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La iglesia de Milagros Acosta es católica y feminista 

  • 30/07/2026
  • Viviana Lorente
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Le entregó un pañuelo verde al Papa Francisco y esa imagen dio la vuelta al mundo. Pero la historia de Milagros Acosta empezó mucho antes, en un barrio popular de Santiago del Estero, donde descubrió una Iglesia muy distinta a la de los discursos fundamentalistas. Hoy, desde el feminismo, la fe y el trabajo con las juventudes, intenta demostrar que esos mundos no tienen por qué ser incompatibles.

A Milagros Acosta el desparpajo le sale por los poros. Lleva el cabello revuelto hasta los hombros. Su hermano, peluquero, se lo corta y estiliza. Habla con cantito santiagueño y, ante una sola pregunta, responde como diez al mismo tiempo. Las ideas se le amontonan y parecen no conocer ni de puntos ni de comas. En sus redes sociales habla de su trabajo, de su vida, de su fe, de política y de feminismo. Pero, sobre todo, dedica sus días a movilizar a las juventudes para construir un mundo más justo e igualitario.

En 2023, su rostro dio la vuelta al mundo. Fue la joven que le entregó al Papa el pañuelo verde del aborto durante la filmación del documental Amén: Franciso responde. Ese símbolo argentino atado en cada muñeca, cuello, cabello y morral llegó hasta el Vaticano. Ya había trascendido fronteras. En distintos países de Latinoamérica fue adoptado como emblema común de la lucha por la interrupción del embarazo.

“Tenerlo atado en la mochila ha sido un tránsito muy duro. Ahora lo llevo con mucho orgullo. Se lo quiero entregar con mucho amor y respeto”, le dijo en ese entonces Milagros al Santo Pontífice. 

Aquel gesto político transformó su vida. La convirtió en una figura conocida y la expuso a una intensidad para la que no estaba preparada. “Había dos posturas, una de felicitaciones y por otro lado me decían atrevida, irrespetuosa, no sabe nada. Por supuesto que me ha llevado a terapia. Yo no estaba acostumbrada a la exposición pero de alguna forma he entendido que así funciona el mundo”, reflexiona. 

Desde aquella escena en Roma pasó mucha agua bajo el puente. Milagros atravesó crisis de fe, revisó sus propias certezas y fortaleció su convicción de disputar los sentidos religiosos desde otro lugar. Hoy sigue firme en la búsqueda por desarmar los discursos fundamentalistas que intentan presentar al catolicismo como incompatible con los feminismos y los derechos humanos. 

El Dios del barrio

Milagros nació en Los Juríes, un pueblo de cuatro mil habitantes de Santiago del Estero. A los seis años se mudó junto a su familia a la capital provincial, una ciudad atravesada por profundas tradiciones conservadoras. Tiene dos hermanos y una hermana. Ella es la menor de cuatro. 

Su madre, jefa de hogar, decidió migrar para ofrecerles mejores oportunidades a sus hijos. Trabaja en tareas domésticas y en el cuidado de personas mayores. Aunque ya alcanzó la edad jubilatoria, todavía no puede retirarse. “Nunca ha trabajado en blanco”, cuenta Milagros.

La familia se instaló en el barrio 8 de Abril, donde la Iglesia católica tenía una fuerte presencia comunitaria. Ese fue el escenario donde comenzó a crecer su curiosidad por la religión.

A los seis años ya quería asistir a catequesis, pero todavía no sabía leer ni escribir, así que tuvo que esperar dos años más. “Yo creo que he nacido con mi creencia”, dice cuando intenta explicar el origen de su fe.

En su casa nadie participaba activamente de la Iglesia. Sin embargo, recuerda que su madre recurría a San Expedito para apurar causas o a San Cayetano cuando faltaba el trabajo.

“Comencé a tener esa idea de que si vos pedías algo y se cumplía, se podían solucionar los problemas”. Con esa misma lógica, cuando algún amigo o alguna amiga atravesaba una dificultad, Milagros les invitaba a rezar juntos.

Pero la Iglesia que conoció Milagros durante su infancia no era solamente un espacio de rezos, pedidos y persignaciones. Era, sobre todo, un lugar de encuentro para el barrio. Las mujeres sostenían la vida comunitaria. Organizaban actividades, reuniones y celebraciones. Para las infancias, aquellas propuestas eran muy importantes. “Lo que a mí me llamaba la atención eran las chocolatadas o la proyección de películas o hacer pochoclos. Esa era la única alternativa para las niñeces en el barrio”, recuerda.

Con los años, dejó de ser una participante para convertirse en una de las organizadoras. Fue catequista, coordinó el Vía Crucis, acomodó las sillas para las misas celebradas en la esquina de su cuadra e invitó a otras personas a acercarse a la vida religiosa. Sin proponérselo, se transformó en una referenta juvenil. Hasta que algo empezó a incomodarla.

A los 17 años conoció a una compañera que le mostró otra manera de leer la Biblia: la teología feminista. Poco después ingresó al profesorado de Educación Inicial. Aunque se recibió y comenzó a trabajar en escuelas, chocó rápidamente con las resistencias para implementar la Educación Sexual Integral. En Argentina, la Ley N.º 26.150, sancionada en 2006, garantiza ese derecho y establece su enseñanza obligatoria en todos los establecimientos educativos, públicos y privados, desde el nivel inicial hasta el superior. Sin embargo, en la práctica, muchas instituciones continúan poniendo obstáculos para su aplicación.

Otra experiencia terminó de moverle el piso. La invitaron a participar de un congreso sobre familias donde el discurso religioso era utilizado para fundamentar posiciones contrarias al aborto.“Era un congreso provida y yo estaba indignada”, rememora. Y agrega: “decían muchas burradas porque en el barrio yo vivía otra iglesia. Lo que mostraban no era Dios”.

Aquella experiencia marcó un quiebre. Sintió la necesidad de buscar argumentos para defender los derechos de las mujeres con las que compartía la vida cotidiana en el barrio y comenzó a preguntarse si era posible habitar la fe desde otro lugar. “Yo me enojo ahí con la iglesia y digo: che, yo no quiero formar parte de esto”. Era 2018 y mientras el Congreso debatía por primera vez la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, Milagros atravesaba su propio proceso de transformación.

La respuesta llegó casi por casualidad. Le contó sus dudas a un amigo y él le dijo: “Vos tenés mucho pensamiento feminista. Hay una organización que viene a dar una charla debate y son mujeres católicas a favor del aborto”. Así conoció a Católicas por el Derecho a Decidir y ya no se fue más. 

Lideresa todoterreno

Diez años pasaron desde aquel primer contacto de Milagros con otra forma de leer la Biblia. Hace tres dejó la iglesia del barrio. También abandonó las aulas. Se mudó unas cuadras más allá de la casa materna y comparte el techo con su compañera de vida. 

Milagros se sumó en 2023 a Católicas por el Derecho a Decidir, la organización que nació en la década de 1980 de un grupo de mujeres que pone a la justicia en el centro y se niega a obedecer mandatos al tiempo que propone otras formas de vivir la espiritualidad. 

Esta mujer casi treintañera coordina hoy la Red de Jóvenes que tiene la organización a nivel nacional y aunque vive en Santiago del Estero, lugar que se niega a abandonar, se desplaza seguido a Córdoba y Buenos Aires por su trabajo. Su vida está volcada a hablarle a los jóvenes sobre educación sexual integral, los derechos humanos, el feminismo y la fe. 

Es también parte de Women Power 2030, una alianza feminista global creada para acelerar la acción hacia la igualdad de género y el desarrollo sostenible. 

Milagros no para un segundo. Tiene trabajo por delante y por detrás. El fin de semana participó de una actividad en la calle en el centro de Santiago. Allí, junto con el grupo de jóvenes que coordina entregó información sobre educación sexual integral. Unos días antes, había participado en el V Congreso de Políticas para la Igualdad: Producir, Trabajar y Cuidar, organizado por el Gobierno de la provincia de Buenos Aires. 

En 2025 fue parte de EnRedades, un streaming de jóvenes de Católicas por el Derecho a Decidir en el que abordaron temas como la militancia, la crueldad, la salud mental, la sexualidad, las diversidades, los cuerpos, los deseos, las identidades y mucho más. La transmisión se produjo desde Santiago del Estero y utilizaron un centro cultural recuperado.  Por cada acción que Milagros enumera, hay una decisión política detrás. “Muchas veces los grandes medios tienen algún tipo de restricción con algunas temáticas. Como que si sos joven no tenés que hablar de política o de lo que te pasa en tu vida personal o desde ciertas perspectivas”.

Actualmente, están programando la siguiente temporada para este 2026. También trabajan en la producción de tres cortometrajes. Uno sobre la manera en que las juventudes derriban los fundamentalismos religiosos. El segundo, aborda la educación sexual integral desde una mirada territorial y popular buscando responder a la dicotomía que suelen enfrentar: ser católica o creyente y estar a favor del aborto. El tercero, habla de los pueblos originarios y la diversidad territorial. Estos dos últimos, se filmarán en Santiago del Estero. El primero en la provincia de Corrientes, en otras palabras, se corren del centro, de las voces de siempre, las de Buenos Aires. 

Tanto el streaming EnRedades, como los cortometrajes, serán material para abrir debates y conversaciones en escuelas, hospitales e instituciones.

Las juventudes como territorio político

Milagros está convencida de que uno de los mayores errores de la política es hablar de las juventudes sin escucharlas. Y también sabe que siempre se está moviendo para disputar sentidos políticos desde su identidad de mujer, feminista y creyente. Navega todo el tiempo en la posibilidad de reconciliar mundos que muchos presentan imposibles de juntar. 

“Ahora tenemos el derecho a votar a partir de los 16 años y se dice que la juventud no sabe nada y vota lo que quiere o como sea. Pero la juventud no se siente representada”, sostiene. 

En 2023, año de elección presidencial, algunas encuestas mostraban que el ultraderechista Javier Milei arrasaba en intención de voto entre los jóvenes, llegando a conseguir el 70% de los apoyos entre los menores de 24 años. Es un público que los sectores conservadores supieron conquistar. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), en Argentina viven más de 7 millones de jóvenes de entre 15 y 24 años, sin dudas una gran oportunidad de voto. 

Para Milagros el problema no es la falta de interés de los jóvenes por la política, sino la distancia entre las instituciones y las experiencias concretas de las nuevas generaciones. “Hay discursos que dicen que a la juventud no le importa la política. Es mentira. Estamos interpelados todo el tiempo en nuestra vida cotidiana. Desde que nos subimos a un colectivo, organizamos algún tipo de juntada o hablamos de poder estudiar”.

Este grupo de jóvenes no sólo sale a la calle, va a las escuelas, usa las redes sociales, hace streaming. También se sienta con las instituciones del estado para conversar sobre los temas que les importan y eso inspira a otros a sumarse. “Cuando ven esta organización, a este grupo de jóvenes diversos, porque no solamente somos mujeres, también hay jóvenes de la diversidad, varones trans, personas no binarias que llevamos la bandera de ser creyentes y ven que es un espacio cuidado, se acercan y les gusta”.

Para Milagros el feminismo, la fe y el compromiso social y político no son mundos separados.

Todo conectado

Es domingo. En el patio de la casa familiar, una torta cubierta de crema blanca y rosa espera sobre una mesa pequeña. Milagros sopla las velitas de su cumpleaños número 27 rodeada de las personas de siempre. En otra foto aparecen el locro, el vino y una mesa larga con mantel a cuadros. La celebración transcurre en ese universo cotidiano, aunque hoy buena parte de su vida se sucede entre reuniones, congresos, viajes y proyectos colectivos.

Dentro de unas semanas viajará a Nueva York para participar del High-level Political Forum on Sustainable Development 2026. Antes habrá acompañado, junto a la Red de Jóvenes, la inauguración de espacios destinados a adolescentes y juventudes en hospitales y centros de salud de Santiago del Estero. Pero, para ella, cada actividad tiene el mismo sentido: invitar a otras personas a organizarse.

“Seguimos contactándonos con muchos. Saben a qué me dedico, saben que soy feminista. Se contagia y no solamente desde la iglesia”, dice.

Milagros cuenta que en Santiago del Estero la fe forma parte del paisaje cotidiano, que hay capillas en los barrios, imágenes de santos en las esquinas y generaciones enteras que pasaron por catequesis. Ella conoce ese mundo desde adentro y, justamente por eso, rechaza la idea de que el catolicismo y el feminismo sean incompatibles. 

“Está todo conectado, creo que así me pasa a mí. Yo me puedo reconocer como mujer creyente y feminista. Hay un montón de otras mujeres que están en los barrios, en los territorios, en cada lugarcito donde la acción social convoca y que por más que no se nombren feministas, están haciendo una labor social y están respondiendo a las demandas. Yo te aseguro que lo hacen desde el evangelio, desde el amor y de esa otra iglesia que está en el territorio, haciendo una chocolatada, organizando una olla popular, enseñando o a decir, bueno, che, lo único que nos puede salvar en este contexto de mierda es la fe”.

Aquella niña que descubrió la fe organizando chocolatadas en el barrio 8 de Abril sigue haciendo lo mismo. Solo cambió la escala. Ahora intenta construir una comunidad allí donde otros insisten en levantar fronteras entre el feminismo, los derechos humanos y el catolicismo.

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Viviana Lorente

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