formación y desarrollo institucional del Club Padre Montaldo, en Ludueña. También conoció la historia de Pocho en el Carnaval que ya es un hito en la ciudad. “Tomar su ideología y llevarlo a cabo en este barrio. Siempre lo quisimos hacer pero nunca tuvimos un espacio”. Cuando charlaron con el dueño de la ahora ex fábrica, hicieron un comodato para tener un papel que los respalde. Patricio señala la dificultad que implica no contar con ninguna ayuda del Estado. “Yo iba a laburar pegando membrana y con lo que me sobraba compraba un disco de amoladora para cortar acá, o comprábamos ladrillos, uno traía la pala, el otro la soldadora o una carretilla”. El lugar no tenía ni luz ni agua. Una de las cuestiones que aún deben resolver son las canaletas porque cuando llueve se mojan las paredes.   

 “Acá te armaste un livingcito”, le dice Lili a Patricio señalando dos sillones que llevaron los vecinos y que están enfrentados al final del galpón. “Acá le vamos a meter asamblea”, responde él rápidamente. Mientras se acomoda en uno de los sillones, Lili Leyes aprovecha para contar que todo lo deciden de manera asamblearia. “Por eso cuesta tanto también. Porque es otro tiempo, nadie baja línea. Abrimos la puerta para que todos vengan a visitarnos y conozcan las necesidades del barrio”. Lili habla como referenta del espacio pero también como vecina: vive a la vuelta. “Solo nosotros entendemos lo que nos pasa. Haber logrado tener este galpón es un sueño que tuvimos por más de ocho años. Por eso creemos que hay que continuarlo con esta salida colectiva que siempre pensamos desde que trabajamos con Cele y con el Pocho”.

Los proyectos que están amasando en la organización son múltiples y se dirigen en varias direcciones. Pero la cuestión alimentaria es la mayor urgencia en el barrio y es por lo tanto sobre lo que empezaron trabajando para, a partir de ahí, poder avanzar hacia otros lugares. Cocinan dos veces por semana y otro día hacen copa de leche. Hace cinco años, en el marco de la pandemia, consiguieron una tarjeta institucional de la Provincia. Armaron algunos centros comunitarios en barrio Triángulo, tres espacios en Bellavista, el merendero Arcoiris (Viamonte y Provincias Unidas) donde entregan bolsones y merienda para unas cuarenta y cinco familias. Pero el monto de esa tarjeta institucional quedó muy corta: para gestionar todos esos espacios reciben mensualmente $2.000.018.

Los seis packs de fideos que tiraban al agua inicialmente y los doce kilos de carne empezaron a no alcanzar, porque cada una de las 70 familias que van a buscar comida se lleva entre cinco y siete porciones. “La situación económica grave que estamos atravesando hizo que familias que antes no necesitaban hoy necesiten la comida. Pero además están pasando por una situación de salud mental muy difícil”. Lili vuelve a remarcar la importancia del trabajo con los tiempos de los vecinos. “Todo eso tiene que tener una escucha para que no desborde y no termine como vemos que termina en otros lugares”.  

Las dos escuelas más cercanas no tienen comedor. Por eso, si bien ahora están repartiendo el alimento a la gente mayor, la idea es que los chicos que van a la escuela puedan comer en El Hormiguero. “Ese fue el sueño desde el principio. Después con la comida poder desarrollar distintas temáticas”, dice Patricio elevando el tono de voz por la bocina del tren que llena el espectro sonoro antes de dar paso al traqueteo. “Tenemos el sueño de proyectar trabajo. Creemos que puede ser una solución para la comunidad”.  

La escena en tiempo presente de los vecinos cocinando se replica en una de las paredes del galpón: un mural que va desde el piso hasta el techo y cubre varios metros a lo ancho muestra de frente la figura de Omar, el vecino cocinero que hace muy poco fue asesinado por el narcotráfico cuando estaba sentado en la puerta de su casa, a pocos metros del galpón. Patricio dirá que esa bala los atravesó a todos. Y Lili contará que el mural fue lo primero que hicieron para plantar memoria. “Que los vecinos sepan que su vida valía. Todo eso tiene que ver con la espiritualidad y con cuestiones que se perdieron en el camino”. En el recuerdo pintado en la pared, Omar revuelve con un palo una olla en la que está cocinando. A su lado, tres velas encendidas y más arriba una cruz con un lazo rojo atado.

Redes subterráneas

Un fallo de la Justicia Federal, mediante una cautelar, obligó al gobierno nacional a darle continuidad al pago del Plan Volver al Trabajo (ex Potenciar Trabajo), un programa que implica un ingreso mensual de setenta y ocho mil pesos y que abarca a novecientos mil beneficiarios. Enmarcado en la política de la crueldad y en el ajuste brutal del cual se jacta el gobierno encabezado por Javier Milei, se había cortado el pago de manera totalmente intempestiva. Patricio resume el impacto en el barrio: “El Programa es fundamental. Nuestras vecinas dependen de eso para pagar el almacén, deudas o para comprar una carpeta para sus hijos”.

Cuando se enteraron del inminente cierre del Programa, en El Hormiguero decidieron realizar una asamblea. La convocatoria prendió rápidamente y hubo cien vecinas. Lili recuerda que “todavía no había acciones en ningún lugar” y que la asamblea “convocó a muchísimas compañeras porque claramente era de lo que teníamos que hablar”. Y es que la macropolítica suele disponer del tiempo de las personas. Mientras se dirimen las idas y vueltas sobre el Programa, la gente necesita seguir viviendo. “También convocamos a que esas compañeras fueran a hacer las acciones colectivas que se hicieron para frenar el cierre”, agrega Lili.

Sobre las redes subterráneas construidas y sostenidas a lo largo del tiempo, Lili advierte: “Hay un pueblo que no va a rendirse. Y eso es el orgullo de las vecinas y los vecinos. A pesar de este gobierno de derecha que nos viene a robar los derechos, no nos vamos a rendir, vamos a sostenernos como podemos”. Recuerda que durante la pandemia no se trató solamente de garantizar la emergencia alimentaria sino que también atendieron otros frentes urgentes. “Armamos la asamblea lesbotransfeminista porque no teníamos cómo acompañar las situaciones de violencia dentro de los hogares cuando no podíamos salir. Empezamos virtualmente a través de los teléfonos a comunicarnos con las compañeras y a articular cuando sucedían situaciones graves. Siempre decimos que es un trabajo de hormiga real”.

Aún no pudieron instalarlo en el nuevo espacio, pero fueron armando un ropero con las donaciones que vienen recibiendo desde hace meses. “Son todas alternativas que vamos dándonos, como el apoyo escolar”, dice Lili. Sobre eso, vienen articulando con la escuela N° 6383 para que las infancias que tienen problemas de aprendizaje vayan al Hormiguero y reciban apoyo escolar.

El año pasado trabajaron con el centro de salud más cercano, el Policlínico San Martín, donde festejaron el Día de las infancias con más de 300 chicos y chicas. En el marco del Día de la no violencia contra la mujer, fueron durante tres días, repartieron folletería y de esa manera, cuenta Lili, se enteraron de muchísimas situaciones complejas. “Como siempre decimos que nadie se salva solo, las instituciones están en el barrio nos tienen que acompañar y nosotros a ellas. Es la forma de poder construir el barrio que necesitamos, con todas las dificultades que hay”.

El encargado de motorizar todas las articulaciones es Patricio. “Esas redes que vamos tejiendo con las instituciones son las que nos llevan a no quitarnos la alegría, que es lo que quiere este gobierno”. Otra articulación que fueron tejiendo es con el club del barrio, Defensores de Italia. Ahí organizaron una comida a la que fueron 700 personas.  

Lili habla de una práctica que por momentos parece en extinción: la escucha. Mientras Patricio trabaja en las articulaciones institucionales, Lili se enfoca sobre la cuestión de género. “Tenemos los jueves un espacio de mujeres donde se generan proyectos y sueños”. Anticipa que armarán el espacio de la `Casita de Cele`. “Con ella queríamos armar una escuelita con perspectiva de género”. El objetivo es poder recibir abogados en el barrio para abordar las situaciones de violencia de género.

En palabras de Patricio, lo que hacen es trabajar sobre las problemáticas del barrio. “Sobre todo las visibilizamos, porque siempre están pero no las decimos. Como tampoco se dice lo bueno y siempre se muestra lo malo”. Invita abiertamente a las distintas organizaciones. “Que vengan y se sienten acá. Y vamos a ir viendo sobre el camino”, cierra y abre al mismo tiempo.

La salida es colectiva puede ser una frase, una cáscara vacía. Pero escuchando el relato, la frase se vuelve una experiencia, una manera de ser y de estar. Dice Lili: “Esto que siempre soñamos, la música, la cultura, son formas de expresión y de resistencia que para nosotros son muy grosas. Omar vivía a media cuadra, era jubilado y venía a cocinar todos los días, como lo hace Rubén. Ponía música al palo, era chamamecero, mientras cocinaba bailaba. Eso es algo que no se puede perder en el barrio”.

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Tomás Viú

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